hugo vílchez romero
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GIMIENTES YUGOS
En la frente socrática Colmado de sudor irisado. Con manos bronceadas desapacibles como el granito, el labrador indómito, hunde el implacable azadón sobre anchuroso campo ajeno, de tierra húmeda y feraz. De corazón incólume, fraterno y apasionado, de voz aguda y sonora, el tenaz labriego no conoce, no anhela ni pretende entonar cancioncillas vanas de mensajes sin sentido, de fatuos hedonismos, inmobles y vanidosos. De noble contemplación, de rostro adusto, el flemático labrador, en su canto irradiado con arrebato, prefiere hablar del fecundo campo serpenteado de surcos acuosos, del gimiente yugo, del azadón. Prefiere entonar versos consagrados al maíz, al trigo y la papa plantado con jubilo en el vientre de la generosa Madre-Tierra. El Pichuychanca Chiquian, Racran, 18 de marzo 2020 |
¡HAY! HASTA CUANDO...PÉRFIDA TRIBU
En éxodo forzado, como todo provinciano, por la concentración indebida de los recursos naturales, los medios de producción en pocas manos. Por privación del sistema de educación, desconcentrada, científica e integral, como la mayoría de peruanos, estoy en la cosmopolita ciudad de Lima. Aprisa, el gentío transita a destinos ignorados, sin acertar mí meditada presencia, inmóvil enfrente de un edificio limeño. Vivos conductores de automóviles de autobuses, donde me encuentro en uno de ellos en el postrero asiento, veloz, circulan avenidas y calles, con el fin de alcanzar su meta deseada. Desarrapados, cantantes, músicos callejeros, vendedores ambulantes, de toda edad y de ambos sexos, resueltos, trepan el autobús. Alzan su voz bullanguera para cantar, pedir una caridad, y ofrecer sus productos ignorando por completo que son transgénicos. Todo vale para vencer el sustento del día. En aquel asfixiante y bullicioso carro, apretujado de pasajeros, nadie atina mi meditada y pesarosa presencia. En la congestionada avenida Abancay, al costado de la Biblioteca Nacional, el gentío anda con total indiferencia frente a los astrosos indigentes, tendidos sobre el gélido piso de cemento. Más allá, franquean delante de personas inválidas, sostenido en el par de vetustas muletas, de madres, con el hijo enfermo acunado en el regazo famélico, que extienden su trémula mano, solicitando piedad y una dádiva. En aquella multitudinaria avenida el pelotón de gente febril, no atina mi meditada y pesarosa presencia. Ando por angostas calles. Numerosos individuos, turbados, con mirada frontal o clavada al piso, precipitados, pasan por mi lado, sin atinar mí abstraída presencia. Embelesado, observo el escaso y preciado balcón colonial del Centro Histórico de Lima, sin embargo, no puedo olvidar de lo que escucho decir, de hace muchos años atrás, al economista, empresario, analista y político de turno, que somos un país en vías de desarrollo, cuando percibo todo lo contrario, con el corazón lacerado y transido de dolor, aquí, allá, en esta ciudad cosmopolita, apretujado de indigentes, de vendedores ambulantes, de desarrapados, siendo el Perú, un país rico en recursos naturales. ¡Ay! ¡Hasta cuando!… ¡Pérfida tribu! El Pichuychanca. Lima, Av. Abancay- Biblioteca Nacional. 28 de enero 2020 |