Eugenio garro lavado
LA HIJA DE CUNCA
Anochecía un espléndido día de agosto, cuando un niño de doce años, más o menos, seguía un camino tortuoso y estrecho que, de uno de los lugares más comunes de sembrío, conduce a Chiquián. Caminaba cargado de un cuero de res enrrollado sobre la espalda; peso excesivo para su edad y falta e costumbre. Su carga, al tropezar en los cercos de piedras y en las pencas, le hacía bambolear y golpearse a cada paso en los guijarros. Esta incomodidad, después de algún trecho de marcha, lo llenó de despecho y llorando de rabia se sentó en el suelo.
Las sombras de la noche se extendían grávidas de un cansancio estival. Circulaba un aire cargado del relente de las cosechas, de establos, de manadas. Luego de un rumor casi cadencioso de mugidos, de grillos, de ladridos persistentes, de llamadas cambiadas entre gentes de las dehesas cercana y, como un sonido de queja lejana, el monótono chasquido del río en el fondo de la quebrada cimbreante. Alejo tenía la cabeza congestionada con todas las impresiones del día, todas nuevas, coloridas, inusitadas.
Sólo hacía dos días que había llegado a su pueblo natal, y estaba admirado de todo. Se había criado en S…pueblecillo cercano, en casa de unos parientes propietarios, parientes suyos. Había vivido allí en la más absoluta clausura, extraño, ajeno y alejado de todo lo que estaba fuera d elas fuerzas de la casa. Después de la extraña y terrible del que hasta entonces tuviera por padre, se encontró pocos días después, ante otro hombre que le decía ser su verdadero padre y que el otro no había sino más que adoptante. Y cuando le dijo que marcharían a su pueblo, a Chiquián, a su casa, la idea de ver otras cosas le despertó su entusiasmo. Y estaba allí. Aquel día su espíritu aterido por la humedad de la clausura, se había saciado del sol, del aire libre, de alegría. Nunca había saboreado mas completa y más larga felicidad. Antes de la salida del sol, abandonó la casa de su padre en compañía de los campesinos que iban a la tarea del TRIGU-TAKAY, con el cuero de res enrollado a la espalda y el bastón al hombro. Sus ojos de niño recluso no acababan de saciarse contemplando los caprichosos accidentes de la tierra. Desde la meseta donde había llegado, al mismo tiempo que el sol se extendía dorado y riente, contemplaba los tapices tendidos sobre el flanco de los cerros. Caprichosos dibujos de hierbas silvestres, confundidas en marañas de espesas, musgos y tomillos extendidos sobre rocas; campos de maíz en plena recolección, donde resaltan los fustanes rojos y amarillos de las mujeres y los pantalones negros de cordellate de los hombres; manchas movientes de ovejas y vacas en los rastrojos; los trigales rubios reverberando al sol; la cinta blanca y retorcida del camino; más abajo el río aullante y sitibundo, y todavía más al fondo caseríos con sus tejados rojos y el vecino pueblo de Huasta, con un gran juguete de niño cuidadosamente colocado sobre el escalón de un cerro como sobre la rodilla de una abuela complaciente.
Después de haberlo visto todo, Alejo se empeñó en carreras de alegría loca a través de todo el trigal; gustaba del roce de las espigas por su cara; quiso tomar la guadaña y segar. Como no le consintieron tomó un bastón y golpeó un buen rato el cuero de la res, pero también se fatigó. Luego tuvo que confirmarse solo con mirar la tarea de los campesinos y de las mujeres. Los hombres golpeaban, las mujeres, unas segaban, otras preparaban las gavillas y venteaban el trigo.
Alejo esta tarea como una fiesta. En sus pupilas ingenuas se reflejaban los hombres de rostro cetrino y atezado y las mujeres de cara resignada, caderas amplias y senos grávidos, como las figuras de un cuadro rural, inmovilizadas en un gesto de tranquila alegría bajo la plenitud del sol. Cuanta diferencia entre esto y todo lo que había visto en su niñez recluida en la casa de su “otro padre”.
A la hora del JIPASH-INTI (en que el sol tramonta), Alejo no sentía una vaga tristeza, esa monótona melancolía que va cubriendo la sierra a medida que avanzan las sombras. No percibía el dejo taciturno de los rumores circulantes de la tarde, porque su alma estaba pura y salía de una casa donde una tristeza sombría había envuelto su vida y ahora todo le parecía alegre, desde la mañana hasta la noche. Sin embargo, si hubiera tenido más años y más experiencias para mirar la vida, se hubiera dado cuenta del algo extraño, de algo funesto grabado en el rostro de las gentes. Así, quizá, mientras todo era pesadez y monotonía, la mirada de Alejo era la única que descubría los impresionantes coloridos de una fiesta.
Después de la tarea de ese día, había querido, también, caminar como los campesinos, con su cuero a la espalda, al regresar al pueblo. Poco acostumbrado a caminar en el campo, se había retrasado con su peso y se había sentado a llorar de rabia, herido por su impotencia ante los primeros obstáculos que encontraba en su vida libre.
Al ver su retardo volvió en su busca uno de los campesinos. Benacio, y acompañado de él llegó a su casa.
Esa sombra de algo funesto que Alejo era incapaz de entrever, se le iba a revelar ahí, aquella misma noche. En el pequeño patio de la casa de su padre, poco después de la comida, encontró una extraña reunión de mujeres, sentadas en el suelo. Sin duda era ridículo el asunto de que trataban, causa del gesto sombrío de los pobladores de Chiquián; pero Alejo no estaba aun en edad para descubrir el lado ridículo de las cosas, ni tampoco las gentes de ese pueblo habían acabado de despertar de ese ensueño supersticioso de leyendas. Llenos todavía de ese temor pueril de los pueblos recónditos, fácilmente los impresionaba una leyenda y el temor los sobrecogía hasta lo indecible.
Viejas y jóvenes, pues el mismo grado de temor las unía a todos en esos momentos, sentados en el patio, frene al vivo rescolde de la cocina, porque el fuego aleja los maleficios del demonio, con voz apagada y pastosa, como si quisieran diluir entre los labios las sílabas guturales del Kechua, ara hacerlo más insinuante y misterioso, acurrucadas en sus mantas, hablaban de ese misterio que se cernía como una amenaza inexorable sobre todos.
“KILLA HUACCAXTA RIKAYARCCON, (han visto llorar a la luna)”, decían esas mujeres llenas de pavor, y Alejo con los dedos crispados escuchaba esa sesión espeluznante que tomaba a sus ojos las proporciones de seres sobrenaturales. La Luna había llorado como sobre una fatalidad cada vez más próxima. ¿Qué acontecimiento les esperaba a todos? Además, muchos signos de desgracia se habían presentados por todas partes: el trigo de la cosecha de ese año estaba comido por gusanos: parecía que la sierra no quería proporcionar alimentos; y, lo más extraño, la imagen de la virgen que había salido en procesión de la última fiesta religiosa había presentado un semblante había presentado un semblante tan triste que toda la gente se había arrojado al suelo llorando e implorando piedad, y cuando las notas plañideras de un MISERERE se elevaban al son de los violines, un burro lascivo en persecución de su hembra había pasado cortando el camino a la Virgen y atropellando con sus rebuznos endemoniados. Después de un instante de estupor, todos se habían precipitado en una loca búsqueda de los malditos, pero en vano se habían cansado, nadie sabía por donde habían desaparecido los animales. Pero el caso más patente de que amagaba una gran dsgracia, era lo que pasaba con Juana, la hija de Atanacio Cunca. Tenía siete meses de embarazo.
“SUPAY-PA-TASH CHICHURAN” (1) murmuraban las viejas con un patético temblor en los labios. Y una extraña colaboración de detalles se referían al caso. Algunas incrédulas decían: “Tal vez será algún cholo que la ha puesto así”. No, no era un cholo; su padre, el terrible adivino de la coca lo sabía todo. “PACLLON NUNAM -un individuo de Pacllón- había dicho él mismo, fue quien introdujo al demonio en mi casa, tocando su arpa”.
Mientras tocaba, Atanacio se ponía a CHACCHAR y había adivinado y acercándose al pacllonista le había dicho:
-Arrastrado, me estás haciendo brujería, pero te voy a sacar las tripas por la boca.
-Te engañas Atanacio. ARPAA JAMPISHCCAM (2) pero yo no soy brujo. Estoy triste porque noquieres que me case con tu hija y por eso toco mi arpa.
-Sí, pero mi coca me avisa que quieres vengarte.
-¿De qué me he de vengar RUKUSHITO (3) Qué haré, pues, si no quieres. Mujeres se encuentran. Tocando mi arpa me iré a otro pueblo.
-Ocioso, brujo, ARPA-TOKAY, anda como mostrenco, mi coca me ha de avisar todo lo que hagas.
Las sombras de la noche se extendían grávidas de un cansancio estival. Circulaba un aire cargado del relente de las cosechas, de establos, de manadas. Luego de un rumor casi cadencioso de mugidos, de grillos, de ladridos persistentes, de llamadas cambiadas entre gentes de las dehesas cercana y, como un sonido de queja lejana, el monótono chasquido del río en el fondo de la quebrada cimbreante. Alejo tenía la cabeza congestionada con todas las impresiones del día, todas nuevas, coloridas, inusitadas.
Sólo hacía dos días que había llegado a su pueblo natal, y estaba admirado de todo. Se había criado en S…pueblecillo cercano, en casa de unos parientes propietarios, parientes suyos. Había vivido allí en la más absoluta clausura, extraño, ajeno y alejado de todo lo que estaba fuera d elas fuerzas de la casa. Después de la extraña y terrible del que hasta entonces tuviera por padre, se encontró pocos días después, ante otro hombre que le decía ser su verdadero padre y que el otro no había sino más que adoptante. Y cuando le dijo que marcharían a su pueblo, a Chiquián, a su casa, la idea de ver otras cosas le despertó su entusiasmo. Y estaba allí. Aquel día su espíritu aterido por la humedad de la clausura, se había saciado del sol, del aire libre, de alegría. Nunca había saboreado mas completa y más larga felicidad. Antes de la salida del sol, abandonó la casa de su padre en compañía de los campesinos que iban a la tarea del TRIGU-TAKAY, con el cuero de res enrollado a la espalda y el bastón al hombro. Sus ojos de niño recluso no acababan de saciarse contemplando los caprichosos accidentes de la tierra. Desde la meseta donde había llegado, al mismo tiempo que el sol se extendía dorado y riente, contemplaba los tapices tendidos sobre el flanco de los cerros. Caprichosos dibujos de hierbas silvestres, confundidas en marañas de espesas, musgos y tomillos extendidos sobre rocas; campos de maíz en plena recolección, donde resaltan los fustanes rojos y amarillos de las mujeres y los pantalones negros de cordellate de los hombres; manchas movientes de ovejas y vacas en los rastrojos; los trigales rubios reverberando al sol; la cinta blanca y retorcida del camino; más abajo el río aullante y sitibundo, y todavía más al fondo caseríos con sus tejados rojos y el vecino pueblo de Huasta, con un gran juguete de niño cuidadosamente colocado sobre el escalón de un cerro como sobre la rodilla de una abuela complaciente.
Después de haberlo visto todo, Alejo se empeñó en carreras de alegría loca a través de todo el trigal; gustaba del roce de las espigas por su cara; quiso tomar la guadaña y segar. Como no le consintieron tomó un bastón y golpeó un buen rato el cuero de la res, pero también se fatigó. Luego tuvo que confirmarse solo con mirar la tarea de los campesinos y de las mujeres. Los hombres golpeaban, las mujeres, unas segaban, otras preparaban las gavillas y venteaban el trigo.
Alejo esta tarea como una fiesta. En sus pupilas ingenuas se reflejaban los hombres de rostro cetrino y atezado y las mujeres de cara resignada, caderas amplias y senos grávidos, como las figuras de un cuadro rural, inmovilizadas en un gesto de tranquila alegría bajo la plenitud del sol. Cuanta diferencia entre esto y todo lo que había visto en su niñez recluida en la casa de su “otro padre”.
A la hora del JIPASH-INTI (en que el sol tramonta), Alejo no sentía una vaga tristeza, esa monótona melancolía que va cubriendo la sierra a medida que avanzan las sombras. No percibía el dejo taciturno de los rumores circulantes de la tarde, porque su alma estaba pura y salía de una casa donde una tristeza sombría había envuelto su vida y ahora todo le parecía alegre, desde la mañana hasta la noche. Sin embargo, si hubiera tenido más años y más experiencias para mirar la vida, se hubiera dado cuenta del algo extraño, de algo funesto grabado en el rostro de las gentes. Así, quizá, mientras todo era pesadez y monotonía, la mirada de Alejo era la única que descubría los impresionantes coloridos de una fiesta.
Después de la tarea de ese día, había querido, también, caminar como los campesinos, con su cuero a la espalda, al regresar al pueblo. Poco acostumbrado a caminar en el campo, se había retrasado con su peso y se había sentado a llorar de rabia, herido por su impotencia ante los primeros obstáculos que encontraba en su vida libre.
Al ver su retardo volvió en su busca uno de los campesinos. Benacio, y acompañado de él llegó a su casa.
Esa sombra de algo funesto que Alejo era incapaz de entrever, se le iba a revelar ahí, aquella misma noche. En el pequeño patio de la casa de su padre, poco después de la comida, encontró una extraña reunión de mujeres, sentadas en el suelo. Sin duda era ridículo el asunto de que trataban, causa del gesto sombrío de los pobladores de Chiquián; pero Alejo no estaba aun en edad para descubrir el lado ridículo de las cosas, ni tampoco las gentes de ese pueblo habían acabado de despertar de ese ensueño supersticioso de leyendas. Llenos todavía de ese temor pueril de los pueblos recónditos, fácilmente los impresionaba una leyenda y el temor los sobrecogía hasta lo indecible.
Viejas y jóvenes, pues el mismo grado de temor las unía a todos en esos momentos, sentados en el patio, frene al vivo rescolde de la cocina, porque el fuego aleja los maleficios del demonio, con voz apagada y pastosa, como si quisieran diluir entre los labios las sílabas guturales del Kechua, ara hacerlo más insinuante y misterioso, acurrucadas en sus mantas, hablaban de ese misterio que se cernía como una amenaza inexorable sobre todos.
“KILLA HUACCAXTA RIKAYARCCON, (han visto llorar a la luna)”, decían esas mujeres llenas de pavor, y Alejo con los dedos crispados escuchaba esa sesión espeluznante que tomaba a sus ojos las proporciones de seres sobrenaturales. La Luna había llorado como sobre una fatalidad cada vez más próxima. ¿Qué acontecimiento les esperaba a todos? Además, muchos signos de desgracia se habían presentados por todas partes: el trigo de la cosecha de ese año estaba comido por gusanos: parecía que la sierra no quería proporcionar alimentos; y, lo más extraño, la imagen de la virgen que había salido en procesión de la última fiesta religiosa había presentado un semblante había presentado un semblante tan triste que toda la gente se había arrojado al suelo llorando e implorando piedad, y cuando las notas plañideras de un MISERERE se elevaban al son de los violines, un burro lascivo en persecución de su hembra había pasado cortando el camino a la Virgen y atropellando con sus rebuznos endemoniados. Después de un instante de estupor, todos se habían precipitado en una loca búsqueda de los malditos, pero en vano se habían cansado, nadie sabía por donde habían desaparecido los animales. Pero el caso más patente de que amagaba una gran dsgracia, era lo que pasaba con Juana, la hija de Atanacio Cunca. Tenía siete meses de embarazo.
“SUPAY-PA-TASH CHICHURAN” (1) murmuraban las viejas con un patético temblor en los labios. Y una extraña colaboración de detalles se referían al caso. Algunas incrédulas decían: “Tal vez será algún cholo que la ha puesto así”. No, no era un cholo; su padre, el terrible adivino de la coca lo sabía todo. “PACLLON NUNAM -un individuo de Pacllón- había dicho él mismo, fue quien introdujo al demonio en mi casa, tocando su arpa”.
Mientras tocaba, Atanacio se ponía a CHACCHAR y había adivinado y acercándose al pacllonista le había dicho:
-Arrastrado, me estás haciendo brujería, pero te voy a sacar las tripas por la boca.
-Te engañas Atanacio. ARPAA JAMPISHCCAM (2) pero yo no soy brujo. Estoy triste porque noquieres que me case con tu hija y por eso toco mi arpa.
-Sí, pero mi coca me avisa que quieres vengarte.
-¿De qué me he de vengar RUKUSHITO (3) Qué haré, pues, si no quieres. Mujeres se encuentran. Tocando mi arpa me iré a otro pueblo.
-Ocioso, brujo, ARPA-TOKAY, anda como mostrenco, mi coca me ha de avisar todo lo que hagas.
Desde entonces Atanacio se había vuelto un CHACCHADOR terrible. Casi no comía ni dormía por estar día y noche en la coca. “CUCAHUAN OPISHCCAM” (4), soplaban las viejas.
Pero a los pocos días de la ausencia del paccllonista, Juana había ido con su padre a recoger leña. Todavía los maizales tenían su penacho fresco y los campos de trigo ofrecían un tornasol de verde y amarillo bajo la caricia del viento. La bajada de NINAN-PAMPA estaba tranquila y rumorosa; a su paso las lagartijas se escurrían entre las grietas; un aire cargado de aromas silvestres dilataba la nariz de la muchacha que descendía seguida de su padre, con el rostro abochornado por el sol, los ojos húmedos, cimbreante la firme pulpa de sus caderas bajo las sayas de bayeta.
Entre los montes Juana se puso a recoger leña, mientras su padre, sentado a la sombra, chacchaba febril y obstinadamente.
Cuando Juana acabó su tarea y tenía preparada su carga, el sol entraba a la hora de JIPASH. Atanacio chacchaba; tenía los labios negros, un lado de la cara hinchada con una inmensa bola de coca y sus manos sacudían febríles el PORONGO de cal.
-ACUNA, TAYTA (5) dijo la hija, rompiendo el silencio.
-El mostrenco arrastrado, me ha brujeado -dijo Atanacio, poniéndose de píe-; mi coca amarga.
-Que va a poder hacernos nada, mientras nuestro Dios nos ampare -contestó la hija, poniendo su carga de leña a la espalda.
-Tú no sabes nada, ese maldito tenía su arpa curada; cuando tocaba mi coca saltaba afuera y yo mismo quería llorar.
Así, con un gesto de presagio, padre e hija regresaban a su casa, cuando ala vuelta de un recodo, la muchacha que iba por delante, tropezó con un cerdo que se había tendido a dormir en medio del camino. La oscuridad de la noche se hacía cada vez más profunda. El padre sintió, al instante, que lo desconocido que temía, se acercaba.
-¡Dentente! No sigas…gritó- es el cochino de brujo; mi coca se ha partido por la mitad cuando ha gritado.
El cerdo desapareció y ellos, después de un rato, siguiereon su camino. Entraban a la población cuando sintieron al cerdo que gruñendo les seguía los pasos.
-No voltees la cata, aconsejó Atanacio su hija; déjalo que nos siga, con mi coca lo voy a curar para que el arrastrado brujo se quede atontado en cualquier parte. – Pero la muchacha no había podido resistir el miedo y presa de un terrible pánico había soltado su carga y partió a correr como una loca. Cuando Atanacio llegó a su casa había encontrado a Juana, desesperada, arrancándose la ropa, mesándose los cabellos y con los ojos desorbitados. Atanacio solo había escupido con desdén y había dicho entre dientes: “Ya sé lo que quieres maldecido”.
Desde ese día Juana no había vuelto a cobrar su razón. Pasaba los días entre crisis nerviosas terribles y postraciones de completa insensibilidad. La habían llevado donde el cura para exorcizarla, paro no había tenido efecto, sin duda porque el cura era ZURIYOX (6)
Atanacio se había disfrazado de un gesto indefinible, había henchido su bolsa de coca, como apercibiéndose de una lucha obstinada y secreta con enemigos invisibles.
-Una de estas noches el cerdo maldito tiene que venir, pero se ha de encontrar conmigo, - dijo tranquilamente.
Esperó uno y dos noches chacchando interminablemente su coca, sentado a la puerta de su casa, en el absoluto silencio de la oscuridad, mientras tanto, de rato en rato, su hija se agitaba en estertores nerviosos y lanzaba débiles gemidos de angustia.
Atanacio tenía una idea fija: no dormir –“el maldecido estará soplando para que me duerma, pero mi coca me defiende”- se decía. Sin embargo, la tercera noche una terrible alucinación se apoderó de él. Chacchando y chacchando en medio del silencio y la oscuridad de la noche había comenzado a percibir, primero lejos y después cerca, los sones tentadores del arpa embrujada del pacllonista. Se tapó los oídos con bolitas de coca masticada, pero la música endemoniada le hacía saltar el corazón.
“Ahora viene a Hacere dormir, tocando su arpa” -pensó acurrucándose más hacía la puerta que cerraba a su hija.
La música del arpa, quejumbrosa, monótona, que incitaba a mover loa pies en una zarabanda de tristezas, llegaba cada vez más clara y más insinuante- Atanacio ya no se defendía, tenía las manos crispadas inmóviles sobre el pecho; pero un pequeño resto de conciencia le hacía sentir que no estaba dormido, que no dormiría por nada, que seguiría escuchando la música del mañoso muchas horas, muchas noches; sin dormirse, sin dejarse vencer por el brujo tentador, sin abandonar la puerta que guardaba a su hija.
De repente el arpa había cambiado de tono. Había comenzado a tocar a los oídos mismos de Atanacio esa música bárbara, alegre, de entusiasmo demoniaco de la DANZA DE LOS DIABLOS (7), introduciéndose no sé que extrañas sensaciones del alma alucinado. Un bordoneo que estimulaba saltos y zapateos fluía del arpa en interminable corriente, cuando unn grito agudo y estridente cortó de un golpe la música e hizo saltar a Atanacio hacía el interior de la habitación donde dormía su hija. Juana había lanzado ese grito, y ante los ojos desorbitados y actitud estática de Atanacio se había realizado el atroz ultraje, la infame venganza del brujo pacllonista…
Después el infame se había parado ante él y le había escupido:
-Lo que he querido ya está hecho; ahora quédate con tu hija.
Poco antes de amanecer, cuando los pajarillos llenaban el aire de la mañana con sus trinos, Atanacio como un loco, como un sonámbulo, había recorrido la población, parándose de rato en rato para gritar:
-Mi hija se ha ayuntado coen el diablo…
Quedaron un rato las mujeres en silencio, hadta que una de ellas añadió, bajando la voz hasta hacerla casi imperceptible:
-Otras gentes dicen que no es sino su mismo padre…
-El castigo de Dios tiene que venir por todo esto -dijeron todos con un extraño temblor de terror. Después siguieron hablando mucho rato, hasta que la luna comenzó a esclarecer el silencio taciturno de los cerros vecinos, y, Alejo escuchando se había quedado completamente dormido.
(1) – Está en cinta del diablo.
(2) – Está embrujada mi arpa.
(3) – Viejecito, como tratamiento familiar.
(4) – Opilado con la coca.
(5) – Vamos, padre.
(6) – Que tenía hijos.
(7) – Baile típico del lugar, con vestuarios y máscaras adecuadas, cuya música tiene una bárbara alegría; es danza casi ritual, que se baila en la fiesta del Corpus Christi.
Eugenio Garro Lavado
Pero a los pocos días de la ausencia del paccllonista, Juana había ido con su padre a recoger leña. Todavía los maizales tenían su penacho fresco y los campos de trigo ofrecían un tornasol de verde y amarillo bajo la caricia del viento. La bajada de NINAN-PAMPA estaba tranquila y rumorosa; a su paso las lagartijas se escurrían entre las grietas; un aire cargado de aromas silvestres dilataba la nariz de la muchacha que descendía seguida de su padre, con el rostro abochornado por el sol, los ojos húmedos, cimbreante la firme pulpa de sus caderas bajo las sayas de bayeta.
Entre los montes Juana se puso a recoger leña, mientras su padre, sentado a la sombra, chacchaba febril y obstinadamente.
Cuando Juana acabó su tarea y tenía preparada su carga, el sol entraba a la hora de JIPASH. Atanacio chacchaba; tenía los labios negros, un lado de la cara hinchada con una inmensa bola de coca y sus manos sacudían febríles el PORONGO de cal.
-ACUNA, TAYTA (5) dijo la hija, rompiendo el silencio.
-El mostrenco arrastrado, me ha brujeado -dijo Atanacio, poniéndose de píe-; mi coca amarga.
-Que va a poder hacernos nada, mientras nuestro Dios nos ampare -contestó la hija, poniendo su carga de leña a la espalda.
-Tú no sabes nada, ese maldito tenía su arpa curada; cuando tocaba mi coca saltaba afuera y yo mismo quería llorar.
Así, con un gesto de presagio, padre e hija regresaban a su casa, cuando ala vuelta de un recodo, la muchacha que iba por delante, tropezó con un cerdo que se había tendido a dormir en medio del camino. La oscuridad de la noche se hacía cada vez más profunda. El padre sintió, al instante, que lo desconocido que temía, se acercaba.
-¡Dentente! No sigas…gritó- es el cochino de brujo; mi coca se ha partido por la mitad cuando ha gritado.
El cerdo desapareció y ellos, después de un rato, siguiereon su camino. Entraban a la población cuando sintieron al cerdo que gruñendo les seguía los pasos.
-No voltees la cata, aconsejó Atanacio su hija; déjalo que nos siga, con mi coca lo voy a curar para que el arrastrado brujo se quede atontado en cualquier parte. – Pero la muchacha no había podido resistir el miedo y presa de un terrible pánico había soltado su carga y partió a correr como una loca. Cuando Atanacio llegó a su casa había encontrado a Juana, desesperada, arrancándose la ropa, mesándose los cabellos y con los ojos desorbitados. Atanacio solo había escupido con desdén y había dicho entre dientes: “Ya sé lo que quieres maldecido”.
Desde ese día Juana no había vuelto a cobrar su razón. Pasaba los días entre crisis nerviosas terribles y postraciones de completa insensibilidad. La habían llevado donde el cura para exorcizarla, paro no había tenido efecto, sin duda porque el cura era ZURIYOX (6)
Atanacio se había disfrazado de un gesto indefinible, había henchido su bolsa de coca, como apercibiéndose de una lucha obstinada y secreta con enemigos invisibles.
-Una de estas noches el cerdo maldito tiene que venir, pero se ha de encontrar conmigo, - dijo tranquilamente.
Esperó uno y dos noches chacchando interminablemente su coca, sentado a la puerta de su casa, en el absoluto silencio de la oscuridad, mientras tanto, de rato en rato, su hija se agitaba en estertores nerviosos y lanzaba débiles gemidos de angustia.
Atanacio tenía una idea fija: no dormir –“el maldecido estará soplando para que me duerma, pero mi coca me defiende”- se decía. Sin embargo, la tercera noche una terrible alucinación se apoderó de él. Chacchando y chacchando en medio del silencio y la oscuridad de la noche había comenzado a percibir, primero lejos y después cerca, los sones tentadores del arpa embrujada del pacllonista. Se tapó los oídos con bolitas de coca masticada, pero la música endemoniada le hacía saltar el corazón.
“Ahora viene a Hacere dormir, tocando su arpa” -pensó acurrucándose más hacía la puerta que cerraba a su hija.
La música del arpa, quejumbrosa, monótona, que incitaba a mover loa pies en una zarabanda de tristezas, llegaba cada vez más clara y más insinuante- Atanacio ya no se defendía, tenía las manos crispadas inmóviles sobre el pecho; pero un pequeño resto de conciencia le hacía sentir que no estaba dormido, que no dormiría por nada, que seguiría escuchando la música del mañoso muchas horas, muchas noches; sin dormirse, sin dejarse vencer por el brujo tentador, sin abandonar la puerta que guardaba a su hija.
De repente el arpa había cambiado de tono. Había comenzado a tocar a los oídos mismos de Atanacio esa música bárbara, alegre, de entusiasmo demoniaco de la DANZA DE LOS DIABLOS (7), introduciéndose no sé que extrañas sensaciones del alma alucinado. Un bordoneo que estimulaba saltos y zapateos fluía del arpa en interminable corriente, cuando unn grito agudo y estridente cortó de un golpe la música e hizo saltar a Atanacio hacía el interior de la habitación donde dormía su hija. Juana había lanzado ese grito, y ante los ojos desorbitados y actitud estática de Atanacio se había realizado el atroz ultraje, la infame venganza del brujo pacllonista…
Después el infame se había parado ante él y le había escupido:
-Lo que he querido ya está hecho; ahora quédate con tu hija.
Poco antes de amanecer, cuando los pajarillos llenaban el aire de la mañana con sus trinos, Atanacio como un loco, como un sonámbulo, había recorrido la población, parándose de rato en rato para gritar:
-Mi hija se ha ayuntado coen el diablo…
Quedaron un rato las mujeres en silencio, hadta que una de ellas añadió, bajando la voz hasta hacerla casi imperceptible:
-Otras gentes dicen que no es sino su mismo padre…
-El castigo de Dios tiene que venir por todo esto -dijeron todos con un extraño temblor de terror. Después siguieron hablando mucho rato, hasta que la luna comenzó a esclarecer el silencio taciturno de los cerros vecinos, y, Alejo escuchando se había quedado completamente dormido.
(1) – Está en cinta del diablo.
(2) – Está embrujada mi arpa.
(3) – Viejecito, como tratamiento familiar.
(4) – Opilado con la coca.
(5) – Vamos, padre.
(6) – Que tenía hijos.
(7) – Baile típico del lugar, con vestuarios y máscaras adecuadas, cuya música tiene una bárbara alegría; es danza casi ritual, que se baila en la fiesta del Corpus Christi.
Eugenio Garro Lavado