Ricardo santos albornoz
EL ÚLTIMO ATARDECER EN MANGAS
(Novela corta)
Capítulo 4: SOMBRAS EN EL HOGAR
(Novela corta)
Capítulo 4: SOMBRAS EN EL HOGAR
El viento de Mangas no solo llevaba aromas de eucalipto, salvia y tierra húmeda, también arrastraba voces. Voces que no se detenían en las esquinas, sino que cruzaban chacras, entraban por las cocinas y se colaban en las conversaciones de las familias. En los pueblos pequeños, una mirada sostenida era suficiente para sembrar la sospecha, y una risa compartida se convertía en cuento.
Así comenzaron los rumores sobre Pablo y Norma. Primero fueron susurros de niños, luego comentarios de vecinas que se encontraban en las calles del pueblo o en el camino, más tarde advertencias de algún comunero que, entre calada y calada de cigarro, soltaba con aire de sabio:
—“Esos dos muchachos andan demasiado juntos. Algo traman.”
La primera reprensión
Una tarde, cuando Pablo regresó de la escuela, su madre lo esperaba sentada en la banca de piedra, justo a la entrada de la casa. Tenía el rebozo sobre la cabeza y el gesto tenso.
—“¿Dónde te has quedado, Pablo? No mientas. Te han visto en Mamapunco con la hija de Justo.”
Pablo, sorprendido, sintió que la sangre le subía al rostro. Intentó buscar una respuesta, pero solo atinó a bajar la mirada.
—“¿Acaso no tienes bastante con tus estudios y con ayudar en la chacra? ¿Para qué meterte en cosas que no son de tu edad?”
El silencio se hizo pesado. El abuelo, que escuchaba desde el rincón, se aclaró la garganta y habló con calma:
—“Deja que el muchacho respire. El corazón también necesita aprender, igual que las manos cuando siembran.”
La madre, sin embargo, no cedió:
—“El corazón no da de comer. Que se acuerde de eso.”
Pablo no respondió. Esa noche, mientras todos dormían, salió al patio y se quedó mirando las estrellas. Quiso preguntarle a la luna si era pecado sentir lo que sentía.
La casa de Norma
En la familia de Norma, la tensión se hizo aún más fuerte. Su padre, hombre de pocas palabras y de mirada dura, fue el primero en enterarse. Un comunero le había dicho de paso:
—“Tu hija ya se pasea mucho con el hijo de Eusebio. Ten cuidado, que luego los chismes son difíciles de apagar.”
Cuando Norma regresó de la escuela, lo encontró sentado a la mesa, afilando su cuchillo de trabajo en una piedra. La hoja brillaba bajo la luz tenue.
—“Hija, ¿es cierto lo que dicen? ¿Andas por los caminos con ese muchacho?”
Norma bajó los ojos. Sabía que cualquier palabra sería tomada como confesión.
Su madre, en cambio, intervino con tono severo:
—“Desde mañana vienes directo a casa. Nada de quedarse en el camino. ¿Has entendido?”
Norma asintió en silencio. Esa noche lloró en su manta, sin hacer ruido, como si no quisiera que ni las paredes la escucharan.
Encuentros cada vez más breves
Los días siguientes fueron distintos. Ya no podían caminar tranquilos hacia Jalcan. Norma iba vigilada, y Pablo, desde lejos, solo podía verla cruzar el patio de la escuela hasta que desaparecía en la esquina.
Aun así, encontraban maneras de rozar sus manos en el recreo, de intercambiar una palabra rápida en una esquina de las calles, o de dejarse una nota escrita en un trozo de papel escondido entre las páginas de un cuaderno.
Una tarde, lograron encontrarse en la quebrada, aunque solo por unos minutos.
—“No me dejan salir, Pablo. Dicen que no debo andar contigo.”
—“Tampoco en mi casa lo entienden. Pero, aunque nos vigilen, siempre habrá un lugar donde podamos vernos.”
Norma lo miró con los ojos humedecidos.
—“¿Y si nos separan?”
—“Entonces me quedaré con tu recuerdo, pero no pienso rendirme.”
El aire débil, a su lado, parecía llorar también, golpeando levemente sus mejillas, moviendo lentamente el cabello de Norma.
La voz del abuelo
Una noche, mientras conversaban en la cocina, el abuelo tomó la palabra con tono sereno:
—“Muchacho, recuerda que el amor verdadero siempre ha tenido enemigos. Antes eran los abismos, los ríos, las montañas. Ahora son las murmuraciones. Pero todo amor que resiste se vuelve fuerte, como el ichu que se dobla con el viento, pero no se quiebra.”
Pablo escuchaba en silencio, sintiendo que cada palabra era un báculo para sostener su corazón.
La vigilancia
Los padres de Norma cumplieron su advertencia. La madre comenzó a esperarla cada día a la salida de la escuela, tomando de su mano y conduciéndola rápido hacia la casa. A veces, ni tiempo le quedaba para despedirse con un gesto.
En el pueblo, algunos adultos asentían satisfechos:
—“Bien hecho. Así se corrige a la juventud antes que cometa tonterías.”
Pero para Pablo y Norma, cada medida de control era un muro invisible que se levantaba entre ellos. Aun así, en el fondo de sus miradas brillaba la convicción de que ninguna reja de costumbre ni de autoridad podría borrar lo que sentían.
El presentimiento
Una tarde, mientras Norma ayudaba a su madre a desgranar maíz, un pensamiento oscuro le cruzó por la mente: ¿y si un día me llevan lejos, a estudiar a otra parte? Esa idea la llenó de temor.
Por su lado, Pablo, recostado sobre una piedra en Jayán, soplaba su quena sin fuerza, como si la música hubiera perdido aire. El rumor de los rumores no solo se había instalado en las casas, sino también en sus corazones, que ahora latían con miedo y esperanza al mismo tiempo.
Así, el amor que había nacido entre watias y caminatas, comenzó a probar su resistencia bajo las sombras de la sospecha. Pablo y Norma ya no eran solo dos niños compartiendo tardes, eran dos jóvenes que enfrentaban la mirada vigilante de un pueblo entero.
Y aunque los adultos creían controlar sus pasos, en lo más íntimo del alma de ambos ardía un fuego que ninguna prohibición podría apagar.
RICARDO SANTOS ALBORNOZ
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Así comenzaron los rumores sobre Pablo y Norma. Primero fueron susurros de niños, luego comentarios de vecinas que se encontraban en las calles del pueblo o en el camino, más tarde advertencias de algún comunero que, entre calada y calada de cigarro, soltaba con aire de sabio:
—“Esos dos muchachos andan demasiado juntos. Algo traman.”
La primera reprensión
Una tarde, cuando Pablo regresó de la escuela, su madre lo esperaba sentada en la banca de piedra, justo a la entrada de la casa. Tenía el rebozo sobre la cabeza y el gesto tenso.
—“¿Dónde te has quedado, Pablo? No mientas. Te han visto en Mamapunco con la hija de Justo.”
Pablo, sorprendido, sintió que la sangre le subía al rostro. Intentó buscar una respuesta, pero solo atinó a bajar la mirada.
—“¿Acaso no tienes bastante con tus estudios y con ayudar en la chacra? ¿Para qué meterte en cosas que no son de tu edad?”
El silencio se hizo pesado. El abuelo, que escuchaba desde el rincón, se aclaró la garganta y habló con calma:
—“Deja que el muchacho respire. El corazón también necesita aprender, igual que las manos cuando siembran.”
La madre, sin embargo, no cedió:
—“El corazón no da de comer. Que se acuerde de eso.”
Pablo no respondió. Esa noche, mientras todos dormían, salió al patio y se quedó mirando las estrellas. Quiso preguntarle a la luna si era pecado sentir lo que sentía.
La casa de Norma
En la familia de Norma, la tensión se hizo aún más fuerte. Su padre, hombre de pocas palabras y de mirada dura, fue el primero en enterarse. Un comunero le había dicho de paso:
—“Tu hija ya se pasea mucho con el hijo de Eusebio. Ten cuidado, que luego los chismes son difíciles de apagar.”
Cuando Norma regresó de la escuela, lo encontró sentado a la mesa, afilando su cuchillo de trabajo en una piedra. La hoja brillaba bajo la luz tenue.
—“Hija, ¿es cierto lo que dicen? ¿Andas por los caminos con ese muchacho?”
Norma bajó los ojos. Sabía que cualquier palabra sería tomada como confesión.
Su madre, en cambio, intervino con tono severo:
—“Desde mañana vienes directo a casa. Nada de quedarse en el camino. ¿Has entendido?”
Norma asintió en silencio. Esa noche lloró en su manta, sin hacer ruido, como si no quisiera que ni las paredes la escucharan.
Encuentros cada vez más breves
Los días siguientes fueron distintos. Ya no podían caminar tranquilos hacia Jalcan. Norma iba vigilada, y Pablo, desde lejos, solo podía verla cruzar el patio de la escuela hasta que desaparecía en la esquina.
Aun así, encontraban maneras de rozar sus manos en el recreo, de intercambiar una palabra rápida en una esquina de las calles, o de dejarse una nota escrita en un trozo de papel escondido entre las páginas de un cuaderno.
Una tarde, lograron encontrarse en la quebrada, aunque solo por unos minutos.
—“No me dejan salir, Pablo. Dicen que no debo andar contigo.”
—“Tampoco en mi casa lo entienden. Pero, aunque nos vigilen, siempre habrá un lugar donde podamos vernos.”
Norma lo miró con los ojos humedecidos.
—“¿Y si nos separan?”
—“Entonces me quedaré con tu recuerdo, pero no pienso rendirme.”
El aire débil, a su lado, parecía llorar también, golpeando levemente sus mejillas, moviendo lentamente el cabello de Norma.
La voz del abuelo
Una noche, mientras conversaban en la cocina, el abuelo tomó la palabra con tono sereno:
—“Muchacho, recuerda que el amor verdadero siempre ha tenido enemigos. Antes eran los abismos, los ríos, las montañas. Ahora son las murmuraciones. Pero todo amor que resiste se vuelve fuerte, como el ichu que se dobla con el viento, pero no se quiebra.”
Pablo escuchaba en silencio, sintiendo que cada palabra era un báculo para sostener su corazón.
La vigilancia
Los padres de Norma cumplieron su advertencia. La madre comenzó a esperarla cada día a la salida de la escuela, tomando de su mano y conduciéndola rápido hacia la casa. A veces, ni tiempo le quedaba para despedirse con un gesto.
En el pueblo, algunos adultos asentían satisfechos:
—“Bien hecho. Así se corrige a la juventud antes que cometa tonterías.”
Pero para Pablo y Norma, cada medida de control era un muro invisible que se levantaba entre ellos. Aun así, en el fondo de sus miradas brillaba la convicción de que ninguna reja de costumbre ni de autoridad podría borrar lo que sentían.
El presentimiento
Una tarde, mientras Norma ayudaba a su madre a desgranar maíz, un pensamiento oscuro le cruzó por la mente: ¿y si un día me llevan lejos, a estudiar a otra parte? Esa idea la llenó de temor.
Por su lado, Pablo, recostado sobre una piedra en Jayán, soplaba su quena sin fuerza, como si la música hubiera perdido aire. El rumor de los rumores no solo se había instalado en las casas, sino también en sus corazones, que ahora latían con miedo y esperanza al mismo tiempo.
Así, el amor que había nacido entre watias y caminatas, comenzó a probar su resistencia bajo las sombras de la sospecha. Pablo y Norma ya no eran solo dos niños compartiendo tardes, eran dos jóvenes que enfrentaban la mirada vigilante de un pueblo entero.
Y aunque los adultos creían controlar sus pasos, en lo más íntimo del alma de ambos ardía un fuego que ninguna prohibición podría apagar.
RICARDO SANTOS ALBORNOZ
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