HUGO VÍLCHEZ ROMERO
POEMAS
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Madre-Naturaleza…, doliente… agonizante
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Aurora.
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Por cientos de miles de años, en el alfa y omega,
entre cascadas y humedales, ríos y planicies, entre lluvias y tormentas, soportando el opresivo frío y ardor, prosperaron pacíficos árboles en el vasto y fecundo bosque. Solemnes y erguidos, orondos y nobles, brindaba munífica sombra su frondosa copa. Hombre-Naturaleza, habitaban en íntegra armonía. De la hondura de los cerros, de desprendida cumbre, manaban manantiales generosos, velaban riquezas insospechadas, en su feraz pradera germinaban semillas milenarias. En anchas estepas, en inquietantes montañas, reposaban apacibles lagunas vigilado por estoicos nevados. Por barrancos y hondonadas, surcaban los rugientes ríos alimentando al descomunal océano, adónde va a morir. Los alegres riachuelos, enfilaban vertientes y llanos, muníficos, dotaban de subsistencia a sementeras, cuidado por atareados labriegos de mano aterida, de rostro cobrizo. La riqueza natural, proveído por la Madre-Naturaleza, era un bien común. De pronto, la pacífica coexistencia, Hombre-Naturaleza, de la noche a la mañana, como una angustiosa pesadilla, fue aniquilada con saña por hombres sórdidos, y todo conmutó. Víctima de colonización y explotación, dignos originarios eran considerados cómo bestias de carga. Esclavo en la mita, máquina de triturar indios, trabajaban a la fuerza en oscuros socavones de la mina, extrayendo enorme cantidad de oro y plata. No conformes, marcharon al boscoso bosque, pulmón de la Madre-Naturaleza, para desforestarlo sin compasión. Perturban la vida pacífica de la flora y fauna. Inician la contaminación del medio ambiente. En nombre del conocimiento y el desarrollo, los que tienen el control de los recursos naturales, inventan monstruosas, pérfidas máquinas para herir los órganos vitales de la Madre-Naturaleza, entonces continúan con su inexorable destrucción. Barbaros taladros perfora, sin clemencia, el corazón de la Madre-Naturaleza. Depredan cerros, lagunas, ríos, nevados, bosques, arrecifes y mares, causando constante contaminación del medio ambiente. Llega, irremediable, el terrible efecto del gas invernadero. El maltrato al único hábitat por hombres angurrientos, ha rebasado su límite. La Madre-Naturaleza… doliente…agonizante… parece decirnos: “¡Alto! ¡No sobrepaséis la línea roja! o ¡Habrá consecuencias aterradoras!” El Pichuychanca. Lima, 18 de abril 2020 |
La huella plantada en campestre calle.
la huella plantada en ondulado sendero la infancia vivida en la patria chica amada, nunca jamás huyeron de mi pensamiento. Ahora que regreso tiempo después me abrazas con un lindo ocaso sin par como madre munífica esperando al hijo. Entre dos luces, que antecede al nuevo día, entre el canto aflautado del garboso gallo entre el trino luengo del impaciente jilguero marcho derrotero al seductor contorno de este pedacito de cielo donde nací. Transitando recoleto por taciturna arteria, bajo perlas brillantes que decoran el cielo oscuro, bajo la luna, candil que aclara la trocha callada, el batiente crujir de mis lerdos pasos escucho. En ardua andanza madrugadora advierto el silbido del violento viento, el rumor agónico del riachuelo, el canto coral de avecillas desveladas, el susurro indiscreto de copiosa arboleda, y una canción melancólica del grillo. Movedizas y amorfas siluetas de arbustos lívidos, adosado en la cima de ondeante pirca, aparentan caminar a mi diestra y siniestra acompañándome, por el tortuoso sendero, en mi sosegado y hurón paseo. En esta partícula del firmamento, la cordillera cubierta de sábana blanca, el cerro ataviado de alfombra verde, son refugios naturales de mi existencia temporal para reencontrarme con la soledad para contemplar la aurora inmortal. Hugo Vílchez Romero El Pichuychanca. Chiquián, Chicchog 18 de agosto 2018 [email protected] |