josé antonio salazar mejía
LA FORTUNA DE DOS HERMANAS
Versión libre, recogida durante una tertulia del Instituto Repúblico y Libertador José Faustino Sánchez Carrión en el 2006.
A fines de la Guerra con Chile, a la que prefiero llamar Guerra del Salitre, llegó a Huarás el General Andrés Avelino Cáceres al frente del Ejército del Centro, a unirse al llamado Ejército del Norte que se había gestado en Huarás, en el año de 1883. Abanderado del Batallón Pucará, núcleo del Ejército del Norte, fue nombrado un bravo huaylino, el Subteniente Germán Alba Jurado.
Las damas huarasinas que habían bordado con encendido patriotismo el estandarte patrio, en ceremonia pública, ante el Coronel Isaac Recavarren, hicieron entrega de tan valiosa prenda al Batallón Pucará en la Plaza de Armas de Huarás, la mañana del 6 de mayo de 1883.
Encargada de la donación, fue una joven dama huarasina, la señorita Clotilde Ramírez. Ella fue quien entregó al abanderado del Pucará tan valiosa prenda, instándole a retornar victorioso o morir envuelto en ella.
Proféticas palabras las de Clotilde Ramírez. El subteniente Alba hizo el juramento de entregar la vida en defensa del pabellón nacional y lo cumplió bravíamente, pues moriría de modo heroico en el asalto al cerro Sazón, en la batalla de Huamachuco el 10 de julio de ese año.
La señorita Clotilde no se casó, pero no por ello dejó de tener hijos. A esta figura, en nuestra tierra se le llama wachapaquí. Son hijos del viento, se oía decir en el antiguo Huarás. A inicios del nuevo siglo vivían en Huarás sus dos hijas, las hermanas Clotilde y Rosa María Ramírez Arias. Ellas heredaron de la madre el hábito del ahorro, y de tanto ahorrar se hicieron de una pequeña fortuna que a la muerte de doña Clotilde supieron poco a poco engrandecer gracias a una decidida vocación por los préstamos monetarios. Prestar dinero no es malo, cobrar tampoco, y si es al 20%, mejor; era el lema familiar.
Cotidianamente llegaban a su casa del Jirón Ica, personas necesitadas que mantenían con algunas variantes el siguiente diálogo:
Y así, haciendo sufrir a la clientela y medrando en las cantidades, salía el préstamo. Medio Huarás se prestó dinero de las hermanas, y como pocos eran quienes podían devolver el dinero por los altos intereses, Clotilde y Rosa María, fueron haciéndose dueñas de objetos de valor, casas y terrenos. En la notaría del señor Alvarado, del antiguo Jirón Gamarra, quedaban registradas las nuevas propiedades de las hermanas. Todo de acuerdo a ley.
Clotilde Ramírez Arias, la hermana mayor, era dura y fría; no dejaba un resquicio para la bondad ni el amor. En tanto que Rosa María, cinco años menor, tenía un carácter más suave. Romántica y soñadora, Rosa María dejó crecer en su jardín interior un especial cariño por un vecino del barrio; como el diablo mete su cola en todo, hizo que Rosa María se fijara en un hombre casado. Los descendientes de este señor aún respiran aires huarasinos, para no entrar en controversia, diremos que el susodicho apellidaba Morante.
Y fue así, que en un abrir y cerrar de ojos, Rosa María quedó embarazada. Antes de que el escándalo se hiciera público, y en Huarás se conozca del wachapaquí de su hermana, Clotilde la desterró al fundo de Carián, cerca a Yúngar, que hacía poco habían conseguido luego de que un prestatario no lo pudiera rescatar. Allí dio a luz Rosa María a una niña. Para dar una verdadera lección a su hermana, Clotilde se apoderó de la criatura y ni siquiera la dejó verla. La envolvió en unos manteles, y dio la orden a la lechera de la casa que la arroje al río Santa. Con esta bárbara acción, pensó que el asunto quedaría olvidado. Mas la lechera no cumplió la fatídica orden. Compadecida del triste destino de la niña, desobedeció a la patrona y prefirió regalarla en secreto a unos pastores de las alturas.
A Rosa María se le dijo que la criatura había muerto al rato de haber nacido. Creyendo que ese fue el castigo a su erróneo proceder, la pobre se resignó a su suerte. Volvió a Huarás, se olvidó de Morante y siguió ayudando a su hermana en la noble tarea de aliviar al prójimo de enseres y propiedades. Todo el fundo de Catoc, que es buena parte de Nicrupampa, donde ahora se levanta el Instituto Pedagógico, pasó a ser de ellas. Lo mismo ocurrió con parte de Virgen Pampa, hoy conocido como El Centenario: desde la Parroquia, el Colegio Sagrado Corazón, hasta el Parque de Los Leones, el notario Alvarado registró como propiedad de las Ramírez Arias.
¿Cómo? ¿No que la tenían unos pastores? La vida, que tiene más vueltas que la carretera a Casma, y es mucho más compleja que las telenovelas, quiso que un buen día Rosa María se enterara de la verdad. Estando en agonía la lechera, la hizo llamar de urgencia a su choza. El tápaco que llegó a buscarla estaba bien advertido que no debía hacerse ver por doña Clotilde. Intrigada por tanto misterio y con el pálpito que lo que tenía que decirle la lechera cambiaría su vida, Rosa María llegó a Carián. Allí tuvo lugar un tremendo diálogo.
El tápaco la ayudó a recuperarse. Ya calmada, volvió a la choza y escuchó de boca de la vieja lechera, la verdad sobre su hija. Una vez averiguado el nombre de los pastores que criaban a la niña, fue inmediatamente a verla. Los pastores tenían ocho hijos, pero a Rosa María le fue fácil distinguir al suyo, pues el corazón de una madre reconoce a su sangre. La criatura se espantó al ver a una señora tan bien vestida, abalanzarse sobre ella y llenarla de besos.
Clotilde, que regresaba de hacer unas compras, se inquietó al ver que su hermana había salido sin dejar encargo y que no llegó a almorzar a la casa, cosa que no hacía jamás. Su sorpresa fue mayúscula cuando al caer la tarde vio entrar completamente transformada a Rosa María llevando de la mano a una niña vestida de harapos. Ambas se encerraron en el escritorio. De la conversación que tuvieron nunca se supo pues jamás se volvió a hablar de ello; lo cierto es que a partir de ese día, quien tomó las riendas de la casa y de los negocios fue Rosa María; Clotilde, la temible doña Clotilde pasó a un segundo plano.
La pequeña fue bautizada como Rosa Clotilde y poco a poco, la huraña y montaraz campesinita fue convirtiéndose en una niña de la ciudad. Amorosa, Rosa María le enseñó mil modales, a leer y a escribir, a coser y bordar. También pidió a la señorita Carmen Silva, la mejor profesora de la ciudad, le dé clases particulares. En Huarás, ciudad conservadora y tradicional, la noticia de que doña Rosa María había tenido un wachapaquí, una hija de un hombre casado, fue el escándalo del siglo.Rosa Clotilde creció al amparo de esas dos mujeres que olvidándolo todo, dedicaron sus vidas a llenarla del amor que antaño se le había negado. La niña supo agradecer a Dios el giro que había dado su vida, siempre fue bondadosa con los humildes, quizás recordando las estrecheces que le tocó vivir en su infancia. A nadie le negaba favor alguno. Fue madrina de cuanta criatura nació en el Huarás de mediados de siglo; y a todos recibía con cariño cuando le iban a visitar a su casa del Jr. Ica, en el barrio de Belén, regalándoles hasta con monedas de oro, libras peruanas, en señal de afecto y cariño.
Cuando llegaba enero, se adueñaba del templo de Belén, ella era la encargada de organizar la novena y la fiesta de la Virgen Belenita, a nadie permitía que se acerque a la imagen; sólo ella podía adornarla y vestirla. ¡Y vaya que lo hacía con especial devoción! Le colocaba primorosos collares y aretes de oro; y velaba porque cada año tengan vestimenta nueva, la Virgen y San José.Nunca olvidó sus primeros años y por ello decidió reconstruir el fundo de Carián, en donde pasaba buen tiempo y allí organizaba fastuosos banquetes para sus conocidos. Con ella se acabaron los préstamos de dinero a interés usurero. Ya tenían suficiente y con los alquileres vivían muy holgadamente. En Lima adquirió un palacete en San Isidro, a donde llegaba con su tía cuando era menester.
La historia de amor de Rosa Clotilde merece párrafo aparte. Creada la Guardia Civil, llegaron a Huarás los primeros huayruros, llamados así porque los oficiales llevaban una vistosa capa azul que tenía el forro de un alegre color rojo encendido. Entre sus primeros oficiales vino un apuesto teniente, natural de Coracora, Guillermo López Martínez. Era un excelente jinete, pues en su tierra se crían muy buenos caballos.López Martínez tenía un delicado trato. Su cortesía y modales eran proverbiales. Rápidamente se ganó el respeto y cariño de todo Huarás. Rosa Clotilde puso sus ojos en él y ambos quedaron perdidamente enamorados.No le fue necesario al teniente cantar el yaraví de moda en aquel tiempo:
Aún la nieve se deshace,
¡ay mi dueña!,
como entibiar no ha podido,
tu helado pecho.
Enteradas la madre y la tía de ese romance, dieron el grito al cielo. Creyendo que el oficial de policía era un aventurero que ambicionaba la inmensa fortuna de Rosa Clotilde, le cerraron las puertas y se trasladaron a Carián para poner fin a la aventura.
Cuando las hermanas averiguaron dónde se hallaba la pareja, corrieron a rescatar la prenda. Doña Clotilde, recordando sus buenos tiempos, pistola en mano ingresó a la habitación.
La reforma agraria del ‘69 fue un duro golpe a su boyante economía, pues se les arrebató todas sus propiedades a cuenta de unos bonos que fijaban precios irrisorios a los fundos confiscados. Por Catoc por ejemplo, recibieron apenas 20 soles. El terremoto del 70 terminó por enterrar la fortuna de la familia.
Mudo testigo del pasado esplendor de los Ramírez Arias es la bellísima cripta, toda hecha en fino mármol de Carrara, que se ubica en la alameda principal del cementerio García Villón, y que Rosa Clotilde erigió en honor a su madre y a su tía. En su frontis, simplemente se aprecia la siguiente leyenda: Clotilde y Rosa María Ramírez Arias.
José Antonio Salazar Mejía
[email protected]
A fines de la Guerra con Chile, a la que prefiero llamar Guerra del Salitre, llegó a Huarás el General Andrés Avelino Cáceres al frente del Ejército del Centro, a unirse al llamado Ejército del Norte que se había gestado en Huarás, en el año de 1883. Abanderado del Batallón Pucará, núcleo del Ejército del Norte, fue nombrado un bravo huaylino, el Subteniente Germán Alba Jurado.
Las damas huarasinas que habían bordado con encendido patriotismo el estandarte patrio, en ceremonia pública, ante el Coronel Isaac Recavarren, hicieron entrega de tan valiosa prenda al Batallón Pucará en la Plaza de Armas de Huarás, la mañana del 6 de mayo de 1883.
Encargada de la donación, fue una joven dama huarasina, la señorita Clotilde Ramírez. Ella fue quien entregó al abanderado del Pucará tan valiosa prenda, instándole a retornar victorioso o morir envuelto en ella.
Proféticas palabras las de Clotilde Ramírez. El subteniente Alba hizo el juramento de entregar la vida en defensa del pabellón nacional y lo cumplió bravíamente, pues moriría de modo heroico en el asalto al cerro Sazón, en la batalla de Huamachuco el 10 de julio de ese año.
La señorita Clotilde no se casó, pero no por ello dejó de tener hijos. A esta figura, en nuestra tierra se le llama wachapaquí. Son hijos del viento, se oía decir en el antiguo Huarás. A inicios del nuevo siglo vivían en Huarás sus dos hijas, las hermanas Clotilde y Rosa María Ramírez Arias. Ellas heredaron de la madre el hábito del ahorro, y de tanto ahorrar se hicieron de una pequeña fortuna que a la muerte de doña Clotilde supieron poco a poco engrandecer gracias a una decidida vocación por los préstamos monetarios. Prestar dinero no es malo, cobrar tampoco, y si es al 20%, mejor; era el lema familiar.
Cotidianamente llegaban a su casa del Jirón Ica, personas necesitadas que mantenían con algunas variantes el siguiente diálogo:
- Doña Clotildita, fíjese que mi marido debe ir a Lima, hágame el favor de prestarme cinco libras por favor. Aquí le dejo en prenda esta gargantilla de oro que era de mi abuelita; en cuanto regrese mi Benicho la rescato.
- Serán tres libras, doña Chapi. Más no doy por la joya, pues se ve a lejos que es de baja ley.
- Doña Clotildita, aquí vengo con los papeles de mi fundo de Chúa, présteme trescientos soles; en seis meses se los devuelvo.
- A ver, a ver. Aquí dice que Chúa mide apenas cinco celemines y por ese terreno no te doy ni ciento cincuenta soles; no los merece.
- Que sean doscientos, doña Clotildita.
- Voy a consultar con mi hermana; pero ya sabe que nosotras damos al 20% de interés mensual.
Y así, haciendo sufrir a la clientela y medrando en las cantidades, salía el préstamo. Medio Huarás se prestó dinero de las hermanas, y como pocos eran quienes podían devolver el dinero por los altos intereses, Clotilde y Rosa María, fueron haciéndose dueñas de objetos de valor, casas y terrenos. En la notaría del señor Alvarado, del antiguo Jirón Gamarra, quedaban registradas las nuevas propiedades de las hermanas. Todo de acuerdo a ley.
Clotilde Ramírez Arias, la hermana mayor, era dura y fría; no dejaba un resquicio para la bondad ni el amor. En tanto que Rosa María, cinco años menor, tenía un carácter más suave. Romántica y soñadora, Rosa María dejó crecer en su jardín interior un especial cariño por un vecino del barrio; como el diablo mete su cola en todo, hizo que Rosa María se fijara en un hombre casado. Los descendientes de este señor aún respiran aires huarasinos, para no entrar en controversia, diremos que el susodicho apellidaba Morante.
Y fue así, que en un abrir y cerrar de ojos, Rosa María quedó embarazada. Antes de que el escándalo se hiciera público, y en Huarás se conozca del wachapaquí de su hermana, Clotilde la desterró al fundo de Carián, cerca a Yúngar, que hacía poco habían conseguido luego de que un prestatario no lo pudiera rescatar. Allí dio a luz Rosa María a una niña. Para dar una verdadera lección a su hermana, Clotilde se apoderó de la criatura y ni siquiera la dejó verla. La envolvió en unos manteles, y dio la orden a la lechera de la casa que la arroje al río Santa. Con esta bárbara acción, pensó que el asunto quedaría olvidado. Mas la lechera no cumplió la fatídica orden. Compadecida del triste destino de la niña, desobedeció a la patrona y prefirió regalarla en secreto a unos pastores de las alturas.
A Rosa María se le dijo que la criatura había muerto al rato de haber nacido. Creyendo que ese fue el castigo a su erróneo proceder, la pobre se resignó a su suerte. Volvió a Huarás, se olvidó de Morante y siguió ayudando a su hermana en la noble tarea de aliviar al prójimo de enseres y propiedades. Todo el fundo de Catoc, que es buena parte de Nicrupampa, donde ahora se levanta el Instituto Pedagógico, pasó a ser de ellas. Lo mismo ocurrió con parte de Virgen Pampa, hoy conocido como El Centenario: desde la Parroquia, el Colegio Sagrado Corazón, hasta el Parque de Los Leones, el notario Alvarado registró como propiedad de las Ramírez Arias.
- ¡Ah doña Clotilde, es usted! ¡Adelante! –Le decía al verla llegar a la notaría. - ¿Y que tal? ¿Qué otra propiedad va a inscribir ahora a su nombre?
- No me venga con burlas doctor Alvarado, que buenas pesetas se embolsica usted con mis transacciones.
- ¡No se ofenda, no se ofenda doña Clotildita! –Retrucaba el notario. -¡Otra sería mi suerte si en Huarás hubieran más personas pudientes como ustedes!
- Así es la vida doctor. Don Augusto Loli no me ha devuelto lo que le presté el año pasado y ha convenido en cederme su casa del Jirón Ramón Zavala. ¡Bueno, como todavía a él le quedan dos propiedades, no le hará mucha falta!
¿Cómo? ¿No que la tenían unos pastores? La vida, que tiene más vueltas que la carretera a Casma, y es mucho más compleja que las telenovelas, quiso que un buen día Rosa María se enterara de la verdad. Estando en agonía la lechera, la hizo llamar de urgencia a su choza. El tápaco que llegó a buscarla estaba bien advertido que no debía hacerse ver por doña Clotilde. Intrigada por tanto misterio y con el pálpito que lo que tenía que decirle la lechera cambiaría su vida, Rosa María llegó a Carián. Allí tuvo lugar un tremendo diálogo.
- ¡Pasaqami, mamita! –La vieja mujer se irguió sobre el pellón que le servía de lecho.
- ¿Cómo está doña Eushi? La veo malita.
- Yo ya me estoy yendo niña... Ya me estoy yendo y no quiero morir en pecado.
- Pero si te cuidas te vas a mejorar. –Le dijo Rosa María, rogando que la mujer le diga lo que había surgido en ella como una terrible duda desde esa mañana, y le golpeaba como un martillo en las sienes: ¿Para qué me hacía buscar la lechera de Carián? ¿Por qué después de siete años recién aparecía aquella mujer? ¿Qué era aquello que no debía enterarse Clotilde? ¿Sería que ella había mentido sobre la muerte de mi hija?
- Mamita, el daño que te hicimos no tiene nombre ni perdón. Pero la mamita Clotilde es muy terca y yo no le podía contradecir. ¡Era yo apenas una pobre india!
- ¡Dime, dime, Eushi! ¿Qué pasó con mi hija? Ni su tumba me quiso enseñar mi hermana.
- No hay tumba mamita. ¡Tu hija no murió. Tu hija vive! –Dijo la mujer en un hilo de voz.
- ¡Jesús, María y José! –Rosa María se meció los cabellos ante la tremenda noticia, pues no podía creer lo que acababa de escuchar. En un instante, el mundo se le vino encima. Como loca salió gritando de la choza. El corazón le cabalgaba como potro desbocado y se le quería saltar del pecho. La noticia le dolió en las entrañas, allí donde casi ocho años atrás llevó el fruto de su alocado amor. Dando arcadas arrojó todo el contenido del estómago y se desmayó en medio de un alfalfar.
El tápaco la ayudó a recuperarse. Ya calmada, volvió a la choza y escuchó de boca de la vieja lechera, la verdad sobre su hija. Una vez averiguado el nombre de los pastores que criaban a la niña, fue inmediatamente a verla. Los pastores tenían ocho hijos, pero a Rosa María le fue fácil distinguir al suyo, pues el corazón de una madre reconoce a su sangre. La criatura se espantó al ver a una señora tan bien vestida, abalanzarse sobre ella y llenarla de besos.
Clotilde, que regresaba de hacer unas compras, se inquietó al ver que su hermana había salido sin dejar encargo y que no llegó a almorzar a la casa, cosa que no hacía jamás. Su sorpresa fue mayúscula cuando al caer la tarde vio entrar completamente transformada a Rosa María llevando de la mano a una niña vestida de harapos. Ambas se encerraron en el escritorio. De la conversación que tuvieron nunca se supo pues jamás se volvió a hablar de ello; lo cierto es que a partir de ese día, quien tomó las riendas de la casa y de los negocios fue Rosa María; Clotilde, la temible doña Clotilde pasó a un segundo plano.
La pequeña fue bautizada como Rosa Clotilde y poco a poco, la huraña y montaraz campesinita fue convirtiéndose en una niña de la ciudad. Amorosa, Rosa María le enseñó mil modales, a leer y a escribir, a coser y bordar. También pidió a la señorita Carmen Silva, la mejor profesora de la ciudad, le dé clases particulares. En Huarás, ciudad conservadora y tradicional, la noticia de que doña Rosa María había tenido un wachapaquí, una hija de un hombre casado, fue el escándalo del siglo.Rosa Clotilde creció al amparo de esas dos mujeres que olvidándolo todo, dedicaron sus vidas a llenarla del amor que antaño se le había negado. La niña supo agradecer a Dios el giro que había dado su vida, siempre fue bondadosa con los humildes, quizás recordando las estrecheces que le tocó vivir en su infancia. A nadie le negaba favor alguno. Fue madrina de cuanta criatura nació en el Huarás de mediados de siglo; y a todos recibía con cariño cuando le iban a visitar a su casa del Jr. Ica, en el barrio de Belén, regalándoles hasta con monedas de oro, libras peruanas, en señal de afecto y cariño.
Cuando llegaba enero, se adueñaba del templo de Belén, ella era la encargada de organizar la novena y la fiesta de la Virgen Belenita, a nadie permitía que se acerque a la imagen; sólo ella podía adornarla y vestirla. ¡Y vaya que lo hacía con especial devoción! Le colocaba primorosos collares y aretes de oro; y velaba porque cada año tengan vestimenta nueva, la Virgen y San José.Nunca olvidó sus primeros años y por ello decidió reconstruir el fundo de Carián, en donde pasaba buen tiempo y allí organizaba fastuosos banquetes para sus conocidos. Con ella se acabaron los préstamos de dinero a interés usurero. Ya tenían suficiente y con los alquileres vivían muy holgadamente. En Lima adquirió un palacete en San Isidro, a donde llegaba con su tía cuando era menester.
La historia de amor de Rosa Clotilde merece párrafo aparte. Creada la Guardia Civil, llegaron a Huarás los primeros huayruros, llamados así porque los oficiales llevaban una vistosa capa azul que tenía el forro de un alegre color rojo encendido. Entre sus primeros oficiales vino un apuesto teniente, natural de Coracora, Guillermo López Martínez. Era un excelente jinete, pues en su tierra se crían muy buenos caballos.López Martínez tenía un delicado trato. Su cortesía y modales eran proverbiales. Rápidamente se ganó el respeto y cariño de todo Huarás. Rosa Clotilde puso sus ojos en él y ambos quedaron perdidamente enamorados.No le fue necesario al teniente cantar el yaraví de moda en aquel tiempo:
Aún la nieve se deshace,
¡ay mi dueña!,
como entibiar no ha podido,
tu helado pecho.
Enteradas la madre y la tía de ese romance, dieron el grito al cielo. Creyendo que el oficial de policía era un aventurero que ambicionaba la inmensa fortuna de Rosa Clotilde, le cerraron las puertas y se trasladaron a Carián para poner fin a la aventura.
- ¡En la guerra y el amor, todo se vale! –dijo López Martínez y llegó una noche jinete en su noble corcel y sin más, raptó a Rosa Clotilde.
- ¿Y a qué nido llevaría a la paloma? Pues en esta ocasión, la paloma puso el nido: una de las tantas viviendas que tenía como propiedad.
Cuando las hermanas averiguaron dónde se hallaba la pareja, corrieron a rescatar la prenda. Doña Clotilde, recordando sus buenos tiempos, pistola en mano ingresó a la habitación.
- ¡Hoy te mato, desgraciado! ¿Qué le has hecho a mi niña?
- ¡Calma, calma, señora! –dijo muy sereno el oficial. - Tuve que proceder de este modo al ver que ustedes se negaban a reconocer nuestro amor.
- ¡Qué amor, ni que ocho cuartos! Usted es un vividor. ¡Devuélvanos a nuestra hija y váyase a freír monos a otra parte!
- ¡Tía, por favor..! –intervino tímidamente Rosa Clotilde. - Guillermo y yo, nos queremos. No se oponga usted a nuestro cariño.
- Es cierto, señora. Estoy dispuesto a casarme con Rosa Clotilde cuanto antes.
La reforma agraria del ‘69 fue un duro golpe a su boyante economía, pues se les arrebató todas sus propiedades a cuenta de unos bonos que fijaban precios irrisorios a los fundos confiscados. Por Catoc por ejemplo, recibieron apenas 20 soles. El terremoto del 70 terminó por enterrar la fortuna de la familia.
Mudo testigo del pasado esplendor de los Ramírez Arias es la bellísima cripta, toda hecha en fino mármol de Carrara, que se ubica en la alameda principal del cementerio García Villón, y que Rosa Clotilde erigió en honor a su madre y a su tía. En su frontis, simplemente se aprecia la siguiente leyenda: Clotilde y Rosa María Ramírez Arias.
José Antonio Salazar Mejía
[email protected]