ELEAZAR GUZMÁN BARRÓN, EL SABIO MISHICANCA
De los relatos del padre Santiago Márquez Zorilla, narrado en una tarde de tertulia, allá en la década del 60.
Después de la Segunda Guerra Mundial, vivimos un largo período que se llamó el de la guerra fría. El mundo se polarizó en dos grandes fuerzas: capitalismo y comunismo, Estados Unidos y la Unión Soviética eran las cabezas de ambos gigantes. Y los dos poseían la terrible bomba atómica.
Se dice que si los aliados no invadían Europa, la Alemania nazi hubiera podido construir la bomba atómica y allí sí que nadie paraba a Hitler. Estados Unidos fue quien la tuvo primero. La bomba de hidrógeno, que causó gran desastre en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, era el terror universal. Para construirla se necesitaron a los cerebros más lúcidos de toda la tierra. ¿Puede imaginarse amable lector que un peruano tuvo mucho que ver en el estudio de la fisión nuclear?
Al contrario de Von Braun, el padre de la bomba atómica, nuestro compatriota, dirigió sus estudios a investigar el lado positivo de esta fuerza y utilizarla en bien de la humanidad, utilizando la medicina como un puente para aplicar sus poderes en la recuperación de la salud. Este peruano fue el sabio ancashino, huarino de nacimiento, Eleazar Guzmán Barrón.
Hablar de Eleazar Guzmán Barrón es referirse a un personaje que trasciende en el tiempo y en la historia de nuestro pueblo. Es más, su gran personalidad hizo que su talla se encumbre hasta lograr el reconocimiento internacional.
Guzmán Barrón nace en Huari, en 1893, en el seno de una de las familias con más raigambre en el lugar. En su tierra natal realizó sus estudios primarios en el Colegio Gonzáles Prada para luego trasladarse a la ciudad de Huarás, donde estudió la secundaria en el gran colegio De la Libertad, obteniendo la Medalla de Oro al final de sus estudios. Ejerció la docencia en ese colegio por algún tiempo y luego se trasladó a Lima.
- ¿Te vas a estudiar abogacía, mishicanca? – Le preguntaba su gran amigo, el poeta Teófilo Méndez Ramos.
- No hermano, yo quiero ser médico. En mi tierra hay mucha pobreza y la gente se muere por falta de atención.
- Se mueren porque comen gato, y eso empacha. –Retrucaba con sorna Méndez Ramos.
- No te burles. Quiero ser médico para ayudar a la humanidad.
- ¡Vamos! No te molestes. Tú eres un raro conchucano, no haces las cosas al revés.
- ¡Ja,ja,ja! ¿Por qué nos fastidian los huarasinos con eso de conchucano, chuquilito? ¿Acaso somos unos sonsos? A mí me ha contado el origen de ese apodo, el seminarista Santiago Márquez Zorrilla, él es de San Marcos y como no le gusta que le digan chuquis ha averiguado de dónde viene eso.
- ¿Y qué te ha dicho?
- Que es una aberración del término choque. Esa palabra se origina en San Luis, que antiguamente se llamaba Choque Huari o Chuqui Huari y que significaba oro de buenos kilates.
- ¿Pero, al oro no se le dice qori?
- Ese es el oro en bruto. Y chuqui o choque, es el oro laminado. En San Luis habitaban los artesanos que trabajaban primorosamente el oro de las minas del lugar en tiempos prehispánicos.
- ¿Y qué tiene que ver con lo de chuquis?
- Pues ya en la república, los sanluisinos y chacasinos, siguiendo una tradición milenaria venían a intercambiar sus productos atravesando la Quebrada Honda, y lo más característico era ver a unos campesinos que llevaban en hombros enormes cántaros y ollas. El alcohol y la coca los había degenerado terriblemente por lo que daban la apariencia de ser tontos de remate. ¡Esos son de Chuqui! Se decía antiguamente. Con el tiempo se generalizó la acepción y el término se usó de modo peyorativo.
- ¿Y esos chistes que les sacan? Pues hay algunos conchucanos que le hacen honor al término.
- ¡Bueno... En todo sitio hay tontos! Acá en Huarás también los hay. No lo niegues.
- Ya, ya. Tienes razón. Ahora cuéntame de tu viaje.
Eleazar logró su sueño de seguir sus estudios en la Universidad de San Marcos, ingresando a la Facultad de Medicina de San Fernando, y se graduó en 1922 ante la Academia de Medicina, pues San Marcos se hallaba recesada. En esos tiempos tomó parte de las luchas por la Reforma Universitaria, siendo célebre la carta que publicó en el diario El Comercio sobre la clausura de su universidad. Su círculo de amigos estaba conformado por lo mejor de la intelectualidad de entonces: Luis Alberto Sánchez, Ladislao Meza, Abraham Valdelomar, y el inquieto José Carlos Mariátegui.
Regresó a Huarás ya como médico y reorganizó el Hospital de Belén. Su labor fue elogiada no sólo por los pacientes sino también por toda la comunidad, que se maravilló de la modernización que se produjo en el antiguo hospital huarasino.
- ¿Ya visitó el hospital doña Cunshi? Masqui vaya a verlo. ¡Bonito está!
- ¡Ya he ido, pues! Conchucano es el doctor que ha cambiado todo. ¡Más mejor está ahora!
- ¡Tsaq tse!, cómo no llegó antes este doctorcito! Así no se hubiera muerto mi Ponciano. Ojalá que ahora no hayga tanta muerte.
- ¿Y de qué murió su difunto?
- ¡De cólico miserere pues se murió doña Cunshi! Pero ahora este doctorcito les opera y ¡zas! del todo les cura... ¡Pasepa!
Eleazar no tuvo apoyo para crear un hospital en su amada Huari, como era su deseo. De nuevo en Lima, fue nombrado catedrático de la Facultad de Medicina en San Fernando en 1924. Presentó un informe a la Dirección de Salubridad sobre las condiciones de salud en Madre de Dios y publicó un excelente trabajo, Estudios sobre el Indio Peruano.
A fines de esa década viajó becado a Francia. Como su prestigio internacional había crecido, la Fundación Rockefeller le otorgó una beca en la Universidad John Hopkins, en los Estados Unidos, donde fue jefe de investigaciones. Retorna a su patria para ser incorporado a la Sociedad Peruana de Cardiología y nominado Catedrático Honorario de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Durante su estancia en el Perú sentó las bases para la organización del Colegio Médico Peruano, interesando a sus colegas por la organización gremial en defensa de sus derechos.
- Colegas, es necesario estar organizados porque yo veo cómo en otros países se explota al profesional médico. Y eso va a suceder aquí.
- Pero si somos los profesionales mejor pagados.
- No siempre va a ser así. Viene otro gobierno y nos recorta lo ganado. ¡Tenemos que estar unidos y muy bien organizados! Insisto en que hay que crear el Colegio Médico.
El tema que lo inmortalizó fue la energía atómica, por el que tuvo especial interés en su aspecto relacionado a la salud humana. Sus estudios sobre los efectos biológicos de las radiaciones ionizantes a causa de la energía nuclear, son de gran importancia para la ciencia moderna. La Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos lo tuvo entre sus miembros. Pese a no poder regresar al Perú, siempre se mantuvo en contacto con sus alumnos y las asociaciones que había formado. Guzmán Barrón se ganó el respeto de la comunidad médica latinoamericana por su gran contribución a la ciencia.
El sabio ancashino falleció el 27 de junio de 1957 en la ciudad de Chicago. Sus restos se hallan en esa ciudad. La universidad en la que trabajó por tantos años, erigió un busto en su memoria. Los gringos que no son muy dados a perennizar la gloria de los extranjeros que residen en su país, muy reconocidos habrán tenido que estar con nuestro sabio para rendirle tamaño homenaje.
En nuestro país aún le debemos el reconocimiento que merece su sabiduría y su profundo interés por el aspecto humano de la ciencia médica.
¿A quién se le ocurre decir ahora que los huarinos solo comen gato? ¿Quién se atreve a decir que los chuquilitos lo hacen todo al revés? Guzmán Barrón fue un gran ancashino. En todo caso, él es la excepción que confirma la regla.
José Antonio Salazar Mejía