gustavo solís fonseca
NOMBRES MILENARIOS
Si descartamos los nombres de lugares del país que a primera y a simple vista provienen del castellano o español; el resto, una inmensa mayoría, está constituido por nombres cuyos respectivos significados nos son claramente desconocidos o enigmáticos.
Cuando intentamos indagar en el idioma castellano por el significado de los nombres de lugares –llamados también topónimos- resulta bastante frustrante; sin embargo, algo podemos conseguir cuando acudimos a otras lenguas, como a aquellas que pudieron hablarse ante de la presencia castellana, tal como en muchas partes del territorio nacional, por ejemplo, a lo largo del litoral marino, desde Ica hasta Piura o Tumbes, o a lo largo y ancho del territorio de Los Andes.
En lo que sigue respondemos en alguna medida esta inquietud, tratando de reconstruir a través de los nombres o topónimos, cuáles podrían ser las lenguas de las que son testimonio vivo los nombres no-españoles de una serie de lugares del Perú, por ejemplo, de Lima, de Ancash o de cualquier espacio del territorio nacional. Hacer esto es en parte recrear la historia de las ocupaciones de los lugares, pues los topónimos, nombres de lugares, pueden mostrarnos los estratos que trasuntan las ocupaciones de un lugar por hablantes de distintas lenguas.
Más allá de los 500 años de profundidad en el pasado, las tierras de cualquier espacio en el Perú, por ejemplo, Lima, fueron ocupadas por gente que no hablaba castellano; son testimonio de ello una serie de nombres, incluyendo el de Lima, - duplete del nombre de un distrito de la provincia de Lima, de “abajo el puente” que, como sabemos, es el nombre del río y, también es el nombre que actualmente tiene el importante río que corre a la vera de la ciudad. Los dos nombres -Lima y Rímac- no son sino la misma palabra cuyo significado primario, tanto en el caso del río como en el caso de la ciudad, es “Hablador”.
La forma Lima fue probablemente la que Pizarro escuchó en Jauja (o tal vez ya en Cajamarca, a donde acudieron a saludarle algunas autoridades nativas, entre ellos el Curaca Waqra Paucar de los wankas de Junín, también fue el Curaca Kasha Mallki a nombre del curaca de Ocros (Ancash). Ellos debieron denominar como Limaq o Lima al llano que quedaba al otro lado de los Andes, en la Costa. (Hoy sabemos que Lima-Rimaq era un oráculo con un ídolo en imagen de perro, ubicado junto al río Rimaq, Limaq-Rimaq; de otro lado, era la forma cómo se pronunciaba el nombre del lugar (del oráculo) en boca de los hablantes de la actual zona de Lima. Es decir, los antiguos habitantes de Lima pronunciaban dicho nombre algunas veces como Rimaq y otras veces como Limaq o Lima. Los que decían Rimaq conservaban la pronunciación más arcaica, en tanto que aquellos que decían LIMAQ o Lima eran innovadores o, si quiere, “corruptores” de la “correcta” pronunciación del nombre del lugar.
Es pues de matriz quechua el nombre de Lima –ciudad capital del Perú- aun cuando esta forma Lima sea algo distinta de la forma original, la cual era Rimaq, de la cual derivó Limaq, (escrita Rímac en el caso del nombre del distrito de Abajo el Puente). Aún hoy mismo Lima es Limaq para la gente de Cajatambo y de lugares del Sur de Ancash, pues tal se desprende de la expresión “Limaq vientu”: Literalmente “viento limeño”, con que se conoce por aquellos lugares a la ligereza, el despropósito o el desparpajo criollo femenino. Lima no es el único nombre quechua de nuestras cercanías, Pachacamac (Pacha kamaq) es otro; también lo son Surco, Lurin (Rurin). Lurigancho (rurin wanchus), Waka Pukllana (Huaca Juliana), lo es también Cajamarquilla, al menos en parte, pues deriva de “kasha =espina”, que es palabra quechua, y marka “pueblo, provincia” que originalmente parece provenir de una lengua de la familia Aru. A Kashamarka, verdadero nombre de Cajamarquilla, se ha agregado la terminación de diminutivo –illa del español para distinguirlo de Cajamarca (la grande). Por esta misma razón tenemos Surquillo, que debe provenir de una antigua forma Suruku, a la que se adosó –illo para distinguirlo de Surku.
El manto de nombres quechuas de los alrededores de Lima abarca en el tiempo los años anteriores a la llegada de los españoles; pero, a su turno, era un manto que se sobrepuso a una serie de nombres puestos por otras gentes que ocuparon esta parte del Perú antes que los quechuas y otros pueblos la hubieran poblado. ¿Quiénes eran aquellos que ocuparon esta parte del Perú (Lima) antes de la presencia quechua en Lima? Al respecto, felizmente, ya tenemos respuestas que ofrecer o aventurar. Se sabe ahora que ellos fueron antes que nada habitantes andinos que poco a poco comenzaron a incursionar en los valles de la Costa en un proceso de conquista y ocupación que duró cientos, o acaso de miles de años. La lengua que ellos hablaban se emparentaba con el aimara actual del sur peruano y, más estrechamente, con la lengua kawki, hablada en zonas de la Provincia de Yauyos-Lima. El kawki, el aimara y esta antigua lengua hablada en los llanos de Lima, conforman una familia de lenguas que los lingüistas conocen con el nombre de Familia Aru.
Los antecesores de los actuales tupinos de Yauyos y de los Aru debieron ser los señores de Lima y sus alrededores en una época en que los quechuas aún no mostraban signos de presencia en estas tierras. Los testigos vivientes de aquellos antiguos ocupantes de Lima son una serie de nombres de lugares, entre los que con mucha posibilidad están Maranga, Matara, Chosica, Pucusana, Chuquitanta, Collata y varios más cuya enumeración en detalle sería extensa e innecesaria.
El nombre más antiguo de Lima, o del valle en que se encuentra, parece que se llamaba Ichma, con un sonido en algo distinto al que tiene la letra ch en castellano, pues la pronunciaban doblando la punta de la lengua hacia arriba hasta que el dorso de la lengua tope con el paladar duro. Algunos cronistas escucharon este nombre antiguo y lo transcribieron de varias formas. Unas veces lo hacen como Ichma; otras veces lo hacen como Isma o Ishma; y, en alguna como Irma. En cualquier caso, el sonido “ch” de Ichma o el sonido “sh” de Ishma no sonaba como suenan estas letras en el castellano vigente.
Un cotejo de estas distintas transcripciones da a los lingüistas indicios para sugerir que el nombre del lugar provenía de una lengua que tenía entre sus letras una ch de sonido “retroflejo” (ch pronunciada con la punta de la lengua hacia arriba y doblada a la bóveda del paladar duro. En esta perspectiva anotamos que los idiomas kawki o Jaqaru (lenguas de Tupe, de la provincia de Yauyos) probablemente siguen teniendo una consonante que se relaciona con la ch retrofleja de la antigua lengua que se hablaba en Lima y a la cual se dice que están emparentadas.
La familia de lenguas Aru, a la que pertenecía aquella lengua en Lima y sus alrededores antes que el quechua se implantara, tuvo una amplia difusión en la región Central de la Sierra del Perú. Una metrópoli en que se habló esta lengua fue Wari (Huari) en Ayacucho, de donde se difundió su uso, en los tiempos del llamado Imperio Wari, hasta alcanzar un extenso territorio. Posteriormente, ya en la forma de aimara, esta antigua lengua se desplazó hacia el sur hasta llegar a Puno y Bolivia como consecuencia de ceder sus dominios ante el empuje del quechua.
Como una nota interesante cabe destacar los datos ahora disponibles de las investigaciones lingüísticas de los últimos tiempos que sugieren que los habitantes de las culturas de Paracas y Nazca fueron de habla Aru, o sea, que hablaban una lengua integrante de este grupo. Este hecho, de otro lado, nos hace pensar que el quechua, por lo menos durante la época de desarrollo de Nazca y Paracas, no se usaba en aquellos territorios, probablemente porque aún estaba circunscrita a su ámbito primario de ocupación que se ubicaba en algún lugar del norte entre Lima y el río Santa en Ancash. Así, aunque resulte extraño debemos acostumbrarnos a la idea y aceptar que el quechua no era primitivamente una lengua costeña, región a la que está regresando hoy con bastante fuerza a través de intensos procesos de migración desde la Sierra, convirtiendo a Lima en un departamento con el más alto porcentaje de hablantes de quechua.
Los nombres de lugares son un valioso patrimonio que debe conservarse a toda costa. Cada nombre sintetiza todo un complejo proceso histórico-social y, en una infinidad de casos, tales nombres ofrecen información rica, casi siempre acertada, acerca de recursos económicos de varia naturaleza que nuestros pueblos los están perdiendo por un ridículo afán de suplantarlos, cambiando nombres de una historia milenaria por otros que sólo son un membrete inauténtico. Necesitamos generar una cruzada de defensa de los nombres prehispánicos vigentes en toda la extensión del Perú; y hagámoslo teniendo en cuenta que no es una defensa del nombre por el nombre, sino de la historia social que sintetizan tales nombres.
Gustavo Solís Fonseca
[email protected]
Cuando intentamos indagar en el idioma castellano por el significado de los nombres de lugares –llamados también topónimos- resulta bastante frustrante; sin embargo, algo podemos conseguir cuando acudimos a otras lenguas, como a aquellas que pudieron hablarse ante de la presencia castellana, tal como en muchas partes del territorio nacional, por ejemplo, a lo largo del litoral marino, desde Ica hasta Piura o Tumbes, o a lo largo y ancho del territorio de Los Andes.
En lo que sigue respondemos en alguna medida esta inquietud, tratando de reconstruir a través de los nombres o topónimos, cuáles podrían ser las lenguas de las que son testimonio vivo los nombres no-españoles de una serie de lugares del Perú, por ejemplo, de Lima, de Ancash o de cualquier espacio del territorio nacional. Hacer esto es en parte recrear la historia de las ocupaciones de los lugares, pues los topónimos, nombres de lugares, pueden mostrarnos los estratos que trasuntan las ocupaciones de un lugar por hablantes de distintas lenguas.
Más allá de los 500 años de profundidad en el pasado, las tierras de cualquier espacio en el Perú, por ejemplo, Lima, fueron ocupadas por gente que no hablaba castellano; son testimonio de ello una serie de nombres, incluyendo el de Lima, - duplete del nombre de un distrito de la provincia de Lima, de “abajo el puente” que, como sabemos, es el nombre del río y, también es el nombre que actualmente tiene el importante río que corre a la vera de la ciudad. Los dos nombres -Lima y Rímac- no son sino la misma palabra cuyo significado primario, tanto en el caso del río como en el caso de la ciudad, es “Hablador”.
La forma Lima fue probablemente la que Pizarro escuchó en Jauja (o tal vez ya en Cajamarca, a donde acudieron a saludarle algunas autoridades nativas, entre ellos el Curaca Waqra Paucar de los wankas de Junín, también fue el Curaca Kasha Mallki a nombre del curaca de Ocros (Ancash). Ellos debieron denominar como Limaq o Lima al llano que quedaba al otro lado de los Andes, en la Costa. (Hoy sabemos que Lima-Rimaq era un oráculo con un ídolo en imagen de perro, ubicado junto al río Rimaq, Limaq-Rimaq; de otro lado, era la forma cómo se pronunciaba el nombre del lugar (del oráculo) en boca de los hablantes de la actual zona de Lima. Es decir, los antiguos habitantes de Lima pronunciaban dicho nombre algunas veces como Rimaq y otras veces como Limaq o Lima. Los que decían Rimaq conservaban la pronunciación más arcaica, en tanto que aquellos que decían LIMAQ o Lima eran innovadores o, si quiere, “corruptores” de la “correcta” pronunciación del nombre del lugar.
Es pues de matriz quechua el nombre de Lima –ciudad capital del Perú- aun cuando esta forma Lima sea algo distinta de la forma original, la cual era Rimaq, de la cual derivó Limaq, (escrita Rímac en el caso del nombre del distrito de Abajo el Puente). Aún hoy mismo Lima es Limaq para la gente de Cajatambo y de lugares del Sur de Ancash, pues tal se desprende de la expresión “Limaq vientu”: Literalmente “viento limeño”, con que se conoce por aquellos lugares a la ligereza, el despropósito o el desparpajo criollo femenino. Lima no es el único nombre quechua de nuestras cercanías, Pachacamac (Pacha kamaq) es otro; también lo son Surco, Lurin (Rurin). Lurigancho (rurin wanchus), Waka Pukllana (Huaca Juliana), lo es también Cajamarquilla, al menos en parte, pues deriva de “kasha =espina”, que es palabra quechua, y marka “pueblo, provincia” que originalmente parece provenir de una lengua de la familia Aru. A Kashamarka, verdadero nombre de Cajamarquilla, se ha agregado la terminación de diminutivo –illa del español para distinguirlo de Cajamarca (la grande). Por esta misma razón tenemos Surquillo, que debe provenir de una antigua forma Suruku, a la que se adosó –illo para distinguirlo de Surku.
El manto de nombres quechuas de los alrededores de Lima abarca en el tiempo los años anteriores a la llegada de los españoles; pero, a su turno, era un manto que se sobrepuso a una serie de nombres puestos por otras gentes que ocuparon esta parte del Perú antes que los quechuas y otros pueblos la hubieran poblado. ¿Quiénes eran aquellos que ocuparon esta parte del Perú (Lima) antes de la presencia quechua en Lima? Al respecto, felizmente, ya tenemos respuestas que ofrecer o aventurar. Se sabe ahora que ellos fueron antes que nada habitantes andinos que poco a poco comenzaron a incursionar en los valles de la Costa en un proceso de conquista y ocupación que duró cientos, o acaso de miles de años. La lengua que ellos hablaban se emparentaba con el aimara actual del sur peruano y, más estrechamente, con la lengua kawki, hablada en zonas de la Provincia de Yauyos-Lima. El kawki, el aimara y esta antigua lengua hablada en los llanos de Lima, conforman una familia de lenguas que los lingüistas conocen con el nombre de Familia Aru.
Los antecesores de los actuales tupinos de Yauyos y de los Aru debieron ser los señores de Lima y sus alrededores en una época en que los quechuas aún no mostraban signos de presencia en estas tierras. Los testigos vivientes de aquellos antiguos ocupantes de Lima son una serie de nombres de lugares, entre los que con mucha posibilidad están Maranga, Matara, Chosica, Pucusana, Chuquitanta, Collata y varios más cuya enumeración en detalle sería extensa e innecesaria.
El nombre más antiguo de Lima, o del valle en que se encuentra, parece que se llamaba Ichma, con un sonido en algo distinto al que tiene la letra ch en castellano, pues la pronunciaban doblando la punta de la lengua hacia arriba hasta que el dorso de la lengua tope con el paladar duro. Algunos cronistas escucharon este nombre antiguo y lo transcribieron de varias formas. Unas veces lo hacen como Ichma; otras veces lo hacen como Isma o Ishma; y, en alguna como Irma. En cualquier caso, el sonido “ch” de Ichma o el sonido “sh” de Ishma no sonaba como suenan estas letras en el castellano vigente.
Un cotejo de estas distintas transcripciones da a los lingüistas indicios para sugerir que el nombre del lugar provenía de una lengua que tenía entre sus letras una ch de sonido “retroflejo” (ch pronunciada con la punta de la lengua hacia arriba y doblada a la bóveda del paladar duro. En esta perspectiva anotamos que los idiomas kawki o Jaqaru (lenguas de Tupe, de la provincia de Yauyos) probablemente siguen teniendo una consonante que se relaciona con la ch retrofleja de la antigua lengua que se hablaba en Lima y a la cual se dice que están emparentadas.
La familia de lenguas Aru, a la que pertenecía aquella lengua en Lima y sus alrededores antes que el quechua se implantara, tuvo una amplia difusión en la región Central de la Sierra del Perú. Una metrópoli en que se habló esta lengua fue Wari (Huari) en Ayacucho, de donde se difundió su uso, en los tiempos del llamado Imperio Wari, hasta alcanzar un extenso territorio. Posteriormente, ya en la forma de aimara, esta antigua lengua se desplazó hacia el sur hasta llegar a Puno y Bolivia como consecuencia de ceder sus dominios ante el empuje del quechua.
Como una nota interesante cabe destacar los datos ahora disponibles de las investigaciones lingüísticas de los últimos tiempos que sugieren que los habitantes de las culturas de Paracas y Nazca fueron de habla Aru, o sea, que hablaban una lengua integrante de este grupo. Este hecho, de otro lado, nos hace pensar que el quechua, por lo menos durante la época de desarrollo de Nazca y Paracas, no se usaba en aquellos territorios, probablemente porque aún estaba circunscrita a su ámbito primario de ocupación que se ubicaba en algún lugar del norte entre Lima y el río Santa en Ancash. Así, aunque resulte extraño debemos acostumbrarnos a la idea y aceptar que el quechua no era primitivamente una lengua costeña, región a la que está regresando hoy con bastante fuerza a través de intensos procesos de migración desde la Sierra, convirtiendo a Lima en un departamento con el más alto porcentaje de hablantes de quechua.
Los nombres de lugares son un valioso patrimonio que debe conservarse a toda costa. Cada nombre sintetiza todo un complejo proceso histórico-social y, en una infinidad de casos, tales nombres ofrecen información rica, casi siempre acertada, acerca de recursos económicos de varia naturaleza que nuestros pueblos los están perdiendo por un ridículo afán de suplantarlos, cambiando nombres de una historia milenaria por otros que sólo son un membrete inauténtico. Necesitamos generar una cruzada de defensa de los nombres prehispánicos vigentes en toda la extensión del Perú; y hagámoslo teniendo en cuenta que no es una defensa del nombre por el nombre, sino de la historia social que sintetizan tales nombres.
Gustavo Solís Fonseca
[email protected]