ricardo santos albornoz
EL ÚLTIMO ATARDECER Cap. 10
La niebla del silencio
La niebla del silencio
Lima era una ciudad inmensa y sin alma, un lugar de muchos ruidos donde Norma caminaba como si fuese una isla a la deriva. Norma vivía su dilema, no sabía si comunicar de su situación a sus padres o quedar callada.
El embarazo cayó sobre ella como un cielo desplomado. Al descubrirlo, sus manos temblaban sobre su vientre apenas incipiente, y en sus noches solitarias pensaba en Pablo, en cómo hubiera sido distinto si aquel hijo llevase su nombre en la sangre. Pero el joven que la había cortejado no quería asumir la vida que venía; la palabra “hijo” le parecía una pesadilla. Fue él quien insistió, quien la empujó a buscar una salida clandestina, como si la vida pudiera borrarse con el mismo descuido con que se arruga un papel.
Norma dudaba. Sentía miedo, vergüenza, un peso que la ahogaba. Recordaba las montañas de Mangas, su aire limpio, la voz de su madre llamándola al atardecer. Todo eso parecía tan lejano. En Lima, en cambio, solo había muros grises y médicos sin rostro, con manos frías y ojos que no miraban.
Una tarde la llevaron a un barrio, a un lugar estrecho y húmedo, una casa que olía a encierro. Un señor de peso la recibió con indiferencia, como quien trata con objetos y no con vidas. Era el médico. El joven que la había forzado a esa decisión esperaba afuera, fumando nervioso. Norma entró con el corazón encogido y con una punzada de presentimiento.
Ella se recostó sobre una camilla y el anciano inició con el procedimiento que fue torpe, brutal. Ella sintió un dolor lacerante, una ola oscura que la envolvía. Su cuerpo empezó a desvanecerse entre las manos inexpertas que no sabían del cuidado, ni de ternura, ni de amor. El doctor actuó con negligencia, dicha actitud para Norma fue una daga invisible
En su última claridad, Norma recordó a Pablo. Recordó sus ojos cuando se escondían detrás de la escuela, el murmullo de la acequia, las manos entrelazadas bajo la luna en Puquiowaqta. Quiso gritar su nombre, pero solo un hilo de voz salió de su boca. La vida se le escapó como el agua que se pierde bajo la tierra sedienta, dejando apenas un silencio helado.
Cuando el joven entró, todo había terminado. La muchacha que había llegado con miedo ya no respiraba. El doctor, con gesto impasible, murmuró excusas y culpó a la fragilidad de su cuerpo. Pero en realidad había sido la fragilidad del destino, ese destino que la arrancó de las montañas para perderla en un cuarto oscuro de la ciudad.
Así, Norma murió lejos de su tierra, lejos de su madre, lejos de Pablo. La noticia no tardaría en llegar a Mangas, pero cuando lo hiciera, sería más frio que la helada del mes de junio o como una pedrada que se hundiría en el pecho de quien todavía la esperaba entre los caminos de su pueblo.
Ricardo Santos Albornoz
[email protected]
El embarazo cayó sobre ella como un cielo desplomado. Al descubrirlo, sus manos temblaban sobre su vientre apenas incipiente, y en sus noches solitarias pensaba en Pablo, en cómo hubiera sido distinto si aquel hijo llevase su nombre en la sangre. Pero el joven que la había cortejado no quería asumir la vida que venía; la palabra “hijo” le parecía una pesadilla. Fue él quien insistió, quien la empujó a buscar una salida clandestina, como si la vida pudiera borrarse con el mismo descuido con que se arruga un papel.
Norma dudaba. Sentía miedo, vergüenza, un peso que la ahogaba. Recordaba las montañas de Mangas, su aire limpio, la voz de su madre llamándola al atardecer. Todo eso parecía tan lejano. En Lima, en cambio, solo había muros grises y médicos sin rostro, con manos frías y ojos que no miraban.
Una tarde la llevaron a un barrio, a un lugar estrecho y húmedo, una casa que olía a encierro. Un señor de peso la recibió con indiferencia, como quien trata con objetos y no con vidas. Era el médico. El joven que la había forzado a esa decisión esperaba afuera, fumando nervioso. Norma entró con el corazón encogido y con una punzada de presentimiento.
Ella se recostó sobre una camilla y el anciano inició con el procedimiento que fue torpe, brutal. Ella sintió un dolor lacerante, una ola oscura que la envolvía. Su cuerpo empezó a desvanecerse entre las manos inexpertas que no sabían del cuidado, ni de ternura, ni de amor. El doctor actuó con negligencia, dicha actitud para Norma fue una daga invisible
En su última claridad, Norma recordó a Pablo. Recordó sus ojos cuando se escondían detrás de la escuela, el murmullo de la acequia, las manos entrelazadas bajo la luna en Puquiowaqta. Quiso gritar su nombre, pero solo un hilo de voz salió de su boca. La vida se le escapó como el agua que se pierde bajo la tierra sedienta, dejando apenas un silencio helado.
Cuando el joven entró, todo había terminado. La muchacha que había llegado con miedo ya no respiraba. El doctor, con gesto impasible, murmuró excusas y culpó a la fragilidad de su cuerpo. Pero en realidad había sido la fragilidad del destino, ese destino que la arrancó de las montañas para perderla en un cuarto oscuro de la ciudad.
Así, Norma murió lejos de su tierra, lejos de su madre, lejos de Pablo. La noticia no tardaría en llegar a Mangas, pero cuando lo hiciera, sería más frio que la helada del mes de junio o como una pedrada que se hundiría en el pecho de quien todavía la esperaba entre los caminos de su pueblo.
Ricardo Santos Albornoz
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