manuel nieves fabián
POR IR A LA GUERRA CASI PERDIÓ A SU MUJER
A Delia Dolores
Estaba concentrada en sus labores de cocina con el sombrero blanco lleno de flores que le cubría la frente. Al verme se sorprendió e inmediatamente recordó los días de nuestra infancia, y como siempre lo hace cada vez que nos encontramos, cantó con esa su voz clara e inconfundible y terminó diciendo: así cantabas de niño manuelito:
Doce de la noche Jampa makiki Jampa chakiki
hora peligrosa nuqapa makii nuqapa chakii
purciakasullapis musianakurmi musianakurmi
tipshipaykullashun. yatapanakun. jaitapanakun
Estaba concentrada en sus labores de cocina con el sombrero blanco lleno de flores que le cubría la frente. Al verme se sorprendió e inmediatamente recordó los días de nuestra infancia, y como siempre lo hace cada vez que nos encontramos, cantó con esa su voz clara e inconfundible y terminó diciendo: así cantabas de niño manuelito:
Doce de la noche Jampa makiki Jampa chakiki
hora peligrosa nuqapa makii nuqapa chakii
purciakasullapis musianakurmi musianakurmi
tipshipaykullashun. yatapanakun. jaitapanakun
Ante la pregunta del origen de su apellido Dolores, ella agrandó sus ojos como sintiéndose orgullosa, pero a su vez su cara se puso un tanto rosada como si escondiera un gran secreto. Ante la insistencia de la pregunta, como desenterrando parte de su vida que no quería recordar, con la voz un tanto apagada contó la historia que desconocíamos. Se trataba de la participación de dos canisinos en la batalla por la Independencia del Perú, allá en las Pampas de La Quinua, aquella vez cuando los españoles fueron derrotados y firmaron la Capitulación de Ayacucho. Estos datos históricos nos enorgullecen a los canisinos, de haber tenido paisanos y hasta familiares que tuvieron participación en esta gesta histórica donde se selló la Independencia del Perú.
Delia, con aires de nostalgia, recordando a sus antepasados, narra lo que le aconteció a su tatarabuelo don Escolástico Dolores:
“Por esos años nuestros abuelos no sabían lo que era servir a la patria. Los gobernadores junto con los gendarmes ingresaban muy de madrugada a los pueblos y apresaban a los jóvenes, luego se los llevaban para engrosar las filas del Ejército Libertador. Yo me enteré sin querer por intermedio de mi tío Gervasio Estanislao Dolores que mi tatarabuelo había participado en la guerra. Cuando fui a pedirle favores al tío para que me ayudara a barbechar mi chacra, me dijo:
–Hija, quiero confesarte, en realidad nosotros no somos legítimos Dolores, nosotros somos descendientes de la familia Noel de Corpanqui.
Me quedé un tanto pensativa y pregunté por qué afirmaba que no éramos Dolores, y él continuó aclarándome:
Por aquellos años Teodoro Aldave y Escolástico Dolores habían sido “chapados” (enrolados, capturados) y enviados a la guerra para luchar por la Independencia del Perú. En Canis la gente lloraba, sobre todo su esposa, porque por aquellos años los que iban a la guerra jamás volvían, se iban para siempre, morían en los campos de batalla.
Los enrolados, con las manos amarradas atrás y atados con una soga a las ancas de los caballos desaparecían al voltear la curva de Mishawaroma, luego de minutos de angustia, aparecían por última vez en las faldas de Wagapata dejando a la familia desamparada y en total abandono. En esos últimos minutos de despedida, las mujeres apostadas a la salida del pueblo, al costado de la cruz grande, sobre un andén, cantaban como era costumbre los harawis de despedida, tan tristes, que llegaban al alma y hacían derramar lágrimas.
Cuentan que los dos canisinos se batieron heroicamente en las Pampas de La Quinua, en Ayacucho. Luego de la Capitulación y el triunfo definitivo del Ejército Libertador fueron llevados a Lima y allí los dejaron abandonados a su suerte.
Para volver a su tierra se orientaron y caminaron con dirección hacia Huacho y Barranca. Así, con el uniforme de militar y los fusiles al hombro cruzaron las inmensas haciendas costeñas, luego por las quebradas ascendieron hasta llegar a la cumbre de los cerros y caminaron indesmayablemente de sol a sol. En las punas, al encontrare con las pastoras de ovejas les pedían alimentos y ellas al enterase que estaban volviendo de la guerra, les daban lo que tenían para que sobrevivieran. Todas las madrugadas partían con dirección a su pueblo con las indicaciones que les daban. Bajaban y subían quebradas, pero apenas llegaban a la cima aparecían otros cerros más elevados y lejanos. Fue así, de tanto caminar se les acabaron los zapatos. Las plantillas eran enormes huecos por donde fácilmente entraban la tierra, el barro y el agua. Para complementar ese cuadro atormentador, durante el día el sol parecía cocinarle sus cuerpos y en las noches el frío les llegaba hasta los huesos. Hubo momentos en que pensaron morir al no encontrar ni agua para beber. El enemigo más temido fue el hambre porque por esos cerros llenos de cascajos no encontraban raíces ni frutillas para alimentarse. Un buen día, uno de ellos se dio cuenta que se le había colgado la suela de su zapato, pues, no pensó dos veces, lo cogió como si fuese un trozo de carne y sus dientes trituraban para engañar a su estómago hambriento.
Después de meses de estar perdido en los andes llegaron a las alturas de Cajatambo. La alegría empezó a renacer porque conocían muy bien esos caminos. Inicialmente decidieron no entrar al pueblo, sino tomar la quebrada de la derecha rumbo a Mangas con dirección a Canis, pero el hambre les obligó llegar a Cajatambo y de paso entregar sus fusiles a las autoridades.
Los cajatambinos al enterarse de que eran soldados que habían luchado por la Independencia los recibieron como a héroes, le hicieron fiesta y le aprovisionaron de fiambres para que llegaran hasta Canis.
Los soldados al llegar a las faldas de Wagapata se alegraron al contemplar el verdor y el paisaje de su pueblo. Con la emoción encerrada en sus corazones apuraron sus pasos para reencontrase con sus familiares, sus seres más queridos.
Escolastico Dolores, al pasar por el camino de Akur vio que las vacas estaban haciendo daño en el maizal sembrado por su familia. Corrió hacia la chacra y votó a las vacas, luego, se tendió en la acequia para descansar tapándose la cara con su gorro. Una llacllina que iba con sus acémilas cargadas de frutas, al ver esta acción, al llegar a Canis dio aviso a los dueños de la chacra:
–¡Guardiami waakakunata jarjush chacraykipita! (Un guardia ha botado a las vacas que hacían daño en tu chacra)
La dueña del maizal, que era hermana de Escolástico, enseguida corrió para verificar el daño. Al llegar a la chacra y encontrar los tallos de maíz destrozados empezó a lamentarse diciendo:
–¡Mallgasikuq Tomás Fabián, jarata wakayki usharqun! (Tomás Fabián, el que siempre nos haces daño y nos haces pasar hambre, tus vacas han acabado mi maíz)
Y llorando llegó al lugar por donde habían entrado los animales, pero el cuerpo se le enfrió al ver a un hombre vestido de soldado que descansaba en la acequia. Cuando el soldado se quitó la gorra que le cubría el rostro reconoció a su hermano que creía ya muerto. Al encontrarlo vivo, de tanta alegría se desmayó. Cuando recobró el conocimiento se abrazaron y lloraron de felicidad por el reencuentro. La hermana inmediatamente le contó la situación de su mujer, quien durante su ausencia se había comprometido con el profesor Noel de Corpanqui, con quien había tenido un hijo llamado Esteban Noel. El niño estaba a cargo de su madre y su abuela Rosa Fabián.
El soldado Escolástico Dolores pensó castigarla por su infidelidad. Por el camino una y mil ideas discurrían por su mente. La idea era acabar con ella y también con el amante. Al llegar a su casa con la amargura de un esposo traicionado no encontró a su mujer. Al preguntar por ella le dijeron que estaba cosechando maíz en su chacra de Yauripampa. Con la ira y el rencor que le dominaba, como si hubiese sido llevado por el viento, llegó hasta allí. Las mujeres, madre e hija, que ya se habían enterado que su esposo la buscaba, escondieron al niño dentro de las pancas de maíz. El soldado al encontrar a su mujer que temblando y espantada le miraba preguntó furioso:
–¡Dónde está el niño! ¡Ya lo sé todo!
La madre, doña Rosa, trató de explicar, pero cortante insistió el soldado:
–¡Dónde está el niño!
Al ver que las miradas de la madre y su esposa se dirigían hacia el montón de pancas, el soldado separó las hojas secas de un solo puntapié. Allí, el niño reposaba plácidamente sin presagiar la tragedia que tenía en mente el esposo engañado. Con los ojos cerrados mostró una sonrisa tierna llena de inocencia; esa sonrisa parecía decirle “¿Qué culpa tengo yo para haber venido a este mundo?” Era una puñalada a su corazón lleno de rencor, entonces se produjo una batalla encarnizada entre el bien y el mal en el corazón de Escolástico Dolores. Le devolvió al niño una sonrisa de amor, pero, de todas maneras, era su esposa quien debería pagar la deshonra de su hogar. Muy furioso se dirigió hacia ella. La sangre le hervía y ansiaba lo más pronto posible acabar con la vida de su mujer, con quien había soñado construir un futuro. Levantó la mano para asestar le filudo puñal y leyó en los ojos espantados de aquella mujer algo como si le dijera: “Escolástico, los que van a la guerra, van a morir, ya nunca regresan”. Era cierta esta afirmación, también en el pueblo todos hablaban igual. No era posible acabar con ella. Entonces, dirigiéndose a la suegra le dijo:
–Mi esposa no me ha traicionado. Ella no tiene la culpa. La culpa la tengo yo por haberme ido a la guerra y haberla abandonado. Yo la perdono y ese niño será mi hijo y se llamará Esteban Dolores.
Seguidamente mandó llamar al profesor Noel y ante esta cruda realidad le dijo:
–Es cierto que me fui a la guerra y a ella le faltó protección. Ese niño será mi hijo, llevará mi apellido, pero a partir de hoy, aléjate de mi mujer y seremos amigos.
Fue así que Esteban Noel cambió su apellido por Esteban Dolores, convirtiéndose en el antepasado de la familia Dolores en Canis.
Manuel Nieves Fabián
[email protected]
Delia, con aires de nostalgia, recordando a sus antepasados, narra lo que le aconteció a su tatarabuelo don Escolástico Dolores:
“Por esos años nuestros abuelos no sabían lo que era servir a la patria. Los gobernadores junto con los gendarmes ingresaban muy de madrugada a los pueblos y apresaban a los jóvenes, luego se los llevaban para engrosar las filas del Ejército Libertador. Yo me enteré sin querer por intermedio de mi tío Gervasio Estanislao Dolores que mi tatarabuelo había participado en la guerra. Cuando fui a pedirle favores al tío para que me ayudara a barbechar mi chacra, me dijo:
–Hija, quiero confesarte, en realidad nosotros no somos legítimos Dolores, nosotros somos descendientes de la familia Noel de Corpanqui.
Me quedé un tanto pensativa y pregunté por qué afirmaba que no éramos Dolores, y él continuó aclarándome:
Por aquellos años Teodoro Aldave y Escolástico Dolores habían sido “chapados” (enrolados, capturados) y enviados a la guerra para luchar por la Independencia del Perú. En Canis la gente lloraba, sobre todo su esposa, porque por aquellos años los que iban a la guerra jamás volvían, se iban para siempre, morían en los campos de batalla.
Los enrolados, con las manos amarradas atrás y atados con una soga a las ancas de los caballos desaparecían al voltear la curva de Mishawaroma, luego de minutos de angustia, aparecían por última vez en las faldas de Wagapata dejando a la familia desamparada y en total abandono. En esos últimos minutos de despedida, las mujeres apostadas a la salida del pueblo, al costado de la cruz grande, sobre un andén, cantaban como era costumbre los harawis de despedida, tan tristes, que llegaban al alma y hacían derramar lágrimas.
Cuentan que los dos canisinos se batieron heroicamente en las Pampas de La Quinua, en Ayacucho. Luego de la Capitulación y el triunfo definitivo del Ejército Libertador fueron llevados a Lima y allí los dejaron abandonados a su suerte.
Para volver a su tierra se orientaron y caminaron con dirección hacia Huacho y Barranca. Así, con el uniforme de militar y los fusiles al hombro cruzaron las inmensas haciendas costeñas, luego por las quebradas ascendieron hasta llegar a la cumbre de los cerros y caminaron indesmayablemente de sol a sol. En las punas, al encontrare con las pastoras de ovejas les pedían alimentos y ellas al enterase que estaban volviendo de la guerra, les daban lo que tenían para que sobrevivieran. Todas las madrugadas partían con dirección a su pueblo con las indicaciones que les daban. Bajaban y subían quebradas, pero apenas llegaban a la cima aparecían otros cerros más elevados y lejanos. Fue así, de tanto caminar se les acabaron los zapatos. Las plantillas eran enormes huecos por donde fácilmente entraban la tierra, el barro y el agua. Para complementar ese cuadro atormentador, durante el día el sol parecía cocinarle sus cuerpos y en las noches el frío les llegaba hasta los huesos. Hubo momentos en que pensaron morir al no encontrar ni agua para beber. El enemigo más temido fue el hambre porque por esos cerros llenos de cascajos no encontraban raíces ni frutillas para alimentarse. Un buen día, uno de ellos se dio cuenta que se le había colgado la suela de su zapato, pues, no pensó dos veces, lo cogió como si fuese un trozo de carne y sus dientes trituraban para engañar a su estómago hambriento.
Después de meses de estar perdido en los andes llegaron a las alturas de Cajatambo. La alegría empezó a renacer porque conocían muy bien esos caminos. Inicialmente decidieron no entrar al pueblo, sino tomar la quebrada de la derecha rumbo a Mangas con dirección a Canis, pero el hambre les obligó llegar a Cajatambo y de paso entregar sus fusiles a las autoridades.
Los cajatambinos al enterarse de que eran soldados que habían luchado por la Independencia los recibieron como a héroes, le hicieron fiesta y le aprovisionaron de fiambres para que llegaran hasta Canis.
Los soldados al llegar a las faldas de Wagapata se alegraron al contemplar el verdor y el paisaje de su pueblo. Con la emoción encerrada en sus corazones apuraron sus pasos para reencontrase con sus familiares, sus seres más queridos.
Escolastico Dolores, al pasar por el camino de Akur vio que las vacas estaban haciendo daño en el maizal sembrado por su familia. Corrió hacia la chacra y votó a las vacas, luego, se tendió en la acequia para descansar tapándose la cara con su gorro. Una llacllina que iba con sus acémilas cargadas de frutas, al ver esta acción, al llegar a Canis dio aviso a los dueños de la chacra:
–¡Guardiami waakakunata jarjush chacraykipita! (Un guardia ha botado a las vacas que hacían daño en tu chacra)
La dueña del maizal, que era hermana de Escolástico, enseguida corrió para verificar el daño. Al llegar a la chacra y encontrar los tallos de maíz destrozados empezó a lamentarse diciendo:
–¡Mallgasikuq Tomás Fabián, jarata wakayki usharqun! (Tomás Fabián, el que siempre nos haces daño y nos haces pasar hambre, tus vacas han acabado mi maíz)
Y llorando llegó al lugar por donde habían entrado los animales, pero el cuerpo se le enfrió al ver a un hombre vestido de soldado que descansaba en la acequia. Cuando el soldado se quitó la gorra que le cubría el rostro reconoció a su hermano que creía ya muerto. Al encontrarlo vivo, de tanta alegría se desmayó. Cuando recobró el conocimiento se abrazaron y lloraron de felicidad por el reencuentro. La hermana inmediatamente le contó la situación de su mujer, quien durante su ausencia se había comprometido con el profesor Noel de Corpanqui, con quien había tenido un hijo llamado Esteban Noel. El niño estaba a cargo de su madre y su abuela Rosa Fabián.
El soldado Escolástico Dolores pensó castigarla por su infidelidad. Por el camino una y mil ideas discurrían por su mente. La idea era acabar con ella y también con el amante. Al llegar a su casa con la amargura de un esposo traicionado no encontró a su mujer. Al preguntar por ella le dijeron que estaba cosechando maíz en su chacra de Yauripampa. Con la ira y el rencor que le dominaba, como si hubiese sido llevado por el viento, llegó hasta allí. Las mujeres, madre e hija, que ya se habían enterado que su esposo la buscaba, escondieron al niño dentro de las pancas de maíz. El soldado al encontrar a su mujer que temblando y espantada le miraba preguntó furioso:
–¡Dónde está el niño! ¡Ya lo sé todo!
La madre, doña Rosa, trató de explicar, pero cortante insistió el soldado:
–¡Dónde está el niño!
Al ver que las miradas de la madre y su esposa se dirigían hacia el montón de pancas, el soldado separó las hojas secas de un solo puntapié. Allí, el niño reposaba plácidamente sin presagiar la tragedia que tenía en mente el esposo engañado. Con los ojos cerrados mostró una sonrisa tierna llena de inocencia; esa sonrisa parecía decirle “¿Qué culpa tengo yo para haber venido a este mundo?” Era una puñalada a su corazón lleno de rencor, entonces se produjo una batalla encarnizada entre el bien y el mal en el corazón de Escolástico Dolores. Le devolvió al niño una sonrisa de amor, pero, de todas maneras, era su esposa quien debería pagar la deshonra de su hogar. Muy furioso se dirigió hacia ella. La sangre le hervía y ansiaba lo más pronto posible acabar con la vida de su mujer, con quien había soñado construir un futuro. Levantó la mano para asestar le filudo puñal y leyó en los ojos espantados de aquella mujer algo como si le dijera: “Escolástico, los que van a la guerra, van a morir, ya nunca regresan”. Era cierta esta afirmación, también en el pueblo todos hablaban igual. No era posible acabar con ella. Entonces, dirigiéndose a la suegra le dijo:
–Mi esposa no me ha traicionado. Ella no tiene la culpa. La culpa la tengo yo por haberme ido a la guerra y haberla abandonado. Yo la perdono y ese niño será mi hijo y se llamará Esteban Dolores.
Seguidamente mandó llamar al profesor Noel y ante esta cruda realidad le dijo:
–Es cierto que me fui a la guerra y a ella le faltó protección. Ese niño será mi hijo, llevará mi apellido, pero a partir de hoy, aléjate de mi mujer y seremos amigos.
Fue así que Esteban Noel cambió su apellido por Esteban Dolores, convirtiéndose en el antepasado de la familia Dolores en Canis.
Manuel Nieves Fabián
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