hugo vílchez romero
MATRÍCULA ESCOLAR
Por los rededores de la escuela, unos alumnos, con inusitada atención, propias de la edad infantil, escudriñaban con ojos saltones y ensimismados los charcos de agua cristalina, manado en la estación lluviosa. En estas lagunillas, los renacuajos nadaban de una orilla a otra sin temor, y en plena libertad. Los intrépidos niños, ansiosos, se remangaban las mangas de la chompa y la camisa más arriba de los pequeños codos. En seguida, cautelosos y con pasitos contenidos, se acercaban al borde del pozo. Una vez listo para su proeza, uno de ellos, lanzó su minúscula mano veloz como un rayo dentro del pacifico charco. Al instante, le salpicó una multitud de gotas de agua turbia estampándose sobre el reseco y encarnado rostro, causado por el gélido vientecillo. Segundos después, se limpiaba la cara con la otra mano a la vez que ululaba con voz potente y chillona: —¡Lo agarré, lo atrapé! —era el triunfo de aquel precoz cazador de renacuajos. De inmediato, lo colocaba dentro de un tarro conteniendo el agua, para llevarlo quien sabe a dónde.
Más allá, en un simbólico campo de futbol en cuyos flancos, uno frente al otro, sobresalían un par de piedras de mediano tamaño que personificaban las respectivas e imaginarias porterías, otros estudiantes, entusiasmados, jugaban futbol sobre este verde y reluciente campo. La pelota de jebe color rojo, escurridizo, daba botes más de lo necesario difíciles de controlar cuando permanecía en el liliputiense pie de uno de los prometedores deportistas. Los escolares, se reconocían con el nombre de los ídolos más notables del pueblo. Los zapatitos se humedecían al contacto con el rocío, pegados aún en el pasto. Corrían con fervor tras la pelota deseando anotar el primer gol. Cuando uno de los pequeños futbolistas encajaba el ansiado tanto, los demás iban tras el autor para colmarlo de abrazos y felicitaciones. Toda esta camada de párvulos tenía 6 y 7 años de edad. En pleno receso, se divertían con ingenuidad. Había empezado el nuevo año escolar.
Bajo el ambiente de un raro color pardo purpúreo, los rayos ambarinos del sol atravesaban las tersas cortinas del cielo azul. Era una mañana fresca y agradable. En ese ínterin y a cierta distancia, un Chiquitín de la misma edad, sentado sobre un pequeño montecillo, ataviado con vestido intachable, con el cartapacio de cuero color marrón, pendido del rollizo hombro, absorto, miraba a los orondos escolares divirtiéndose cual cervatillo retozón.
Los pequeños protagonistas, al oír el sonoro sonido del silbato, ejecutado por el director, significaban el término del último recreo. El solitario becario, desapercibido, por los inquietos alumnos del primer año, del montecillo donde estaba sentado, siguió con los pequeños ojos negros, húmedos y lánguidos, al pelotón de estudiantes que regresaban con pasitos ligeros rumbo al plantel. El pequeño testigo de este suceso infantil, sin darse cuenta y al mirar alrededor suyo, percibió un religioso silencio y una absoluta soledad. Su única compañía, era su misma sombra. En aquel momento, se puso a andar hacia los pequeños pozos de agua.
Gracias al cielo despejado, los potentes rayos del sol calentaba el agua de los hoyos que poco a poco recobraba su armonía, su pureza. Entonces, de nuevo, los renacuajos salían de sus escondites con el propósito de nadar con total libertad. El imaginario campo de futbol, estaba en absoluta mudez, no se escuchaba el bochinche de aquellos alumnos que momentos antes estaban recreándose. Solo percibía el murmullo de la copa de la arboleda, provocado por el soplo apacible del viento templado de la mañana. Oía, el trino sonoro del pichuychanca, del zorzal y los gorriones. Se quedó quieto junto a la piedra que representaba al arco, y se dejó caer para acomodarse sobre ella. Con mirada sombría, coloco los menudos codos sobre los mofletudos muslos y en las palmas de su menuda mano reposaba las mejillas escarlatas. Meditaba en la otra escuela de donde había desertado desde el primer día de clases…
De pronto, llevado por el airecillo frio de la mañana, por segunda vez se escuchaba las graves vibraciones de la campana… tilín- tilín- tilín… momento que vio salir, veloz, a los hermanos mayores, para él, a rumbos desconocidos. Mientras tanto, la madre, que puso los escasos útiles escolares en el nuevo cartapacio, y lo acomodó sobre el pequeño hombro del último hijo, se dirigió frente al espejo para verse por última vez. Acicaló su mediana cabellera negra y la divina cara. Ella, ataviada con un traje azul floreado, con los zapatos que brillaban a la luz del día, sujetó la rolliza mano del hijo y partieron, para él, a derroteros ignorados.
Madre e hijo, cruzaron el patio, junto al jardín cargado de aromas de la rosaleda. Las ramas del manzano siseaban por el peso de los frutos que empezaban a crecer, abrió el viejo zaguán… alcanzaron la calle que vislumbraba por su pulcritud. Pasaron el mercado que olía a verduras frescas. El sol era apenas una aureola radiante que se disipaba tras la cálida nube. Cuando se disponían a atravesar la Plaza Mayor, las ondas sonoras de la campana se dejaban oír por tercera vez… tilín-tilín-tilín…la madre aceleró los pasos sobre las amplios corredores de la plaza. Su aterciopelada y afectuosa mano no lo desprendió, en todo el trayecto, de los de su hijo, que en ese momento parecía correr tras ella.
Por fin, llegaron al plantel, elegida por ella, en donde le había inscrito. Era la renombrada escuela N° 378 ubicado en el Jr. Comercio. En la entrada, protegida por el arcaico portón color verde, la profesora Albina Aldave daba la bienvenida a los nuevos alumnos, de preferencia a los que estudiarían el primer año de primaria. Cuando la madre le presentaba a su nueva maestra, los alumnos alineados en el patio, del primero al quinto año, prestos para entrar a las aulas, de un momento a otro, y al mismo tiempo, voltearon su minúscula cabecita en dirección de la entrada, y las incontables miradas inquisitivas se clavaron con las del nuevo estudiante que causó un impacto, y confundió su pequeño ser. Entonces, conmovido, se zafó de las manos de la madre y se echó a correr sin mirar hacia atrás. Su huida lo conducía por calles desconocidas, alejándose cada vez más de aquella escuela. Luego, extenuado, fue alcanzado por la madre y llevado al hogar materno. Sorprendida por esta acción del pequeño hijo, que esperaba un castigo, apretó al retoño contra su regazo, beso su pequeña frente de imperceptibles ranuras y, le pregunto con dulce voz:
—¿No quieres ir a la escuela donde estudian tus hermanos?
Agarró los cabellos negros de la madre y movió negativamente su pequeña cabeza. Ella comprendiendo la expresión del hijo, lo acuno en sus tibios brazos y le advirtió:
—Bueno, si no quieres ir a la escuela donde estudian tus hermanos, veremos otro. Por el momento te quedaras en la casa de la señora Bernita, ella te cuidará.
Ya en la casa vecina de la noble y hacendosa, señora Bernita, reemplazaba el cariño de la madre ausente. El niño andaba tras ella; entraba y salía del cuarto, del patio y la cocina, de este lugar, cogió del plato las canchas recién tostadas y guardó otro tanto en los bolsillos del pantalón de percal. Al ver a la señora Bernita concentrada en los quehaceres del hogar, con sigilo, sin hacer ruido, abrió la entrelazada puerta y salió con pasitos circunspectos rumbo a su casa con el fin de agarrar el cartapacio que lo puso en su pequeño hombro, en seguida, aguaito, y a hurtadillas franqueo la puerta de la casa vecina para dirigirse en sentido contrario cuando su madre lo llevó por primera vez a la escuela. Con su andar acelerado, llegó al lugar en donde un conglomerado de escolares se divertía con total albedrio.
Al día siguiente, en horas de la tarde, realizaba de nuevo esta inocente picardía. Esta vez, fue más allá de aquellos charcos y el improvisado campo de futbol. Llegó al límite de la escuela. Las ventanas, orientados en dirección a la calle, estaban al alcance de poder ver el interior de cada una de las 4 aulas y el quinto, la oficina del Director. Luego de asomarse, estiró el cuello con mesura para husmear de lo que sucedía en cada aula. Momentos después, inquieto y sin percatarse, se sentó sobre el gramado, en la parte alta, frente a la ventana de la oficina del Director. Cuando contemplaba la tierra calcárea y amarillenta de la calle, los escasos fangos de agua sobre el que reverberaban los rayos del sol y al mismo tiempo quemaban su pequeña espalda, fue sorprendido por el director.
— ¿Cómo te llamas? —turbado aún, aferrado al cartapacio, con voz agitada respondió:
—Me llamo Hugo…
—¡Aja!, pero Huguito, a esta hora deberías estar en la escuela. —dijo el directivo, cambiando el tono de voz, como llamando la atención por no asistir a las clases. Le invito a pasar a su oficina, le ayudo a sentarse sobre una silla de madera que crujió en el momento que se arrellanaba, y frente al infante, hizo una serie de preguntas:
—¿Cómo se llama tu mamá?
—Luz…
—Luz que… pronuncio el director, observando al infante
—Romero… Milla
—Conozco a tu madre, trabaja en la oficina de correos, dependencia del Ministerio de Transportes y Comunicaciones.
—Si… —respondió, tomando confianza.
—¿Porque no vas a la escuela, todavía no te ha matriculado tu madre?
—Me matriculó en la escuela N°378
—¿Si ya estas inscrito, porque no vas a clases? —Preguntó, inquisitivo el directivo.
Entrelazando sus diminutas manos, encogiendo los hombros, y mirando al vacío, respondió con tono titubeante y bajito:
—No me agrada ir… a esa escuela…—Entonces, sin rodeos y resuelto le propuso lo siguiente:
—¿Te gustaría estudiar en esta escuela?
Al escuchar esta proposición, los ojos lánguidos y húmedos del infante bailaron de felicidad infinita, su rostro se transformó de tribulación en festividad. El director, al darse cuenta de la metamorfosis del estado de ánimo de aquel crio, de inmediato, saco una ficha del cajón, lo colocó sobre el escritorio, luego blandió la pluma que estaba sobre un pomo de tinta y se puso a escribir los detalles para su matrícula. Mientras tanto, el futuro becario, observaba al director con atención, para él desconocido hasta ese entonces, sus anteojos de lunas oscuras encajadas en la gruesa montura, el bigote cenizo de forma triangular, su frente rugosa y amplia, con la cabeza inclinada, el rostro sereno y la mirada concentrada en aquel papel. Sin embargo, desde aquel instante seria su principal y querido tutor, secretamente llevado en su tierno corazón.
Una vez concluido la inscripción, adhirió una nota, a la ficha, dirigido a la madre, explicando para que llene los datos faltantes en los espacios en blanco, situó dicho oficio en un folder, le pidió su cartapacio para guardar con cuidado el documento de su MATRICULA. El director Don Josué Alvarado Cruz, despidió al alumno con un abrazo paternal y una sonrisa, esperando su feliz retorno para el día siguiente con el documento firmado por la madre.
De regreso, en su itinerario por la calle ladeada, el flamante escolar, iba meditando si le exhibía a la madre el documento tan importante de su corta existencia o esperar que termine de laborar, cuyo horario era hasta las 6 de la tarde, la hora de salida. Levantó la mirada, contempló la cresta de los arcanos cerros bañados de copiosa floresta. Veía la sombra quieta de las casas, de algunas personas, parados en la esquina, hablando rumores de algún habitante del pueblo. En estas circunstancias, decidió ir a la oficina, en el segundo piso de la casa, ubicado en la intersección del Jr. Comercio y Leoncio Prado. De manera diligente subió por las escaleras, recorrió el balcón para entrar en el lugar donde laboraba. En ese instante, la madre, trasmitía los telegramas por medio del teléfono de color negro. Entre tanto, el hijo, arrastró la silla con el propósito de sentarse delante de ella. Ya sentado, en tanto la madre seguía trasmitiendo los telegramas, con parsimonia y delicadeza extraía del cartapacio nuevo, el documento de su matrícula para colocarlo sobre el pupitre.
Paso como cinco largos minutos para terminar de redactar aquellos telegramas. La madre, observando al hijo, colgó el teléfono y agarro el sobre, extrajo el documento y se puso a leer detenidamente. La mirada, del par de ojos negros y afectivos que parecía emanar del alma, conmovida, no los apartaba de la nota y la ficha de la matrícula. No pudo contenerse. De los dulces luceros, brotaron tibias lágrimas desplomándose cual cascada por las aún frescas y tersas mejillas. La oficina como si fuera un cementerio, fue invadida de un profundo silencio. La madre se levantó, y sin necesidad de pronunciar una sola palabra, con el sublime e inigualable amor, abrazó al último hijo, por largo, largo tiempo. Aquel abrazo de madre e hijo parecía una eternidad.
Fue uno de los primeros escolares en llegar a la escuela, y en seguida, entregó su ficha de matrícula al director, que ya le esperaba en la puerta principal del plantel. En el patio central, y en plena formación, fue presentado ante la multitud de escolares. De esta manera empezaba su vida de estudiante en la escuela más conocido como el de don Josué.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
[email protected]
Más allá, en un simbólico campo de futbol en cuyos flancos, uno frente al otro, sobresalían un par de piedras de mediano tamaño que personificaban las respectivas e imaginarias porterías, otros estudiantes, entusiasmados, jugaban futbol sobre este verde y reluciente campo. La pelota de jebe color rojo, escurridizo, daba botes más de lo necesario difíciles de controlar cuando permanecía en el liliputiense pie de uno de los prometedores deportistas. Los escolares, se reconocían con el nombre de los ídolos más notables del pueblo. Los zapatitos se humedecían al contacto con el rocío, pegados aún en el pasto. Corrían con fervor tras la pelota deseando anotar el primer gol. Cuando uno de los pequeños futbolistas encajaba el ansiado tanto, los demás iban tras el autor para colmarlo de abrazos y felicitaciones. Toda esta camada de párvulos tenía 6 y 7 años de edad. En pleno receso, se divertían con ingenuidad. Había empezado el nuevo año escolar.
Bajo el ambiente de un raro color pardo purpúreo, los rayos ambarinos del sol atravesaban las tersas cortinas del cielo azul. Era una mañana fresca y agradable. En ese ínterin y a cierta distancia, un Chiquitín de la misma edad, sentado sobre un pequeño montecillo, ataviado con vestido intachable, con el cartapacio de cuero color marrón, pendido del rollizo hombro, absorto, miraba a los orondos escolares divirtiéndose cual cervatillo retozón.
Los pequeños protagonistas, al oír el sonoro sonido del silbato, ejecutado por el director, significaban el término del último recreo. El solitario becario, desapercibido, por los inquietos alumnos del primer año, del montecillo donde estaba sentado, siguió con los pequeños ojos negros, húmedos y lánguidos, al pelotón de estudiantes que regresaban con pasitos ligeros rumbo al plantel. El pequeño testigo de este suceso infantil, sin darse cuenta y al mirar alrededor suyo, percibió un religioso silencio y una absoluta soledad. Su única compañía, era su misma sombra. En aquel momento, se puso a andar hacia los pequeños pozos de agua.
Gracias al cielo despejado, los potentes rayos del sol calentaba el agua de los hoyos que poco a poco recobraba su armonía, su pureza. Entonces, de nuevo, los renacuajos salían de sus escondites con el propósito de nadar con total libertad. El imaginario campo de futbol, estaba en absoluta mudez, no se escuchaba el bochinche de aquellos alumnos que momentos antes estaban recreándose. Solo percibía el murmullo de la copa de la arboleda, provocado por el soplo apacible del viento templado de la mañana. Oía, el trino sonoro del pichuychanca, del zorzal y los gorriones. Se quedó quieto junto a la piedra que representaba al arco, y se dejó caer para acomodarse sobre ella. Con mirada sombría, coloco los menudos codos sobre los mofletudos muslos y en las palmas de su menuda mano reposaba las mejillas escarlatas. Meditaba en la otra escuela de donde había desertado desde el primer día de clases…
De pronto, llevado por el airecillo frio de la mañana, por segunda vez se escuchaba las graves vibraciones de la campana… tilín- tilín- tilín… momento que vio salir, veloz, a los hermanos mayores, para él, a rumbos desconocidos. Mientras tanto, la madre, que puso los escasos útiles escolares en el nuevo cartapacio, y lo acomodó sobre el pequeño hombro del último hijo, se dirigió frente al espejo para verse por última vez. Acicaló su mediana cabellera negra y la divina cara. Ella, ataviada con un traje azul floreado, con los zapatos que brillaban a la luz del día, sujetó la rolliza mano del hijo y partieron, para él, a derroteros ignorados.
Madre e hijo, cruzaron el patio, junto al jardín cargado de aromas de la rosaleda. Las ramas del manzano siseaban por el peso de los frutos que empezaban a crecer, abrió el viejo zaguán… alcanzaron la calle que vislumbraba por su pulcritud. Pasaron el mercado que olía a verduras frescas. El sol era apenas una aureola radiante que se disipaba tras la cálida nube. Cuando se disponían a atravesar la Plaza Mayor, las ondas sonoras de la campana se dejaban oír por tercera vez… tilín-tilín-tilín…la madre aceleró los pasos sobre las amplios corredores de la plaza. Su aterciopelada y afectuosa mano no lo desprendió, en todo el trayecto, de los de su hijo, que en ese momento parecía correr tras ella.
Por fin, llegaron al plantel, elegida por ella, en donde le había inscrito. Era la renombrada escuela N° 378 ubicado en el Jr. Comercio. En la entrada, protegida por el arcaico portón color verde, la profesora Albina Aldave daba la bienvenida a los nuevos alumnos, de preferencia a los que estudiarían el primer año de primaria. Cuando la madre le presentaba a su nueva maestra, los alumnos alineados en el patio, del primero al quinto año, prestos para entrar a las aulas, de un momento a otro, y al mismo tiempo, voltearon su minúscula cabecita en dirección de la entrada, y las incontables miradas inquisitivas se clavaron con las del nuevo estudiante que causó un impacto, y confundió su pequeño ser. Entonces, conmovido, se zafó de las manos de la madre y se echó a correr sin mirar hacia atrás. Su huida lo conducía por calles desconocidas, alejándose cada vez más de aquella escuela. Luego, extenuado, fue alcanzado por la madre y llevado al hogar materno. Sorprendida por esta acción del pequeño hijo, que esperaba un castigo, apretó al retoño contra su regazo, beso su pequeña frente de imperceptibles ranuras y, le pregunto con dulce voz:
—¿No quieres ir a la escuela donde estudian tus hermanos?
Agarró los cabellos negros de la madre y movió negativamente su pequeña cabeza. Ella comprendiendo la expresión del hijo, lo acuno en sus tibios brazos y le advirtió:
—Bueno, si no quieres ir a la escuela donde estudian tus hermanos, veremos otro. Por el momento te quedaras en la casa de la señora Bernita, ella te cuidará.
Ya en la casa vecina de la noble y hacendosa, señora Bernita, reemplazaba el cariño de la madre ausente. El niño andaba tras ella; entraba y salía del cuarto, del patio y la cocina, de este lugar, cogió del plato las canchas recién tostadas y guardó otro tanto en los bolsillos del pantalón de percal. Al ver a la señora Bernita concentrada en los quehaceres del hogar, con sigilo, sin hacer ruido, abrió la entrelazada puerta y salió con pasitos circunspectos rumbo a su casa con el fin de agarrar el cartapacio que lo puso en su pequeño hombro, en seguida, aguaito, y a hurtadillas franqueo la puerta de la casa vecina para dirigirse en sentido contrario cuando su madre lo llevó por primera vez a la escuela. Con su andar acelerado, llegó al lugar en donde un conglomerado de escolares se divertía con total albedrio.
Al día siguiente, en horas de la tarde, realizaba de nuevo esta inocente picardía. Esta vez, fue más allá de aquellos charcos y el improvisado campo de futbol. Llegó al límite de la escuela. Las ventanas, orientados en dirección a la calle, estaban al alcance de poder ver el interior de cada una de las 4 aulas y el quinto, la oficina del Director. Luego de asomarse, estiró el cuello con mesura para husmear de lo que sucedía en cada aula. Momentos después, inquieto y sin percatarse, se sentó sobre el gramado, en la parte alta, frente a la ventana de la oficina del Director. Cuando contemplaba la tierra calcárea y amarillenta de la calle, los escasos fangos de agua sobre el que reverberaban los rayos del sol y al mismo tiempo quemaban su pequeña espalda, fue sorprendido por el director.
— ¿Cómo te llamas? —turbado aún, aferrado al cartapacio, con voz agitada respondió:
—Me llamo Hugo…
—¡Aja!, pero Huguito, a esta hora deberías estar en la escuela. —dijo el directivo, cambiando el tono de voz, como llamando la atención por no asistir a las clases. Le invito a pasar a su oficina, le ayudo a sentarse sobre una silla de madera que crujió en el momento que se arrellanaba, y frente al infante, hizo una serie de preguntas:
—¿Cómo se llama tu mamá?
—Luz…
—Luz que… pronuncio el director, observando al infante
—Romero… Milla
—Conozco a tu madre, trabaja en la oficina de correos, dependencia del Ministerio de Transportes y Comunicaciones.
—Si… —respondió, tomando confianza.
—¿Porque no vas a la escuela, todavía no te ha matriculado tu madre?
—Me matriculó en la escuela N°378
—¿Si ya estas inscrito, porque no vas a clases? —Preguntó, inquisitivo el directivo.
Entrelazando sus diminutas manos, encogiendo los hombros, y mirando al vacío, respondió con tono titubeante y bajito:
—No me agrada ir… a esa escuela…—Entonces, sin rodeos y resuelto le propuso lo siguiente:
—¿Te gustaría estudiar en esta escuela?
Al escuchar esta proposición, los ojos lánguidos y húmedos del infante bailaron de felicidad infinita, su rostro se transformó de tribulación en festividad. El director, al darse cuenta de la metamorfosis del estado de ánimo de aquel crio, de inmediato, saco una ficha del cajón, lo colocó sobre el escritorio, luego blandió la pluma que estaba sobre un pomo de tinta y se puso a escribir los detalles para su matrícula. Mientras tanto, el futuro becario, observaba al director con atención, para él desconocido hasta ese entonces, sus anteojos de lunas oscuras encajadas en la gruesa montura, el bigote cenizo de forma triangular, su frente rugosa y amplia, con la cabeza inclinada, el rostro sereno y la mirada concentrada en aquel papel. Sin embargo, desde aquel instante seria su principal y querido tutor, secretamente llevado en su tierno corazón.
Una vez concluido la inscripción, adhirió una nota, a la ficha, dirigido a la madre, explicando para que llene los datos faltantes en los espacios en blanco, situó dicho oficio en un folder, le pidió su cartapacio para guardar con cuidado el documento de su MATRICULA. El director Don Josué Alvarado Cruz, despidió al alumno con un abrazo paternal y una sonrisa, esperando su feliz retorno para el día siguiente con el documento firmado por la madre.
De regreso, en su itinerario por la calle ladeada, el flamante escolar, iba meditando si le exhibía a la madre el documento tan importante de su corta existencia o esperar que termine de laborar, cuyo horario era hasta las 6 de la tarde, la hora de salida. Levantó la mirada, contempló la cresta de los arcanos cerros bañados de copiosa floresta. Veía la sombra quieta de las casas, de algunas personas, parados en la esquina, hablando rumores de algún habitante del pueblo. En estas circunstancias, decidió ir a la oficina, en el segundo piso de la casa, ubicado en la intersección del Jr. Comercio y Leoncio Prado. De manera diligente subió por las escaleras, recorrió el balcón para entrar en el lugar donde laboraba. En ese instante, la madre, trasmitía los telegramas por medio del teléfono de color negro. Entre tanto, el hijo, arrastró la silla con el propósito de sentarse delante de ella. Ya sentado, en tanto la madre seguía trasmitiendo los telegramas, con parsimonia y delicadeza extraía del cartapacio nuevo, el documento de su matrícula para colocarlo sobre el pupitre.
Paso como cinco largos minutos para terminar de redactar aquellos telegramas. La madre, observando al hijo, colgó el teléfono y agarro el sobre, extrajo el documento y se puso a leer detenidamente. La mirada, del par de ojos negros y afectivos que parecía emanar del alma, conmovida, no los apartaba de la nota y la ficha de la matrícula. No pudo contenerse. De los dulces luceros, brotaron tibias lágrimas desplomándose cual cascada por las aún frescas y tersas mejillas. La oficina como si fuera un cementerio, fue invadida de un profundo silencio. La madre se levantó, y sin necesidad de pronunciar una sola palabra, con el sublime e inigualable amor, abrazó al último hijo, por largo, largo tiempo. Aquel abrazo de madre e hijo parecía una eternidad.
Fue uno de los primeros escolares en llegar a la escuela, y en seguida, entregó su ficha de matrícula al director, que ya le esperaba en la puerta principal del plantel. En el patio central, y en plena formación, fue presentado ante la multitud de escolares. De esta manera empezaba su vida de estudiante en la escuela más conocido como el de don Josué.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
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