jaime huayta
GOTERAS
Cuando llovía, Fermín Espinoza ya no dormía. Se quedaba sentado junto al fogón, con la mirada fija en las cuatro ollas y los dos baldes que Asunta Gamarra había repartido por el cuarto para juntar el agua que se colaba entre las calaminas viejas y desclavadas, escuchando ese goteo desigual que a veces sonaba a reloj y a veces sonaba a burla.
—Este techo ya no aguanta otro invierno, Fermín —le decía Asunta, cada vez con menos paciencia en la voz, mientras acomodaba a los chicos en el rincón más seco del cuarto—. Y no solo el techo. Mira cómo estamos viviendo.
—Ya sé, Asunta. Ya sé cómo estamos viviendo, no hace falta que me lo digas cada noche.
Llevaban dos años debiéndole a don Raimundo Cerna, el único que prestaba plata en Aquia, la plata que habían pedido para comprar la yunta después de que se le murieran los bueyes viejos por la picadura del carbunco. La cosecha de ese año se había malogrado con una helada tardía, y la del siguiente año con una plaga de gusano que le comió toda la chacra de papa antes del tiempo de cosecha, y así, entre una desgracia y otra, la deuda con don Raimundo en vez de achicarse se le había ido engordando con los intereses, hasta que el hombre, ya cansado de esperar, le mandó decir con su criado que si para marzo no le pagaba, se iba a cobrar quitándole sus cementeras que tenía en Rampón.
—¿Y de dónde saco más plata, Asunta? Ya he ido a trabajar de peón a Chiquián los fines de semana, ya he vendido algunas ovejas y nos quedaban muy pocos, ya no sé qué más hacer.
—Yo tampoco sé qué más hacer, Fermín. Pero así no podemos seguir. Mi mamá me ha dicho que mejor me vaya con los chicos a su casa en Huallanca, siquiera hasta que esto se arregle.
—¿Y me vas a dejar solo aquí, con la casa cayéndose y la deuda encima?
—No te voy a dejar, Fermín. Pero tampoco puedo ver a mis hijos pasando frío bajo un techo que gotea, ni comiendo cada vez menos, ni yendo con llanqui a la escuela porque no hay ni para sus zapatos. Y yo misma sin tener ni mi propio espacio, ni tiempo para mí.
Esa conversación, o alguna parecida, se repitió muchas noches de ese invierno, siempre a la luz de las velas y del mismo fogón, siempre con el mismo goteo de fondo marcando el tiempo que se les iba acabando, como vela que arde en el viento.
II
Fermín no se rindió. Se levantaba antes de que cantara el gallo, iba hasta Rampón y araba su pedazo de chacra, y después caminaba dos horas hasta Chiquián para cargar sacos en el mercado, o para ayudar en cualquier obra donde necesitaran un peón fuerte, y volvía ya de muy noche, con la espalda molida, a comer lo poco que hubiera sobrado, a calentar su comida y a sentarse otra vez junto al fogón a escuchar el goteo, calculando y recalculando cuánto le faltaba todavía, cuánto tiempo le quedaba antes de marzo.
—Papá, ¿por qué no descansas siquiera un ratito? —le decía Rosita, su hija mayor, de nueve años, sentándose a su lado con esa preocupación que solo los mayores lo tienen.
—Ya voy a descansar, hijita, cuando se arregle todo esto. Ahora no es el momento.
—¿Y cuándo se va a arreglar?
—Pronto, Rosita. Ya vas a ver que pronto.
Fermín se lo decía a ella con más convicción de la que el sentía adentro, porque no quería que la niña cargara también con ese peso, aunque la niña ya lo cargaba de todos modos, se le notaba en la forma en que miraba el tejado cada vez que llovía más fuerte.
Una tarde de enero, cuando volvió más cansado que de costumbre, encontró a Asunta sentada en la puerta, mirando un poco disimulada, y a su lado un atado de ropa que reconoció de inmediato como de los chicos.
—Mi mamá dice que me vaya con ella mientras se resuelve esto, Fermín. Dice que aquí solo vamos a terminar peor.
—¿Y tú qué dices, Asunta?
Ella se quedó callada un momento, mirando el atado, mirando después a su marido, con el cansancio marcado en la cara igual que en la de él.
—Yo digo que tiene razón.
Fermín asintió, sin discutir esta vez, porque en el fondo entendía que ya no le quedaba mucho margen para pedirle paciencia a nadie y tampoco quería discutir.
III
Una noche de febrero, después de un día especialmente duro cargando sacos de cemento en una obra de Chiquián, Fermín volvió a la casa tan cansado que apenas pudo comer el poco caldo frio que había quedado. Se sentó junto al fogón y lo encendió como todas las noches, con la intención de seguir pensando en cómo juntar la plata que le faltaba, pero el cansancio le ganó antes de que pudiera pensar en nada, y se quedó dormido ahí mismo, sentado, con la cabeza apoyada contra la pared tibia del fogón.
Sin embargo, eso días de febrero empezaron a cambiar de una manera que ni el mismo Fermín se dio cuenta. La papa que había sembrado en la parte alta, la que ya daba por perdida por la sequía de diciembre, resultó salvándose gracias a unas lluvias tardías que llegaron justo a tiempo, y la cosecha salió tan gruesa y abundante que hasta los vecinos comentaban que hacía años no se veía una papa así.
—Con esto alcanza para pagarle lo que falta a don Raimundo, y hasta nos sobra un poco, pero págalo de una vez —dijo Asunta, calculando con los dedos sobre la mesa.
Entonces vendieron parte de la cosecha en el mercado de Chiquián, y con esa plata, más lo que Fermín había ido juntando de tanto cargar sacos, alcanzaron justo para saldar la deuda completa. Don Raimundo, al recibir el último pago, hasta se puso contento, y hasta le ofreció comprarle la próxima cosecha por adelantado, a buen precio, si es que la cosa seguía así de bien.
Con lo que quedó, arreglaron el tejado. Fermín compró calamina nueva en la ferrería en Chiquián, y entre él y dos vecinos que se prestaron para la faena, en un solo fin de semana dejaron la casa seca por primera vez en años, sin una sola gotera, con el techo brillando bajo el sol como si fuera de plata.
—Ya no vas a tener que juntar agua en baldes nunca más, Asunta —le dijo Fermín esa noche, con una alegría que hacía tiempo no sentía, mientras ella preparaba la cena en una cocina donde ya no se escuchaba ningún goteo.
—Ya ves, Fermín, ya ves que sí se podía —le contestó ella, acercándose a pasarle la mano por la cara con esa suavidad que hacía meses había dejado de usar.
Fermín se reía, un poco incrédulo todavía, y a lo lejos se oía la risa de los chicos jugando en el patio.
IV
Asunta se despertó antes de que cantara el gallo, con ese frío de madrugada que se le mete a uno en los huesos aunque esté bien abrigada, y lo primero que notó, todavía medio dormida, fue que el fuego se había apagado del todo y que Fermín se había quedado dormido al lado del fogón toda la noche.
—Fermín, atiza siquiera un poco el fogón, que los chicos van a amanecer helados —le dijo, sin levantarse todavía, esperando oírlo removerse como cada madrugada.
No contestó. Asunta se incorporó despacio, se acercó a él con el mate de agua que pensaba calentar, y le tocó el hombro para despertarlo del todo.
—Fermín...
El hombro estaba frío, más frío de lo que debía estar alguien sentado junto a un fogón, aunque el fogón ya se hubiese apagado. Asunta le tocó la cara, le buscó el aliento acercando la mejilla a su boca, le sacudió el brazo con una fuerza negándose todavía a entender lo que estaba pasando.
—¡Fermín, Fermín! ¡Rosita, corre a llamar a don Casimiro!
Pero ya no había nada que hacer. El corazón, tan cansado como el resto de su cuerpo después de tanto, se le había parado en algún momento entre el sueño y la muerte, tan calladamente que ni él mismo debió haberse dado cuenta del tránsito.
Tenía, eso sí, algo parecido a una sonrisa quieta en la cara, como si en el último instante hubiera estado viendo algo que valía la pena mirar con esa calma.
Fue entonces, sacudiéndolo, que reparó en el resto del cuarto: las cuatro ollas y los dos baldes seguían ahí, en el mismo sitio de siempre, llenos hasta el borde con el agua de la lluvia que había caído esa noche por el mismo techo agujereado de siempre.
El atado de ropa de los chicos, el que ella había preparado semanas atrás con la intención de irse donde su madre, seguía amarrado en el mismo rincón, sin abrir.
Nada de aquellos meses de alivio —la cosecha grande, el tejado nuevo, la deuda saldada, los abrazos y muestras de amor— había pasado en realidad fuera de la cabeza de su marido. Fermín se había quedado dormido esa misma noche, cansado, todavía con la deuda entera sobre los hombros, y ahora estaba ahí, frío, con el corazón detenido en algún momento entre el descanso que tanto buscaba y la vida que le tocó.
Rosita llegó corriendo con don Casimiro, y entre los dos, al ver que ya no había nada que hacer, se quedaron parados en la puerta sin atreverse a decir nada, mientras Asunta se dejaba caer de rodillas junto a su marido, sosteniéndole la mano fría entre las suyas, meciéndose despacio, sin lágrimas todavía, como si el cuerpo no le hubiera avisado aún a la mente de lo que estaba pasando.
—Íbamos a arreglar todo, Fermín. Tú mismo me dijiste que ya no me iba a ir a ningún lado —murmuró, sin que nadie más que ella pudiera entender del todo a qué se refería.
Los vecinos empezaron a llegar a media mañana, cuando ya la noticia había corrido de casa en casa, trayendo cigarros, coca, alcohol, café de cebada y pan para la velada, como se acostumbraba en Aquia.
Don Raimundo cerna llegó también, ya entrada la tarde, se sacó el sombrero en la puerta y le dijo a Asunta, en voz baja, que la deuda quedaba saldada, que no se preocupara más por eso; pero a esas alturas Asunta ya no tenía cabeza para sentir alivio ni por eso ni por nada, solo un profundo vacío en el corazón, se quedó mirando el rostro de su marido, buscando en él algo que le explicara ese gesto tranquilo, casi de contento, que se le había quedado dibujado, como si en sus últimos minutos hubiera estado viendo algo que valía la pena mirar con esa calma.
Esa noche, mientras las mujeres rezaban conjuntamente con el cantor, la lluvia volvió a caer sobre el mismo tejado rajado de siempre, y las mismas cuatro ollas y los dos baldes volvieron a llenarse gota a gota, marcando ese ritmo de tambor que Fermin ya no estaba ahí para escuchar. Asunta, sentada junto al cajón con Rosita dormida sobre su falda, ya no le pareció ni reloj ni burla, sino que era el recordatorio que todavía estamos en esta vida, que les había faltado tanto sueño por cumplir, tanta vida por arreglar y que a Asunta solo le quedaba ese espacio vacío en el pecho que cada vez iba haciéndose más y más grande.
Una gota le cayó en la mano, fría, Y fue eso, esa sola gota, lo que la quebró. No el cajón, no el rezo del cantor, no las caras de las mujeres mirándola de reojo esperando que llorara. Fue esa agua fría cayéndole en la mano lo que le hizo doblar el cuerpo entero hacia adelante, como si algo por dentro se le hubiera roto de golpe, y el llanto le salió sin que ella lo llamara, áspero, entrecortado, subiéndole desde algún lugar que ni ella sabía que tenía tan lleno y Asunta ya no pudo parar, lloraba
Jaime Huayta
Nota del editor.- Las fotografías que acompañan esta historia son del Sr. Evis Ramires Castillo.
—Este techo ya no aguanta otro invierno, Fermín —le decía Asunta, cada vez con menos paciencia en la voz, mientras acomodaba a los chicos en el rincón más seco del cuarto—. Y no solo el techo. Mira cómo estamos viviendo.
—Ya sé, Asunta. Ya sé cómo estamos viviendo, no hace falta que me lo digas cada noche.
Llevaban dos años debiéndole a don Raimundo Cerna, el único que prestaba plata en Aquia, la plata que habían pedido para comprar la yunta después de que se le murieran los bueyes viejos por la picadura del carbunco. La cosecha de ese año se había malogrado con una helada tardía, y la del siguiente año con una plaga de gusano que le comió toda la chacra de papa antes del tiempo de cosecha, y así, entre una desgracia y otra, la deuda con don Raimundo en vez de achicarse se le había ido engordando con los intereses, hasta que el hombre, ya cansado de esperar, le mandó decir con su criado que si para marzo no le pagaba, se iba a cobrar quitándole sus cementeras que tenía en Rampón.
—¿Y de dónde saco más plata, Asunta? Ya he ido a trabajar de peón a Chiquián los fines de semana, ya he vendido algunas ovejas y nos quedaban muy pocos, ya no sé qué más hacer.
—Yo tampoco sé qué más hacer, Fermín. Pero así no podemos seguir. Mi mamá me ha dicho que mejor me vaya con los chicos a su casa en Huallanca, siquiera hasta que esto se arregle.
—¿Y me vas a dejar solo aquí, con la casa cayéndose y la deuda encima?
—No te voy a dejar, Fermín. Pero tampoco puedo ver a mis hijos pasando frío bajo un techo que gotea, ni comiendo cada vez menos, ni yendo con llanqui a la escuela porque no hay ni para sus zapatos. Y yo misma sin tener ni mi propio espacio, ni tiempo para mí.
Esa conversación, o alguna parecida, se repitió muchas noches de ese invierno, siempre a la luz de las velas y del mismo fogón, siempre con el mismo goteo de fondo marcando el tiempo que se les iba acabando, como vela que arde en el viento.
II
Fermín no se rindió. Se levantaba antes de que cantara el gallo, iba hasta Rampón y araba su pedazo de chacra, y después caminaba dos horas hasta Chiquián para cargar sacos en el mercado, o para ayudar en cualquier obra donde necesitaran un peón fuerte, y volvía ya de muy noche, con la espalda molida, a comer lo poco que hubiera sobrado, a calentar su comida y a sentarse otra vez junto al fogón a escuchar el goteo, calculando y recalculando cuánto le faltaba todavía, cuánto tiempo le quedaba antes de marzo.
—Papá, ¿por qué no descansas siquiera un ratito? —le decía Rosita, su hija mayor, de nueve años, sentándose a su lado con esa preocupación que solo los mayores lo tienen.
—Ya voy a descansar, hijita, cuando se arregle todo esto. Ahora no es el momento.
—¿Y cuándo se va a arreglar?
—Pronto, Rosita. Ya vas a ver que pronto.
Fermín se lo decía a ella con más convicción de la que el sentía adentro, porque no quería que la niña cargara también con ese peso, aunque la niña ya lo cargaba de todos modos, se le notaba en la forma en que miraba el tejado cada vez que llovía más fuerte.
Una tarde de enero, cuando volvió más cansado que de costumbre, encontró a Asunta sentada en la puerta, mirando un poco disimulada, y a su lado un atado de ropa que reconoció de inmediato como de los chicos.
—Mi mamá dice que me vaya con ella mientras se resuelve esto, Fermín. Dice que aquí solo vamos a terminar peor.
—¿Y tú qué dices, Asunta?
Ella se quedó callada un momento, mirando el atado, mirando después a su marido, con el cansancio marcado en la cara igual que en la de él.
—Yo digo que tiene razón.
Fermín asintió, sin discutir esta vez, porque en el fondo entendía que ya no le quedaba mucho margen para pedirle paciencia a nadie y tampoco quería discutir.
III
Una noche de febrero, después de un día especialmente duro cargando sacos de cemento en una obra de Chiquián, Fermín volvió a la casa tan cansado que apenas pudo comer el poco caldo frio que había quedado. Se sentó junto al fogón y lo encendió como todas las noches, con la intención de seguir pensando en cómo juntar la plata que le faltaba, pero el cansancio le ganó antes de que pudiera pensar en nada, y se quedó dormido ahí mismo, sentado, con la cabeza apoyada contra la pared tibia del fogón.
Sin embargo, eso días de febrero empezaron a cambiar de una manera que ni el mismo Fermín se dio cuenta. La papa que había sembrado en la parte alta, la que ya daba por perdida por la sequía de diciembre, resultó salvándose gracias a unas lluvias tardías que llegaron justo a tiempo, y la cosecha salió tan gruesa y abundante que hasta los vecinos comentaban que hacía años no se veía una papa así.
—Con esto alcanza para pagarle lo que falta a don Raimundo, y hasta nos sobra un poco, pero págalo de una vez —dijo Asunta, calculando con los dedos sobre la mesa.
Entonces vendieron parte de la cosecha en el mercado de Chiquián, y con esa plata, más lo que Fermín había ido juntando de tanto cargar sacos, alcanzaron justo para saldar la deuda completa. Don Raimundo, al recibir el último pago, hasta se puso contento, y hasta le ofreció comprarle la próxima cosecha por adelantado, a buen precio, si es que la cosa seguía así de bien.
Con lo que quedó, arreglaron el tejado. Fermín compró calamina nueva en la ferrería en Chiquián, y entre él y dos vecinos que se prestaron para la faena, en un solo fin de semana dejaron la casa seca por primera vez en años, sin una sola gotera, con el techo brillando bajo el sol como si fuera de plata.
—Ya no vas a tener que juntar agua en baldes nunca más, Asunta —le dijo Fermín esa noche, con una alegría que hacía tiempo no sentía, mientras ella preparaba la cena en una cocina donde ya no se escuchaba ningún goteo.
—Ya ves, Fermín, ya ves que sí se podía —le contestó ella, acercándose a pasarle la mano por la cara con esa suavidad que hacía meses había dejado de usar.
Fermín se reía, un poco incrédulo todavía, y a lo lejos se oía la risa de los chicos jugando en el patio.
IV
Asunta se despertó antes de que cantara el gallo, con ese frío de madrugada que se le mete a uno en los huesos aunque esté bien abrigada, y lo primero que notó, todavía medio dormida, fue que el fuego se había apagado del todo y que Fermín se había quedado dormido al lado del fogón toda la noche.
—Fermín, atiza siquiera un poco el fogón, que los chicos van a amanecer helados —le dijo, sin levantarse todavía, esperando oírlo removerse como cada madrugada.
No contestó. Asunta se incorporó despacio, se acercó a él con el mate de agua que pensaba calentar, y le tocó el hombro para despertarlo del todo.
—Fermín...
El hombro estaba frío, más frío de lo que debía estar alguien sentado junto a un fogón, aunque el fogón ya se hubiese apagado. Asunta le tocó la cara, le buscó el aliento acercando la mejilla a su boca, le sacudió el brazo con una fuerza negándose todavía a entender lo que estaba pasando.
—¡Fermín, Fermín! ¡Rosita, corre a llamar a don Casimiro!
Pero ya no había nada que hacer. El corazón, tan cansado como el resto de su cuerpo después de tanto, se le había parado en algún momento entre el sueño y la muerte, tan calladamente que ni él mismo debió haberse dado cuenta del tránsito.
Tenía, eso sí, algo parecido a una sonrisa quieta en la cara, como si en el último instante hubiera estado viendo algo que valía la pena mirar con esa calma.
Fue entonces, sacudiéndolo, que reparó en el resto del cuarto: las cuatro ollas y los dos baldes seguían ahí, en el mismo sitio de siempre, llenos hasta el borde con el agua de la lluvia que había caído esa noche por el mismo techo agujereado de siempre.
El atado de ropa de los chicos, el que ella había preparado semanas atrás con la intención de irse donde su madre, seguía amarrado en el mismo rincón, sin abrir.
Nada de aquellos meses de alivio —la cosecha grande, el tejado nuevo, la deuda saldada, los abrazos y muestras de amor— había pasado en realidad fuera de la cabeza de su marido. Fermín se había quedado dormido esa misma noche, cansado, todavía con la deuda entera sobre los hombros, y ahora estaba ahí, frío, con el corazón detenido en algún momento entre el descanso que tanto buscaba y la vida que le tocó.
Rosita llegó corriendo con don Casimiro, y entre los dos, al ver que ya no había nada que hacer, se quedaron parados en la puerta sin atreverse a decir nada, mientras Asunta se dejaba caer de rodillas junto a su marido, sosteniéndole la mano fría entre las suyas, meciéndose despacio, sin lágrimas todavía, como si el cuerpo no le hubiera avisado aún a la mente de lo que estaba pasando.
—Íbamos a arreglar todo, Fermín. Tú mismo me dijiste que ya no me iba a ir a ningún lado —murmuró, sin que nadie más que ella pudiera entender del todo a qué se refería.
Los vecinos empezaron a llegar a media mañana, cuando ya la noticia había corrido de casa en casa, trayendo cigarros, coca, alcohol, café de cebada y pan para la velada, como se acostumbraba en Aquia.
Don Raimundo cerna llegó también, ya entrada la tarde, se sacó el sombrero en la puerta y le dijo a Asunta, en voz baja, que la deuda quedaba saldada, que no se preocupara más por eso; pero a esas alturas Asunta ya no tenía cabeza para sentir alivio ni por eso ni por nada, solo un profundo vacío en el corazón, se quedó mirando el rostro de su marido, buscando en él algo que le explicara ese gesto tranquilo, casi de contento, que se le había quedado dibujado, como si en sus últimos minutos hubiera estado viendo algo que valía la pena mirar con esa calma.
Esa noche, mientras las mujeres rezaban conjuntamente con el cantor, la lluvia volvió a caer sobre el mismo tejado rajado de siempre, y las mismas cuatro ollas y los dos baldes volvieron a llenarse gota a gota, marcando ese ritmo de tambor que Fermin ya no estaba ahí para escuchar. Asunta, sentada junto al cajón con Rosita dormida sobre su falda, ya no le pareció ni reloj ni burla, sino que era el recordatorio que todavía estamos en esta vida, que les había faltado tanto sueño por cumplir, tanta vida por arreglar y que a Asunta solo le quedaba ese espacio vacío en el pecho que cada vez iba haciéndose más y más grande.
Una gota le cayó en la mano, fría, Y fue eso, esa sola gota, lo que la quebró. No el cajón, no el rezo del cantor, no las caras de las mujeres mirándola de reojo esperando que llorara. Fue esa agua fría cayéndole en la mano lo que le hizo doblar el cuerpo entero hacia adelante, como si algo por dentro se le hubiera roto de golpe, y el llanto le salió sin que ella lo llamara, áspero, entrecortado, subiéndole desde algún lugar que ni ella sabía que tenía tan lleno y Asunta ya no pudo parar, lloraba
Jaime Huayta
Nota del editor.- Las fotografías que acompañan esta historia son del Sr. Evis Ramires Castillo.