JUAN MANUEL LARA MÁRQUEZ
EL INMIGRANTE PERUANO Y SU DERECHO AL VOTO
Me fui del Perú porque no me supo acoger y ahora desde lejos decido por su futuro incierto. En los últimos años, millones de peruanos abandonaron su patria en busca de mejores oportunidades, estabilidad económica y un futuro más prometedor para sus familias. Muchos partieron porque sintieron que el país no les ofrecía las condiciones necesarias para desarrollar sus capacidades, alcanzar sus metas o simplemente vivir con dignidad.
Sin embargo, una realidad paradójica emerge en cada proceso electoral: quienes se marcharon y construyeron sus vidas en otras latitudes continúan ejerciendo su derecho al voto y participan activamente en la elección de las autoridades que gobernarán el Perú. Desde ciudades lejanas observan la realidad nacional a través de pantallas, redes sociales y medios de comunicación, mientras millones de compatriotas enfrentan cotidianamente los problemas de inseguridad, desempleo, corrupción y precariedad institucional.
Esta situación genera un debate legítimo. Por un lado, la Constitución reconoce que la ciudadanía no se pierde por residir en el extranjero. Los migrantes continúan siendo peruanos, mantienen vínculos familiares, culturales y afectivos con su tierra natal, y muchos contribuyen significativamente a la economía nacional mediante las remesas que envían cada año.
Por otro lado, algunos sectores cuestionan si quienes llevan décadas alejados de la realidad cotidiana del país deberían tener la misma influencia en decisiones políticas cuyos efectos recaen principalmente sobre quienes permanecen dentro de las fronteras nacionales. La discusión no es jurídica, sino ética y política: ¿hasta qué punto la distancia modifica la percepción de los problemas nacionales?
El fenómeno migratorio refleja también una deuda histórica del Estado peruano. Si tantos ciudadanos decidieron partir, es porque el país no logró ofrecerles las oportunidades que encontraron en otros lugares. En cierto sentido, la emigración masiva constituye una forma silenciosa de crítica social.
No obstante, la solución no pasa por enfrentar a quienes se fueron con quienes se quedaron. El verdadero desafío consiste en construir un Perú capaz de retener su talento, generar oportunidades y recuperar la confianza de sus ciudadanos. Un país donde emigrar sea una opción libre y no una necesidad impuesta por las circunstancias.
Mientras tanto, la paradoja continúa vigente: muchos se fueron porque el Perú no los supo acoger, pero desde la distancia siguen participando en la construcción —o reconstrucción— de su futuro incierto. Tal vez ello nos recuerde que la patria no es únicamente el lugar donde se vive, sino también aquel que nunca se deja de llevar en la memoria y en el corazón.
Juan Manuel Lara Márquez
Sin embargo, una realidad paradójica emerge en cada proceso electoral: quienes se marcharon y construyeron sus vidas en otras latitudes continúan ejerciendo su derecho al voto y participan activamente en la elección de las autoridades que gobernarán el Perú. Desde ciudades lejanas observan la realidad nacional a través de pantallas, redes sociales y medios de comunicación, mientras millones de compatriotas enfrentan cotidianamente los problemas de inseguridad, desempleo, corrupción y precariedad institucional.
Esta situación genera un debate legítimo. Por un lado, la Constitución reconoce que la ciudadanía no se pierde por residir en el extranjero. Los migrantes continúan siendo peruanos, mantienen vínculos familiares, culturales y afectivos con su tierra natal, y muchos contribuyen significativamente a la economía nacional mediante las remesas que envían cada año.
Por otro lado, algunos sectores cuestionan si quienes llevan décadas alejados de la realidad cotidiana del país deberían tener la misma influencia en decisiones políticas cuyos efectos recaen principalmente sobre quienes permanecen dentro de las fronteras nacionales. La discusión no es jurídica, sino ética y política: ¿hasta qué punto la distancia modifica la percepción de los problemas nacionales?
El fenómeno migratorio refleja también una deuda histórica del Estado peruano. Si tantos ciudadanos decidieron partir, es porque el país no logró ofrecerles las oportunidades que encontraron en otros lugares. En cierto sentido, la emigración masiva constituye una forma silenciosa de crítica social.
No obstante, la solución no pasa por enfrentar a quienes se fueron con quienes se quedaron. El verdadero desafío consiste en construir un Perú capaz de retener su talento, generar oportunidades y recuperar la confianza de sus ciudadanos. Un país donde emigrar sea una opción libre y no una necesidad impuesta por las circunstancias.
Mientras tanto, la paradoja continúa vigente: muchos se fueron porque el Perú no los supo acoger, pero desde la distancia siguen participando en la construcción —o reconstrucción— de su futuro incierto. Tal vez ello nos recuerde que la patria no es únicamente el lugar donde se vive, sino también aquel que nunca se deja de llevar en la memoria y en el corazón.
Juan Manuel Lara Márquez