ricardo santos albornoz
EL ÚLTIMO ATARDECER
Capítulo 6 – EL ECO DE LOS PASOS
Capítulo 6 – EL ECO DE LOS PASOS
La luna parecía caminar más despacio aquellas noches, como si quisiera acompañarlos en el secreto. En Mangas, el aire se había vuelto más pesado, cargado de rumores que flotaban de boca en boca como briznas de paja arrastradas por el viento. A cada susurro, Pablo y Norma sentían que el mundo se achicaba, que los caminos antes abiertos eran ahora senderos vigilados por ojos invisibles.
Sus encuentros, que en un principio parecían travesuras inocentes, habían adquirido el pulso de un ritual clandestino. La sombra era su refugio; el silencio, su confidente; el eucalipto, su manto. Norma, con el corazón enredado de ternura y miedo, salía a escondidas mientras el resto de la casa dormía. Pablo la esperaba bajo el aliso del corral, con los labios temblando de ansiedad, como si en cada cita se jugara la vida entera.
—¿Y si nos descubren? —susurraba ella, abrazando sus propios brazos para espantar el frío y la culpa.
—Entonces huiremos —respondía Pablo, sin saber adónde, pero convencido de que el amor podía ser un camino.
La certeza de que alguien podía sorprenderlos daba a cada beso un filo de peligro, como un relámpago escondido tras las nubes. No era ya la dulzura ingenua de los primeros días, había una fiebre en sus manos, una urgencia en sus miradas, un fuego que ardía bajo la piel.
El acecho del hogar
La familia de Norma, sin embargo, no dormía tan profundamente como ellos creían. Su madre, que tenía el oído afilado por los años y las sospechas, empezó a notar movimientos extraños en la casa. Una puerta que se cerraba tarde, un crujido de la escalera de madera, un murmullo lejano que no provenía del sueño.
—Esta niña anda rara —le comentó una tarde a su esposo, mientras desgranaban maíz en el patio.
—Será que crece —dijo él, encogiéndose de hombros, pero con un brillo duro en los ojos.
—No. Hay algo más…
Desde entonces, las noches se llenaron de pasos contenidos. Norma sabía que su madre rondaba el rededor de la casa antes de acostarse, como si quisiera atraparla en cualquier descuido. Y ese acecho volvió aún más peligrosos los encuentros.
La cita junto a la acequia
Aquella noche, como tantas, Pablo aguardaba bajo la penumbra, cerca de la pileta de Puquiowajta cuyas aguas corría con un rumor inquieto. Norma se deslizó hacia él con la respiración agitada, las trenzas un poco desordenadas, con el corazón como bombo de la banda de músicos en procesión.
—Casi me ve mi madre —dijo apenas llegar, con un temblor en la voz.
—No importa. Aquí estás.
Se abrazaron como si el abrazo fuera un escondite. En el agua la luna reflejaba como queso, y el murmullo del agua parecía aconsejar en silencio.
—A veces pienso que este amor es como este cauce —susurró Norma—. Corre a escondidas, nadie lo ve, pero si lo siguen río arriba, encontrarán su origen.
—Entonces que el río se pierda en mil quebradas —respondió Pablo, acariciándole el cabello—. Nadie sabrá dónde empieza.
Se wajayllaron bajito, pero era una risa nerviosa, hecha de miedo y ternura.
El casi-descubrimiento
De pronto, un ruido seco los congeló. Eran pasos suaves. Pasos claros en la tierra húmeda. Norma apretó el brazo de Pablo, y el silencio se volvió insoportable. Desde la distancia, la silueta de una persona avanzaba con una linterna de querosén, su luz oscilante atravesando la oscuridad como una lengua de fuego. Era la madre de Norma.
El corazón de ella se encogió en un puño, y Pablo sintió que la sangre le golpeaba las sienes como martillo. Se escondieron tras un pirca de piedras, agachados, conteniendo la respiración como dos fugitivos. El olor de la tierra húmeda les llenaba la nariz, el crujido de la linterna acercándose les taladraba el alma.
—¡Norma! —llamó la voz materna, cortando la noche como un cuchillo.
La muchacha cerró los ojos, temblando, mientras Pablo le sostenía la mano con la fuerza de un juramento. Por un instante, creyeron que todo se había acabado.
Pero la mujer, tras unos segundos de silencio, suspiró y regresó sobre sus pasos. El resplandor de la linterna se fue apagando hasta desaparecer tras la curva del camino.
Recién entonces, los dos se atrevieron a respirar con más calma.
—Nos vio… —balbuceó Norma, aunque en realidad no había ocurrido.
—No. Pero estuvo a punto – dijo Pablo.
—No podemos seguir así…
—No podemos dejar de vernos.
La contradicción se clavó como espina en el aire.
El regreso fue un martirio. Norma entró a su casa con los pies helados y la cara ardiendo. Su madre, despierta aún, la miró de reojo desde el fogón, pero no dijo nada. Ese silencio era más duro que un grito.
Pablo, en cambio, caminó hasta su choza sintiendo que la sombra misma lo vigilaba. El eco de los pasos maternos lo perseguía, como si la tierra hubiera grabado aquella advertencia en su piel.
Esa noche, ambos durmieron poco. En sus sueños, el amor y el miedo se entrelazaban como dos hilos que no podían separarse.
A la mañana siguiente, Norma miró desde la ventana hacia los cerros de Qinuapunta. El sol nacía tímido, pero el pueblo entero parecía observarla. Una frase se deslizó en su mente como un presagio inevitable: “El pueblo entero es un ojo que nos mira”.
RICARDO SANTOS ALBORNOZ
[email protected]
Sus encuentros, que en un principio parecían travesuras inocentes, habían adquirido el pulso de un ritual clandestino. La sombra era su refugio; el silencio, su confidente; el eucalipto, su manto. Norma, con el corazón enredado de ternura y miedo, salía a escondidas mientras el resto de la casa dormía. Pablo la esperaba bajo el aliso del corral, con los labios temblando de ansiedad, como si en cada cita se jugara la vida entera.
—¿Y si nos descubren? —susurraba ella, abrazando sus propios brazos para espantar el frío y la culpa.
—Entonces huiremos —respondía Pablo, sin saber adónde, pero convencido de que el amor podía ser un camino.
La certeza de que alguien podía sorprenderlos daba a cada beso un filo de peligro, como un relámpago escondido tras las nubes. No era ya la dulzura ingenua de los primeros días, había una fiebre en sus manos, una urgencia en sus miradas, un fuego que ardía bajo la piel.
El acecho del hogar
La familia de Norma, sin embargo, no dormía tan profundamente como ellos creían. Su madre, que tenía el oído afilado por los años y las sospechas, empezó a notar movimientos extraños en la casa. Una puerta que se cerraba tarde, un crujido de la escalera de madera, un murmullo lejano que no provenía del sueño.
—Esta niña anda rara —le comentó una tarde a su esposo, mientras desgranaban maíz en el patio.
—Será que crece —dijo él, encogiéndose de hombros, pero con un brillo duro en los ojos.
—No. Hay algo más…
Desde entonces, las noches se llenaron de pasos contenidos. Norma sabía que su madre rondaba el rededor de la casa antes de acostarse, como si quisiera atraparla en cualquier descuido. Y ese acecho volvió aún más peligrosos los encuentros.
La cita junto a la acequia
Aquella noche, como tantas, Pablo aguardaba bajo la penumbra, cerca de la pileta de Puquiowajta cuyas aguas corría con un rumor inquieto. Norma se deslizó hacia él con la respiración agitada, las trenzas un poco desordenadas, con el corazón como bombo de la banda de músicos en procesión.
—Casi me ve mi madre —dijo apenas llegar, con un temblor en la voz.
—No importa. Aquí estás.
Se abrazaron como si el abrazo fuera un escondite. En el agua la luna reflejaba como queso, y el murmullo del agua parecía aconsejar en silencio.
—A veces pienso que este amor es como este cauce —susurró Norma—. Corre a escondidas, nadie lo ve, pero si lo siguen río arriba, encontrarán su origen.
—Entonces que el río se pierda en mil quebradas —respondió Pablo, acariciándole el cabello—. Nadie sabrá dónde empieza.
Se wajayllaron bajito, pero era una risa nerviosa, hecha de miedo y ternura.
El casi-descubrimiento
De pronto, un ruido seco los congeló. Eran pasos suaves. Pasos claros en la tierra húmeda. Norma apretó el brazo de Pablo, y el silencio se volvió insoportable. Desde la distancia, la silueta de una persona avanzaba con una linterna de querosén, su luz oscilante atravesando la oscuridad como una lengua de fuego. Era la madre de Norma.
El corazón de ella se encogió en un puño, y Pablo sintió que la sangre le golpeaba las sienes como martillo. Se escondieron tras un pirca de piedras, agachados, conteniendo la respiración como dos fugitivos. El olor de la tierra húmeda les llenaba la nariz, el crujido de la linterna acercándose les taladraba el alma.
—¡Norma! —llamó la voz materna, cortando la noche como un cuchillo.
La muchacha cerró los ojos, temblando, mientras Pablo le sostenía la mano con la fuerza de un juramento. Por un instante, creyeron que todo se había acabado.
Pero la mujer, tras unos segundos de silencio, suspiró y regresó sobre sus pasos. El resplandor de la linterna se fue apagando hasta desaparecer tras la curva del camino.
Recién entonces, los dos se atrevieron a respirar con más calma.
—Nos vio… —balbuceó Norma, aunque en realidad no había ocurrido.
—No. Pero estuvo a punto – dijo Pablo.
—No podemos seguir así…
—No podemos dejar de vernos.
La contradicción se clavó como espina en el aire.
El regreso fue un martirio. Norma entró a su casa con los pies helados y la cara ardiendo. Su madre, despierta aún, la miró de reojo desde el fogón, pero no dijo nada. Ese silencio era más duro que un grito.
Pablo, en cambio, caminó hasta su choza sintiendo que la sombra misma lo vigilaba. El eco de los pasos maternos lo perseguía, como si la tierra hubiera grabado aquella advertencia en su piel.
Esa noche, ambos durmieron poco. En sus sueños, el amor y el miedo se entrelazaban como dos hilos que no podían separarse.
A la mañana siguiente, Norma miró desde la ventana hacia los cerros de Qinuapunta. El sol nacía tímido, pero el pueblo entero parecía observarla. Una frase se deslizó en su mente como un presagio inevitable: “El pueblo entero es un ojo que nos mira”.
RICARDO SANTOS ALBORNOZ
[email protected]