José antonio salazar mejía
HISTORIA DE UNA CANCIÓN
Narración del Prof. Julio Escudero Romero de Pomabamba. Con motivo de la visita a Yayno. En el 2013.
Narración del Prof. Julio Escudero Romero de Pomabamba. Con motivo de la visita a Yayno. En el 2013.
Cuando salí a mi viaje anoche
Un zorro negro atravesó mi camino.
Esa seña que mala seña había sido
Para encontrarte con otro cholo durmiendo.
Un zorro negro atravesó mi camino.
Esa seña que mala seña había sido
Para encontrarte con otro cholo durmiendo.
¿Quién no ha escuchado este melancólico huaynito? Mis grandes amigos Timoteo Rodríguez y Marco Rodríguez lo entonaban con especial énfasis en las tertulias que teníamos en Huarás los integrantes del grupo teatral Farol XX allá por los años 70 del siglo pasado.
Nunca me imaginaba entonces que esa canción la escucharía luego en diversas versiones, ni que yo mismo la cantaría a nivel profesional con mi conjunto “Los Hermanos del Ande”. Entre sus múltiples variantes hay quienes cambian de animal, pues ya no es el zorro sino un perro negro o también un gato negro, animal asociado a la mala suerte en el imaginario popular ancashino. También el rival es un cachaco, en alguna versión u otro hombre para generalizar o ignorar al tercero en discordia. Donde encontré mayores variantes ha sido en la actitud en que supuestamente se encontró a la pareja, bailando, cantando o tomando.
La variación es una de las características de la música popular. Pues denota que el pueblo la hace suya y la adapta a sus propias circunstancias o particularidades. Entonces el tema se hace pan ancashino y así camina por los senderos de la popularidad, independiente de las circunstancias en que fue creado y de la motivación del autor.
El mítico conjunto ancashino Atusparia lo tiene registrado en versión instrumental en una de sus grabaciones de los años 50 y es conocida con el escueto título de El zorro negro, con el que ha pasado a la inmortalidad. Pocos saben que tras el éxito musical se esconde una trágica historia de amor, un terrible suceso acontecido en Pomabamba hacia finales del siglo XIX.
Cumplidos los primeros cincuenta años de nuestra independencia, en el Perú no habían cambiado mucho las cosas, especialmente en el régimen de tenencia de la tierra. En Ancash, departamento cuya geografía lo hace eminentemente serrano, existían las haciendas, propiedad de unos pocos privilegiados que se constituyeron en especies de pequeños feudos. El censo nacional de 1876 nos ofrece un dato espeluznante, todas las tierras de la sierra de Ancash estaban en manos de sólo 126 hacendados; las haciendas más grandes se ubicaban en la zona de Conchucos.
Pomabamba, antiguo territorio de los pumas, había sido creada como provincia en 1861 por el gobierno de don Ramón Castilla. Sus fértiles tierras eran orgullo de sus principales hacendados, y entre ellos destacaba por su altanería, buen porte y don de gentes, Policarpo Escudero joven heredero de la gran hacienda de Atapachqa.
A regañadientes aceptó quedarse y como despedida del pueblo decidió echar literalmente la casa por la ventana. Su vivienda, ubicada en el parque Convento fue escenario de una serie de bailes y almuerzos donde desfilaban los mejores músicos y los potajes más elaborados. Él y sus amigos apostaban a qué joven enamorar y gozaban luego comentando las incidencias de sus lances amorosos.
De conquistador, nuestro personaje pasó a conquistado. La bella Aurora supo conquistar el corazón de Policarpo y éste fue perdiendo las ganas de viajar. Fuego llama a estopa y en un tris la joven quedó embarazada. Para cuidar las apariencias, ambas familias concertaron una apresurada boda. Al fin y al cabo, se unían dos grandes fortunas y eran dos apellidos de renombre en la provincia los que se juntaban en la nueva pareja. Si Policarpo Escudero se esmeró en las celebraciones a San Juan, para su boda no escatimó gastos. Quería dejar mal parados a todos los hacendados del lugar. Joven engreído, a quien su familia no le había negado nada, se salió con el gusto de tener la boda más brillante que se haya realizado en Pomabamba hasta entonces. Hizo traer de Huarás a tres cocineros de renombre, el vestido de la novia lo mandó comprar en la mejor casa de Lima, de allí mismo llegó el conjunto de cuerdas que debía tocar en la ceremonia y en el gran almuerzo. Toda la provincia se enteró de la boda de Policarpo Escudero y Aurora Ponte y durante mucho tiempo se habló de los detalles de ella.
Policarpo no encontró mejor consuelo a sus penas que dedicarse a los negocios. Y así fue pasando el tiempo, ella encerrada y él ausente. Ya tenía que llevar a vender a Sihuas sus finos caballos, ya debía viajar a Yungay con sus gallos de pelea, en Huari ya lo esperaban para unas partidas de naipes con los más renombrados jugadores del lugar. Pasaba la mayor parte del tiempo lejos del hogar. El vientre de Aurora la bella, se había secado como por encanto, y la falta de prole había distanciado aún más a quienes años atrás protagonizaron la más grande boda realizada en Pomabamba.
El diablo que nunca duerme, metió la cola en forma de un amigo de la familia. Juan Francisco Valverde era un apuesto hacendado primo lejano de Aurora, que por motivos de negocios llegó a Atapachqa en busca de Policarpo Escudero quien, como de costumbre, se encontraba de viaje. La prima encontró en Valverde un amigo en quien confiar sus cuitas, y de a pocos se convirtió en su paño de lágrimas. Entre santo y santa pared de calicanto, reza la antigua conseja, y el consejero matrimonial pasó a convertirse en el amante de la desdichada prima. La pasión volvió atrevidos a los amantes, ni bien Policarpo dejaba la casa hacienda por la puerta principal, por el potrero ya estaba ingresando el reemplazante a consolar a la descuidada esposa.
Tanto fue el cántaro por agua que terminó por romperse. Algún prójimo comedido, le contó a Policarpo que mientras él andaba de viaje, otro asumía sus quehaceres maritales.
Nunca me imaginaba entonces que esa canción la escucharía luego en diversas versiones, ni que yo mismo la cantaría a nivel profesional con mi conjunto “Los Hermanos del Ande”. Entre sus múltiples variantes hay quienes cambian de animal, pues ya no es el zorro sino un perro negro o también un gato negro, animal asociado a la mala suerte en el imaginario popular ancashino. También el rival es un cachaco, en alguna versión u otro hombre para generalizar o ignorar al tercero en discordia. Donde encontré mayores variantes ha sido en la actitud en que supuestamente se encontró a la pareja, bailando, cantando o tomando.
La variación es una de las características de la música popular. Pues denota que el pueblo la hace suya y la adapta a sus propias circunstancias o particularidades. Entonces el tema se hace pan ancashino y así camina por los senderos de la popularidad, independiente de las circunstancias en que fue creado y de la motivación del autor.
El mítico conjunto ancashino Atusparia lo tiene registrado en versión instrumental en una de sus grabaciones de los años 50 y es conocida con el escueto título de El zorro negro, con el que ha pasado a la inmortalidad. Pocos saben que tras el éxito musical se esconde una trágica historia de amor, un terrible suceso acontecido en Pomabamba hacia finales del siglo XIX.
Cumplidos los primeros cincuenta años de nuestra independencia, en el Perú no habían cambiado mucho las cosas, especialmente en el régimen de tenencia de la tierra. En Ancash, departamento cuya geografía lo hace eminentemente serrano, existían las haciendas, propiedad de unos pocos privilegiados que se constituyeron en especies de pequeños feudos. El censo nacional de 1876 nos ofrece un dato espeluznante, todas las tierras de la sierra de Ancash estaban en manos de sólo 126 hacendados; las haciendas más grandes se ubicaban en la zona de Conchucos.
Pomabamba, antiguo territorio de los pumas, había sido creada como provincia en 1861 por el gobierno de don Ramón Castilla. Sus fértiles tierras eran orgullo de sus principales hacendados, y entre ellos destacaba por su altanería, buen porte y don de gentes, Policarpo Escudero joven heredero de la gran hacienda de Atapachqa.
- ¿Quién se llevará ese buen partido que es Policarpo Escudero? –Se decían las matronas pomabambinas.
- ¡Ay comadre, déjese de soñar…! El Pulli ni mira a nuestras hijas. Ese vuela alto. –Era la consabida respuesta.
A regañadientes aceptó quedarse y como despedida del pueblo decidió echar literalmente la casa por la ventana. Su vivienda, ubicada en el parque Convento fue escenario de una serie de bailes y almuerzos donde desfilaban los mejores músicos y los potajes más elaborados. Él y sus amigos apostaban a qué joven enamorar y gozaban luego comentando las incidencias de sus lances amorosos.
- Pero te apuesto que Aurora Ponte te da calabazas. Ella es muy altiva y a nadie ha aceptado. –Comentó uno de sus amigos.
De conquistador, nuestro personaje pasó a conquistado. La bella Aurora supo conquistar el corazón de Policarpo y éste fue perdiendo las ganas de viajar. Fuego llama a estopa y en un tris la joven quedó embarazada. Para cuidar las apariencias, ambas familias concertaron una apresurada boda. Al fin y al cabo, se unían dos grandes fortunas y eran dos apellidos de renombre en la provincia los que se juntaban en la nueva pareja. Si Policarpo Escudero se esmeró en las celebraciones a San Juan, para su boda no escatimó gastos. Quería dejar mal parados a todos los hacendados del lugar. Joven engreído, a quien su familia no le había negado nada, se salió con el gusto de tener la boda más brillante que se haya realizado en Pomabamba hasta entonces. Hizo traer de Huarás a tres cocineros de renombre, el vestido de la novia lo mandó comprar en la mejor casa de Lima, de allí mismo llegó el conjunto de cuerdas que debía tocar en la ceremonia y en el gran almuerzo. Toda la provincia se enteró de la boda de Policarpo Escudero y Aurora Ponte y durante mucho tiempo se habló de los detalles de ella.
- ¿Vio que hermosa gargantilla usó la novia ese día? –Decía doña Azucena Obregón.
- Lo que más me llamó la atención fue el recuerdo de bodas, un ángel de pura plata grabado al reverso con los nombres de los novios. ¿Quién regala así nomás esas cosas? –Le respondía doña Consuelo Gonzáles de Escudero, tía del novio.
- Casi cien libras de oro le costó el champán francés y los vinos de Italia que convidó a sus invitados. ¡Todo un derroche! –Comentaba admirado don Rudecindo Escudero, esposa de doña Consuelo.
- Una semana duraron los festejos de la boda. ¡Esa fiesta será inolvidable! –Sentenciaba don Nepomuceno Gambini, viejo hacendado que apadrinó el casamiento.
Policarpo no encontró mejor consuelo a sus penas que dedicarse a los negocios. Y así fue pasando el tiempo, ella encerrada y él ausente. Ya tenía que llevar a vender a Sihuas sus finos caballos, ya debía viajar a Yungay con sus gallos de pelea, en Huari ya lo esperaban para unas partidas de naipes con los más renombrados jugadores del lugar. Pasaba la mayor parte del tiempo lejos del hogar. El vientre de Aurora la bella, se había secado como por encanto, y la falta de prole había distanciado aún más a quienes años atrás protagonizaron la más grande boda realizada en Pomabamba.
El diablo que nunca duerme, metió la cola en forma de un amigo de la familia. Juan Francisco Valverde era un apuesto hacendado primo lejano de Aurora, que por motivos de negocios llegó a Atapachqa en busca de Policarpo Escudero quien, como de costumbre, se encontraba de viaje. La prima encontró en Valverde un amigo en quien confiar sus cuitas, y de a pocos se convirtió en su paño de lágrimas. Entre santo y santa pared de calicanto, reza la antigua conseja, y el consejero matrimonial pasó a convertirse en el amante de la desdichada prima. La pasión volvió atrevidos a los amantes, ni bien Policarpo dejaba la casa hacienda por la puerta principal, por el potrero ya estaba ingresando el reemplazante a consolar a la descuidada esposa.
Tanto fue el cántaro por agua que terminó por romperse. Algún prójimo comedido, le contó a Policarpo que mientras él andaba de viaje, otro asumía sus quehaceres maritales.
Si los cachos fueran flores
Tu cabeza sería un jardín.
Tu cabeza sería un jardín.
Incrédulo al inicio, Policarpo ideó un ardid para comprobar el engaño. Fingió salir de viaje y se escondió en unos matorrales desde podía vigilar la casa hacienda. No tuvo que esperar mucho cuando vio llegar a un jinete embozado.
¿Y dónde entra en esta historia el zorro negro? ¡Ah! Esa ya es cuestión del compositor quien para sazonar su canción utilizó ese válido recurso creativo. Tal como lo escuché lo copio y soy sincero al señalar que me quedan dos dudas, pues nunca he visto un zorro negro, ni sé si esa criatura de Dios atrae la mala suerte en cuestiones del corazón.
Lo que si sé es que el personaje de nuestra tradición se convirtió en una leyenda. Purgó cárcel en Huarás y luego pasó a ser el protagonista de una de las últimas novelas de Marcos Yauri montero, El secreto de la calle Loreto. Si quieres saber más del desdichado Policarpo, échate a buscarla.
José Antonio Salazar Mejía
- ¡Es él! –Se dijo. Mil ideas bullían por su cabeza pensando qué hacer. Al fin predominó la razón del hombre despechado, que sin fijarse en su parte de culpa en aquel embrollo, decidió acabar con la vida de su mujer y del amante.
¿Y dónde entra en esta historia el zorro negro? ¡Ah! Esa ya es cuestión del compositor quien para sazonar su canción utilizó ese válido recurso creativo. Tal como lo escuché lo copio y soy sincero al señalar que me quedan dos dudas, pues nunca he visto un zorro negro, ni sé si esa criatura de Dios atrae la mala suerte en cuestiones del corazón.
Lo que si sé es que el personaje de nuestra tradición se convirtió en una leyenda. Purgó cárcel en Huarás y luego pasó a ser el protagonista de una de las últimas novelas de Marcos Yauri montero, El secreto de la calle Loreto. Si quieres saber más del desdichado Policarpo, échate a buscarla.
José Antonio Salazar Mejía