armando zarazú aldave
LA MAESTRA: TESTIMONIO DE VOCACIÓN Y COMUNIDAD EN LOS ANDES BOLOGNESINOS.
A mi madre Albina Aldave Alva, quien fue mi inspiración para seguir sus pasos
A mi madre Albina Aldave Alva, quien fue mi inspiración para seguir sus pasos
Hace setenta años, en las alturas de la cordillera bolognesina, una joven maestra emprendió un viaje que transformaría no solo su vida, sino el destino de toda una comunidad. Con su pequeño hijo al lado y la determinación propia de quienes abrazan la vocación docente como misión de vida, se dirigía hacia Tauripón, un remoto pueblo ubicado en las alturas de la margen izquierda del río Pativilca.
¡Apúrate, nos gana la hora! Decía la maestra a su pequeño hijo, el cual se encontraba soñoliento dado que eran las 6 de la mañana, mientras ella acomodaba la alforja sobre el caballo, delante estaba el burro cargado con la ropa y los escasos utensilios domésticos que usarían en su nuevo destino. Había trabajado varios años en otra provincia y ahora volvía a su tierra para continuar su trabajo de maestra en una pequeña población de la provincia ancashina de Bolognesi.
Cuando recibió su nombramiento no sabía nada del pueblo en el cual iba a trabajar, motivo por el cual se dedicó a averiguar todo lo referente a Tauripón, nombre de la población donde iba a hacerse cargo de la escuela unidocente, en realidad la iba a reabrir luego de años de haber estado cerrada por no reunir el mínimo de alumnos requeridos para funcionar. La maestra había escogido tomar la ruta de LLaclla debido a que allí residía su hermano mayor y por lo tanto, podía darle los consejos básicos necesarios para poder establecerse con mayor facilidad en su nuevo destino. Su viaje estaba señalado para inicios de marzo a fin de comenzar la matrícula de sus futuros estudiantes, lamentablemente tuvo que retrasarlo unos días en espera que cesen las lluvias de la temporada, las cuales hacían más difícil transitar por los caminos de herradura. La vida del maestro ancashino y peruano en general no era nada fácil a mediados del siglo pasado, sobre todo en la zona andina; su agreste territorio hacía que el transporte del educador a su centro de trabajo tuviera que hacerse por caminos de herradura, atravesando profundos precipicios y caudalosos ríos, muchos de ellos con precarios puentes que hacían su paso sumamente peligroso, sobre todo en invierno.
La provincia de Bolognesi está ubicada al sur del del departamento de Áncash y se caracteriza por tener una geografía accidentada y zonas de bastante altitud sobre el nivel del mar. En la actualidad buena parte de su territorio cuenta con caminos de carretera, algunos asfaltados, otros de tierra afirmada y todavía se existen unos pocos son simples trochas carrozables, pero que de todas formas ayudan o mejor, facilitan el transporte entre sus pueblos, y la movilidad de las personas. Hoy en día, los maestros que trabajan en pequeños pueblos pueden viajar en micros y, los más jóvenes en motocicleta, que han reemplazado al tradicional caballo, para llegar a su centro de trabajo. Esto significa que la gran mayoría de ellos ya no tengan la necesidad de vivir en los pueblos donde laboran, algo que impide se forje esa relación de amistad, lindante con la familiaridad, con la población y que era característico en la vida del maestro rural de los Andes peruanos.
Cuando terminó de asegurar su casa la maestra con su hijo añancado, fuertemente agarrado de su cintura, se dirigió a la salida de Chiquián para Llaclla, conocida como Rumichaca, en el lugar ya había algunos maestros, algunos con sus familias, esperando a los demás para partir y hacer el viaje juntos o, al menos buena parte de este, debido a que luego se irían separando a medida que encontraran el camino que los llevaría al pueblo donde vivían y trabajaban, impartiendo sus enseñanzas a los niños de la zona.
Luego de algunos minutos de espera, el grupo completo emprendió el ascenso hacía Carhuspunta para luego tomar la bajada que los llevaría primero, por las ruinas del antiguo pueblo de Matara, y después por Cuspón. Algunos kilómetros más abajo había un sitio que tenía una fragancia deliciosa por la cantidad de anís silvestre que crecía, en ese lugar, allí los viajeros decidieron descansar un rato para servirse el fiambre, los chicos puedan estirarse un poco porque algunos viajaban atados sobre los bultos de los burros y, los animales tomen un respiro, beban agua y mordisqueen algo de pasto silvestre.
Después de permanecer alrededor de una hora para la merienda y descanso, los viajeros emprendieron de nuevo su camino hacia sus lugares de destino. El resto del viaje se realizó con tranquilidad, sin contratiempos, al menos hasta poco antes de entrar a Llaclla. Para hacerlo había. que cruzar el río Yanayaco, conformado por el Yaroq que baja de Corpanqui y el Yanayaco, de aguas negras, que baja de Roca. Era necesario cruzarlo haciendo que los caballos entren a las aguas del río debido a que no había puente.
Las aguas del río Yanayaco estaban cargadas debido a las fuertes lluvias que habían caído los últimos días, por lo cual los viajeros tenían que hacer el cruce con sumo cuidado. Fueron pasando en grupos de dos o tres jinetes, todo iba sin novedad hasta que le tocó el turno de hacerlo a la maestra; cuando ya había pasado más de la mitad del vado el caballo resbaló al pisar una piedra, haciendo que trastrabillara y casi pierda el equilibrio. Las aguas del río empujaron al animal un poco hacía abajo causando que los demás viajeros, que miraban pasmados por el susto, dieran un grito de terror. Al ver el peligro en que se hallaba la maestra uno de los viajeros espoleó su caballo y se metió al río logrando coger las riendas del animal y jalarlo fuertemente a fin de hacerlo recuperar la estabilidad y luego guiarlo hacía la orilla evitando de esa forma una terrible tragedia. Demás está decir que la maestra y su niño salieron ilesos del percance, pero se llevaron el susto más grande de sus vidas, además de quedar completamente mojados.
Entraron a Llaclla pasadas las siete de la noche y cada uno se dirigió al lugar a donde se alojarían. Por lo general, lo hacían en hogares de familias con las que tenían amistad o algún tipo de relación. Al día siguiente, muy temprano tenían que continuar su camino a los pueblos donde iban a trabajar y permanecer todo el año. La distancia a Chiquián y, lo agreste del camino, hacían sumamente difícil el movimiento continuo a la capital provincial, sobre todo si tenían familia. La maestra se hospedó en casa de su hermano y allí estuvo unos días mientras su hijo, junto a otros rapazuelos de su edad, se daba el festín de su vida saboreando las deliciosas frutas llacllinas.
La maestra ya llevaba varios días alojada en casa de su hermano, que era el director de la escuela de Llaclla. Estaba a la espera que escamparan las fuertes lluvias que caían por la zona y también, de la comisión que llegaría a para llevarlos a su destino. Cuando esta se hizo presente, la componían cinco hombres, quienes traían cuatro caballos completamente ensillados y cinco burros de carga, detalle que sorprendió a la maestra. Demás está decirlo, ella necesitaba solo un caballo y un burro para cargar su escaso menaje; se decidió salir esa misma tarde con el fin de pasar el temible Shushu antes de que oscurezca. Una vez que salieron de Llaclla con dirección a Tauripón, la comitiva cruzó el río Pativilca y comenzó a subir lentamente en dirección a Shushu, que está ubicado en las alturas del cerro llamado Huántar ubicado en la margen izquierda del río Pativilca, este trecho del camino es angosto y muy peligroso debido a que constantemente caen piedras desde la parte alta del cerro, las cuales van rodando y tomando velocidad durante su caída, destrozándose en su trayecto, para finalmente caer a la altura de los baños termales de Llaclla, malogrando algunas veces el techo de dichos baños. De allí que es fácil de entender el temor que causa a los viajeros, sobre todo entre los que lo van a cruzar por primera vez.
Durante la travesía por Shushu los miembros de la comitiva que fueron a Llaclla para acompañar a la maestra, comenzaron a lanzar agudos silbidos, los cuales, de acuerdo con una creencia popular muy enraizada en la zona, evitan la caída de las piedras durante el paso de los viajeros. Cierta o no la creencia, la maestra y los que fueron a recogerla a Llaclla pasaron sin novedad el temible desfiladero de Shushu. Cuando la comitiva se acercaba a Tauripón una banda de músicos empezó a tocar aires típicos de la zona. Además, un imponente arco de flores daba la recepción a la maestra, evento en el que participaron todos los habitantes del pueblo. Ese día fue de completo regocijo para Tauripón. ¡Ha llegado la escuela! Decían con entusiasmo, la escuela significaba educación y, por lo mismo, representaba progreso y como tal debían tratar bien a la maestra ¡vaya si lo hicieron! Durante los primeros tres meses no hubo necesidad de cocinar en casa de la educadora, la comunidad había asignado turnos diarios a sus integrantes para que se encarguen de alimentar a su maestra y su niño, lo hacían con cariño y generosidad incomparables. Muchas veces algunos padres de familia llevaban el desayuno, almuerzo y comida a casa de la profesora, otros los invitaban a su casa. Su bondad era tal que la maestra se sentía apenada al ver el sacrificio que muchas familias hacían para cumplir con lo que consideraban un deber, por lo que tuvo que hablar con las autoridades del pueblo a fin de que cese la sobrealimentación que, además, iba en contra de la menguada economía de los que la proporcionaban.
Al día siguiente de su llegada, recuperada del viaje y de los agasajos recibidos con ocasión de su arribo a la población, la profesora habló con los líderes comunales que habían gestionado la reapertura de la escuela a fin que la llevaran a conocer el local que iba a servir de aula escolar. Para hacerlo tuvieron que subir a una pequeña colina, ubicada en la parte superior del pueblo en cuya cima se podía apreciar una casa de tamaño un poco más grande que una vivienda regular, era el antiguo local escolar que había estado cerrado por años. Una vez llegada al lugar comenzó a inspeccionar y encontró una edificación abandonada por completo, cuyas paredes y techo necesitaban ser reparados de inmediato para poder acoger a los futuros estudiantes. La persona que estaba a cargo de representar a los padres de familia le dijo resueltamente “no se preocupe señorita, nosotros tendremos el local listo para cuando la escuela empiece a funcionar”. El único problema es que abril estaba a la vuelta de la esquina y había mucho por hacer.
¡Apúrate, nos gana la hora! Decía la maestra a su pequeño hijo, el cual se encontraba soñoliento dado que eran las 6 de la mañana, mientras ella acomodaba la alforja sobre el caballo, delante estaba el burro cargado con la ropa y los escasos utensilios domésticos que usarían en su nuevo destino. Había trabajado varios años en otra provincia y ahora volvía a su tierra para continuar su trabajo de maestra en una pequeña población de la provincia ancashina de Bolognesi.
Cuando recibió su nombramiento no sabía nada del pueblo en el cual iba a trabajar, motivo por el cual se dedicó a averiguar todo lo referente a Tauripón, nombre de la población donde iba a hacerse cargo de la escuela unidocente, en realidad la iba a reabrir luego de años de haber estado cerrada por no reunir el mínimo de alumnos requeridos para funcionar. La maestra había escogido tomar la ruta de LLaclla debido a que allí residía su hermano mayor y por lo tanto, podía darle los consejos básicos necesarios para poder establecerse con mayor facilidad en su nuevo destino. Su viaje estaba señalado para inicios de marzo a fin de comenzar la matrícula de sus futuros estudiantes, lamentablemente tuvo que retrasarlo unos días en espera que cesen las lluvias de la temporada, las cuales hacían más difícil transitar por los caminos de herradura. La vida del maestro ancashino y peruano en general no era nada fácil a mediados del siglo pasado, sobre todo en la zona andina; su agreste territorio hacía que el transporte del educador a su centro de trabajo tuviera que hacerse por caminos de herradura, atravesando profundos precipicios y caudalosos ríos, muchos de ellos con precarios puentes que hacían su paso sumamente peligroso, sobre todo en invierno.
La provincia de Bolognesi está ubicada al sur del del departamento de Áncash y se caracteriza por tener una geografía accidentada y zonas de bastante altitud sobre el nivel del mar. En la actualidad buena parte de su territorio cuenta con caminos de carretera, algunos asfaltados, otros de tierra afirmada y todavía se existen unos pocos son simples trochas carrozables, pero que de todas formas ayudan o mejor, facilitan el transporte entre sus pueblos, y la movilidad de las personas. Hoy en día, los maestros que trabajan en pequeños pueblos pueden viajar en micros y, los más jóvenes en motocicleta, que han reemplazado al tradicional caballo, para llegar a su centro de trabajo. Esto significa que la gran mayoría de ellos ya no tengan la necesidad de vivir en los pueblos donde laboran, algo que impide se forje esa relación de amistad, lindante con la familiaridad, con la población y que era característico en la vida del maestro rural de los Andes peruanos.
Cuando terminó de asegurar su casa la maestra con su hijo añancado, fuertemente agarrado de su cintura, se dirigió a la salida de Chiquián para Llaclla, conocida como Rumichaca, en el lugar ya había algunos maestros, algunos con sus familias, esperando a los demás para partir y hacer el viaje juntos o, al menos buena parte de este, debido a que luego se irían separando a medida que encontraran el camino que los llevaría al pueblo donde vivían y trabajaban, impartiendo sus enseñanzas a los niños de la zona.
Luego de algunos minutos de espera, el grupo completo emprendió el ascenso hacía Carhuspunta para luego tomar la bajada que los llevaría primero, por las ruinas del antiguo pueblo de Matara, y después por Cuspón. Algunos kilómetros más abajo había un sitio que tenía una fragancia deliciosa por la cantidad de anís silvestre que crecía, en ese lugar, allí los viajeros decidieron descansar un rato para servirse el fiambre, los chicos puedan estirarse un poco porque algunos viajaban atados sobre los bultos de los burros y, los animales tomen un respiro, beban agua y mordisqueen algo de pasto silvestre.
Después de permanecer alrededor de una hora para la merienda y descanso, los viajeros emprendieron de nuevo su camino hacia sus lugares de destino. El resto del viaje se realizó con tranquilidad, sin contratiempos, al menos hasta poco antes de entrar a Llaclla. Para hacerlo había. que cruzar el río Yanayaco, conformado por el Yaroq que baja de Corpanqui y el Yanayaco, de aguas negras, que baja de Roca. Era necesario cruzarlo haciendo que los caballos entren a las aguas del río debido a que no había puente.
Las aguas del río Yanayaco estaban cargadas debido a las fuertes lluvias que habían caído los últimos días, por lo cual los viajeros tenían que hacer el cruce con sumo cuidado. Fueron pasando en grupos de dos o tres jinetes, todo iba sin novedad hasta que le tocó el turno de hacerlo a la maestra; cuando ya había pasado más de la mitad del vado el caballo resbaló al pisar una piedra, haciendo que trastrabillara y casi pierda el equilibrio. Las aguas del río empujaron al animal un poco hacía abajo causando que los demás viajeros, que miraban pasmados por el susto, dieran un grito de terror. Al ver el peligro en que se hallaba la maestra uno de los viajeros espoleó su caballo y se metió al río logrando coger las riendas del animal y jalarlo fuertemente a fin de hacerlo recuperar la estabilidad y luego guiarlo hacía la orilla evitando de esa forma una terrible tragedia. Demás está decir que la maestra y su niño salieron ilesos del percance, pero se llevaron el susto más grande de sus vidas, además de quedar completamente mojados.
Entraron a Llaclla pasadas las siete de la noche y cada uno se dirigió al lugar a donde se alojarían. Por lo general, lo hacían en hogares de familias con las que tenían amistad o algún tipo de relación. Al día siguiente, muy temprano tenían que continuar su camino a los pueblos donde iban a trabajar y permanecer todo el año. La distancia a Chiquián y, lo agreste del camino, hacían sumamente difícil el movimiento continuo a la capital provincial, sobre todo si tenían familia. La maestra se hospedó en casa de su hermano y allí estuvo unos días mientras su hijo, junto a otros rapazuelos de su edad, se daba el festín de su vida saboreando las deliciosas frutas llacllinas.
La maestra ya llevaba varios días alojada en casa de su hermano, que era el director de la escuela de Llaclla. Estaba a la espera que escamparan las fuertes lluvias que caían por la zona y también, de la comisión que llegaría a para llevarlos a su destino. Cuando esta se hizo presente, la componían cinco hombres, quienes traían cuatro caballos completamente ensillados y cinco burros de carga, detalle que sorprendió a la maestra. Demás está decirlo, ella necesitaba solo un caballo y un burro para cargar su escaso menaje; se decidió salir esa misma tarde con el fin de pasar el temible Shushu antes de que oscurezca. Una vez que salieron de Llaclla con dirección a Tauripón, la comitiva cruzó el río Pativilca y comenzó a subir lentamente en dirección a Shushu, que está ubicado en las alturas del cerro llamado Huántar ubicado en la margen izquierda del río Pativilca, este trecho del camino es angosto y muy peligroso debido a que constantemente caen piedras desde la parte alta del cerro, las cuales van rodando y tomando velocidad durante su caída, destrozándose en su trayecto, para finalmente caer a la altura de los baños termales de Llaclla, malogrando algunas veces el techo de dichos baños. De allí que es fácil de entender el temor que causa a los viajeros, sobre todo entre los que lo van a cruzar por primera vez.
Durante la travesía por Shushu los miembros de la comitiva que fueron a Llaclla para acompañar a la maestra, comenzaron a lanzar agudos silbidos, los cuales, de acuerdo con una creencia popular muy enraizada en la zona, evitan la caída de las piedras durante el paso de los viajeros. Cierta o no la creencia, la maestra y los que fueron a recogerla a Llaclla pasaron sin novedad el temible desfiladero de Shushu. Cuando la comitiva se acercaba a Tauripón una banda de músicos empezó a tocar aires típicos de la zona. Además, un imponente arco de flores daba la recepción a la maestra, evento en el que participaron todos los habitantes del pueblo. Ese día fue de completo regocijo para Tauripón. ¡Ha llegado la escuela! Decían con entusiasmo, la escuela significaba educación y, por lo mismo, representaba progreso y como tal debían tratar bien a la maestra ¡vaya si lo hicieron! Durante los primeros tres meses no hubo necesidad de cocinar en casa de la educadora, la comunidad había asignado turnos diarios a sus integrantes para que se encarguen de alimentar a su maestra y su niño, lo hacían con cariño y generosidad incomparables. Muchas veces algunos padres de familia llevaban el desayuno, almuerzo y comida a casa de la profesora, otros los invitaban a su casa. Su bondad era tal que la maestra se sentía apenada al ver el sacrificio que muchas familias hacían para cumplir con lo que consideraban un deber, por lo que tuvo que hablar con las autoridades del pueblo a fin de que cese la sobrealimentación que, además, iba en contra de la menguada economía de los que la proporcionaban.
Al día siguiente de su llegada, recuperada del viaje y de los agasajos recibidos con ocasión de su arribo a la población, la profesora habló con los líderes comunales que habían gestionado la reapertura de la escuela a fin que la llevaran a conocer el local que iba a servir de aula escolar. Para hacerlo tuvieron que subir a una pequeña colina, ubicada en la parte superior del pueblo en cuya cima se podía apreciar una casa de tamaño un poco más grande que una vivienda regular, era el antiguo local escolar que había estado cerrado por años. Una vez llegada al lugar comenzó a inspeccionar y encontró una edificación abandonada por completo, cuyas paredes y techo necesitaban ser reparados de inmediato para poder acoger a los futuros estudiantes. La persona que estaba a cargo de representar a los padres de familia le dijo resueltamente “no se preocupe señorita, nosotros tendremos el local listo para cuando la escuela empiece a funcionar”. El único problema es que abril estaba a la vuelta de la esquina y había mucho por hacer.
El temido Shushu
Al siguiente día se reunieron los padres de familia para organizar el trabajo de reparar el local escolar. Lo primero que hicieron fue ver lo que se tenía que arreglar, los que materiales que serían necesarios para hacer las reparaciones y, como se iban a organizar para realizar el trabajo. Comenzaron con el techo, el cual estaba en estado deplorable dado que hacía años que el local no se utilizaba, luego procedieron a reparar los huecos de las paredes y el piso, trabajaron concienzudamente en todo lo que necesitaba arreglarse. El trabajo duró aproximadamente una semana. Una vez que el local quedó en estado de ser utilizado, había que implementarlo para convertirlo en un salón de clase. Debían de amoblarlo con escritorios y una buena pizarra. En esta etapa salió a relucir el ingenio e inventiva de los pobladores de Tauripón; uno de ellos donó un par de árboles, los cuales fueron derribados, y después de arduo trabajo, convertidos en tablas, con las cuales se construyeron rudimentarios escritorios para los estudiantes y una mesa para la maestra. Para pintar de negro la pizarra, al carecer de pintura de ese color, utilizaron su ingenio e inventiva para solucionar el problema, quemaron trapos de lana y, con los restos quemados, dieron el color necesario para que la nueva pizarra entre en funciones al servicio de los estudiantes del pueblo.
Mientras los padres de familia realizaban los trabajos de habilitar su escuela, la maestra iba matriculando a sus futuros educandos, incluso yendo a buscarlos a sus chacras en donde estaban ayudando a sus padres. En total logró reunir alrededor de 20 a 25 estudiantes, divididos en dos secciones, transición y primer grado. Para la primera semana de abril todo estaba listo para que la escuela de Tauripón inicie las labores escolares. Llegado día señalado para comenzar las clases, los estudiantes se hicieron presentes en su nueva escuela, la mayoría llevando su cuaderno y lápiz. Algunos carecían de esos útiles por la situación económica de sus padres, pero en unas semanas la administración escolar de la provincia hizo llegar algunos materiales necesarios, como un mapa del Perú, algunos libros “Pepe y Lola” de lectura, cuadernos y lápices, con lo que, de alguna forma, se solucionó el problema de material didáctico para los entusiastas estudiantes, ávidos de aprender las enseñanzas de su maestra. A medida que iban pasando los días el desarrollo escolar de los jóvenes estudiantes se iba convirtiendo en parte de la vida diaria de Tauripón. Las clases se impartían en el horario acostumbrado en esos años, es decir en la mañana hasta las doce, a esa hora los estudiantes regresaban a sus casas y, luego de un par de horas, volvían a la escuela para seguir sus lecciones diarias de acuerdo con el grado en el cual estaban matriculados. Los días pasaban rápido, pronto la escuela tendría un mes de funcionamiento además, mayo estaba cerca y por lo tanto, debía de realizase la primera actuación escolar con motivo del Día de la Madre. Algunos estudiantes trataban de memorizar poemas para esa ocasión y todos ensayaban las canciones que iban entonar ese día en homenaje a sus progenitoras. La maestra, aficionada al canto, tenía un amplio repertorio que gustosa compartía con sus alumnos. Llegado el día de la celebración, se acondicionó el pampón existente frente a la escuela, escenario de los juegos infantiles y de reñidos partidos de fútbol a la hora de recreo, para que se realice la actuación. Por primera vez en Tauripón se escucharon cantos y poesías escolares dedicados a la madre. Demás esta decir que las homenajeadas estaban felices al ver a sus hijos mostrar sus recién adquiridas habilidades intelectuales.
De la misma forma se realizó la actuación del 7 de junio para conmemorar un aniversario más de la batalla de Arica y el sacrificio de los héroes de la guerra del Pacífico. Para celebrar la independencia, el 28 de julio se realizó una ceremonia cívica con toda la solemnidad del caso y presencia de la población; terminada la cual se procedió a realizar el ¡desfile escolar! Si bien en esos tiempos Tauripón no tenía calles propiamente dichas, ello no fue óbice para que los flamantes escolares marcharan en honor a la patria por los alrededores del pueblo, al compás de un solo tambor tocado por un estudiante, agitando orgullosamente sus banderitas rojas y blancas hechas por ellos mismos, bajo la dirección, de su maestra y elaboradas con papel de cometa traído especialmente de Chiquián para esa magna fecha.
En las alturas de Tauripón existen unas ruinas arqueológicas bien conservadas, las cuales fueron el destino de un par de excursiones escolares organizadas por la maestra con el objetivo que los futuros ciudadanos vayan adquiriendo conciencia de la herencia cultural que tienen nuestros pueblos. De esa manera se iba desarrollando la vida educativa de la flamante escuela, con los conocimientos que impartía la “señorita”, como llamaban a su maestra, que no solo se limitaban a seguir el programa básico educativo de esos años, sino también la enseñanza de los valores culturales de nuestro país, todo lo cual iría formando el interés por el estudio y, la adquisición de conocimientos por los jóvenes estudiantes que, en esos lejanos años, iniciaban su educación primaria gracias a la dedicación de la maestra y al interés y lucha indesmayable de sus pobladores para lograr que Tauripón tenga una escuela que beneficie el futuro de sus hijos.
La historia de la reapertura de la escuela y la llegada de la maestra a este pequeño pero generoso pueblo, evento que festejó con mucho entusiasmo y generosidad, sucedió hace exactamente setenta años, cuando era un poblado pequeño semejante a muchos pueblos de los Andes peruanos, con gentes nobles y bondadosas, dedicadas a la agricultura de supervivencia. No había calles ni mucho menos plaza. Las gentes se reunían en las noches de luna para escuchar, sentadas en el corredor de alguna casa, a las ancianas del pueblo, contar historias de almas (fantasmas), que ponían los pelos de punta a todos los oyentes. Muchas veces el silencio de la noche era roto por el rugido de los pumas que se aventuraban a ingresar a los corrales a robar, matar y comerse algún animal de los que criaban los pobladores.
En esos años, como en todos los pequeños poblados andinos no existían los avances de los medios de comunicación modernos, léase radio o teléfono, el único radio que había era de la maestra, quien lo usaba para oír las noticias y algunas de sus radionovelas favoritas, sin embargo, este lujo duraba poco tiempo debido a que las baterías de esa época tenían corta duración y eran demasiado grandes para llevar otra de repuesto. Chiquián, capital de la provincia, distaba diez horas a caballo, motivo por el cual la maestra viajaba a ella un par de veces al año, es decir en las vacaciones de mitad y final de año. A ella le gustaba cantar las canciones típicas de su tierra cuando hacía sus tareas domésticas. Lo hacía con agradable voz, y muchas veces su hijo se sumaba a ella y cantaban juntos, horas y horas, para mitigar la soledad y para solaz de ellos mismos.
Si bien Tauripón era un pueblo bondadoso y de gentes generosas en extremo, carecía de los servicios básicos e indispensables, sobre todo en medicamentos. Esto lo pudo comprobar la maestra cuando su hijo enfermó con el sarampión y no había como curarlo, lo tuvo que llevar a Chiquián, amarrado a su espalda, cabalgando sola, de noche y por caminos escabrosos; debido a esa se vio en la necesidad de buscar su traslado a un pueblo más cercano a la capital de la provincia.
Algunos años después, cuando la maestra ya trabajaba en Chiquián recibió la visita de varios de sus pupilos procedentes de Tauripón, quienes habían ido a estudiar la secundaria en el Colegio Coronel Bolognesi, en ese tiempo, el único centro educativo de educación secundaria de la provincia y que funcionaba en Chiquián. Posteriormente, muchos de ellos siguieron la profesión de su maestra y continuaron sus estudios en la escuela normal de la capital bolognesina. Una vez graduados de profesores y trabajando en los pueblos de la provincia, seguían visitando a la “señorita” que les enseñó las primeras letras en su natal Tauripón y despertó en ellos el interés por el estudio y cariño por la profesión que llevó a su maestra a la tierra que los vio nacer.
La reapertura de la escuela de Tauripón sucedió hace exactamente setenta años, desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente. Mucho tiempo después de los sucesos narrados, el hijo de la maestra volvió a encontrarse con el amigo de sus juegos infantiles en Tauripón, convertido en abogado y profesor universitario. Se llamaba Luis, pero se le conocía cariñosamente como Luico, por él se enteró que el Tauripón, que recordaba, había cambiado su ubicación a la parte baja del antiguo pueblo que conoció. Lamentablemente, Luico, el compañero de sus juegos y correteos por los campos de ese hermoso y hospitalariio pueblo, el Luico con el que jugaba a las corridas de toros o con el que pescaba imaginariamente en un riachuelo sin peces ya no está, se fue hace poco más de un año. Sin embargo, su vida fue una prueba fehaciente que la lucha de sus padres y de todos los habitantes del Tauripón de esos años, quienes no retrocedieron frente a los obstáculos que se les presentó y lucharon para que la escuela llegue a su pueblo tenían razón para hacerlo; sabían la importancia de la educación. La alegría y generosidad que mostraron desde que se enteraron que su escuela volvería a abrir sus puertas, tenía una razón y una esperanza; lo hacían porque estaban convencidos que la educación era la llave para lograr la superación que todo padre desea para sus hijos. Al igual que Luico, muchos de sus hijos se han encargado de probar que no estaban errados al mostrar alegría sin par por la llegada de la escuela a Tauripón. Hoy en día ese pequeño pueblo cuenta con jóvenes profesionales en diferentes ramas del conocimiento. Razón no les faltaba.
La historia de la maestra anónima representa la de miles de educadores peruanos, que a lo largo de la historia nacional, han llevado la luz del conocimiento a los rincones más apartados del país. En Tauripón, como en otros pueblos andinos, la educación fue y lo sigue siendo, un esfuerzo colectivo, una apuesta comunitaria por un futuro mejor. La solidaridad, la generosidad y la visión compartida de progreso que caracterizaron aquella experiencia constituyen valores que trascienden en el tiempo y que continúan siendo relevantes para el desarrollo educativo del Perú rural.
Este es un homenaje a todos los maestros quienes, con dedicación silenciosa y sacrificio diario, son parte constante de la construcción del futuro de nuestra comunidad.
Armando Zarazú Aldave
[email protected]
Mientras los padres de familia realizaban los trabajos de habilitar su escuela, la maestra iba matriculando a sus futuros educandos, incluso yendo a buscarlos a sus chacras en donde estaban ayudando a sus padres. En total logró reunir alrededor de 20 a 25 estudiantes, divididos en dos secciones, transición y primer grado. Para la primera semana de abril todo estaba listo para que la escuela de Tauripón inicie las labores escolares. Llegado día señalado para comenzar las clases, los estudiantes se hicieron presentes en su nueva escuela, la mayoría llevando su cuaderno y lápiz. Algunos carecían de esos útiles por la situación económica de sus padres, pero en unas semanas la administración escolar de la provincia hizo llegar algunos materiales necesarios, como un mapa del Perú, algunos libros “Pepe y Lola” de lectura, cuadernos y lápices, con lo que, de alguna forma, se solucionó el problema de material didáctico para los entusiastas estudiantes, ávidos de aprender las enseñanzas de su maestra. A medida que iban pasando los días el desarrollo escolar de los jóvenes estudiantes se iba convirtiendo en parte de la vida diaria de Tauripón. Las clases se impartían en el horario acostumbrado en esos años, es decir en la mañana hasta las doce, a esa hora los estudiantes regresaban a sus casas y, luego de un par de horas, volvían a la escuela para seguir sus lecciones diarias de acuerdo con el grado en el cual estaban matriculados. Los días pasaban rápido, pronto la escuela tendría un mes de funcionamiento además, mayo estaba cerca y por lo tanto, debía de realizase la primera actuación escolar con motivo del Día de la Madre. Algunos estudiantes trataban de memorizar poemas para esa ocasión y todos ensayaban las canciones que iban entonar ese día en homenaje a sus progenitoras. La maestra, aficionada al canto, tenía un amplio repertorio que gustosa compartía con sus alumnos. Llegado el día de la celebración, se acondicionó el pampón existente frente a la escuela, escenario de los juegos infantiles y de reñidos partidos de fútbol a la hora de recreo, para que se realice la actuación. Por primera vez en Tauripón se escucharon cantos y poesías escolares dedicados a la madre. Demás esta decir que las homenajeadas estaban felices al ver a sus hijos mostrar sus recién adquiridas habilidades intelectuales.
De la misma forma se realizó la actuación del 7 de junio para conmemorar un aniversario más de la batalla de Arica y el sacrificio de los héroes de la guerra del Pacífico. Para celebrar la independencia, el 28 de julio se realizó una ceremonia cívica con toda la solemnidad del caso y presencia de la población; terminada la cual se procedió a realizar el ¡desfile escolar! Si bien en esos tiempos Tauripón no tenía calles propiamente dichas, ello no fue óbice para que los flamantes escolares marcharan en honor a la patria por los alrededores del pueblo, al compás de un solo tambor tocado por un estudiante, agitando orgullosamente sus banderitas rojas y blancas hechas por ellos mismos, bajo la dirección, de su maestra y elaboradas con papel de cometa traído especialmente de Chiquián para esa magna fecha.
En las alturas de Tauripón existen unas ruinas arqueológicas bien conservadas, las cuales fueron el destino de un par de excursiones escolares organizadas por la maestra con el objetivo que los futuros ciudadanos vayan adquiriendo conciencia de la herencia cultural que tienen nuestros pueblos. De esa manera se iba desarrollando la vida educativa de la flamante escuela, con los conocimientos que impartía la “señorita”, como llamaban a su maestra, que no solo se limitaban a seguir el programa básico educativo de esos años, sino también la enseñanza de los valores culturales de nuestro país, todo lo cual iría formando el interés por el estudio y, la adquisición de conocimientos por los jóvenes estudiantes que, en esos lejanos años, iniciaban su educación primaria gracias a la dedicación de la maestra y al interés y lucha indesmayable de sus pobladores para lograr que Tauripón tenga una escuela que beneficie el futuro de sus hijos.
La historia de la reapertura de la escuela y la llegada de la maestra a este pequeño pero generoso pueblo, evento que festejó con mucho entusiasmo y generosidad, sucedió hace exactamente setenta años, cuando era un poblado pequeño semejante a muchos pueblos de los Andes peruanos, con gentes nobles y bondadosas, dedicadas a la agricultura de supervivencia. No había calles ni mucho menos plaza. Las gentes se reunían en las noches de luna para escuchar, sentadas en el corredor de alguna casa, a las ancianas del pueblo, contar historias de almas (fantasmas), que ponían los pelos de punta a todos los oyentes. Muchas veces el silencio de la noche era roto por el rugido de los pumas que se aventuraban a ingresar a los corrales a robar, matar y comerse algún animal de los que criaban los pobladores.
En esos años, como en todos los pequeños poblados andinos no existían los avances de los medios de comunicación modernos, léase radio o teléfono, el único radio que había era de la maestra, quien lo usaba para oír las noticias y algunas de sus radionovelas favoritas, sin embargo, este lujo duraba poco tiempo debido a que las baterías de esa época tenían corta duración y eran demasiado grandes para llevar otra de repuesto. Chiquián, capital de la provincia, distaba diez horas a caballo, motivo por el cual la maestra viajaba a ella un par de veces al año, es decir en las vacaciones de mitad y final de año. A ella le gustaba cantar las canciones típicas de su tierra cuando hacía sus tareas domésticas. Lo hacía con agradable voz, y muchas veces su hijo se sumaba a ella y cantaban juntos, horas y horas, para mitigar la soledad y para solaz de ellos mismos.
Si bien Tauripón era un pueblo bondadoso y de gentes generosas en extremo, carecía de los servicios básicos e indispensables, sobre todo en medicamentos. Esto lo pudo comprobar la maestra cuando su hijo enfermó con el sarampión y no había como curarlo, lo tuvo que llevar a Chiquián, amarrado a su espalda, cabalgando sola, de noche y por caminos escabrosos; debido a esa se vio en la necesidad de buscar su traslado a un pueblo más cercano a la capital de la provincia.
Algunos años después, cuando la maestra ya trabajaba en Chiquián recibió la visita de varios de sus pupilos procedentes de Tauripón, quienes habían ido a estudiar la secundaria en el Colegio Coronel Bolognesi, en ese tiempo, el único centro educativo de educación secundaria de la provincia y que funcionaba en Chiquián. Posteriormente, muchos de ellos siguieron la profesión de su maestra y continuaron sus estudios en la escuela normal de la capital bolognesina. Una vez graduados de profesores y trabajando en los pueblos de la provincia, seguían visitando a la “señorita” que les enseñó las primeras letras en su natal Tauripón y despertó en ellos el interés por el estudio y cariño por la profesión que llevó a su maestra a la tierra que los vio nacer.
La reapertura de la escuela de Tauripón sucedió hace exactamente setenta años, desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente. Mucho tiempo después de los sucesos narrados, el hijo de la maestra volvió a encontrarse con el amigo de sus juegos infantiles en Tauripón, convertido en abogado y profesor universitario. Se llamaba Luis, pero se le conocía cariñosamente como Luico, por él se enteró que el Tauripón, que recordaba, había cambiado su ubicación a la parte baja del antiguo pueblo que conoció. Lamentablemente, Luico, el compañero de sus juegos y correteos por los campos de ese hermoso y hospitalariio pueblo, el Luico con el que jugaba a las corridas de toros o con el que pescaba imaginariamente en un riachuelo sin peces ya no está, se fue hace poco más de un año. Sin embargo, su vida fue una prueba fehaciente que la lucha de sus padres y de todos los habitantes del Tauripón de esos años, quienes no retrocedieron frente a los obstáculos que se les presentó y lucharon para que la escuela llegue a su pueblo tenían razón para hacerlo; sabían la importancia de la educación. La alegría y generosidad que mostraron desde que se enteraron que su escuela volvería a abrir sus puertas, tenía una razón y una esperanza; lo hacían porque estaban convencidos que la educación era la llave para lograr la superación que todo padre desea para sus hijos. Al igual que Luico, muchos de sus hijos se han encargado de probar que no estaban errados al mostrar alegría sin par por la llegada de la escuela a Tauripón. Hoy en día ese pequeño pueblo cuenta con jóvenes profesionales en diferentes ramas del conocimiento. Razón no les faltaba.
La historia de la maestra anónima representa la de miles de educadores peruanos, que a lo largo de la historia nacional, han llevado la luz del conocimiento a los rincones más apartados del país. En Tauripón, como en otros pueblos andinos, la educación fue y lo sigue siendo, un esfuerzo colectivo, una apuesta comunitaria por un futuro mejor. La solidaridad, la generosidad y la visión compartida de progreso que caracterizaron aquella experiencia constituyen valores que trascienden en el tiempo y que continúan siendo relevantes para el desarrollo educativo del Perú rural.
Este es un homenaje a todos los maestros quienes, con dedicación silenciosa y sacrificio diario, son parte constante de la construcción del futuro de nuestra comunidad.
Armando Zarazú Aldave
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