ricardo santos albornoz
EL ÚLTIMO ATARDECER
Capítulo 1: TARDES DE JACHASH WATIA EN JALCAN
Capítulo 1: TARDES DE JACHASH WATIA EN JALCAN
Un silencio de fuego se dibujaba sobre los cerros cuando el viento, como una aguja invisible, cosía hilos de oro entre las nubes en los atardeceres. El cielo parecía un telar infinito, donde cada hebra de luz se entretejía con el murmullo de los riachuelos que descendían en espumas cristalinas hacia los valles. En esas horas, los cerros se volvían guardianes inmóviles, como ancianos que observan, serenos, el tránsito de la vida.
Fue entonces—en la escuela Mixta de Mangas, donde la tiza exhalaba cal fresca y las pizarras guardaban secretos de dedos inquietos—que Pablo tropezó con el amor, como quien encuentra un manantial puro oculto entre rocas resecas de Wishkashpuquio. Allí, entre cuadernos de tapas ajadas y voces que repetían tablas de multiplicar, emergió Norma. No fue un encuentro estruendoso ni una revelación inmediata, sino un roce de destinos que parecía tejido mucho antes de que sus ojos se miraran.
Al encontrarse, no hubo estridencia, sino una caricia del tiempo: un instante detenido que los reconoció, tal vez de otra vida, tal vez de un suspiro compartido a lo lejos. Pablo, sin comprender del todo, supo que algo había cambiado para siempre.
Norma, con la calma de los campos verdes después de la lluvia, traía en la mirada una serenidad antigua. Pocas veces hablaba, pero cuando lo hacía, el aire se quedaba quieto, como si el viento esperara el final de cada palabra para poder seguir soplando. Su sonrisa, tan suave, hacía inclinarse a los eucaliptos de Rarán como si quisieran saludarla. El rumor de las hojas, cómplice de su voz, se posaba en Pablo, quien aprendía, lento y atento, a escuchar cada sílaba, como si fueran semillas que caían en la tierra fértil de su corazón.
El camino hacia Jalcan
Apenas sonaba la última campana del día y los ecos infantiles se esfumaban entre risas y pizarrones, Pablo y Norma emprendían el camino hacia Jalcan. Los cuadernos quedaban atrás, junto al polvo de las aulas, y el mundo se abría en senderos de piedra que ascendían entre chacras de maíz y linderos de aliso. Allí, los maíces se dejaban peinar por la brisa vespertina; el sendero de piedra cantaba historias antiguas, y los arbustos, tímidos testigos, se abrían a su paso como guardianes de un secreto.
En ocasiones, se detenían en el zaguán centenario de piedra —Mamapunco, en Jojkana—. En ese portal, donde la historia parecía haberse quedado atrapada, se sentaban para compartir trozos de queso y su cancha que sabían a antaño. Cada grano tostado crujía entre sus dientes como un pequeño tambor que marcaba el pulso de su complicidad. Allí, en la penumbra del atardecer, sus labios hilvanaban palabras más románticas que el cielo en llamas.
“—¿Tú crees que el cielo tiene dueño?”, preguntó Norma una tarde, señalando la línea florida del horizonte, incendiada en tonos carmesí.
“—No”, respondió Pablo, con suavidad, “pero si lo tuviera, tú serías la dueña de mis atardeceres.”
Ambos callaron después, como si el silencio supiera más de amores que cualquier palabra. Luego procedían el camino rumbo a Jalcan.
Recuerdos de la escuela
En las mañanas, Pablo buscaba con disimulo la figura de Norma entre las mesas. Fingía ordenar sus cuadernos, pero en realidad esperaba el instante en que ella levantara la vista y lo sorprendiera mirándola. Entonces, el rubor lo delataba. Norma, sin decir nada, sonreía levemente, y ese gesto era suficiente para sostenerlo todo el día.
En la hora de recreo, mientras los niños corrían tras una pelota hecha de trapos, ellos preferían caminar bajo el viejo ciprés del patio. Norma contaba historias que su madre le había narrado sobre el río Shinwa, y Pablo escuchaba con la atención reverente de un discípulo ante su maestra. Cada palabra de Norma era para él un descubrimiento, como abrir una ventana a un paisaje oculto.
Jalcan y la preparación de la watia
Los días corrían con la calma de los arrieros que dejan huellas en el polvo y melodías en el viento. Y allí, con cada tarde cayendo sobre ellos, surgía una nueva aventura: preparar la watia de calabaza.
Una mañana de solana andina, el abuelo de Pablo —con sus manos ásperas aún marcadas por las labores del campo— los llevó a buscar estiércol seco de las vacas en las chacras de alfalfares ya consumidos por los ganados. Norma, entre risas, se cubría la nariz mientras recogían la muñega; el estiércol, aunque humilde y maloliente, prometía la calidez del horno.
Luego, se internaron en la quebrada cercana, buscando leña de molle y huaromo seco que crujiera al romperse, lista para alimentar el fuego. Cada rama hallada era celebrada con una pequeña caricia al tronco, como agradeciéndole que cediera sus fibras para encender el corazón del horno.
El ritual de la watia
El horno de piedra y barro se calentaba con mucho ahínco, atizando la leña y el estiércol que crepitando generaban humo que ascendía en espirales como plegarias al cielo. La calabaza se acomodaba entre carbones calientes y sobre estiércol consumido por el fuego, exhalando olor a tierra, dulzor y rescoldo de leña.
El abuelo, con palos largos, removía las calabazas y decía que “la watia guardará el aliento de la tarde y el canto del monte; mañana su aroma invadirá los aires y será un puente entre el tiempo y el sabor.”
Mientras la brasa se apagaba lentamente, Norma se acercaba al abuelo y le pedía otra historia, alguna de cuando Mangas estaba recién fundada o de los primeros viajeros solitarios de los caminos. El abuelo sonreía y, acomodando el sombrero, adaptaba sus relatos al caer de la noche.
Así con el titilar de las estrellas, al calor del fuego que emanaba del horno, el abuelo de Pablo se sentaba en una laja de piedra, con la voz cargada de eco y misterio. Su garganta, gastada por los años, hacía que cada palabra sonara como un viento antiguo que descendía de las cumbres.
Hablaba de espíritus que bajaban por Janjash buscando a sus amores extraviados; relataba, por ejemplo, la leyenda de una mujer que subía desde los valles con la luna por compañera, llevando en sus manos un ramo de kachkis. Y otra vez contaba del joven pastor que tocaba la quena en las cumbres, cuyo canto era llevado por el zorro mañanero para que llegase al oído de la pastora que lo esperaba en secreto al otro lado del valle.
Hablaba de una curandera que, bajo un aliso plateado, cosechaba luna y estrellas para sanar las llagas de la tierra; de un eco inmenso que se repetía en las quebradas, como un suspiro eterno de amantes que jamás olvidaron traer el fuego del amor.
Norma escuchaba en silencio, sus pupilas reflejando el fuego como espejos diminutos. Pablo, atreviéndose cada vez más, entrelazaba sus dedos con los de ella. Y en ese contacto sencillo, el mundo encontraba sentido.
La cocina era un ritual, el aire una sinfonía de tierra, humo y promesas calladas. Cada tarde, cada noche estrelalda en Jalcan se prolongaba en recuerdos compartidos, semillas que germinarían entre canciones antiguas y el rumor de un amor que crece al calor del fuego y de las historias transmitidas al caer la tarde.
“—Pablo, …”
“—Norma, …”
Los nombres quedaban flotando en el aire, como pájaros que no querían posarse.
En la alborada siguiente, Norma probaba un primer bocado de la calabaza azada y cerrando los ojos imaginaba que allí estaban los atardeceres anteriores, los maíces dorados, el murmullo ancestral del abuelo.
Y así, en cada watia, en cada caminata, en cada atardecer, en cada relucir de las estrellas en cada silencio compartido, se iba tejiendo un destino que ninguno de los dos sospechaba aún, un amor tan profundo que ni el paso del tiempo ni las sombras del olvido podrían borrar.
Fue entonces—en la escuela Mixta de Mangas, donde la tiza exhalaba cal fresca y las pizarras guardaban secretos de dedos inquietos—que Pablo tropezó con el amor, como quien encuentra un manantial puro oculto entre rocas resecas de Wishkashpuquio. Allí, entre cuadernos de tapas ajadas y voces que repetían tablas de multiplicar, emergió Norma. No fue un encuentro estruendoso ni una revelación inmediata, sino un roce de destinos que parecía tejido mucho antes de que sus ojos se miraran.
Al encontrarse, no hubo estridencia, sino una caricia del tiempo: un instante detenido que los reconoció, tal vez de otra vida, tal vez de un suspiro compartido a lo lejos. Pablo, sin comprender del todo, supo que algo había cambiado para siempre.
Norma, con la calma de los campos verdes después de la lluvia, traía en la mirada una serenidad antigua. Pocas veces hablaba, pero cuando lo hacía, el aire se quedaba quieto, como si el viento esperara el final de cada palabra para poder seguir soplando. Su sonrisa, tan suave, hacía inclinarse a los eucaliptos de Rarán como si quisieran saludarla. El rumor de las hojas, cómplice de su voz, se posaba en Pablo, quien aprendía, lento y atento, a escuchar cada sílaba, como si fueran semillas que caían en la tierra fértil de su corazón.
El camino hacia Jalcan
Apenas sonaba la última campana del día y los ecos infantiles se esfumaban entre risas y pizarrones, Pablo y Norma emprendían el camino hacia Jalcan. Los cuadernos quedaban atrás, junto al polvo de las aulas, y el mundo se abría en senderos de piedra que ascendían entre chacras de maíz y linderos de aliso. Allí, los maíces se dejaban peinar por la brisa vespertina; el sendero de piedra cantaba historias antiguas, y los arbustos, tímidos testigos, se abrían a su paso como guardianes de un secreto.
En ocasiones, se detenían en el zaguán centenario de piedra —Mamapunco, en Jojkana—. En ese portal, donde la historia parecía haberse quedado atrapada, se sentaban para compartir trozos de queso y su cancha que sabían a antaño. Cada grano tostado crujía entre sus dientes como un pequeño tambor que marcaba el pulso de su complicidad. Allí, en la penumbra del atardecer, sus labios hilvanaban palabras más románticas que el cielo en llamas.
“—¿Tú crees que el cielo tiene dueño?”, preguntó Norma una tarde, señalando la línea florida del horizonte, incendiada en tonos carmesí.
“—No”, respondió Pablo, con suavidad, “pero si lo tuviera, tú serías la dueña de mis atardeceres.”
Ambos callaron después, como si el silencio supiera más de amores que cualquier palabra. Luego procedían el camino rumbo a Jalcan.
Recuerdos de la escuela
En las mañanas, Pablo buscaba con disimulo la figura de Norma entre las mesas. Fingía ordenar sus cuadernos, pero en realidad esperaba el instante en que ella levantara la vista y lo sorprendiera mirándola. Entonces, el rubor lo delataba. Norma, sin decir nada, sonreía levemente, y ese gesto era suficiente para sostenerlo todo el día.
En la hora de recreo, mientras los niños corrían tras una pelota hecha de trapos, ellos preferían caminar bajo el viejo ciprés del patio. Norma contaba historias que su madre le había narrado sobre el río Shinwa, y Pablo escuchaba con la atención reverente de un discípulo ante su maestra. Cada palabra de Norma era para él un descubrimiento, como abrir una ventana a un paisaje oculto.
Jalcan y la preparación de la watia
Los días corrían con la calma de los arrieros que dejan huellas en el polvo y melodías en el viento. Y allí, con cada tarde cayendo sobre ellos, surgía una nueva aventura: preparar la watia de calabaza.
Una mañana de solana andina, el abuelo de Pablo —con sus manos ásperas aún marcadas por las labores del campo— los llevó a buscar estiércol seco de las vacas en las chacras de alfalfares ya consumidos por los ganados. Norma, entre risas, se cubría la nariz mientras recogían la muñega; el estiércol, aunque humilde y maloliente, prometía la calidez del horno.
Luego, se internaron en la quebrada cercana, buscando leña de molle y huaromo seco que crujiera al romperse, lista para alimentar el fuego. Cada rama hallada era celebrada con una pequeña caricia al tronco, como agradeciéndole que cediera sus fibras para encender el corazón del horno.
El ritual de la watia
El horno de piedra y barro se calentaba con mucho ahínco, atizando la leña y el estiércol que crepitando generaban humo que ascendía en espirales como plegarias al cielo. La calabaza se acomodaba entre carbones calientes y sobre estiércol consumido por el fuego, exhalando olor a tierra, dulzor y rescoldo de leña.
El abuelo, con palos largos, removía las calabazas y decía que “la watia guardará el aliento de la tarde y el canto del monte; mañana su aroma invadirá los aires y será un puente entre el tiempo y el sabor.”
Mientras la brasa se apagaba lentamente, Norma se acercaba al abuelo y le pedía otra historia, alguna de cuando Mangas estaba recién fundada o de los primeros viajeros solitarios de los caminos. El abuelo sonreía y, acomodando el sombrero, adaptaba sus relatos al caer de la noche.
Así con el titilar de las estrellas, al calor del fuego que emanaba del horno, el abuelo de Pablo se sentaba en una laja de piedra, con la voz cargada de eco y misterio. Su garganta, gastada por los años, hacía que cada palabra sonara como un viento antiguo que descendía de las cumbres.
Hablaba de espíritus que bajaban por Janjash buscando a sus amores extraviados; relataba, por ejemplo, la leyenda de una mujer que subía desde los valles con la luna por compañera, llevando en sus manos un ramo de kachkis. Y otra vez contaba del joven pastor que tocaba la quena en las cumbres, cuyo canto era llevado por el zorro mañanero para que llegase al oído de la pastora que lo esperaba en secreto al otro lado del valle.
Hablaba de una curandera que, bajo un aliso plateado, cosechaba luna y estrellas para sanar las llagas de la tierra; de un eco inmenso que se repetía en las quebradas, como un suspiro eterno de amantes que jamás olvidaron traer el fuego del amor.
Norma escuchaba en silencio, sus pupilas reflejando el fuego como espejos diminutos. Pablo, atreviéndose cada vez más, entrelazaba sus dedos con los de ella. Y en ese contacto sencillo, el mundo encontraba sentido.
La cocina era un ritual, el aire una sinfonía de tierra, humo y promesas calladas. Cada tarde, cada noche estrelalda en Jalcan se prolongaba en recuerdos compartidos, semillas que germinarían entre canciones antiguas y el rumor de un amor que crece al calor del fuego y de las historias transmitidas al caer la tarde.
“—Pablo, …”
“—Norma, …”
Los nombres quedaban flotando en el aire, como pájaros que no querían posarse.
En la alborada siguiente, Norma probaba un primer bocado de la calabaza azada y cerrando los ojos imaginaba que allí estaban los atardeceres anteriores, los maíces dorados, el murmullo ancestral del abuelo.
Y así, en cada watia, en cada caminata, en cada atardecer, en cada relucir de las estrellas en cada silencio compartido, se iba tejiendo un destino que ninguno de los dos sospechaba aún, un amor tan profundo que ni el paso del tiempo ni las sombras del olvido podrían borrar.
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Ricardo Santos Albornoz
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