josé antonio salazar mejía
LUIS PARDO Y EL “SEÑOR DE MAYO”
Narración de Ernesto Reyna, publicada en “Folklore, tribuna del pensamiento Peruano” Nº 7 y 8. 1943, revista cuyo Director fue Florentino Gálvez Saavedra.
El 25 de diciembre de 1908, día viernes a las cuatro de la mañana un jinete sofrena la cabalgadura violentamente, frente a la puerta de la iglesia de Llaclla, y con el florón de la rienda, da tres golpes con imperio. Uno de los vecinos del pueblo, don Asisclo Díaz, que ha pasado en vela la Noche Buena y se retira a esas horas a su domicilio, sorprendido con la airada actitud del jinete se le acerca curioso.
El desconocido se tapa la cara con la bufanda y tercia el poncho, dejando ver un cinturón repleto de balas. Con voz excitada le dice:
Don Leonardo Retuerto sacristán de la Parroquia de Llaclla, a pesar de las muchas copas que tenía entre pecho y espalda, tan pronto como vio al emponchado y madrugador devoto que ya se había desmontado de una bien aperada mula color romero gris, no pudo reprimir el grito de miedo, ¡es Luis Pardo! El miedo del sacristán era natural, pues el célebre bandido, por cuya captura pagaban un mil soles, era implacablemente perseguido por más de cincuenta hombres al mando del mayor Toro Mazote, del alférez Waltoni y de los subprefectos de Cajatambo y Chancay. Cuatro departamentos, Lima, Junín, Ancash y Huánuco, estaban pendientes de las noticias que daban los diarios. Tanto La Prensa como El Comercio de Lima, publicaban retratos de Luis Pardo. La antigua provincia de Cajatambo vivía bajo un régimen de terror. Las autoridades tomaban preso a todos los admiradores del bandido. Se decía que en Huayllapampa se habían fusilado a diez personas y en la cárcel de Chiquián se torturaba. En la redada policíaca habían caído ya todos los sindicados como secuaces de la cuadrilla de Pardo. Hasta Cirilo Calixto, el criminal y Eusebio Calixto, el valiente de la apartada provincia de Huamalíes, estaban en poder de la justicia. Solo quedaba libre Luis Pardo el terror de las sierras.
El sacristán Retuerto pretendió huir, pero ante la actitud desafiante del bandido y viendo que bajo el poncho se perfilaba una carabina recortada, creyó prudente hacer de tripas corazón y muy humilde le dijo:
Cuando el eco de las pisadas de una cabalgadura se perdía a lo lejos; los nervios del sacristán Retuerto estallaron en un llanto como de difuntos. Era la Noche Buena de 1908, diez días después el célebre bandolero tendría su cita con el destino en las afueras de Cajacay.
Quedaron las cuatro velas ardiendo, iluminando débilmente la imagen del Señor de Mayo, que en aquella fría noche parecía que también lloraba por su más fiel Caporal.
José Antonio Salazar Mejía
[email protected]
El 25 de diciembre de 1908, día viernes a las cuatro de la mañana un jinete sofrena la cabalgadura violentamente, frente a la puerta de la iglesia de Llaclla, y con el florón de la rienda, da tres golpes con imperio. Uno de los vecinos del pueblo, don Asisclo Díaz, que ha pasado en vela la Noche Buena y se retira a esas horas a su domicilio, sorprendido con la airada actitud del jinete se le acerca curioso.
El desconocido se tapa la cara con la bufanda y tercia el poncho, dejando ver un cinturón repleto de balas. Con voz excitada le dice:
- Por algo de vida o muerte busque al sacristán con todo sigilo para que abra la puerta de la iglesia quiero dar un exvoto de oro y diamantes al señor de Mayo por un gran milagro que me ha hecho.
Don Leonardo Retuerto sacristán de la Parroquia de Llaclla, a pesar de las muchas copas que tenía entre pecho y espalda, tan pronto como vio al emponchado y madrugador devoto que ya se había desmontado de una bien aperada mula color romero gris, no pudo reprimir el grito de miedo, ¡es Luis Pardo! El miedo del sacristán era natural, pues el célebre bandido, por cuya captura pagaban un mil soles, era implacablemente perseguido por más de cincuenta hombres al mando del mayor Toro Mazote, del alférez Waltoni y de los subprefectos de Cajatambo y Chancay. Cuatro departamentos, Lima, Junín, Ancash y Huánuco, estaban pendientes de las noticias que daban los diarios. Tanto La Prensa como El Comercio de Lima, publicaban retratos de Luis Pardo. La antigua provincia de Cajatambo vivía bajo un régimen de terror. Las autoridades tomaban preso a todos los admiradores del bandido. Se decía que en Huayllapampa se habían fusilado a diez personas y en la cárcel de Chiquián se torturaba. En la redada policíaca habían caído ya todos los sindicados como secuaces de la cuadrilla de Pardo. Hasta Cirilo Calixto, el criminal y Eusebio Calixto, el valiente de la apartada provincia de Huamalíes, estaban en poder de la justicia. Solo quedaba libre Luis Pardo el terror de las sierras.
El sacristán Retuerto pretendió huir, pero ante la actitud desafiante del bandido y viendo que bajo el poncho se perfilaba una carabina recortada, creyó prudente hacer de tripas corazón y muy humilde le dijo:
- Don Lucho, no me mate. Si desea los milagros del Señor de mayo los puede tomar en préstamo.
- Hermano –le contestó gravemente el bandido, – abre las puertas de la casa de Dios sin miedo, que hoy no he venido a buscar el capillo donde guardas las monedas que son el sudor de los pobres. Hoy he venido a dar, no a quitar. He venido a despedirme del Señor de Mayo. Abre pues la puerta que Cristo me está esperando.
- Señor de Mayo, tú solo sabes mi dolor. Perdóname Señor si te ofendí con mis locuras. Hoy que presiento cercana mi muerte, dame tu perdón Señor por mis pecados. Hace doce años que estoy perseguido, quien sabe no llegaré a los trece. Me han buscado como una fiera en mi guarida. Me han ahuyentado como un ave sin nido. Me buscan para matarme poniendo a precio a mi cabeza… ¡Todos se han confabulado en contra mía! por eso he venido Señor, porque he sido tu devoto, tu Caporal por varios años. Tu mano misericordiosa es la única que me queda en mi desamparo. Dejo a tus pies estas cuatro velas, que si tu divina voluntad designa, han de ser los últimos cuatro días que me restan.
Cuando el eco de las pisadas de una cabalgadura se perdía a lo lejos; los nervios del sacristán Retuerto estallaron en un llanto como de difuntos. Era la Noche Buena de 1908, diez días después el célebre bandolero tendría su cita con el destino en las afueras de Cajacay.
Quedaron las cuatro velas ardiendo, iluminando débilmente la imagen del Señor de Mayo, que en aquella fría noche parecía que también lloraba por su más fiel Caporal.
José Antonio Salazar Mejía
[email protected]