HUGO VÍLCHEZ ROMERO
LA RASPADILLA Y LOS HELADOS
Son las 4 1/2 de la madrugada. Camilo, el padre, de la familia, es el primero en despertarse luego de un profundo sopor. De la abrigada cama se yergue con cierta pereza. Se cubre el cuerpo delgado con ropa apropiada a fin de soportar el agudo frio de la mañana y del largo viaje que le espera durante el día. Abrigado, a paso pausado, se dirige al llano aposento del hijo donde duerme con eterno sosiego. Cuando está contiguo al primogénito, todavía con los ojos adormilados y el amor paternal que rebozaba en su corazón bondadoso, lo contemplaba por varios segundos y tal le parecía que el tiempo se hubiese detenido. En seguida, le sacude el minúsculo hombro a la vez le habla carca al oído, con voz carrasposa:
—Hijo querido, despierta, despierta, levántate ya… voy a traer al bruto que está en el corral.
Las calles empedradas, la plaza vacía, la plazuela desierta y el pueblo mismo dormitan con inaudito sopor. El heladero, Camilo, junto al hijo —conocido con el apelativo de Uluy— carirredonda, de cabellos erizados, ojos frugales, de once años y estudiante de primaria, que, de hace tiempo le encaminaba con el objetivo de ayudar y aprender la estoica y noble actividad de elaborar la deliciosa raspadilla y el requerido helado, en absoluto silencio, a la luz de la alborada, marchaban derrotero al nevado de Tucu, acompañados del sumiso bruto color gris oscuro.
Amparados bajo la lumbre plateada de la luna, que en su parsimonioso ocaso se ocultaba de vez en cuando detrás de blanquecinas brumas, padre e hijo, con la linterna de mano, delante de ellos, el bruto, caminaban por senderos fragosos, rumbo a los rededores del inconmovible nevado de Tucu, emplazado a varios kilómetros del pueblo. Entre tanto, en su extenso itinerario, el alba anunciaba la salida del sol y el viento frío, poco a poco, corría la cortina de la oscura penumbra del sendero y el llano con el propósito de que los caminantes vislumbren las briznas del nuevo día para una nueva y sacrificada jornada.
La ventisca gélida soplaba sin misericordia. Azotaba a las quebradas y las colinas, en medio de ellas, resistiendo el riguroso tiempo, las plantas solitarias de delgados tallos se inclinan besando el serpenteado y amoratado suelo. Ambos peregrinos, ataviados del chullo y los guantes de lana, andan por los páramos, cruzan altozanos, delgados arroyuelos y lodazales. A lo lejos, avistan a los pastores sacando de los rediles al tropel de ovejas con el objetivo de conducirlos a las ancestrales e imperecederas vegetaciones que crecen libres y a cielo abierto, el ichu.
El viento arrecia y no deja de soplar, silva con vigor y raudo pasa golpeando el rostro atezado, los pies cansados y las manos ateridas del heladero y del asistente. Titilantes estrellas paso a paso se extinguen uno tras otro. Más adelante, al fondo de la prosaica y anchurosa llanura, ante sus ojos, surge el blanquecino pináculo de los nevados a medida que se difumina la aurora.
Debajo de los cerros albos, el camino cubierto por fina escarcha, formado durante la noche glacial, crepitan bajo los rudos zapatos de los andantes y de los cascos del bruto. A medida que avanzan, el aire se remulle y se les hace difícil respirar. En estas condiciones de dificultad pero con denuedo, conocedor de su oficio, el experto en elaborar el exquisito helado y la raspadilla, averigua, por aquí por allá, el apropiado hielo. Una vez ubicado, con las manos ateridas oliendo a nieve mojada, resoplando y tomando fuerzas, surgiendo de sus bocas límpidos vahos, por turno, una y otra vez, alzan la pesada barreta con el objetivo de hundirlo sobre la blanca y dura superficie, en respuesta, gimotea y repica en acre sinfonía, arrojando en todas las direcciones, decenas de pequeños fragmentos de hielo.
Luego de haber arrancado la masa de hielo de las entrañas del imperturbable y osco nevado, prudente y animoso, se empeñan en darle la forma y tamaño de un adobe. Instantes después, lo introducen en los fondillos de la alforja donde contiene, de manera prolija, abundante paja seca, paja que servirá para evitar que se derrite los cubos de hielo en el transcurso del fatigado viaje, de regreso. Perseverantes y reanimados, colocan y aseguran la alforja, sobre el sólido lomo del desprendido y noble bruto que les esperó con singular paciencia, en medio del penetrante frio de la mañana, con el fin de colaborar en el transporte de aquella materia prima natural, uno de los sustentos para la familia del heladero.
Mientras el reloj marca las 9 ½ de la mañana, el viento fresco, acaricia el rostro bronceado del heladero. Con el cuerpo delgado e inclinado, los brazos tiesos y escuálidos, empuja con cautela la pequeña carreta de 4 ruedas aceradas, protegidas y bordeadas de caucho. En su prolongada travesía por la calle cenicienta, de tramo en tramo, de tierra compacta, empedrado, desnivelado y con gibas imperceptibles, los zapatos del heladero y las ruedas de la carreta estampan su huella en la forma de eses.
En la carreta se localizan, con exactitud, todos los componentes, así como también, las esencias para elaborar y agregar a la deliciosa raspadilla. En la esquina, al borde, en el casillero hecho de madera, están las pulcras botellas conteniendo los jarabes, de varios colores y sabores suculentos, de diferentes clases de fruta. Al costado, el bloque de hielo, cubierto con un mantel limpio. Al otro extremo, sobre la lisa madera, perforado de forma circular, sobresale la arista del entumecido recipiente en donde está depositado el exquisito helado de leche. Al centro sobre una franela, listo para su uso, se aprecia el llamativo raspador de hielo. Debajo de la carreta, se encuentra encajado el minúsculo estante para colocar los vasos de vidrio y el tanque de agua cuya llave de caño, se encuentra a la vista de los clientes.
Camilo traslada la carreta, con lentitud y extremada prudencia. Cada vez que cruza por un desnivel o atraviesa sobre una contrahechura, las botellas de jarabe tintinean en coro. Del bloque de hielo se desprenden gotitas espaciadas dejando sus marcas húmedas sobre el piso empedrado y de tierra apelmazada.
El lugar en donde a diario estaciona la carreta es la intersección de la calle principal, Jr. Comercio con Leoncio Prado, exactamente al costado de la casa de la Srta. Dolores Aguirre. Mujer, próxima a cumplir más de los setenta y cinco años. A pesar de la edad avanzada, perpetuaba su lucidez como una persona ilustrada. Sentada detrás del difuso mostrador, color celeste, con los cabellos de plata y las pequeñas gafas sobre las refinadas aletas de la pequeña nariz respingada, en épocas de vacaciones, con enorme entereza, enseñaba y reforzaba a reconocer las primeras vocales, luego a leer y escribir, a aquellos infantes inquietos del jardín de infancia y de los que cursaron la sección de transición, quienes habían calificado con notas desaprobatorias al final del año escolar.
Camilo, con paciencia y celo se colocaba el delantal blanco y el gorro del mismo color. Blandiendo el raspador entre su aterida y delgada mano, impetuoso, lo coloca sobre el bloque de hielo y lo sujetaba con la otra mano, en seguida, firme y a toda prisa despliega el raspador rellenando las partículas del hielo. Luego, con inaudita diligencia y prontitud lo depositaba en los vasos, quedando listo para rociarlos con suma habilidad los coloreados jarabes de variados sabores de frutas frescas.
En la otra acera, al frente de la carreta, los clientes aparecen uno tras de otro, saludando al heladero de manera amable. Los primeros en llegar, se sientan sobre una vetusta, chirriante banca. Bajo los rayos impertinentes del sol, impacientes y ansiosos, con la boca haciéndoles agua, piden la raspadilla de su preferencia. Confundido de oír tantas voces, con voz aplacada, el heladero preguntaba:
—¿Desean la raspadilla, simple o especial?
De nuevo, la decena de clientes respondían al unísono y en coro con afónicas, enclenques y chillantes voces:
—Yo quiero especial, simple, simple, especial, simple…
En medio de esta batahola de los presurosos y sedientos clientes, de la acera opuesta, el atento heladero, escuchó una solitaria y entrecortada voz:
—Yo quiero un combinado
Los parroquianos, se manera simultánea, giraron la cabeza a la derecha de donde precedía aquella voz, topándose con aquel, que se encontraba sentado al filo de la vereda de la calle el Comercio, acompañado del hijo, un chiuchi, infante, de 7 años. Aprovechando la hora del descanso, luego de haber segado el trigo durante la mañana, llegaron de la periferia del pueblo con el fin de saborear el delicioso combinado
Los clientes, uno más que otro, degustaban de la apetitosa raspadilla. El campesino, compartía y disfrutaba junto con su hijo el único vaso que contenía la raspadilla especial. Sobre las partículas de hielo, semejante al arcoíris, bañado con el jarabe de diferentes sabores de fruta, posaba las 2 bolas del sabroso helado de leche. ¡que delicia para el labriego y el hijo!
Los, presumidos, consumidores que pidieron la raspadilla simple o especial, sentados desde aquella banca chirriante, de vez en vez oteaban de reojo, con cierto encono, la felicidad de aquellos dos seres sencillos y simples que degustaban la raspadilla y el helado cuando el sol estaba en su cenit, un cielo sin macula de blancos algodones.
En otro momento aparecían corriendo una bandada de chiuchis, afortunados de haber recibido propina de parte del padre, padrino o algún pariente, y de inmediato, rodeaban a Camilo, con el fin de pedir, con ávidos ojos y la pequeña boca ansiosa de probar de una vez la raspadilla sin par.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
Chiquian 28 de enero 2018
—Hijo querido, despierta, despierta, levántate ya… voy a traer al bruto que está en el corral.
Las calles empedradas, la plaza vacía, la plazuela desierta y el pueblo mismo dormitan con inaudito sopor. El heladero, Camilo, junto al hijo —conocido con el apelativo de Uluy— carirredonda, de cabellos erizados, ojos frugales, de once años y estudiante de primaria, que, de hace tiempo le encaminaba con el objetivo de ayudar y aprender la estoica y noble actividad de elaborar la deliciosa raspadilla y el requerido helado, en absoluto silencio, a la luz de la alborada, marchaban derrotero al nevado de Tucu, acompañados del sumiso bruto color gris oscuro.
Amparados bajo la lumbre plateada de la luna, que en su parsimonioso ocaso se ocultaba de vez en cuando detrás de blanquecinas brumas, padre e hijo, con la linterna de mano, delante de ellos, el bruto, caminaban por senderos fragosos, rumbo a los rededores del inconmovible nevado de Tucu, emplazado a varios kilómetros del pueblo. Entre tanto, en su extenso itinerario, el alba anunciaba la salida del sol y el viento frío, poco a poco, corría la cortina de la oscura penumbra del sendero y el llano con el propósito de que los caminantes vislumbren las briznas del nuevo día para una nueva y sacrificada jornada.
La ventisca gélida soplaba sin misericordia. Azotaba a las quebradas y las colinas, en medio de ellas, resistiendo el riguroso tiempo, las plantas solitarias de delgados tallos se inclinan besando el serpenteado y amoratado suelo. Ambos peregrinos, ataviados del chullo y los guantes de lana, andan por los páramos, cruzan altozanos, delgados arroyuelos y lodazales. A lo lejos, avistan a los pastores sacando de los rediles al tropel de ovejas con el objetivo de conducirlos a las ancestrales e imperecederas vegetaciones que crecen libres y a cielo abierto, el ichu.
El viento arrecia y no deja de soplar, silva con vigor y raudo pasa golpeando el rostro atezado, los pies cansados y las manos ateridas del heladero y del asistente. Titilantes estrellas paso a paso se extinguen uno tras otro. Más adelante, al fondo de la prosaica y anchurosa llanura, ante sus ojos, surge el blanquecino pináculo de los nevados a medida que se difumina la aurora.
Debajo de los cerros albos, el camino cubierto por fina escarcha, formado durante la noche glacial, crepitan bajo los rudos zapatos de los andantes y de los cascos del bruto. A medida que avanzan, el aire se remulle y se les hace difícil respirar. En estas condiciones de dificultad pero con denuedo, conocedor de su oficio, el experto en elaborar el exquisito helado y la raspadilla, averigua, por aquí por allá, el apropiado hielo. Una vez ubicado, con las manos ateridas oliendo a nieve mojada, resoplando y tomando fuerzas, surgiendo de sus bocas límpidos vahos, por turno, una y otra vez, alzan la pesada barreta con el objetivo de hundirlo sobre la blanca y dura superficie, en respuesta, gimotea y repica en acre sinfonía, arrojando en todas las direcciones, decenas de pequeños fragmentos de hielo.
Luego de haber arrancado la masa de hielo de las entrañas del imperturbable y osco nevado, prudente y animoso, se empeñan en darle la forma y tamaño de un adobe. Instantes después, lo introducen en los fondillos de la alforja donde contiene, de manera prolija, abundante paja seca, paja que servirá para evitar que se derrite los cubos de hielo en el transcurso del fatigado viaje, de regreso. Perseverantes y reanimados, colocan y aseguran la alforja, sobre el sólido lomo del desprendido y noble bruto que les esperó con singular paciencia, en medio del penetrante frio de la mañana, con el fin de colaborar en el transporte de aquella materia prima natural, uno de los sustentos para la familia del heladero.
Mientras el reloj marca las 9 ½ de la mañana, el viento fresco, acaricia el rostro bronceado del heladero. Con el cuerpo delgado e inclinado, los brazos tiesos y escuálidos, empuja con cautela la pequeña carreta de 4 ruedas aceradas, protegidas y bordeadas de caucho. En su prolongada travesía por la calle cenicienta, de tramo en tramo, de tierra compacta, empedrado, desnivelado y con gibas imperceptibles, los zapatos del heladero y las ruedas de la carreta estampan su huella en la forma de eses.
En la carreta se localizan, con exactitud, todos los componentes, así como también, las esencias para elaborar y agregar a la deliciosa raspadilla. En la esquina, al borde, en el casillero hecho de madera, están las pulcras botellas conteniendo los jarabes, de varios colores y sabores suculentos, de diferentes clases de fruta. Al costado, el bloque de hielo, cubierto con un mantel limpio. Al otro extremo, sobre la lisa madera, perforado de forma circular, sobresale la arista del entumecido recipiente en donde está depositado el exquisito helado de leche. Al centro sobre una franela, listo para su uso, se aprecia el llamativo raspador de hielo. Debajo de la carreta, se encuentra encajado el minúsculo estante para colocar los vasos de vidrio y el tanque de agua cuya llave de caño, se encuentra a la vista de los clientes.
Camilo traslada la carreta, con lentitud y extremada prudencia. Cada vez que cruza por un desnivel o atraviesa sobre una contrahechura, las botellas de jarabe tintinean en coro. Del bloque de hielo se desprenden gotitas espaciadas dejando sus marcas húmedas sobre el piso empedrado y de tierra apelmazada.
El lugar en donde a diario estaciona la carreta es la intersección de la calle principal, Jr. Comercio con Leoncio Prado, exactamente al costado de la casa de la Srta. Dolores Aguirre. Mujer, próxima a cumplir más de los setenta y cinco años. A pesar de la edad avanzada, perpetuaba su lucidez como una persona ilustrada. Sentada detrás del difuso mostrador, color celeste, con los cabellos de plata y las pequeñas gafas sobre las refinadas aletas de la pequeña nariz respingada, en épocas de vacaciones, con enorme entereza, enseñaba y reforzaba a reconocer las primeras vocales, luego a leer y escribir, a aquellos infantes inquietos del jardín de infancia y de los que cursaron la sección de transición, quienes habían calificado con notas desaprobatorias al final del año escolar.
Camilo, con paciencia y celo se colocaba el delantal blanco y el gorro del mismo color. Blandiendo el raspador entre su aterida y delgada mano, impetuoso, lo coloca sobre el bloque de hielo y lo sujetaba con la otra mano, en seguida, firme y a toda prisa despliega el raspador rellenando las partículas del hielo. Luego, con inaudita diligencia y prontitud lo depositaba en los vasos, quedando listo para rociarlos con suma habilidad los coloreados jarabes de variados sabores de frutas frescas.
En la otra acera, al frente de la carreta, los clientes aparecen uno tras de otro, saludando al heladero de manera amable. Los primeros en llegar, se sientan sobre una vetusta, chirriante banca. Bajo los rayos impertinentes del sol, impacientes y ansiosos, con la boca haciéndoles agua, piden la raspadilla de su preferencia. Confundido de oír tantas voces, con voz aplacada, el heladero preguntaba:
—¿Desean la raspadilla, simple o especial?
De nuevo, la decena de clientes respondían al unísono y en coro con afónicas, enclenques y chillantes voces:
—Yo quiero especial, simple, simple, especial, simple…
En medio de esta batahola de los presurosos y sedientos clientes, de la acera opuesta, el atento heladero, escuchó una solitaria y entrecortada voz:
—Yo quiero un combinado
Los parroquianos, se manera simultánea, giraron la cabeza a la derecha de donde precedía aquella voz, topándose con aquel, que se encontraba sentado al filo de la vereda de la calle el Comercio, acompañado del hijo, un chiuchi, infante, de 7 años. Aprovechando la hora del descanso, luego de haber segado el trigo durante la mañana, llegaron de la periferia del pueblo con el fin de saborear el delicioso combinado
Los clientes, uno más que otro, degustaban de la apetitosa raspadilla. El campesino, compartía y disfrutaba junto con su hijo el único vaso que contenía la raspadilla especial. Sobre las partículas de hielo, semejante al arcoíris, bañado con el jarabe de diferentes sabores de fruta, posaba las 2 bolas del sabroso helado de leche. ¡que delicia para el labriego y el hijo!
Los, presumidos, consumidores que pidieron la raspadilla simple o especial, sentados desde aquella banca chirriante, de vez en vez oteaban de reojo, con cierto encono, la felicidad de aquellos dos seres sencillos y simples que degustaban la raspadilla y el helado cuando el sol estaba en su cenit, un cielo sin macula de blancos algodones.
En otro momento aparecían corriendo una bandada de chiuchis, afortunados de haber recibido propina de parte del padre, padrino o algún pariente, y de inmediato, rodeaban a Camilo, con el fin de pedir, con ávidos ojos y la pequeña boca ansiosa de probar de una vez la raspadilla sin par.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
Chiquian 28 de enero 2018