ricardo santos albornoz
EL ÚLTIMO ATARDECER
Capítulo 8: LA PARTIDA SIN ADIÓS
Capítulo 8: LA PARTIDA SIN ADIÓS
El sol apenas había rozado las laderas de Ichik lamoq cuando en la casa de Norma empezó un movimiento inusual. Las gallinas picoteaban distraídas, ajenas al apuro humano; los burros rebuznaban con un eco que parecía presagio. La madre doblaba la ropa con manos nerviosas, mientras el padre, con el ceño fruncido, ordenaba el viaje. Todo debía hacerse sin demora, sin voces que se escaparan a la calle, como si el secreto mismo fuera parte de la estrategia para proteger a su hija.
Lima esperaba, dijeron, con su promesa de estudios, de futuro, de horizontes más amplios que aquellos cerros tutelares que la habían visto crecer.
Norma apenas alcanzaba a comprender la premura. Su corazón golpeaba como un tambor asustado. En su mirada habitaba una súplica muda, la de ver a Pablo una vez más, aunque fuera por un instante, aunque solo alcanzara a rozar su sombra en el umbral del amanecer. Pero los labios de su madre fueron firmes: “No hay tiempo, hijita. Ya lo entenderás después.”
El viento de la mañana parecía saberlo todo. Al pasar por las rendijas de la ventana, se colaba hasta el pecho de Norma con un susurro de despedida que no podía pronunciar. Una manta, un cuaderno, un pañuelo heredado, y ya estaba todo. El burro esperaba, cargado con las alforjas. Más tarde, en la quebrada de Coca, un camión los llevaría hasta la ciudad más cercana. De allí, otro vehículo hasta la gran Lima. El camino estaba trazado, sin lugar para los desvíos del corazón.
Pablo, entretanto, vivía la mañana como cualquier otra, sin imaginar el quiebre que lo aguardaba. Arriaba unas ovejas hacia el pasto, tarareando distraído una melodía que Norma le había enseñado semanas antes. Le parecía verla en cada hoja que temblaba con el viento, en cada reflejo del río. La promesa de la noche anterior todavía ardía en su memoria, encontrarse de nuevo, reír, soñar como si el mundo entero supiera el significado de sus manos entrelazadas.
Pero el destino ya había levantado su muralla.
Cuando las pichuychankas intrépidas saltaban en los techos, una vecina, casi con descuido, le avisó la noticia:
—Ya no la busques, muchacho. La señorita Norma se fue temprano con sus padres, dicen que a Lima.
Las palabras le cayeron como una pedrada en el pecho de Pablo. Sintió que el aire se volvía espeso, imposible de tragar. Corrió cuesta abajo, hacia la casa de ella, como si con la rapidez pudiera torcer el curso de los hechos. Llegó jadeando, con las piernas temblorosas, solo para hallar la puerta cerrada, el patio desierto, la sombra del vacío mordiéndole los ojos.
Allí, sobre una piedra del zaguán, encontró un pañuelo blanco, apenas caído, como si hubiera sido olvidado a propósito. Lo tomó con manos temblorosas y lo llevó a su rostro. El aroma tenue de Norma aún estaba allí, un rastro de flores silvestres y de la calidez de su piel. Fue como besar un fantasma.
El pueblo parecía idéntico, pero nada lo era ya. Las calles empedradas, que antes eran senderos hacia la risa, se convirtieron en pasajes estrechos de soledad. El manantial de Puquio corría como siempre, pero ahora sus aguas le parecían un lamento interminable, un idioma que solo él podía descifrar: “Se fue… se fue…”
Pablo vagó sin rumbo hasta llegar al árbol de eucalipto donde tantas veces se habían refugiado. El tronco rugoso guardaba la memoria de sus conversaciones, de las manos enlazadas, de las miradas furtivas que nacían en la penumbra. Se sentó al pie, en el tallo más ancho, con el pañuelo contra el pecho, y lloró en silencio, como quien sabe que sus lágrimas no podrán traer de vuelta lo perdido.
El paisaje se volvió cómplice de su desgracia, de su nostalgia. Las montañas, inmensas y serenas, parecían ahora más lejanas, como si hubieran retrocedido un paso para marcar su distancia. La niebla descendía prematura, cubriendo la quebrada. Los zorzales, que antes anunciaban la vida con su canto, callaron de pronto, dejando que el silencio fuera el único testigo de su pena.
En su mente aparecían fragmentos de Norma, su risa quebrando la tarde, su voz diciéndole “no tengas miedo”, su mano tibia en la oscuridad,
sus ojos que eran dos luceros encendidos contra la sombra.
Cada recuerdo era un aguijón que se hundía más hondo. Sentía que le habían arrancado algo que no volvería jamás, como un campo segado antes de florecer, como un río detenido antes de besar el mar.
—Norma… —susurró, y el viento le devolvió el eco, arrastrando su nombre hacia la quebrada como un lamento interminable.
Cayó la tarde. El cielo se tiñó de un rojo sangrante, como si también él llorara la partida. Pablo permaneció inmóvil, con los ojos fijos en el horizonte que llevaba hacia Lima, esa ciudad que era un misterio para él, un lugar de hierro y humo donde ahora habitaba su amor. Imaginó a Norma en un vehículo polvoriento, alejándose kilómetro tras kilómetro, mientras quizás ella misma miraba hacia atrás buscando inútilmente su figura.
En el corazón de Pablo se abrió un silencio inmenso, un vacío imposible de llenar. El tiempo, hasta entonces aliado, se convirtió en verdugo. Cada segundo era una puñalada de ausencia.
Y en medio de ese dolor, comprendió una verdad que le quemó las entrañas, no todas las despedidas se anuncian. Algunas caen como relámpagos en la mitad de la vida, rompiéndolo todo sin dar tregua.
Esa noche, bajo la luna fría, Pablo volvió a casa con pasos lentos. Nadie notó su tormenta, nadie escuchó su llanto callado. Guardó el pañuelo bajo su almohada como si en él se refugiara la última chispa de lo que habían sido. Y se durmió con la certeza de que, aunque Norma estuviera lejos, su alma seguiría prisionera de esas montañas.
Porque hay amores que no mueren con la distancia, más bien se encienden en la herida, se perpetúan en el silencio, se vuelven raíz en lo más hondo del corazón.
Y así, en la soledad de esa partida sin adiós, Pablo empezó a caminar por un sendero distinto, cargando un dolor que ya era parte de su destino.
Y en el silencio de la puna, comprendió que no todas las despedidas se dicen con palabras: algunas se clavan en el pecho como un cuchillo invisible, dejando sangrar el alma en silencio.
RICARDO SANTOS ALBORNOZ
[email protected]
Lima esperaba, dijeron, con su promesa de estudios, de futuro, de horizontes más amplios que aquellos cerros tutelares que la habían visto crecer.
Norma apenas alcanzaba a comprender la premura. Su corazón golpeaba como un tambor asustado. En su mirada habitaba una súplica muda, la de ver a Pablo una vez más, aunque fuera por un instante, aunque solo alcanzara a rozar su sombra en el umbral del amanecer. Pero los labios de su madre fueron firmes: “No hay tiempo, hijita. Ya lo entenderás después.”
El viento de la mañana parecía saberlo todo. Al pasar por las rendijas de la ventana, se colaba hasta el pecho de Norma con un susurro de despedida que no podía pronunciar. Una manta, un cuaderno, un pañuelo heredado, y ya estaba todo. El burro esperaba, cargado con las alforjas. Más tarde, en la quebrada de Coca, un camión los llevaría hasta la ciudad más cercana. De allí, otro vehículo hasta la gran Lima. El camino estaba trazado, sin lugar para los desvíos del corazón.
Pablo, entretanto, vivía la mañana como cualquier otra, sin imaginar el quiebre que lo aguardaba. Arriaba unas ovejas hacia el pasto, tarareando distraído una melodía que Norma le había enseñado semanas antes. Le parecía verla en cada hoja que temblaba con el viento, en cada reflejo del río. La promesa de la noche anterior todavía ardía en su memoria, encontrarse de nuevo, reír, soñar como si el mundo entero supiera el significado de sus manos entrelazadas.
Pero el destino ya había levantado su muralla.
Cuando las pichuychankas intrépidas saltaban en los techos, una vecina, casi con descuido, le avisó la noticia:
—Ya no la busques, muchacho. La señorita Norma se fue temprano con sus padres, dicen que a Lima.
Las palabras le cayeron como una pedrada en el pecho de Pablo. Sintió que el aire se volvía espeso, imposible de tragar. Corrió cuesta abajo, hacia la casa de ella, como si con la rapidez pudiera torcer el curso de los hechos. Llegó jadeando, con las piernas temblorosas, solo para hallar la puerta cerrada, el patio desierto, la sombra del vacío mordiéndole los ojos.
Allí, sobre una piedra del zaguán, encontró un pañuelo blanco, apenas caído, como si hubiera sido olvidado a propósito. Lo tomó con manos temblorosas y lo llevó a su rostro. El aroma tenue de Norma aún estaba allí, un rastro de flores silvestres y de la calidez de su piel. Fue como besar un fantasma.
El pueblo parecía idéntico, pero nada lo era ya. Las calles empedradas, que antes eran senderos hacia la risa, se convirtieron en pasajes estrechos de soledad. El manantial de Puquio corría como siempre, pero ahora sus aguas le parecían un lamento interminable, un idioma que solo él podía descifrar: “Se fue… se fue…”
Pablo vagó sin rumbo hasta llegar al árbol de eucalipto donde tantas veces se habían refugiado. El tronco rugoso guardaba la memoria de sus conversaciones, de las manos enlazadas, de las miradas furtivas que nacían en la penumbra. Se sentó al pie, en el tallo más ancho, con el pañuelo contra el pecho, y lloró en silencio, como quien sabe que sus lágrimas no podrán traer de vuelta lo perdido.
El paisaje se volvió cómplice de su desgracia, de su nostalgia. Las montañas, inmensas y serenas, parecían ahora más lejanas, como si hubieran retrocedido un paso para marcar su distancia. La niebla descendía prematura, cubriendo la quebrada. Los zorzales, que antes anunciaban la vida con su canto, callaron de pronto, dejando que el silencio fuera el único testigo de su pena.
En su mente aparecían fragmentos de Norma, su risa quebrando la tarde, su voz diciéndole “no tengas miedo”, su mano tibia en la oscuridad,
sus ojos que eran dos luceros encendidos contra la sombra.
Cada recuerdo era un aguijón que se hundía más hondo. Sentía que le habían arrancado algo que no volvería jamás, como un campo segado antes de florecer, como un río detenido antes de besar el mar.
—Norma… —susurró, y el viento le devolvió el eco, arrastrando su nombre hacia la quebrada como un lamento interminable.
Cayó la tarde. El cielo se tiñó de un rojo sangrante, como si también él llorara la partida. Pablo permaneció inmóvil, con los ojos fijos en el horizonte que llevaba hacia Lima, esa ciudad que era un misterio para él, un lugar de hierro y humo donde ahora habitaba su amor. Imaginó a Norma en un vehículo polvoriento, alejándose kilómetro tras kilómetro, mientras quizás ella misma miraba hacia atrás buscando inútilmente su figura.
En el corazón de Pablo se abrió un silencio inmenso, un vacío imposible de llenar. El tiempo, hasta entonces aliado, se convirtió en verdugo. Cada segundo era una puñalada de ausencia.
Y en medio de ese dolor, comprendió una verdad que le quemó las entrañas, no todas las despedidas se anuncian. Algunas caen como relámpagos en la mitad de la vida, rompiéndolo todo sin dar tregua.
Esa noche, bajo la luna fría, Pablo volvió a casa con pasos lentos. Nadie notó su tormenta, nadie escuchó su llanto callado. Guardó el pañuelo bajo su almohada como si en él se refugiara la última chispa de lo que habían sido. Y se durmió con la certeza de que, aunque Norma estuviera lejos, su alma seguiría prisionera de esas montañas.
Porque hay amores que no mueren con la distancia, más bien se encienden en la herida, se perpetúan en el silencio, se vuelven raíz en lo más hondo del corazón.
Y así, en la soledad de esa partida sin adiós, Pablo empezó a caminar por un sendero distinto, cargando un dolor que ya era parte de su destino.
Y en el silencio de la puna, comprendió que no todas las despedidas se dicen con palabras: algunas se clavan en el pecho como un cuchillo invisible, dejando sangrar el alma en silencio.
RICARDO SANTOS ALBORNOZ
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