hugo vílchez romero
HONORIA, CHICA Y LAS PALLAS
Octubre. Quinto día de mi estadía en la tierra natal. Soñoliento, los rayos dorados del sol se desplomaban sobre la cumbre y la falda de los cerros que volvía a reverdecer de florida floresta. En mi andar matutino por apacible calle, de repente, veo surgir una figura femenina, entrada a la edad de adulto mayor. Con paso cansino, la mano cruzada posada sobre la espalda, un tanto inclinada, atravesaba la intersección de la calzada. Trajinaba con la mirada enterrada al suelo. El sombrero de paño, sobre la cabeza de cabello cano, protegía el rostro redondo de la luz diagonal del naciente lucero del día. Yo, le seguía con atenta contemplación, hasta desaparecer de mi vista. La señora en mención era Josefina Castillo Ramírez, conocida con el apelativo de Chica, hija de Honoria Ramírez Ñato. Estos dos personajes de la tierra natal causaron que en mi memoria otoñal resucitara, como el ave fénix renace de sus cenizas, los inolvidables recuerdos de mi infancia de sus actividades como maestras de Pallas.
Honoria Ramírez, mujer de cabello cenizo, baja estatura, tez blanca, ojos redondos y claros, ayer, solicitada y apreciada, hoy, evocada y perpetuada con suficiente cariño por toda la población. La causa por lo que es recordada hasta hoy en día, fue por su desprendida labor de haber orientado, con aplicada responsabilidad, el tradicional baile y canto de las Pallas a jóvenes chiquianas.
Año tras año, en cada fiesta patronal de Sta. Rosa de Lima, patrona de Chiquian, Honoria, arrebujada con el pañalón, y el inconfundible sombrero, con entereza, inculcaba a las Pallas elegidas con anticipación, a danzar con estilo particular, acompasado, gracia y prestancia de mujer chiquiana. ¡Ay! pobre dama la que no estaba con su expectativa, le pellizcaba en el hombro de piel cobriza, a la vez que llamaba la atención. Así mismo, enseñaba hermosas coplas con equitativa modulación y cadencia. Ya en la fiesta oficial, las pallas ataviadas con hermosura, cantaban con voz exquisita, danzaban salerosas junto al Rumiñahui, que con una solemne venia invita a ingresar al ruedo al Inca, Capitán, a su comitiva conformado por cinco Acompañantes y el Abanderado, cada uno a su debido tiempo, y continuar con el canto y la danza, al ritmo de la orquesta.
A partir de la segunda quincena de agosto se inicia el ensayo, durante 10 días delante de Niño Apay, tanto en la casa del Rumiñahui como del Inca. Una abigarrada multitud de personas asiste a este evento de manera espontánea por la virtuosa querencia del festejo tradicional del pueblo. Disfrutan de los preparativos del baile cadencioso y de los hermosos cantos de suave voz ejecutadas por cada una de las jóvenes Pallas, acompañadas de los instrumentos del arpa, el violín, la sordina y el saxo. Las Pallas acuden a los ensayos con sus distinguidos atuendos; el sombrero, poncho, pañalón color negro o azul oscuro. Por otra parte, el Inca, el Rumiñahui, así como también, el Capitán el Abanderado y Acompañantes ataviados con el tradicional poncho, la chalina blanca y el encintado sombrero de junco con alas cortas. Los ejercicios del baile se llevan a cabo por la noche Entre tanto, los atentos anfitriones convidan, a la concurrencia, café de cebada y pan untado con el exquisito queso. Así como también, el chinguirito, bebida tradicional del pueblo, con el fin de amortiguar el frío.
La renombrada fiesta patronal de Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian, oficialmente comienza por la noche del 28 de agosto, finaliza el 4 de setiembre. Como herencia inmaterial de usos y costumbres del pueblo, la hija de Honoria, Chica, con el mismo tesón y esmero, continúa con esta hermosa tradición de los ensayos, para el júbilo de toda la población. De este modo, año tras año, se preserva la pomposa festividad religiosa y social.
***
Al día siguiente, al amanecer, el reloj, colgado en la pared del comedor de hace muchos años atrás, aceleraba sus agujas tic-tac…tic-tac… truena a las 7 de la mañana, en seguida, cuando estoy a punto de salir de la casa con el propósito de ir a la tienda, una entumecida gallina cacarea de forma escandalosa en el corral de la vecindad. Agarro la manija con el objetivo de jalar la puerta, a continuación, lo abro y, ésta, crepita sordamente. Ya en la calle, en medio del gentío que marchaba derrotero al mercado y a las tiendas, percibo el olor original del pan de piso. En esas circunstancias me encuentro con mi amigo Dante, asentado hace algunos años en la tierra natal, me habla con tono preocupado:
—Hola Hugo. “Hola Dante, ¿cómo estás?, respondí”. —Bien, un favor, en la tarde me puedes acompañar a la casa de Marcela?. “¿Marcela?” —Dante hizo una pausa, luego continuó —Me prestó la indumentaria de la Palla que bailaron en la fiesta de agosto. “¿Ella está aquí?” –Sí, vino por unos días, tengo que aprovechar su estadía para devolvérselo. “Está bien, en la tarde paso por tu casa” —Vienes a almorzar.. “Gracias, estoy a las doce en tu casa”. —Te espero.
Son las 2 de la tarde. Cada uno llevábamos el pesado fardo de la ponderada indumentaria de la Palla. Cruzamos el amplio jardín de su vivienda, abarrotado de flores coloridas y aromáticas. Abrió el zaguán de tono rojo que crujió suplicante. Mientras el sol se escondía detrás de una nube parduzca, bajo su ancha sombra marchábamos por las calles desiertas rumbo a la sugerida casa. Llegamos a nuestro destino y Marcela nos recibió con atención, nos invitó pasar. Cruzamos la entrada. El gras, que parecía una alfombra verde, cubría al patio. Al fondo se hallaba el manzano rodeado de flores y rosas. Llegamos a la sala de la casa.
Del mueble, donde estábamos arrellanados, Dante le agradecía por haberle proveído no solo la indumentaria de la Palla, sino también, el del Rumiñahui e Inca. En ese momento me surgió una curiosidad, preguntándome “Marcela se dedica a la confección del vestuario de las pallas”. Por un espacio de segundos, en la sala hubo un profundo silencio, semejante al de un cementerio. Entonces decidí preguntarle con solicitud y con tono grave:
Honoria Ramírez, mujer de cabello cenizo, baja estatura, tez blanca, ojos redondos y claros, ayer, solicitada y apreciada, hoy, evocada y perpetuada con suficiente cariño por toda la población. La causa por lo que es recordada hasta hoy en día, fue por su desprendida labor de haber orientado, con aplicada responsabilidad, el tradicional baile y canto de las Pallas a jóvenes chiquianas.
Año tras año, en cada fiesta patronal de Sta. Rosa de Lima, patrona de Chiquian, Honoria, arrebujada con el pañalón, y el inconfundible sombrero, con entereza, inculcaba a las Pallas elegidas con anticipación, a danzar con estilo particular, acompasado, gracia y prestancia de mujer chiquiana. ¡Ay! pobre dama la que no estaba con su expectativa, le pellizcaba en el hombro de piel cobriza, a la vez que llamaba la atención. Así mismo, enseñaba hermosas coplas con equitativa modulación y cadencia. Ya en la fiesta oficial, las pallas ataviadas con hermosura, cantaban con voz exquisita, danzaban salerosas junto al Rumiñahui, que con una solemne venia invita a ingresar al ruedo al Inca, Capitán, a su comitiva conformado por cinco Acompañantes y el Abanderado, cada uno a su debido tiempo, y continuar con el canto y la danza, al ritmo de la orquesta.
A partir de la segunda quincena de agosto se inicia el ensayo, durante 10 días delante de Niño Apay, tanto en la casa del Rumiñahui como del Inca. Una abigarrada multitud de personas asiste a este evento de manera espontánea por la virtuosa querencia del festejo tradicional del pueblo. Disfrutan de los preparativos del baile cadencioso y de los hermosos cantos de suave voz ejecutadas por cada una de las jóvenes Pallas, acompañadas de los instrumentos del arpa, el violín, la sordina y el saxo. Las Pallas acuden a los ensayos con sus distinguidos atuendos; el sombrero, poncho, pañalón color negro o azul oscuro. Por otra parte, el Inca, el Rumiñahui, así como también, el Capitán el Abanderado y Acompañantes ataviados con el tradicional poncho, la chalina blanca y el encintado sombrero de junco con alas cortas. Los ejercicios del baile se llevan a cabo por la noche Entre tanto, los atentos anfitriones convidan, a la concurrencia, café de cebada y pan untado con el exquisito queso. Así como también, el chinguirito, bebida tradicional del pueblo, con el fin de amortiguar el frío.
La renombrada fiesta patronal de Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian, oficialmente comienza por la noche del 28 de agosto, finaliza el 4 de setiembre. Como herencia inmaterial de usos y costumbres del pueblo, la hija de Honoria, Chica, con el mismo tesón y esmero, continúa con esta hermosa tradición de los ensayos, para el júbilo de toda la población. De este modo, año tras año, se preserva la pomposa festividad religiosa y social.
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Al día siguiente, al amanecer, el reloj, colgado en la pared del comedor de hace muchos años atrás, aceleraba sus agujas tic-tac…tic-tac… truena a las 7 de la mañana, en seguida, cuando estoy a punto de salir de la casa con el propósito de ir a la tienda, una entumecida gallina cacarea de forma escandalosa en el corral de la vecindad. Agarro la manija con el objetivo de jalar la puerta, a continuación, lo abro y, ésta, crepita sordamente. Ya en la calle, en medio del gentío que marchaba derrotero al mercado y a las tiendas, percibo el olor original del pan de piso. En esas circunstancias me encuentro con mi amigo Dante, asentado hace algunos años en la tierra natal, me habla con tono preocupado:
—Hola Hugo. “Hola Dante, ¿cómo estás?, respondí”. —Bien, un favor, en la tarde me puedes acompañar a la casa de Marcela?. “¿Marcela?” —Dante hizo una pausa, luego continuó —Me prestó la indumentaria de la Palla que bailaron en la fiesta de agosto. “¿Ella está aquí?” –Sí, vino por unos días, tengo que aprovechar su estadía para devolvérselo. “Está bien, en la tarde paso por tu casa” —Vienes a almorzar.. “Gracias, estoy a las doce en tu casa”. —Te espero.
Son las 2 de la tarde. Cada uno llevábamos el pesado fardo de la ponderada indumentaria de la Palla. Cruzamos el amplio jardín de su vivienda, abarrotado de flores coloridas y aromáticas. Abrió el zaguán de tono rojo que crujió suplicante. Mientras el sol se escondía detrás de una nube parduzca, bajo su ancha sombra marchábamos por las calles desiertas rumbo a la sugerida casa. Llegamos a nuestro destino y Marcela nos recibió con atención, nos invitó pasar. Cruzamos la entrada. El gras, que parecía una alfombra verde, cubría al patio. Al fondo se hallaba el manzano rodeado de flores y rosas. Llegamos a la sala de la casa.
Del mueble, donde estábamos arrellanados, Dante le agradecía por haberle proveído no solo la indumentaria de la Palla, sino también, el del Rumiñahui e Inca. En ese momento me surgió una curiosidad, preguntándome “Marcela se dedica a la confección del vestuario de las pallas”. Por un espacio de segundos, en la sala hubo un profundo silencio, semejante al de un cementerio. Entonces decidí preguntarle con solicitud y con tono grave:
—¿Te dedicas a la confección? —a mi pregunta inquisitiva y de sopetón, sonriendo, respondió:
—Las mujeres sabemos hacer de todo, además de tener nuestra profesión, tenemos que realizar tareas propias y naturales en nuestros hogares; atender a los hijos, cocinar, coser, tejer, claro está con la colaboración del esposo, en las demás tareas. —Cómo recordando algo del pasado, contempló con atención, aquellos fardos donde estaba el atuendo de la Palla, Rumiñahui e Inca, se detuvo por un instante, luego prosiguió, —En verdad este vestuario lo confeccioné por una necesidad de una promesa no confirmada y luego, aprobada más tarde. Este asunto tiene su historia. —Hizo una pausa, en segundos, atrajo los recuerdos de su memoria y nos dijo: —Escuchen. —Entonces agucé mis cinco sentidos para escuchar la historia de la narradora.
“Fue una tarde gris y fría, el típico invierno limeño, cuando recibí la visita sorpresiva de mi tío… recién llegado de Chiquian, después de la festividad de agosto. Me expuso las nuevas primicias del evento, y de las personas que se habían comprometido como nuevos funcionarios para el próximo año, con rostro algo inquieto, me contó lo siguiente:
—Sabes sobrina, tu primo Pelé ha entrado de Inca para la siguiente fiesta de Santa Rosa, por consiguiente, nos encontramos preocupados, ¡todavía no sabemos quiénes serán las Pallas que le acompañaran!
Yo, así de repente, (hizo sonar los dedos de su mano) sin pensar dos veces, le comente:
—Ya tenemos dos Pallas
—¡Dos! ¿Quiénes son? —“Tío, Usted las conoce”, —dime hija, quienes son a quien dices que yo conozco, —“tus sobrinas” —¿Quiénes?, —“mis hijas”.
Mi tío se quedó sorprendido, patitieso, y no pregunto más. De mi parte, también quedé asombrada de cómo se llevó acabo aquel dialogo, sobre todo, haber comprometido a mis hijas sin haberlas consultado, además estaban estudiando.
Día tras día transcurre el inexorable tiempo y, así pasaron nueve meses cuando recibo de nuevo la visita de mi tío con el fin de confirmar la participación de mis hijas para bailar de Pallas. Me quedé anonadada, sin saber que decir, porque hasta ese entonces, a mis hijas, no les había comunicado mi precipitada proposición. Así que esperé un día propicio para comunicarles de lo que le había prometido a su tío, y sucedió lo que les voy a contar”.
Dante y yo prestamos oídos. Marcela, continuó con su relato:
“—Hijas, la emoción por la querencia a mi tierra, donde di los primeros pasos, estudié, crecí, caminé bajo la lluvia por sus calles empedradas, ayudé a mi madre en el que hacer de la casa y, no solo en la casa, sino también, me iba a la puna para ayudar a cuidar el ganado lanar que lo hacía con enorme placer porque me encantaba estar junto a aquellos animales, y nada era obligado. Esta historia ya se los he contado más de una vez y, como saben ustedes mi primo, Pelé, este año será Inca, tal vez fue esta la razón por lo que me impulso a aceptar la proposición de tu tío… —Me detuve por un momento pensando en la reacción de cada una de ellas. En ese preciso instante se miraban una y otra sorprendidas. Luego sus ojos se clavaron en las mías. Mis hijas, curiosas, me preguntaron: —Mamá, ¿qué es lo que le prometiste al tío? —Hijas… —respondí —lo que prometí a tu tío, sin comunicarle a ustedes, le dije… que…mis hijas bailarán de Pallas para esta fiesta patronal. —aún más impresionadas, de nuevo, cruzaron sus miradas como interrogándose si aprobaban o no tal promesa hecha por la madre al tío. Se levantaron y se acercaron dónde estaba sentada, se hincaron y tomaron mi mano, diciéndome con voz enternecida: —Mamá, aquí tienes a dos Pallas, con gusto bailaremos en la fiesta patronal de Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian —Me quede sin habla, en medio de la sala surgió un silencio que solo se escuchaba nuestros suspiros y nos abrazamos las tres”.
***
“Mis hijas estudiaban en la universidad; la mayor por finalizar su carrera y la segunda en los primeros ciclos. Ilusionadas en participar en la fiesta patronal, y con el fin de bailar como Pallas, a toda prisa realizaron los trámites respectivos para que les dieran permiso, logrado el propósito, viajamos a Chiquian.
Antes del primer ensayo, entusiasmados, mi tío y el Inca, que era mi primo Pele, presentaron a las futuras Pallas ante Chica, la maestra. Mujer disciplinada, briosa de carácter y de aguda mirada, con aquellos ojos claros, respondió firme y con voz templada:
—Las que vienen de Lima no ingresan al ensayo —al escuchar esta respuesta repentina y sorpresiva, en un segundo, se alborotó el ambiente hasta el extremo que mi tío, molesto, se regresó a Lima. Pele, el futuro Inca, el gentío y yo, presente en ese momento, insistimos en que las acepte. Mi primo, con voz casi suplicante le dijo:
—Chica, aun no les has visto bailar, ni mucho menos les has escuchado cantar, ¡por favor dales una oportunidad! —Chica mirando a todos, meneando su cabeza, aceptó con la condición de que aprobaran todos sus requerimientos como instructora.
Las noveles Pallas, en el primer tanteo, aplicaban su garbo en el baile y su primorosa voz. De este modo, convencieron a Chica que terminó por aceptarlas para los siguientes días de ensayo. Con sus 18 y 22 años de edad, con perseverancia, sencillez y disciplina, bailaron, sin ninguna queja y sin descansar, durante toda la fiesta”.
***
“Luego de algunos años, mi hija mayor viajaba a Brasil a presentar un proyecto de investigación de la empresa donde laboraba, me decía:
—Mamá, por favor acomoda el vestuario de la Palla en la maleta. —Yo me quedé pasmada, luego de unos segundos, ganada por mí curiosidad como toda madre, le pregunte:
—¿Para que llevas este vestuario? —Mamá, lo sabrás pronto. —me respondió.
—Luego de unos días recibí fotos de mi hija… —La narradora tomó un suspiro y conteniendo su voz ahogada, continuó… —veía la imagen de mi hija que estaba presentando su proyecto de investigación sobre biología, vestida con el vestuario de la Palla Chiquiana, ante un colmado auditorio. —Una neblina cubría sus ojos, quedó callada, luego con voz estremecida, expresaría: —Estoy muy orgullosa de mis hijas”.
***
Parafraseando al escritor ruso Antón Chejov “Adiós Chiquian donde tantas veces encontré la alegría”. Expreso mi satisfacción, luego de una estancia en la tierra añorada, de estar en contacto con el aire fresco, con el agua fría y pura de los manantiales, con cerros que reverdecen de nuevo, con nevados y lagunas causantes de riachuelos y ríos, con aves de trinos variados, con animales que libremente trotan en los campos, y con sencillos pobladores con quienes me identifico, gratifico y enriquezco escuchando de su boca, de voz grave, dilatada, ronca y aplacada, relatos sobre usos y costumbres de la tierra entrañable. Una vez más volveré, volveré para elogiarte patria chica querida.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
Chiquian, Barrio de Jircán, Calle Tarapacá, 17 de agosto 2018
[email protected]
—Las mujeres sabemos hacer de todo, además de tener nuestra profesión, tenemos que realizar tareas propias y naturales en nuestros hogares; atender a los hijos, cocinar, coser, tejer, claro está con la colaboración del esposo, en las demás tareas. —Cómo recordando algo del pasado, contempló con atención, aquellos fardos donde estaba el atuendo de la Palla, Rumiñahui e Inca, se detuvo por un instante, luego prosiguió, —En verdad este vestuario lo confeccioné por una necesidad de una promesa no confirmada y luego, aprobada más tarde. Este asunto tiene su historia. —Hizo una pausa, en segundos, atrajo los recuerdos de su memoria y nos dijo: —Escuchen. —Entonces agucé mis cinco sentidos para escuchar la historia de la narradora.
“Fue una tarde gris y fría, el típico invierno limeño, cuando recibí la visita sorpresiva de mi tío… recién llegado de Chiquian, después de la festividad de agosto. Me expuso las nuevas primicias del evento, y de las personas que se habían comprometido como nuevos funcionarios para el próximo año, con rostro algo inquieto, me contó lo siguiente:
—Sabes sobrina, tu primo Pelé ha entrado de Inca para la siguiente fiesta de Santa Rosa, por consiguiente, nos encontramos preocupados, ¡todavía no sabemos quiénes serán las Pallas que le acompañaran!
Yo, así de repente, (hizo sonar los dedos de su mano) sin pensar dos veces, le comente:
—Ya tenemos dos Pallas
—¡Dos! ¿Quiénes son? —“Tío, Usted las conoce”, —dime hija, quienes son a quien dices que yo conozco, —“tus sobrinas” —¿Quiénes?, —“mis hijas”.
Mi tío se quedó sorprendido, patitieso, y no pregunto más. De mi parte, también quedé asombrada de cómo se llevó acabo aquel dialogo, sobre todo, haber comprometido a mis hijas sin haberlas consultado, además estaban estudiando.
Día tras día transcurre el inexorable tiempo y, así pasaron nueve meses cuando recibo de nuevo la visita de mi tío con el fin de confirmar la participación de mis hijas para bailar de Pallas. Me quedé anonadada, sin saber que decir, porque hasta ese entonces, a mis hijas, no les había comunicado mi precipitada proposición. Así que esperé un día propicio para comunicarles de lo que le había prometido a su tío, y sucedió lo que les voy a contar”.
Dante y yo prestamos oídos. Marcela, continuó con su relato:
“—Hijas, la emoción por la querencia a mi tierra, donde di los primeros pasos, estudié, crecí, caminé bajo la lluvia por sus calles empedradas, ayudé a mi madre en el que hacer de la casa y, no solo en la casa, sino también, me iba a la puna para ayudar a cuidar el ganado lanar que lo hacía con enorme placer porque me encantaba estar junto a aquellos animales, y nada era obligado. Esta historia ya se los he contado más de una vez y, como saben ustedes mi primo, Pelé, este año será Inca, tal vez fue esta la razón por lo que me impulso a aceptar la proposición de tu tío… —Me detuve por un momento pensando en la reacción de cada una de ellas. En ese preciso instante se miraban una y otra sorprendidas. Luego sus ojos se clavaron en las mías. Mis hijas, curiosas, me preguntaron: —Mamá, ¿qué es lo que le prometiste al tío? —Hijas… —respondí —lo que prometí a tu tío, sin comunicarle a ustedes, le dije… que…mis hijas bailarán de Pallas para esta fiesta patronal. —aún más impresionadas, de nuevo, cruzaron sus miradas como interrogándose si aprobaban o no tal promesa hecha por la madre al tío. Se levantaron y se acercaron dónde estaba sentada, se hincaron y tomaron mi mano, diciéndome con voz enternecida: —Mamá, aquí tienes a dos Pallas, con gusto bailaremos en la fiesta patronal de Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian —Me quede sin habla, en medio de la sala surgió un silencio que solo se escuchaba nuestros suspiros y nos abrazamos las tres”.
***
“Mis hijas estudiaban en la universidad; la mayor por finalizar su carrera y la segunda en los primeros ciclos. Ilusionadas en participar en la fiesta patronal, y con el fin de bailar como Pallas, a toda prisa realizaron los trámites respectivos para que les dieran permiso, logrado el propósito, viajamos a Chiquian.
Antes del primer ensayo, entusiasmados, mi tío y el Inca, que era mi primo Pele, presentaron a las futuras Pallas ante Chica, la maestra. Mujer disciplinada, briosa de carácter y de aguda mirada, con aquellos ojos claros, respondió firme y con voz templada:
—Las que vienen de Lima no ingresan al ensayo —al escuchar esta respuesta repentina y sorpresiva, en un segundo, se alborotó el ambiente hasta el extremo que mi tío, molesto, se regresó a Lima. Pele, el futuro Inca, el gentío y yo, presente en ese momento, insistimos en que las acepte. Mi primo, con voz casi suplicante le dijo:
—Chica, aun no les has visto bailar, ni mucho menos les has escuchado cantar, ¡por favor dales una oportunidad! —Chica mirando a todos, meneando su cabeza, aceptó con la condición de que aprobaran todos sus requerimientos como instructora.
Las noveles Pallas, en el primer tanteo, aplicaban su garbo en el baile y su primorosa voz. De este modo, convencieron a Chica que terminó por aceptarlas para los siguientes días de ensayo. Con sus 18 y 22 años de edad, con perseverancia, sencillez y disciplina, bailaron, sin ninguna queja y sin descansar, durante toda la fiesta”.
***
“Luego de algunos años, mi hija mayor viajaba a Brasil a presentar un proyecto de investigación de la empresa donde laboraba, me decía:
—Mamá, por favor acomoda el vestuario de la Palla en la maleta. —Yo me quedé pasmada, luego de unos segundos, ganada por mí curiosidad como toda madre, le pregunte:
—¿Para que llevas este vestuario? —Mamá, lo sabrás pronto. —me respondió.
—Luego de unos días recibí fotos de mi hija… —La narradora tomó un suspiro y conteniendo su voz ahogada, continuó… —veía la imagen de mi hija que estaba presentando su proyecto de investigación sobre biología, vestida con el vestuario de la Palla Chiquiana, ante un colmado auditorio. —Una neblina cubría sus ojos, quedó callada, luego con voz estremecida, expresaría: —Estoy muy orgullosa de mis hijas”.
***
Parafraseando al escritor ruso Antón Chejov “Adiós Chiquian donde tantas veces encontré la alegría”. Expreso mi satisfacción, luego de una estancia en la tierra añorada, de estar en contacto con el aire fresco, con el agua fría y pura de los manantiales, con cerros que reverdecen de nuevo, con nevados y lagunas causantes de riachuelos y ríos, con aves de trinos variados, con animales que libremente trotan en los campos, y con sencillos pobladores con quienes me identifico, gratifico y enriquezco escuchando de su boca, de voz grave, dilatada, ronca y aplacada, relatos sobre usos y costumbres de la tierra entrañable. Una vez más volveré, volveré para elogiarte patria chica querida.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
Chiquian, Barrio de Jircán, Calle Tarapacá, 17 de agosto 2018
[email protected]