hugo vílchez romero
EL DANZANTE
El tiempo corre y corre. Ha transcurrido sesenta días después del Domingo de Resurrección, y con sumo entusiasmo y anticipación, los fieles se disponen a celebrar el día de Corpus Cristi.
Al rayar el día, fatigadas y numerosas manchas que todavía brillan en el cielo oscuro se apagan paso a paso. Los irisados rocíos adosado en el terso y multicolor pétalo de las rosas de copiosa y perfumada rosaleda del jardín y con la aparición de la presumida luna, en este ambiente de frescor, a los danzantes de los diablitos de chiquian se incrementa el deseo de danzar, justo en el día de Corpus Cristi, por las calles, en las casas de los funcionarios y lejos, muy lejos de las capillas apostadas en las cuatro esquinas y decorado con coloridas alfombras por todo el perímetro de la vistosa Plaza Mayor.
La atmosfera es refrescante y festiva. Todos los que se sienten atraídos por esta fiesta tradicional que, introducido por los monjes, en tiempos lejanos de conversión, infundieron en el hombre andino la religión cristiana con la nueva valoración del bien y el mal. De esta manera, la danza de los diablos, con máscara de rostro y figura deforme, personifica el castigo infernal a que se vería sometido aquel que no se adhería a esta desconocida religión, la fe cristiana.
Los danzantes de los diablitos de Chiquian, con el vestuario colorido y estridente, con espejos en los antebrazos y el pecho, con chicotes en mano, cuya mascara muestra el rostro grotesco con la lengua sobresaliente, nariz puntiaguda, larga y curva; dos, tres… cachos sobre la cabeza con el cabello lacio y desordenado, hacen trepidar el par de espuelas de acero, colocados a la altura de los talones y sujetados en los lucidos zapatos de cuero. En medio de ellos, una elegante marica ataviada de un velo de tul colgado debajo del sombrero le cubre el rostro. Los diablitos danzan y zapatean al ritmo del eximio arpista Florentino Aldave o Lorenzo Padilla Ñato (Garash Lorenzo) que hacen repiquetear con habilidad y armonía las treinta y seis cuerdas del arpa, estimulando aún más a los bailarines. Cada danzante, ágil, ejecuta el movimiento corporal, acompasado que siembra un sentimiento de emoción y expresa el hechizo que embruja al propio danzarín, y contagia a los atentos espectadores.
Ver por primera vez a estos danzantes con figuras deformes, causa pánico y miedo. Uno de ellos, el capataz, de repente, por unos segundos, se aleja o se desprende del grupo emitiendo voces guturales, ho-o-o...ho-o, y el chicote, en la enguantada mano, dando vueltas al aire, con hábil maniobra, aplica latigazos sobre el ceniciento suelo de donde surge briznas de polvo y sonidos atronadores que espanta a la concurrencia, de modo especial a los curiosos niños. Inmóviles, ven a los danzantes con ojos desorbitados.
Dentro de estos siete ladinos danzantes, de aspectos infernales, había uno que destacaba de manera notable, era el más bajito, en vez de aterrar, atraía, hipnotizaba y embelesaba. Su imagen guardaba cierto misterio. El vestuario que traía puesto, era el que más llamaba la atención. Los zapatos y espuelas, en los días estivales, brillaban bajo los rayos ambarinos del sol. El pantalón, de color verde y amarillo vivo y fulgurante, en la parte posterior y anterior todo era a la inversa en ambos lados, e igualmente en las posaderas, tenía la forma de la luna menguante. La camisa y el chaleco contrastaba con el color del pantalón, era blanco y negro adornados con sus pliegues y la banda que cruzaba el pecho y la espalda. La máscara resalta por la finura de los ojos negros, grande y redonda, la nariz ancha y aguileña, en la pequeña boca resaltaba los labios gruesos y oscuros, y en ella, apenas se podía notar la lengua rojiza pálida. Sobre la cabeza salían dos astas como el de un toro bien cuidado, el cabello era negro y tirado de adelante para atrás.
En este danzante de los diablitos, pequeño y hechicero, su danza no estaba restringido por movimientos tiesos e impuestos por un intermediario externo. Su bailoteo era una comunicación viva y natural. Con sus actitudes y el movimiento corporal trasmitía emociones y sentimientos; a través de su acompasado ritmo, su gracia, su garbo, su mirada, su gesto expresivo. Danzaba con armonía y fluidez, conquistando la trascendencia espiritual del cuerpo.
Este pequeño gigante de la danza de los diablitos de Chiquian fue nada menos que el señor Epifanio Allauca, (zapallito) Mi homenaje a él y a sus camaradas de esta hermosa danza tradicional y sin par de la patria chica amada, con este relato modesto pero con el corazón lleno de gratitud por haber colmado de júbilo a mis ojos infantiles.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
Chiquian 1 de mayo 2016
El Pichuychanca.
Chiquian 1 de mayo 2016


