HUGO VÍLCHEZ ROMERO
GERMINACIÓN DEL FREJOL
Personal docente, administrativo, y alumnos de la década de los 60, 70, 80… del siglo pasado, con el fin de asistir, aprisa y puntual, al Colegio Coronel Bolognesi, situado en la falda de Parientana, pasaban 3 distintos senderos, cada uno con su respectivo sello. Los que provenían de Oro Puquio, Umpay y Lirio Guencha, surcaban el camino, inclinado, apretado, y el menudo abismo de 10 metros de altura. Los que arribaban de Jircan, Santa Cruz y Tranca, enfilaban el corto y empinado camino apostado al costado del remoto manantial de Parientana, y los que llegaban de Quihuyllan, Jupash y Alto Perú, ingresaban por reclinada y áspera rampa; húmeda en tiempo de lluvia, polvorienta en la estación de estío. En este constante ingreso y salida del colegio, en mi memoria resucita el siguiente y efectivo acontecimiento de la etapa de aplicado estudiante.
La enseñanza es de mañana y tarde. Los efusivos becarios cursaban el segundo año de secundaria, y el profesor Eloy Cox Mejía, enseñaba el curso de Botánica y Biología. A fines de setiembre de la postrera década de 1970 con anticipación de, 20, 25 días antes de su exposición, el guía, suministraba la tarea de una reflexiva y esmerada investigación botánica, “La germinación del frejol”. Para este original estudio el tutor confirió hasta el más mínimo detalle. Y según las instrucciones del profesor, al día siguiente, sábado, temprano por la mañana, luego de tomar sabroso desayuno familiar, los alumnos iniciaban El “arduo” trabajo para su exhaustivo estudio,
El aplicado estudiante, en el ángulo superior del cajón de cartón, con la tijera, cortaba una pequeña abertura de 5x5 centímetros en la forma y gusto de una figura geométrica. En el pequeño recipiente de lata, afanoso, con su manita amoratada, llenaba la tierra húmeda y feraz, extraída del jardín. En esta nimiedad de huertita, la semilla del frejol es sembrado con sumo cuidado, con expectativa que brotaría pronto. Terminado la primera fase de este experimento, el pequeño macetero situado al extremo de la ventanilla de la caja cubierta por completo con la tapa, quedaba aislado de toda relación humana. La recluida semilla, recibía la luz mortecina del día, que a duras penas entraba por la diminuta lumbrera del cajoncillo de zapatos.
Día lunes por la mañana, los primeros alumnos en llegar al colegio, previa formación general, cantar el himno nacional, izar la bandera enfrente de la escolta, que cada integrante tenía el fusil sobre el hombro juvenil, todo este acto al son de la sonora banda, se reunían en el centro del ceniciento patio. Alguien del grupo, en tono de curiosidad, comentó:
—¿Cómo les fue con el experimento?
—No tenía la caja de cartón, fui a comprar de la tienda de don Camilo —suspiró uno.
—Yo, del Sr. Bissetti- intervino otro
—Yo, de don Silverio Tafur —intercedió un tercero.
—Yo, de don Zenobio Alarcón —habló con voz apagada, el último de los reunidos.
Luego se pusieron a proyectar el experimento botánico, sobre “La germinación del frejol”:
—El mío, brotará primero —dijo uno
—El mío, crecerá rápido y será el más frondoso —Agregó otro.
—El mío, será el primero en salir por la ventanita de la caja —terció el tercero
—Bueno, bueno…el profesor verá a quien califica mejor, será por su trabajo y la exposición de su investigación. —Concluyó el de la voz apagada.
Acto seguido, los estudiantes comprendieron que, en su breve cháchara de ese instante, no era más que un sueño, una especulación. Coincidieron que tenían que esperar el resultado final de su experimento.
Sucedieron 2 semanas de tensa espera. Ansiosos, los alumnos van a la cama pensando en el experimento. Al día siguiente, al rayar el alba, despabilados corrían en dirección de la caja, emplazado en un recodo del patio, con el fin de ver si había brotado la semilla del frejol.
De pronto, de los maceteritos, uno tras otro, germinaba la semilla del frejol como el preciado sol en el horizonte. El corazón de cada colegial retozón, estallaba y se colmaba de inefable felicidad. Con el bolígrafo en nano, menudo y aterido, con el cuaderno, encima de trémulas y liliputienses piernas, apoltronados sobre una silla pequeña, encantados, cada dos días, tomaban nota de los singulares detalles y cambios que manifestaba el pimpollo del frejol.
Transcurrieron los días y... ¡Llegó el día de la exposición!
Viernes 23 de octubre. En sereno ocaso, nubes pardas amenazaban lanzar la primera lluvia. Era el turno de tarde y los becarios, con inaudita prudencia, ingresaban al salón con su famosa investigación bajo sus minúsculos brazos. El alumno Ramírez, no se sabía, bajo que sucesos, había olvidado de traer su trabajo. Uno de los compañeros le advirtió con amabilidad: —“Tienes tiempo, ve a traer tu trabajo” —este respondió con un rotundo rechazo:—¡No! —otro insistió: —“Si lo tienes listo, ¿Por qué no vas y lo traes?” —Intransigente, repuso —¡No! y ¡No! —Un compañero que estaba junto al grupo le exhortó: —“Oye erizo, su apodo, si no traes tu trabajo, el profesor te reprobará” —Más el condiscípulo, mirando con cierta inquina a los demás, vociferó: —¡Se acabó! ¡No iré, y qué! ¡Además, la chata, la auxiliar, no me dejará entrar! —Uno de los amigos, perdiendo la paciencia, arrebatado, que hasta la sangre se le subió al rostro amoratado, desgañitó: —“¡Es un testarudo! ¡Tan terco como una mula!, ¡No Irá!” —Y se quedó. Los alumnos, tensos, se separaron con el propósito de ir a su respectiva carpeta.
Minutos después, el profesor Eloy Cox, ingresaba al salón ataviado de saco, pantalón de percal, relucidos zapatos negros con la suela untada con minucias de barro, el rostro sobrio, soltando pasos graves. Entre los dedos de la mano yerta, traía el acta de notas y la lista de los alumnos. Los novatos, de inmediato, se incorporaron y saludaron a una sola voz:
—¡Buenos tardes profesor! —mientras el tutor, de pie y detrás del pupitre, llevaba el cabello lacio a un costado de la cabeza con su mano descarnada, en tono moderado, replicó:
—Alumnos, buenas tardes, tomen asiento —aun de pie y ordenándose el saco, añadió: —Hoy es un gran día, atento, oiré a cada uno de ustedes la exposición de su trabajo. —Los compañeros de clase, próximos al alumno Ramírez, presintieron cierta piedad, y a éste, se le estremeció su menudo cuerpo.
La exposición de los alumnos procedía en orden alfabético, según los apellidos. En esa disposición, revelaban mínimos detalles de su investigación. Auxiliado por las notas, escrito en su ajado cuaderno. Con ademanes, señalaban que la semilla del frejol había germinado a los 10 días de haberlo sembrado. Que el tallo y las hojas dentro del oscuro cajón exhibían un color pálido, trepándose en dirección de la ventanilla, a la luz del día, y fuera de ella, se apreciaba su típico color verde. El profesor tomaba nota de cada exposición. Y cuando se acercaba el turno del becario Ramírez, su minúscula y nerviosa mano traspiraba, y en ese ínterin, que le pareció oír su nombre, sus parvas piernas flaquearon. Luego de escuchar la exposición de los 2 últimos alumnos, el mentor se acercó al escritorio, observó la lista, y en tono sobrio, convocó:
—Alumno Ramírez Castillo, adelante, presente su trabajo —El colegial aludido, sudaba frío por la lozana testa perlada. Pesaroso, se puso de pie y con voz estremecida, habló:
—Profesor, me olvidé de traer mi trabajo —El tutor, que calificaba la muestra del anterior alumno, en un santiamén, alzó el rostro con el entrecejo fruncido y con voz desapacible dijo:
—Con que te olvidaste. —“Si profesor” —respondió tartamudeando el alumno. Meditabundo por unos segundos, el profesor le advirtió:
—Tienes 15 minutos para traer tu trabajo. Alumno Vílchez, ¡Acompáñelo! —con el aludido estudiante, ligeros salieron del salón, y se echaron a correr por el ancho corredor del colegio. Se encarrilaron rumbo al barrio de Lirio Guencha, donde vivía. Surcaron, con reserva, el ceñido y húmedo atajo del pequeño barranco, provocado por la llovizna de aquel instante de frío atardecer.
Bajo el rollizo brazo de Ramírez, de su trabajo de investigación, se podía apreciar verdes hojas del frejol que sobresalían por la portilla del sarcófago de cartón. Apremiados, de regreso, atravesaron la acequia de Yarush, cuya agua, provenía de la cascada de Umpay Cuta. Más allá, a unos pasos, se toparon con un lodazal. Prevenidos pasaban por el costado, pero para mala suerte del compañero, de repente se resbala y… ¡zas! se desplomó de espaldas con las piernitas lampiñas flotando en el aire, junto con el cajón que, del envase de lata, se desparramó casi toda la tierra, dañando el frondoso frejol. Su colega, entre la risa y el susto de este inopinado percance, se acercó para auxiliarlo. Ramírez, raudo, se reincorporó y atolondrado sacudió las partículas de barro del uniforme de color gris.
Ambos, de cuclillas, replantaban el maltrecho y copioso frejol. Mientras Ramírez, absorbía a menudo su congestionada nariz recta, con singular angustia, sostenía el frágil tallo con sus pequeñas manos ateridas, Vílchez, el cómplice de este lance, apresurado, echaba la tierra húmeda dentro del pote. Preocupados y despabilados, sin darse cuenta de cómo se hallaba plantado el espigado frejol, metieron al cajón y lo taparon a la velocidad de un rayo, veloz, se dirigieron al colegio. Llegaron agitados al aula.
Al ingresar al salón, el profesor, le combinó que pusiera su experimento sobre el pupitre e invitó a sentarse, mientras el otro alumno terminaba de exponer su trabajo. Ramírez, tenso, esperaba su turno. Hasta ese momento el tutor sonreía, satisfecho con el trabajo de sus discípulos.
Luego de calificar al alumno, el tutor se puso de pie y se arrimó al experimento del colegial Ramírez. Tan pronto apartó la tapa de la caja estropeada, su rostro sufrió una mutación inenarrable, una vez más, frunció el ceño. Irresoluto y asombrado, con la mano derecha debajo de la quijada, observaba una y otra vez el maceterito y el frejol, sin saber cómo reaccionar. Entre tanto, el becario, agitado, no entendía lo que sucedía ante los ojos del profesor y porque no le llamaba de una vez. El corazón le latía cada vez más y más.
El aula se hallaba en silencio sepulcral. El profesor se echó a caminar, sólo se oía el tañer del taco de los zapatos negros y las suelas embadurnadas de nimiedades de barro. Desde el otro extremo de la pizarra, con voz carrasposa, ordenó:
—Ramírez, adelante, describa su trabajo, tal como está —El alumno, con pasitos vibrantes con la mirada yacida al piso, llegó al escritorio. Cuando observó su experimento, se consternó, su rostro cárdeno se transfiguró, se puso pálido y quiso explicar con voz vacilante:
—Profesor, el frejol esta así porque… —No le he pedido explicaciones, describa a sus compañeros sobre su trabajo —dijo el tutor con voz acentuada. Contra su voluntad, el alumno, que observaba su experimento de vez en cuando, con vocecita ahogada, empezó a describir:
—La raíz del frejol…está creciendo en dirección de la…luz del día —Los estudiantes, al instante, prorrumpieron gozosa carcajada, que abarcó todo el perímetro del salón.
—Ja-ja- ja… la raíz creciendo hacia el cielo…ja-ja-ja —¡Silencio! —gritó el profesor, con ojos simulando seriedad, pero resistiendo a reírse también, contagiado por la cándida risa de sus discípulos, añadió:
—¡Continúe! — Y el becario prosiguió.
—El tallo del frejol…está creciendo…debajo de la tierra —Ja-ja-ja, el tallo creciendo bajo tierra ja-ja-ja —de nuevo se escuchó la ruidosa carcajada de los compañeros y el profesor tuvo que intervenir poco más o menos gritando: —¡Silencio! ¡Silencio! —Luego de una larga pausa, en el salón reinaba una sorda afonía.
—Su experimento le resultó todo al revés —expresó el tutor y, más calmado, añadió:
—Explique a sus compañeros sobre su trabajo, ¿Qué ocurrió? —aplacado, el tembloroso colegial, explicó con minuciosa referencia sobre el acontecimiento de su maltrecho estudio de, “La germinación del frejol”.
—Vílchez, ¿Es cierto de lo que dice su colega? —El alumno mencionado, de rollizas piernas, se puso de pie, y en tono de aprobación, mencionó: —Profesor, es verdad lo que acaba de contar el camarada Ramírez.
—¡Camarada Ramírez!…digo, alumno Ramírez, por suerte tiene usted un buen testigo —El tutor, hizo una pausa y cavilando sobre lo ocurrido, en tono conciliador, indicó:
—Alumno Ramírez, desde hoy, le doy otra oportunidad con la finalidad de comenzar un nuevo experimento, quiero verlo dentro de 25 días, y esta vez tenga mayor cuidado —Concluido la exposición de los alumnos restantes, el profesor, con sus manos huesudas, empuñó el acta de notas, la lista de los alumnos, en seguida, con raudo paso marchó en dirección de la puerta, antes de salir, giró sobre su pie, y en tono de despedida, habló: —Después de todo, han hecho una excelente exposición. Buenas tardes, hasta luego alumnos —estos respondieron al unísono: -¡Hasta luego profesor! Y desapareció tras la compuerta.
El Pichuychanca.
Chiquian 12 de febrero 2020
La enseñanza es de mañana y tarde. Los efusivos becarios cursaban el segundo año de secundaria, y el profesor Eloy Cox Mejía, enseñaba el curso de Botánica y Biología. A fines de setiembre de la postrera década de 1970 con anticipación de, 20, 25 días antes de su exposición, el guía, suministraba la tarea de una reflexiva y esmerada investigación botánica, “La germinación del frejol”. Para este original estudio el tutor confirió hasta el más mínimo detalle. Y según las instrucciones del profesor, al día siguiente, sábado, temprano por la mañana, luego de tomar sabroso desayuno familiar, los alumnos iniciaban El “arduo” trabajo para su exhaustivo estudio,
El aplicado estudiante, en el ángulo superior del cajón de cartón, con la tijera, cortaba una pequeña abertura de 5x5 centímetros en la forma y gusto de una figura geométrica. En el pequeño recipiente de lata, afanoso, con su manita amoratada, llenaba la tierra húmeda y feraz, extraída del jardín. En esta nimiedad de huertita, la semilla del frejol es sembrado con sumo cuidado, con expectativa que brotaría pronto. Terminado la primera fase de este experimento, el pequeño macetero situado al extremo de la ventanilla de la caja cubierta por completo con la tapa, quedaba aislado de toda relación humana. La recluida semilla, recibía la luz mortecina del día, que a duras penas entraba por la diminuta lumbrera del cajoncillo de zapatos.
Día lunes por la mañana, los primeros alumnos en llegar al colegio, previa formación general, cantar el himno nacional, izar la bandera enfrente de la escolta, que cada integrante tenía el fusil sobre el hombro juvenil, todo este acto al son de la sonora banda, se reunían en el centro del ceniciento patio. Alguien del grupo, en tono de curiosidad, comentó:
—¿Cómo les fue con el experimento?
—No tenía la caja de cartón, fui a comprar de la tienda de don Camilo —suspiró uno.
—Yo, del Sr. Bissetti- intervino otro
—Yo, de don Silverio Tafur —intercedió un tercero.
—Yo, de don Zenobio Alarcón —habló con voz apagada, el último de los reunidos.
Luego se pusieron a proyectar el experimento botánico, sobre “La germinación del frejol”:
—El mío, brotará primero —dijo uno
—El mío, crecerá rápido y será el más frondoso —Agregó otro.
—El mío, será el primero en salir por la ventanita de la caja —terció el tercero
—Bueno, bueno…el profesor verá a quien califica mejor, será por su trabajo y la exposición de su investigación. —Concluyó el de la voz apagada.
Acto seguido, los estudiantes comprendieron que, en su breve cháchara de ese instante, no era más que un sueño, una especulación. Coincidieron que tenían que esperar el resultado final de su experimento.
Sucedieron 2 semanas de tensa espera. Ansiosos, los alumnos van a la cama pensando en el experimento. Al día siguiente, al rayar el alba, despabilados corrían en dirección de la caja, emplazado en un recodo del patio, con el fin de ver si había brotado la semilla del frejol.
De pronto, de los maceteritos, uno tras otro, germinaba la semilla del frejol como el preciado sol en el horizonte. El corazón de cada colegial retozón, estallaba y se colmaba de inefable felicidad. Con el bolígrafo en nano, menudo y aterido, con el cuaderno, encima de trémulas y liliputienses piernas, apoltronados sobre una silla pequeña, encantados, cada dos días, tomaban nota de los singulares detalles y cambios que manifestaba el pimpollo del frejol.
Transcurrieron los días y... ¡Llegó el día de la exposición!
Viernes 23 de octubre. En sereno ocaso, nubes pardas amenazaban lanzar la primera lluvia. Era el turno de tarde y los becarios, con inaudita prudencia, ingresaban al salón con su famosa investigación bajo sus minúsculos brazos. El alumno Ramírez, no se sabía, bajo que sucesos, había olvidado de traer su trabajo. Uno de los compañeros le advirtió con amabilidad: —“Tienes tiempo, ve a traer tu trabajo” —este respondió con un rotundo rechazo:—¡No! —otro insistió: —“Si lo tienes listo, ¿Por qué no vas y lo traes?” —Intransigente, repuso —¡No! y ¡No! —Un compañero que estaba junto al grupo le exhortó: —“Oye erizo, su apodo, si no traes tu trabajo, el profesor te reprobará” —Más el condiscípulo, mirando con cierta inquina a los demás, vociferó: —¡Se acabó! ¡No iré, y qué! ¡Además, la chata, la auxiliar, no me dejará entrar! —Uno de los amigos, perdiendo la paciencia, arrebatado, que hasta la sangre se le subió al rostro amoratado, desgañitó: —“¡Es un testarudo! ¡Tan terco como una mula!, ¡No Irá!” —Y se quedó. Los alumnos, tensos, se separaron con el propósito de ir a su respectiva carpeta.
Minutos después, el profesor Eloy Cox, ingresaba al salón ataviado de saco, pantalón de percal, relucidos zapatos negros con la suela untada con minucias de barro, el rostro sobrio, soltando pasos graves. Entre los dedos de la mano yerta, traía el acta de notas y la lista de los alumnos. Los novatos, de inmediato, se incorporaron y saludaron a una sola voz:
—¡Buenos tardes profesor! —mientras el tutor, de pie y detrás del pupitre, llevaba el cabello lacio a un costado de la cabeza con su mano descarnada, en tono moderado, replicó:
—Alumnos, buenas tardes, tomen asiento —aun de pie y ordenándose el saco, añadió: —Hoy es un gran día, atento, oiré a cada uno de ustedes la exposición de su trabajo. —Los compañeros de clase, próximos al alumno Ramírez, presintieron cierta piedad, y a éste, se le estremeció su menudo cuerpo.
La exposición de los alumnos procedía en orden alfabético, según los apellidos. En esa disposición, revelaban mínimos detalles de su investigación. Auxiliado por las notas, escrito en su ajado cuaderno. Con ademanes, señalaban que la semilla del frejol había germinado a los 10 días de haberlo sembrado. Que el tallo y las hojas dentro del oscuro cajón exhibían un color pálido, trepándose en dirección de la ventanilla, a la luz del día, y fuera de ella, se apreciaba su típico color verde. El profesor tomaba nota de cada exposición. Y cuando se acercaba el turno del becario Ramírez, su minúscula y nerviosa mano traspiraba, y en ese ínterin, que le pareció oír su nombre, sus parvas piernas flaquearon. Luego de escuchar la exposición de los 2 últimos alumnos, el mentor se acercó al escritorio, observó la lista, y en tono sobrio, convocó:
—Alumno Ramírez Castillo, adelante, presente su trabajo —El colegial aludido, sudaba frío por la lozana testa perlada. Pesaroso, se puso de pie y con voz estremecida, habló:
—Profesor, me olvidé de traer mi trabajo —El tutor, que calificaba la muestra del anterior alumno, en un santiamén, alzó el rostro con el entrecejo fruncido y con voz desapacible dijo:
—Con que te olvidaste. —“Si profesor” —respondió tartamudeando el alumno. Meditabundo por unos segundos, el profesor le advirtió:
—Tienes 15 minutos para traer tu trabajo. Alumno Vílchez, ¡Acompáñelo! —con el aludido estudiante, ligeros salieron del salón, y se echaron a correr por el ancho corredor del colegio. Se encarrilaron rumbo al barrio de Lirio Guencha, donde vivía. Surcaron, con reserva, el ceñido y húmedo atajo del pequeño barranco, provocado por la llovizna de aquel instante de frío atardecer.
Bajo el rollizo brazo de Ramírez, de su trabajo de investigación, se podía apreciar verdes hojas del frejol que sobresalían por la portilla del sarcófago de cartón. Apremiados, de regreso, atravesaron la acequia de Yarush, cuya agua, provenía de la cascada de Umpay Cuta. Más allá, a unos pasos, se toparon con un lodazal. Prevenidos pasaban por el costado, pero para mala suerte del compañero, de repente se resbala y… ¡zas! se desplomó de espaldas con las piernitas lampiñas flotando en el aire, junto con el cajón que, del envase de lata, se desparramó casi toda la tierra, dañando el frondoso frejol. Su colega, entre la risa y el susto de este inopinado percance, se acercó para auxiliarlo. Ramírez, raudo, se reincorporó y atolondrado sacudió las partículas de barro del uniforme de color gris.
Ambos, de cuclillas, replantaban el maltrecho y copioso frejol. Mientras Ramírez, absorbía a menudo su congestionada nariz recta, con singular angustia, sostenía el frágil tallo con sus pequeñas manos ateridas, Vílchez, el cómplice de este lance, apresurado, echaba la tierra húmeda dentro del pote. Preocupados y despabilados, sin darse cuenta de cómo se hallaba plantado el espigado frejol, metieron al cajón y lo taparon a la velocidad de un rayo, veloz, se dirigieron al colegio. Llegaron agitados al aula.
Al ingresar al salón, el profesor, le combinó que pusiera su experimento sobre el pupitre e invitó a sentarse, mientras el otro alumno terminaba de exponer su trabajo. Ramírez, tenso, esperaba su turno. Hasta ese momento el tutor sonreía, satisfecho con el trabajo de sus discípulos.
Luego de calificar al alumno, el tutor se puso de pie y se arrimó al experimento del colegial Ramírez. Tan pronto apartó la tapa de la caja estropeada, su rostro sufrió una mutación inenarrable, una vez más, frunció el ceño. Irresoluto y asombrado, con la mano derecha debajo de la quijada, observaba una y otra vez el maceterito y el frejol, sin saber cómo reaccionar. Entre tanto, el becario, agitado, no entendía lo que sucedía ante los ojos del profesor y porque no le llamaba de una vez. El corazón le latía cada vez más y más.
El aula se hallaba en silencio sepulcral. El profesor se echó a caminar, sólo se oía el tañer del taco de los zapatos negros y las suelas embadurnadas de nimiedades de barro. Desde el otro extremo de la pizarra, con voz carrasposa, ordenó:
—Ramírez, adelante, describa su trabajo, tal como está —El alumno, con pasitos vibrantes con la mirada yacida al piso, llegó al escritorio. Cuando observó su experimento, se consternó, su rostro cárdeno se transfiguró, se puso pálido y quiso explicar con voz vacilante:
—Profesor, el frejol esta así porque… —No le he pedido explicaciones, describa a sus compañeros sobre su trabajo —dijo el tutor con voz acentuada. Contra su voluntad, el alumno, que observaba su experimento de vez en cuando, con vocecita ahogada, empezó a describir:
—La raíz del frejol…está creciendo en dirección de la…luz del día —Los estudiantes, al instante, prorrumpieron gozosa carcajada, que abarcó todo el perímetro del salón.
—Ja-ja- ja… la raíz creciendo hacia el cielo…ja-ja-ja —¡Silencio! —gritó el profesor, con ojos simulando seriedad, pero resistiendo a reírse también, contagiado por la cándida risa de sus discípulos, añadió:
—¡Continúe! — Y el becario prosiguió.
—El tallo del frejol…está creciendo…debajo de la tierra —Ja-ja-ja, el tallo creciendo bajo tierra ja-ja-ja —de nuevo se escuchó la ruidosa carcajada de los compañeros y el profesor tuvo que intervenir poco más o menos gritando: —¡Silencio! ¡Silencio! —Luego de una larga pausa, en el salón reinaba una sorda afonía.
—Su experimento le resultó todo al revés —expresó el tutor y, más calmado, añadió:
—Explique a sus compañeros sobre su trabajo, ¿Qué ocurrió? —aplacado, el tembloroso colegial, explicó con minuciosa referencia sobre el acontecimiento de su maltrecho estudio de, “La germinación del frejol”.
—Vílchez, ¿Es cierto de lo que dice su colega? —El alumno mencionado, de rollizas piernas, se puso de pie, y en tono de aprobación, mencionó: —Profesor, es verdad lo que acaba de contar el camarada Ramírez.
—¡Camarada Ramírez!…digo, alumno Ramírez, por suerte tiene usted un buen testigo —El tutor, hizo una pausa y cavilando sobre lo ocurrido, en tono conciliador, indicó:
—Alumno Ramírez, desde hoy, le doy otra oportunidad con la finalidad de comenzar un nuevo experimento, quiero verlo dentro de 25 días, y esta vez tenga mayor cuidado —Concluido la exposición de los alumnos restantes, el profesor, con sus manos huesudas, empuñó el acta de notas, la lista de los alumnos, en seguida, con raudo paso marchó en dirección de la puerta, antes de salir, giró sobre su pie, y en tono de despedida, habló: —Después de todo, han hecho una excelente exposición. Buenas tardes, hasta luego alumnos —estos respondieron al unísono: -¡Hasta luego profesor! Y desapareció tras la compuerta.
El Pichuychanca.
Chiquian 12 de febrero 2020