omar cruz huaranga
EL OCASO DEL JUSTICIERO ROMÁNTICO
(Villano y héroe a la vez)
(Villano y héroe a la vez)
(A la memoria de Marcelino Díaz Padilla, testigo presencial de la muerte del legendario chiquiano)
Mucho se ha escrito sobre la vida y las correrías de Telmo Luis Pardo Novoa. Para muchos, él fue el prototipo del Robin Hood inglés y para otros no fue más que un vulgar bandolero que terminó cocido a balas. Sin embargo, después de su muerte su figura se agrandó sobremanera y se convirtió en una verdadera leyenda popular. Y en el presente artículo no se pretende relatar su trayectoria como villano, bohemio, benefactor, justiciero o romántico, sino las últimas horas de su vida y para ello se ha hecho un minucioso cruce de información bibliográfica, periodística y testimonial, sobre todo, con algunos descendientes que directamente oyeron de los labios de quienes lo vieron todo en el ocaso de su existencia. Así que sin más preámbulos conozcamos esas horas que precedieron su muerte.
El 4 de enero de 1909, Luis Pardo Novoa decidió marcharse lejos del Perú, pues su amplio prontuariado lo condenaba de por vida a seguir huyendo de la justicia. Fue así que, el mayor Álvaro Toro Mazote, tuvo la estricta misión de capturarlo vivo o muerto y ante tantos intentos infructuosos, el 31 de diciembre de 1908, delegó dicha labor al alférez Carlos Waltoni al mando de 3 gendarmes. En aquella incursión, Pardo fue sorprendido cerca del río y se produjo una infernal balacera; en la batida lo hirieron en el brazo derecho y él salió airoso no sin antes de herir con su revolver al alférez Waltoni y de matar con su carabina Winchester al sargento Emilio Romero y a un gendarme más. Del mismo modo, por esos días también ajustó cuentas con un familiar de un tal Maldonado, quien era Teniente Gobernador de Cajacay, dándole muerte en el acto. Así que, su destino estaba marcado y para despedirse de su compadre Celedonio Gamarra, pactaron un encuentro por las alturas de Cajacay y muy nostálgicos comenzaron a brindar por su partida.
—Me voy lejos, compadre —decía Pardo mientras lloraba su suerte—. He matado a varios shay, soy un asesino, la justicia me persigue.
Y entre trago y trago, don Luis Pardo le manifestó su deseo de llegar a Supe y de allí embarcar como polizón hacia el vecino país de Chile, donde ya había estado anteriormente. Y así las horas avanzaron lentamente y cuando se dieron cuenta ya era más de medianoche. Entonces, Celedonio Gamarra decidió acompañarlo hasta más abajo de Cajacay. En efecto, cruzaron sigilosamente el pueblo y el alba rayaba mientras bordeaban el camino de Ramada, donde fatalmente se toparon con 2 personas, quienes al reconocerlos corrieron a comunicar a las autoridades de Cajacay y estos a los terratenientes Sotelo y Morales. En ese mismo instante la población fue alertada con el tañido de las campanas y salieron en su búsqueda. Sin embargo, muchos de los indígenas acudieron obligados por los gamonales, pues en gran parte su subsistencia dependía de ellos. Entretanto, los fugitivos se alejaron del lugar montados en sus respectivos corceles y se perdieron río abajo. Sus perseguidores rastrearon las huellas de los caballos hasta Colca, luego cruzaron el puente que se tendía sobre el río Tingo, que en aquella época arrastraba todo lo que hallaba a su paso y misteriosamente las huellas desaparecieron del camino. En la confusión, la gente gritaba: “Están cerca, vamos encontrarlos”, y palmo a palmo peinaron la zona. Efectivamente, ellos estaban cerquita y al verse acorralados camuflaron los caballos sobre un tupido monte y enredaderas que se extendían para todos lados y mientras se deshacían de los animales, Luis Pardo le dijo a su fiel amigo, más o menos de esta manera: “Hasta aquí llegamos, compadre” y ambos se abrazaron muy apenados para luego desaparecer de la escena. Y a su alrededor, la gente continuó buscándolos entre arengas, órdenes y reprimendas, cuando de pronto se oyó un grito triunfal:
—¡Aquí están los caballos! –dijeron los primeros.
Y todos acudieron al lugar de los hechos y al no ver a los fugitivos se alentaron el uno con el otro.
—Entonces, están por acá nomas —dijeron reanudando la búsqueda.
—¡Los queremos, vivo o muerto! —fue la orden de los militares y autoridades.
En efecto, cogerlo vivo o muerto era la consigna para Luis Pardo, en cambio, para el otro daba igual.
Pero la captura no sería nada fácil, pues los fugitivos se internaron en Chapllán, propiedad de don Marcelino Díaz Padilla, donde hallaron una pequeña cueva que se asomaba sobre el río Tingo y sin dudarlo se metieron allí dispuestos a defenderse contra todos. Entretanto, sus captores los descubrieron camuflados en la roca y los rodearon obligándoles a salir hacia campo abierto con las manos en alto. Pero Luis Pardo, fiel a su estilo, respondió con el brazo sano lanzando un tiro hacia la multitud, manifestando que solo lo cogerían muerto.
—¡No, a mí no me van capturar vivo! ¡Voy a morir peleando!
Y se inició una balacera entre ambos bandos y como los fugitivos no daban señas de rendirse, la gente comenzó a dinamitar la boca de la cueva, pensando en hacerlos pedazos; pero ellos respondieron con varios tiros hiriendo a algunos y matando a uno. Entonces, la gente intentó achicharrarlos prendiendo fuego alrededor de la cueva y extrañamente ellos resistieron al infierno. Al no lograr su objetivo, todos desviaron el curso del agua hacia la cueva con la intención de ahogarlos; pero ellos sorteaban la muerte respondiendo valientemente desde adentro. De pronto, las balas comenzaron a agotarse y Celedonio Gamarra entró en razón y le dijo a su compañero:
—Hay que rendirnos, compadre.
—¿Rendirnos? ¡Eso nunca!
—Yo no puedo morir por tu culpa, compadre.
Luis Pardo respiró furioso y le dijo:
—Prefiero morir, antes que rendirme.
Y él seguía disparando con su carabina Winchester, pero con menos frecuencia y ante la insistencia de Celedonio Gamarra se produjo una breve discusión entre ambos; fue entonces que, en un arrebato de locura, Luis Pardo le metió un tiro para que sus ruegos no le amainaran los ánimos.
Sobre este punto, los historiadores manifiestan que fueron los captores quienes los eliminaron a ambos, unos afirman que Celedonio recibió 4 tiros en el río, cuando él estaba rendido en la orilla, otros que lo ultimaron en la misma cueva; pero algunos testigos presenciales afirmaron que fue el mismo Luis Pardo quien decidió acabar con su compañero. Cierto o no, dejo aquella versión a la imaginación popular y a la investigación de los historiadores.
Y cuando él se dio cuenta que ya no tenía más balas, no lo pensó dos veces y en un arrojo de valentía se zambulló a las turbulentas aguas del río desapareciendo en el acto. La gente corrió por ambos extremos esperando que él asomase la cabeza para liquidarlo; pero Luis Pardo era un eximio nadador y buceó un buen tramo conteniendo la respiración, pensando en salir más abajo para luego huir a donde sea; pero se topó con un bloque de piedras que le impidió avanzar. Agotado, herido y solo y, con las pocas fuerzas que le quedaban, él sacó la cabeza un instante para proveerse un poco de aire; pero en ese instante, un grito de triunfo cundió entre todos.
—Por acá, por acá –dijeron los de este lado.
—Allí está, no lo pierdan –dijeron los del frente.
Y varios tiros le cayeron en el cuerpo. Los historiadores especifican que fueron 6 balas. Incluso, los pobres del lugar, por quienes él se sacrificó a lo largo de su vida le arrojaron dinamitas y lo remataron sin ningún remordimiento con palos y piedras y, su cuerpo quedó a merced del río que lo arrastró un poco más abajo, de donde lo sacaron cadáver. Sobre este episodio, el diario limeño La Prensa, del 31 de enero de 1909 publicó una nota periodística y que el historiador Filomeno Zubieta lo registró en su libro ‘Tras las huellas de Luis Pardo’, lo cual refiere brevemente: “Lograron matar al compañero de Pardo y herir a éste; entonces loco, desesperado, arrojó su cinto al agua y de un prodigioso salto salió fuera de la cueva y cayó al río con intención de buscar la salvación. Fue entonces que todos, paisanos y tropa se precipitaron por ambas orillas para arrojar contra Pardo bombas de dinamita, piedras y cuanto tenían a su mano […]”.
¡Pobre!, en el ocaso de su vida nadie estuvo de su lado, ni siquiera uno.
Con el trofeo en la mano los gendarmes celebraron su hazaña profanando su cuerpo, para luego tirarlo al lado de su compañero. En ese instante, el miserable militar de nombre Diego Díaz, se acercó a su cuerpo y antes que la gente comprendiera la realidad desenfundó su arma y le metió un tiro en la cabeza:
—Maldito delincuente —dijo esperando la aprobación de la gente.
Pero el hacendado Sotelo —aunque enemigo suyo en vida—, se indignó ante tamaña cobardía y viendo a un enemigo caído dignamente, reconoció su valor en vida y mostrando hidalguía le recriminó con voz firme:
—¡Cobarde, de vivo le temías, ahora de muerto eres valiente!
En efecto, aun muerto el cuerpo de Luis Pardo inspiraba temor y respeto. Y su figura inició su camino hacia la leyenda.
Ya era mediodía y el sol estaba en el centro del cielo y fatalmente moría un hombre y no un hombre cualquiera, por supuesto.
En la noche, los cuerpos malogrados de ambos fueron conducidos en mulas a la ciudad de Chiquián, al mando del mayor Álvaro Toro Mazote, donde durante el día fueron exhibidos al público por 48 horas, para que todos tuvieran la certeza que realmente era el gran justiciero o, simplemente, el temido bandolero que yacía allí sin vida. En realidad, no fue una exhibición, sino un ultraje, una cobarde profanación, un acto infame que no debería ser olvidado nunca.
***
Hoy, a más de un siglo de su desaparición, don Luis Pardo vive más que nunca en el corazón de su gente. Para los pobres él fue un justiciero, para los ricos un villano, para las féminas un trovador romántico y para el resto, un hombre de carácter firme; al margen de dichas posiciones, una cosa es totalmente cierta: él es el bolognesino más célebre que haya gestado estas tierras y a medida que pasen los años su nombre seguirá agigantando cada vez más y más.
¡Sin duda, grande, shay! ¡Lucho Pardo, por siempre!
Omar Cruz Huaranga
Escrito en Llámac, agosto del 2025.
Mucho se ha escrito sobre la vida y las correrías de Telmo Luis Pardo Novoa. Para muchos, él fue el prototipo del Robin Hood inglés y para otros no fue más que un vulgar bandolero que terminó cocido a balas. Sin embargo, después de su muerte su figura se agrandó sobremanera y se convirtió en una verdadera leyenda popular. Y en el presente artículo no se pretende relatar su trayectoria como villano, bohemio, benefactor, justiciero o romántico, sino las últimas horas de su vida y para ello se ha hecho un minucioso cruce de información bibliográfica, periodística y testimonial, sobre todo, con algunos descendientes que directamente oyeron de los labios de quienes lo vieron todo en el ocaso de su existencia. Así que sin más preámbulos conozcamos esas horas que precedieron su muerte.
El 4 de enero de 1909, Luis Pardo Novoa decidió marcharse lejos del Perú, pues su amplio prontuariado lo condenaba de por vida a seguir huyendo de la justicia. Fue así que, el mayor Álvaro Toro Mazote, tuvo la estricta misión de capturarlo vivo o muerto y ante tantos intentos infructuosos, el 31 de diciembre de 1908, delegó dicha labor al alférez Carlos Waltoni al mando de 3 gendarmes. En aquella incursión, Pardo fue sorprendido cerca del río y se produjo una infernal balacera; en la batida lo hirieron en el brazo derecho y él salió airoso no sin antes de herir con su revolver al alférez Waltoni y de matar con su carabina Winchester al sargento Emilio Romero y a un gendarme más. Del mismo modo, por esos días también ajustó cuentas con un familiar de un tal Maldonado, quien era Teniente Gobernador de Cajacay, dándole muerte en el acto. Así que, su destino estaba marcado y para despedirse de su compadre Celedonio Gamarra, pactaron un encuentro por las alturas de Cajacay y muy nostálgicos comenzaron a brindar por su partida.
—Me voy lejos, compadre —decía Pardo mientras lloraba su suerte—. He matado a varios shay, soy un asesino, la justicia me persigue.
Y entre trago y trago, don Luis Pardo le manifestó su deseo de llegar a Supe y de allí embarcar como polizón hacia el vecino país de Chile, donde ya había estado anteriormente. Y así las horas avanzaron lentamente y cuando se dieron cuenta ya era más de medianoche. Entonces, Celedonio Gamarra decidió acompañarlo hasta más abajo de Cajacay. En efecto, cruzaron sigilosamente el pueblo y el alba rayaba mientras bordeaban el camino de Ramada, donde fatalmente se toparon con 2 personas, quienes al reconocerlos corrieron a comunicar a las autoridades de Cajacay y estos a los terratenientes Sotelo y Morales. En ese mismo instante la población fue alertada con el tañido de las campanas y salieron en su búsqueda. Sin embargo, muchos de los indígenas acudieron obligados por los gamonales, pues en gran parte su subsistencia dependía de ellos. Entretanto, los fugitivos se alejaron del lugar montados en sus respectivos corceles y se perdieron río abajo. Sus perseguidores rastrearon las huellas de los caballos hasta Colca, luego cruzaron el puente que se tendía sobre el río Tingo, que en aquella época arrastraba todo lo que hallaba a su paso y misteriosamente las huellas desaparecieron del camino. En la confusión, la gente gritaba: “Están cerca, vamos encontrarlos”, y palmo a palmo peinaron la zona. Efectivamente, ellos estaban cerquita y al verse acorralados camuflaron los caballos sobre un tupido monte y enredaderas que se extendían para todos lados y mientras se deshacían de los animales, Luis Pardo le dijo a su fiel amigo, más o menos de esta manera: “Hasta aquí llegamos, compadre” y ambos se abrazaron muy apenados para luego desaparecer de la escena. Y a su alrededor, la gente continuó buscándolos entre arengas, órdenes y reprimendas, cuando de pronto se oyó un grito triunfal:
—¡Aquí están los caballos! –dijeron los primeros.
Y todos acudieron al lugar de los hechos y al no ver a los fugitivos se alentaron el uno con el otro.
—Entonces, están por acá nomas —dijeron reanudando la búsqueda.
—¡Los queremos, vivo o muerto! —fue la orden de los militares y autoridades.
En efecto, cogerlo vivo o muerto era la consigna para Luis Pardo, en cambio, para el otro daba igual.
Pero la captura no sería nada fácil, pues los fugitivos se internaron en Chapllán, propiedad de don Marcelino Díaz Padilla, donde hallaron una pequeña cueva que se asomaba sobre el río Tingo y sin dudarlo se metieron allí dispuestos a defenderse contra todos. Entretanto, sus captores los descubrieron camuflados en la roca y los rodearon obligándoles a salir hacia campo abierto con las manos en alto. Pero Luis Pardo, fiel a su estilo, respondió con el brazo sano lanzando un tiro hacia la multitud, manifestando que solo lo cogerían muerto.
—¡No, a mí no me van capturar vivo! ¡Voy a morir peleando!
Y se inició una balacera entre ambos bandos y como los fugitivos no daban señas de rendirse, la gente comenzó a dinamitar la boca de la cueva, pensando en hacerlos pedazos; pero ellos respondieron con varios tiros hiriendo a algunos y matando a uno. Entonces, la gente intentó achicharrarlos prendiendo fuego alrededor de la cueva y extrañamente ellos resistieron al infierno. Al no lograr su objetivo, todos desviaron el curso del agua hacia la cueva con la intención de ahogarlos; pero ellos sorteaban la muerte respondiendo valientemente desde adentro. De pronto, las balas comenzaron a agotarse y Celedonio Gamarra entró en razón y le dijo a su compañero:
—Hay que rendirnos, compadre.
—¿Rendirnos? ¡Eso nunca!
—Yo no puedo morir por tu culpa, compadre.
Luis Pardo respiró furioso y le dijo:
—Prefiero morir, antes que rendirme.
Y él seguía disparando con su carabina Winchester, pero con menos frecuencia y ante la insistencia de Celedonio Gamarra se produjo una breve discusión entre ambos; fue entonces que, en un arrebato de locura, Luis Pardo le metió un tiro para que sus ruegos no le amainaran los ánimos.
Sobre este punto, los historiadores manifiestan que fueron los captores quienes los eliminaron a ambos, unos afirman que Celedonio recibió 4 tiros en el río, cuando él estaba rendido en la orilla, otros que lo ultimaron en la misma cueva; pero algunos testigos presenciales afirmaron que fue el mismo Luis Pardo quien decidió acabar con su compañero. Cierto o no, dejo aquella versión a la imaginación popular y a la investigación de los historiadores.
Y cuando él se dio cuenta que ya no tenía más balas, no lo pensó dos veces y en un arrojo de valentía se zambulló a las turbulentas aguas del río desapareciendo en el acto. La gente corrió por ambos extremos esperando que él asomase la cabeza para liquidarlo; pero Luis Pardo era un eximio nadador y buceó un buen tramo conteniendo la respiración, pensando en salir más abajo para luego huir a donde sea; pero se topó con un bloque de piedras que le impidió avanzar. Agotado, herido y solo y, con las pocas fuerzas que le quedaban, él sacó la cabeza un instante para proveerse un poco de aire; pero en ese instante, un grito de triunfo cundió entre todos.
—Por acá, por acá –dijeron los de este lado.
—Allí está, no lo pierdan –dijeron los del frente.
Y varios tiros le cayeron en el cuerpo. Los historiadores especifican que fueron 6 balas. Incluso, los pobres del lugar, por quienes él se sacrificó a lo largo de su vida le arrojaron dinamitas y lo remataron sin ningún remordimiento con palos y piedras y, su cuerpo quedó a merced del río que lo arrastró un poco más abajo, de donde lo sacaron cadáver. Sobre este episodio, el diario limeño La Prensa, del 31 de enero de 1909 publicó una nota periodística y que el historiador Filomeno Zubieta lo registró en su libro ‘Tras las huellas de Luis Pardo’, lo cual refiere brevemente: “Lograron matar al compañero de Pardo y herir a éste; entonces loco, desesperado, arrojó su cinto al agua y de un prodigioso salto salió fuera de la cueva y cayó al río con intención de buscar la salvación. Fue entonces que todos, paisanos y tropa se precipitaron por ambas orillas para arrojar contra Pardo bombas de dinamita, piedras y cuanto tenían a su mano […]”.
¡Pobre!, en el ocaso de su vida nadie estuvo de su lado, ni siquiera uno.
Con el trofeo en la mano los gendarmes celebraron su hazaña profanando su cuerpo, para luego tirarlo al lado de su compañero. En ese instante, el miserable militar de nombre Diego Díaz, se acercó a su cuerpo y antes que la gente comprendiera la realidad desenfundó su arma y le metió un tiro en la cabeza:
—Maldito delincuente —dijo esperando la aprobación de la gente.
Pero el hacendado Sotelo —aunque enemigo suyo en vida—, se indignó ante tamaña cobardía y viendo a un enemigo caído dignamente, reconoció su valor en vida y mostrando hidalguía le recriminó con voz firme:
—¡Cobarde, de vivo le temías, ahora de muerto eres valiente!
En efecto, aun muerto el cuerpo de Luis Pardo inspiraba temor y respeto. Y su figura inició su camino hacia la leyenda.
Ya era mediodía y el sol estaba en el centro del cielo y fatalmente moría un hombre y no un hombre cualquiera, por supuesto.
En la noche, los cuerpos malogrados de ambos fueron conducidos en mulas a la ciudad de Chiquián, al mando del mayor Álvaro Toro Mazote, donde durante el día fueron exhibidos al público por 48 horas, para que todos tuvieran la certeza que realmente era el gran justiciero o, simplemente, el temido bandolero que yacía allí sin vida. En realidad, no fue una exhibición, sino un ultraje, una cobarde profanación, un acto infame que no debería ser olvidado nunca.
***
Hoy, a más de un siglo de su desaparición, don Luis Pardo vive más que nunca en el corazón de su gente. Para los pobres él fue un justiciero, para los ricos un villano, para las féminas un trovador romántico y para el resto, un hombre de carácter firme; al margen de dichas posiciones, una cosa es totalmente cierta: él es el bolognesino más célebre que haya gestado estas tierras y a medida que pasen los años su nombre seguirá agigantando cada vez más y más.
¡Sin duda, grande, shay! ¡Lucho Pardo, por siempre!
Omar Cruz Huaranga
Escrito en Llámac, agosto del 2025.
Nota del director.- Las fotografías que acompañan este artículo han sido proporcionadas por Yuri Machuca Bolarte, biznieto de don Perfecto Bolarte quien fue el que tomó las fotografías que existen sobre el final de Luis Pardo Novoa.