ricardo santos albornoz
EL ÚLTIMO ATARDECER
Capítulo 9: LA SOMBRA DE UNA AUSENCIA
Capítulo 9: LA SOMBRA DE UNA AUSENCIA
En Mangas, los días se habían vuelto un gris silencioso para Pablo. El viento seguía recorriendo las lomas, las flores silvestres seguían abriéndose al sol, y los caminos permanecían abiertos como siempre; pero en su corazón, todo parecía clausurado. La partida de Norma lo había dejado detenido en un tiempo sin estaciones.
Caminaba por los lugares que antes habían sido testigos de su alegría, y ahora solo eran espejos de su tristeza. El kikuyo crujía bajo sus pasos, y las piedras que antes resonaban como música de compañía, ahora eran golpes secos en la soledad. En las tardes, se le veía subir hasta el mirador de Jirishjayán y quedarse allí, inmóvil, mirando hacia las chacras de Sicla y Majampate como si esperara que una figura conocida emergiera entre el camino.
La gente del pueblo lo observaba, murmullando disimuladamente:
—Ese muchacho se ha quedado sin alma.
—Camina como si cargara una sombra más grande que él.
En las fiestas patronales, Pablo ya no danzaba. En los trabajos como minga, se hallaba en silencio, con la mirada perdida. Sus amigos lo llamaban, pero él respondía con sonrisas breves, con su pensamiento vago. Nadie entendía que su mundo se había quebrado la mañana en que Norma partió sin despedirse.
Mientras tanto, en Lima, la vida de Norma era otra. La ciudad la recibió con el bullicio de motores, la gente caminando de manera apurada y un cielo gris lleno de humo. El cambio fue brutal, de los silencios de Mangas a los gritos de vendedores ambulantes, del agua clara de los manantiales al sabor metálico del caño.
Norma ingresó a la secundaria. Al principio, se sintió perdida entre aulas repletas y pasillos interminables. Las chicas reían en grupos, los profesores dictaban con prisa, y ella, con su timidez andina, guardaba en el corazón los ecos de las montañas que la vieron crecer. Su cuaderno se llenaba de apuntes, pero también de pequeñas palabras que le recordaban a Pablo: “kuyay”, “shamuy”. Palabras que nadie en Lima entendía.
Fue entonces cuando apareció él. Un joven de mirada atrevida, un año mayor que ella, con sonrisa fácil y palabras dulces. Al principio, solo la saludaba en los recreos; luego, comenzó a acompañarla a la salida del colegio. Sus palabras eran halagos nuevos, ajenos a los silencios cargados de ternura que había compartido con Pablo. Norma, entre la nostalgia y la confusión, dejó que esas atenciones la envolvieran.
Los días se convirtieron en rutinas de estudio y encuentros furtivos. El joven insistía con frases que encendían en Norma un fuego extraño, una mezcla de miedo y curiosidad. Una tarde, bajo un cielo gris limeño, se entregó a ese abrazo nuevo, como buscando en otros brazos la tibieza que había dejado entre los eucaliptos de su pueblo.
Pasaron los días. Norma estaba envuelto en ese romance fingido. Después de meses se entregó a su joven pretendiente en una lleno de pasión y desenfreno.
Después de ese encuentro, comenzó a sentirse distinta, el cansancio en las mañanas, los mareos inesperados, la ausencia de su ciclo. El miedo la golpeó como un rayo. Se buscó en el espejo y no supo quién era esa muchacha con los ojos enrojecidos. Finalmente, la certeza cayó sobre ella como una piedra en el pecho. Norma estaba embarazada.
En Mangas, Pablo seguía buscándola entre el viento y el sol. Había noches en que soñaba con ella, Norma caminando entre las chacras de Jalcan, con la risa clara como el agua de Nawin, llamándolo desde lejos. Despertaba con lágrimas y el eco de un nombre que no se borraba.
Los pobladores de Mangas lo veían marchitarse.
—Ese joven aún espera, dicen.
—No sabe que en la ciudad la vida corre distinta.
En Lima, Norma vivía su propio abismo. El joven que la cortejó, al principio mostró una indiferencia cruel cuando supo de su embarazo. Las palabras dulces se volvieron evasivas, y pronto le demostraba solo su silencio. Norma quedó sola frente a un destino que no había buscado.
Las noches se alargaban. Sentada en la cama, con las manos sobre su vientre, pensaba en Pablo. Lo recordaba mirándola bajo la luna de Achikaywaín, con la inocencia de un amor que no pedía nada más que existir. Y entonces, la culpa la desgarraba, había dejado atrás un amor puro y ahora cargaba con una vida que la encadenaba al miedo.
Un día, caminando por el parque Universitario, se sentó en una banca mientras la ciudad rugía alrededor, bocinas, pregones, pasos apurados. Ella estaba sola en medio del ruido, sintiendo que la vida se le escapaba entre las manos.
Entre el rumor de la ciudad y el eco de las montañas que aún guardaba en su pecho, Norma entendió que llevaba dentro no solo una nueva vida, sino también la sombra de un amor que nunca pudo despedirse.
Ricardo Santos Albornoz
Caminaba por los lugares que antes habían sido testigos de su alegría, y ahora solo eran espejos de su tristeza. El kikuyo crujía bajo sus pasos, y las piedras que antes resonaban como música de compañía, ahora eran golpes secos en la soledad. En las tardes, se le veía subir hasta el mirador de Jirishjayán y quedarse allí, inmóvil, mirando hacia las chacras de Sicla y Majampate como si esperara que una figura conocida emergiera entre el camino.
La gente del pueblo lo observaba, murmullando disimuladamente:
—Ese muchacho se ha quedado sin alma.
—Camina como si cargara una sombra más grande que él.
En las fiestas patronales, Pablo ya no danzaba. En los trabajos como minga, se hallaba en silencio, con la mirada perdida. Sus amigos lo llamaban, pero él respondía con sonrisas breves, con su pensamiento vago. Nadie entendía que su mundo se había quebrado la mañana en que Norma partió sin despedirse.
Mientras tanto, en Lima, la vida de Norma era otra. La ciudad la recibió con el bullicio de motores, la gente caminando de manera apurada y un cielo gris lleno de humo. El cambio fue brutal, de los silencios de Mangas a los gritos de vendedores ambulantes, del agua clara de los manantiales al sabor metálico del caño.
Norma ingresó a la secundaria. Al principio, se sintió perdida entre aulas repletas y pasillos interminables. Las chicas reían en grupos, los profesores dictaban con prisa, y ella, con su timidez andina, guardaba en el corazón los ecos de las montañas que la vieron crecer. Su cuaderno se llenaba de apuntes, pero también de pequeñas palabras que le recordaban a Pablo: “kuyay”, “shamuy”. Palabras que nadie en Lima entendía.
Fue entonces cuando apareció él. Un joven de mirada atrevida, un año mayor que ella, con sonrisa fácil y palabras dulces. Al principio, solo la saludaba en los recreos; luego, comenzó a acompañarla a la salida del colegio. Sus palabras eran halagos nuevos, ajenos a los silencios cargados de ternura que había compartido con Pablo. Norma, entre la nostalgia y la confusión, dejó que esas atenciones la envolvieran.
Los días se convirtieron en rutinas de estudio y encuentros furtivos. El joven insistía con frases que encendían en Norma un fuego extraño, una mezcla de miedo y curiosidad. Una tarde, bajo un cielo gris limeño, se entregó a ese abrazo nuevo, como buscando en otros brazos la tibieza que había dejado entre los eucaliptos de su pueblo.
Pasaron los días. Norma estaba envuelto en ese romance fingido. Después de meses se entregó a su joven pretendiente en una lleno de pasión y desenfreno.
Después de ese encuentro, comenzó a sentirse distinta, el cansancio en las mañanas, los mareos inesperados, la ausencia de su ciclo. El miedo la golpeó como un rayo. Se buscó en el espejo y no supo quién era esa muchacha con los ojos enrojecidos. Finalmente, la certeza cayó sobre ella como una piedra en el pecho. Norma estaba embarazada.
En Mangas, Pablo seguía buscándola entre el viento y el sol. Había noches en que soñaba con ella, Norma caminando entre las chacras de Jalcan, con la risa clara como el agua de Nawin, llamándolo desde lejos. Despertaba con lágrimas y el eco de un nombre que no se borraba.
Los pobladores de Mangas lo veían marchitarse.
—Ese joven aún espera, dicen.
—No sabe que en la ciudad la vida corre distinta.
En Lima, Norma vivía su propio abismo. El joven que la cortejó, al principio mostró una indiferencia cruel cuando supo de su embarazo. Las palabras dulces se volvieron evasivas, y pronto le demostraba solo su silencio. Norma quedó sola frente a un destino que no había buscado.
Las noches se alargaban. Sentada en la cama, con las manos sobre su vientre, pensaba en Pablo. Lo recordaba mirándola bajo la luna de Achikaywaín, con la inocencia de un amor que no pedía nada más que existir. Y entonces, la culpa la desgarraba, había dejado atrás un amor puro y ahora cargaba con una vida que la encadenaba al miedo.
Un día, caminando por el parque Universitario, se sentó en una banca mientras la ciudad rugía alrededor, bocinas, pregones, pasos apurados. Ella estaba sola en medio del ruido, sintiendo que la vida se le escapaba entre las manos.
Entre el rumor de la ciudad y el eco de las montañas que aún guardaba en su pecho, Norma entendió que llevaba dentro no solo una nueva vida, sino también la sombra de un amor que nunca pudo despedirse.
Ricardo Santos Albornoz