ricardo santos albornoz
EL ÚLTIMO ATARDECER
Capítulo 2
Capítulo 2
LOS RUMORES DEL PATIO
El amanecer en Mangas tenía el color de las campanas húmedas, un azul aún adormecido que poco a poco se abría en claridades. El canto del gallo, repetido de casa en casa, anunciaba que el pueblo despertaba en humaredas entre los techos de teja y olor a cancha tostada o papa asada. Pablo se levantaba con la primera luz, no solo por obediencia al llamado de su madre, sino porque sabía que en la escuela lo esperaba la mirada tierna y serena de Norma.
El camino a la escuela era una travesía sencilla y a la vez sagrada. Pablo llevaba sus cuadernos bajo el brazo, con las hojas todavía marcadas por manchas de tinta torpe y el lápiz en el bolsillo pero en su corazón llevaba un cuaderno invisible donde iba anotando cada gesto, cada sonrisa que Norma le regalaba.
La escuela y sus secretos
La escuela Mixta de Mangas no era solo un lugar de lecciones. Era un universo en miniatura. Lugar de aprendizajes y el crecimiento de amores. El patio amplio, con su tierra endurecida por tantas pisadas, guardaba en silencio las carreras, las peleas repentinas y las reconciliaciones. Las paredes encaladas devolvían la luz del sol como espejos ingenuos, y en cada salón el olor a tiza se mezclaba con el del sudor infantil y el murmullo de las lecciones repetidas en coro.
Norma se sentaba siempre en la segunda fila, cerca de la ventana. Desde allí podía ver el cielo recortado entre ramas de saúco, y a veces distraerse contando las nubes como si fueran rebaños lentos pastando en la altura. Pablo, sin confesárselo a nadie, buscaba la manera de sentarse lo más cerca posible, aunque el maestro Don Agapito lo cambiara de lugar una y otra vez con severidad.
—“Pablo, concéntrese en la lección, que las miradas no sirven para sumar ni restar” —solía decir el maestro Eleodoro Gamarra, levantando la ceja, como si sospechara algo.
Las risas de algunos compañeros estallaban por lo bajo, pero Norma permanecía en calma, apenas bajando los ojos sobre su cuaderno.
El patio y las confidencias
En los recreos, mientras la mayoría corría tras la pelota de trapo o se agrupaba para jugar a las escondidas, Pablo y Norma buscaban siempre un rincón bajo el saúco viejo del patio. Allí compartían trozos de queso y cancha o trozos e chicharrón, como si esos bocados fueran pactos secretos.
—“¿Qué quieres ser cuando seas grande?”, preguntó una vez Pablo, masticando con torpeza una cancha.
El amanecer en Mangas tenía el color de las campanas húmedas, un azul aún adormecido que poco a poco se abría en claridades. El canto del gallo, repetido de casa en casa, anunciaba que el pueblo despertaba en humaredas entre los techos de teja y olor a cancha tostada o papa asada. Pablo se levantaba con la primera luz, no solo por obediencia al llamado de su madre, sino porque sabía que en la escuela lo esperaba la mirada tierna y serena de Norma.
El camino a la escuela era una travesía sencilla y a la vez sagrada. Pablo llevaba sus cuadernos bajo el brazo, con las hojas todavía marcadas por manchas de tinta torpe y el lápiz en el bolsillo pero en su corazón llevaba un cuaderno invisible donde iba anotando cada gesto, cada sonrisa que Norma le regalaba.
La escuela y sus secretos
La escuela Mixta de Mangas no era solo un lugar de lecciones. Era un universo en miniatura. Lugar de aprendizajes y el crecimiento de amores. El patio amplio, con su tierra endurecida por tantas pisadas, guardaba en silencio las carreras, las peleas repentinas y las reconciliaciones. Las paredes encaladas devolvían la luz del sol como espejos ingenuos, y en cada salón el olor a tiza se mezclaba con el del sudor infantil y el murmullo de las lecciones repetidas en coro.
Norma se sentaba siempre en la segunda fila, cerca de la ventana. Desde allí podía ver el cielo recortado entre ramas de saúco, y a veces distraerse contando las nubes como si fueran rebaños lentos pastando en la altura. Pablo, sin confesárselo a nadie, buscaba la manera de sentarse lo más cerca posible, aunque el maestro Don Agapito lo cambiara de lugar una y otra vez con severidad.
—“Pablo, concéntrese en la lección, que las miradas no sirven para sumar ni restar” —solía decir el maestro Eleodoro Gamarra, levantando la ceja, como si sospechara algo.
Las risas de algunos compañeros estallaban por lo bajo, pero Norma permanecía en calma, apenas bajando los ojos sobre su cuaderno.
El patio y las confidencias
En los recreos, mientras la mayoría corría tras la pelota de trapo o se agrupaba para jugar a las escondidas, Pablo y Norma buscaban siempre un rincón bajo el saúco viejo del patio. Allí compartían trozos de queso y cancha o trozos e chicharrón, como si esos bocados fueran pactos secretos.
—“¿Qué quieres ser cuando seas grande?”, preguntó una vez Pablo, masticando con torpeza una cancha.
CAMINO DEL INCA UN TRAMO EN MANGAS
Norma se quedó pensando. El sol, al entrar por la copa del saúco, dibujaba manchas de luz en su rostro.
—“Quizá maestra… como la maestra que enseña en Nanis. Me gustaría enseñar a los niños a leer, para que nadie se quede en la oscuridad.”
Pablo sonrió.
—“Y.. tú?” – preguntó, Norma.
—“Yo… quisiera ser arriero, como mi padre. Pero no solo llevar cargas. Quiero conocer otros pueblos, ver cómo canta el viento en lugares donde nunca he ido.”
—“¿Y volverías?”
—“Siempre. Porque aquí… aquí tengo mis raíces en los amaneceres y atardeceres.”
Ella lo miró en silencio, comprendiendo lo que las palabras no podían decir del todo.
Los rumores
Pero en los pueblos pequeños todo gesto es semilla de comentario. Las miradas que se cruzaban en clase, las caminatas al salir de la escuela, las risas compartidas bajo el molle… empezaron a ser notadas. Primero fueron sus compañeras, que murmuraban a escondidas:
—“Pablo siempre la sigue como perrito.”
—“Norma se pone colorada cuando él la mira.”
Luego los varones, entre burlas y empujones, lo señalaban:
—“¡Ahí va el novio de Norma!”
Pablo se defendía con sonrisas nerviosas, pero en su interior sentía que aquello, aunque lo avergonzara, tenía algo de verdad.
La vigilancia de los mayores
—“Quizá maestra… como la maestra que enseña en Nanis. Me gustaría enseñar a los niños a leer, para que nadie se quede en la oscuridad.”
Pablo sonrió.
—“Y.. tú?” – preguntó, Norma.
—“Yo… quisiera ser arriero, como mi padre. Pero no solo llevar cargas. Quiero conocer otros pueblos, ver cómo canta el viento en lugares donde nunca he ido.”
—“¿Y volverías?”
—“Siempre. Porque aquí… aquí tengo mis raíces en los amaneceres y atardeceres.”
Ella lo miró en silencio, comprendiendo lo que las palabras no podían decir del todo.
Los rumores
Pero en los pueblos pequeños todo gesto es semilla de comentario. Las miradas que se cruzaban en clase, las caminatas al salir de la escuela, las risas compartidas bajo el molle… empezaron a ser notadas. Primero fueron sus compañeras, que murmuraban a escondidas:
—“Pablo siempre la sigue como perrito.”
—“Norma se pone colorada cuando él la mira.”
Luego los varones, entre burlas y empujones, lo señalaban:
—“¡Ahí va el novio de Norma!”
Pablo se defendía con sonrisas nerviosas, pero en su interior sentía que aquello, aunque lo avergonzara, tenía algo de verdad.
La vigilancia de los mayores
MAMA PUNCU – ZAGUAN GRANDE
EN EL CAMINO DE HERRADURA O QAPACÑAM ENTRE MANGAS Y GORGORILLO
Una tarde, al regresar de Jalcan, un comunero que venía del pastoreo los vio conversando junto al zaguán de Mamapunco. No dijo nada en el momento, pero al llegar al pueblo dejó caer el comentario en voz alta, como quien suelta una piedra al estanque de Rarán:
—“A esos muchachos ya los vi muy juntitos por Jalcan…”
Las palabras corrieron de boca en boca como brasas encendidas. Y aunque aún eran susurros, Pablo notó que la madre lo observaba más detenidamente al volver a casa.
—“¿Con quién estuviste, hijo? Te demoraste mucho en el camino.”
Él respondió evasivo, fingiendo cansancio. Pero en su corazón temía que aquella verdad, tan pequeña y luminosa, se volviera un pecado a los ojos de los adultos.
El abuelo y sus consejos
El único que parecía comprenderlo era su abuelo. Una noche, mientras acomodaban la leña para la cocina, el anciano habló sin mirarlo directamente, como quien confía un secreto al humo:
—“El amor es como la watia, Pablo. Se prepara en silencio, con paciencia, con cuidado. Pero siempre habrá ojos que quieran abrir el horno antes de tiempo.”
Pablo guardó esas palabras como quien esconde una piedra preciosa en el bolsillo.
La fuerza del silencio
Norma, por su parte, aprendía a callar. No respondía a las burlas de las amigas ni a las preguntas maliciosas. Su manera de resistir era sonreír suavemente y seguir caminando. Esa serenidad le daba a Pablo una fuerza nueva, la certeza de que lo que vivían no necesitaba ser explicado ni defendido.
Los días seguían, entre clases, caminatas y watias en Jalcan, pero ya sobre sus espaldas comenzaba a crecer la sombra de los rumores. Una sombra que, aunque aún ligera, presagiaba que el amor no siempre camina libre por los senderos de los pueblos, y que toda ternura es puesta a prueba por las miradas ajenas.
Ricardo Santos Albornoz
[email protected]
—“A esos muchachos ya los vi muy juntitos por Jalcan…”
Las palabras corrieron de boca en boca como brasas encendidas. Y aunque aún eran susurros, Pablo notó que la madre lo observaba más detenidamente al volver a casa.
—“¿Con quién estuviste, hijo? Te demoraste mucho en el camino.”
Él respondió evasivo, fingiendo cansancio. Pero en su corazón temía que aquella verdad, tan pequeña y luminosa, se volviera un pecado a los ojos de los adultos.
El abuelo y sus consejos
El único que parecía comprenderlo era su abuelo. Una noche, mientras acomodaban la leña para la cocina, el anciano habló sin mirarlo directamente, como quien confía un secreto al humo:
—“El amor es como la watia, Pablo. Se prepara en silencio, con paciencia, con cuidado. Pero siempre habrá ojos que quieran abrir el horno antes de tiempo.”
Pablo guardó esas palabras como quien esconde una piedra preciosa en el bolsillo.
La fuerza del silencio
Norma, por su parte, aprendía a callar. No respondía a las burlas de las amigas ni a las preguntas maliciosas. Su manera de resistir era sonreír suavemente y seguir caminando. Esa serenidad le daba a Pablo una fuerza nueva, la certeza de que lo que vivían no necesitaba ser explicado ni defendido.
Los días seguían, entre clases, caminatas y watias en Jalcan, pero ya sobre sus espaldas comenzaba a crecer la sombra de los rumores. Una sombra que, aunque aún ligera, presagiaba que el amor no siempre camina libre por los senderos de los pueblos, y que toda ternura es puesta a prueba por las miradas ajenas.
Ricardo Santos Albornoz
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