hugo vílchez romero
PREGONEROS, LIMPIA ACEQUIAS...
En ateridas mañanas y en apacibles tardes, durante muchos años, desfilando a paso lento por las calles idílicas de Chiquian, dos talentosos músicos pregonaban a mandíbula batiente asuntos de la Junta de Regantes y la Comunidad Campesina. Uno de ellos, Juan Jaimes, retumbaba la tinya con cadencia y vivo redoble, el otro, Antonio Padua, con virtuoso solfeo y los dedos danzarines sobre los orificios del pincullo, originaba tonantes sonidos agudos.
Los pregoneros
En serena noche del primer viernes de mayo, el pregonero Padua, hombre de pequeña estatura, de ojos adormilados, cara redonda, nariz respingona de aletas anchas, con comodidad, se sentaba en la silla ubicada en un rincón del cuarto alumbrado por la llama mortecina e inmóvil del solitario cirio. En medio de la penumbra, y en donde reinaba un religioso silencio, abstraído y con lentitud, agarraba la pluma que estaba sobre la mesa y lo enterraba en el tintero de tono negro con el fin de escribir, en la hoja de apuntes, el pregón que pronunciaría al día siguiente.
El activo reloj de pared, que emitía susurros agónicos, de repente, manaba sonoros sonidos cuando las manecillas marcaban las siete de la mañana, señal para que el puntual pregonero, con premura, se ataviara con el sombrero de paño color marrón y el saco de cordellate donde guardó, en uno de los hondos bolsillos, el mandato escrito la noche anterior.
Presto, cruzaba el viejo zaguán de la casa con el fin de colocarse en la ceñida acera. En medio de la calle, animado, estiraba los parvos brazos, tosía y entornaba los ojos dejando escapar una sonrisa. En seguida, con los dedos cárdenos de su pequeña mano, llevaba la boquilla del pincullo entre las comisuras de los delgados y amoratados labios. La cinta, unida a la tinya, lo colocaba sobre el hombro cruzando el tórax, y ésta, la tinya, quedaba tendida a la altura de la cadera. Con la baqueta en la otra mano se disponía a ejecutar, con estilo propio, las primeras melodías que llamaba la atención de los vecinos y a las personas que estaba cerca de él. En el acto, se echaba a andar por las calles calladas haciendo vibrar los atávicos instrumentos, su querencia.
En la bifurcación y al centro de cada dos cuadras de las dilatadas calles, el pregonero Padua, detenía el paso cauteloso y continuaba generando alegres acordes con el propósito de llamar la atención al público y a los interesados de escuchar el pregón del día. Con gracia y habilidad, hacia bailar la baqueta sobre la tinya, y con la otra mano sus dedos zarandeaban en coordinación fastuosa sobre los orificios del pincullo. Al oír este sonoro repiqueteo, todavía en la calle desierta, de pronto y veloz se acercaba un pelotón de curiosos chiuchis*, y frente a él, escuchaban emocionados, con los ojos grandes semejante a un ciruela, el fluir de las sordas melodías de aquellos instrumentos solariegos ejecutados con inigualable armonía.
El pregonero, luego de doblar los preciados instrumentos, con mesura, giraba la tinya con el fin de quedar suspendido sobre su menuda espalda, y el pincullo lo guardaba en uno de los bolsillos del grueso pantalón de cordellate, las manos pequeñas quedaban libres. Con una de ellas agarraba la solapa del saco y con la otra extraía el pregón, a la par, fijaba los anteojos de gruesas lunas y montura de carey sobre la nariz respingada.
De apacibles casas, los pobladores, en especial los miembros de la Junta de Regantes, al oír, en la lejanía, los sordos sonidos de la tinya y del pincullo, dejaban de lado los quehaceres del hogar y raudos salían hasta el centro de la calle. Otros, de acercaban presurosos al crujiente zaguán a medio abrir que simultáneamente estiraban el cuello, unían los dedos y enarcando la palma colocaban la mano detrás de la oreja con la finalidad de enterarse de los exclusivos e importantes anuncios a través de la voz apasionada y resonante del pregonero. Abuelo o abuela, ya un tanto tardos en su andar, y que jamás consentían a los nietos salir a la calle, enterado de la cercanía del pregonero, esta vez, con sobresaltos y gritos, llamaba a los nietos con el objetivo de ir y dar cuenta del pregón. Los despabilados descendientes, ni cortos ni perezosos, ligeros y en medio del barullo, salían para estar junto al pregonero.
Los pregoneros
En serena noche del primer viernes de mayo, el pregonero Padua, hombre de pequeña estatura, de ojos adormilados, cara redonda, nariz respingona de aletas anchas, con comodidad, se sentaba en la silla ubicada en un rincón del cuarto alumbrado por la llama mortecina e inmóvil del solitario cirio. En medio de la penumbra, y en donde reinaba un religioso silencio, abstraído y con lentitud, agarraba la pluma que estaba sobre la mesa y lo enterraba en el tintero de tono negro con el fin de escribir, en la hoja de apuntes, el pregón que pronunciaría al día siguiente.
El activo reloj de pared, que emitía susurros agónicos, de repente, manaba sonoros sonidos cuando las manecillas marcaban las siete de la mañana, señal para que el puntual pregonero, con premura, se ataviara con el sombrero de paño color marrón y el saco de cordellate donde guardó, en uno de los hondos bolsillos, el mandato escrito la noche anterior.
Presto, cruzaba el viejo zaguán de la casa con el fin de colocarse en la ceñida acera. En medio de la calle, animado, estiraba los parvos brazos, tosía y entornaba los ojos dejando escapar una sonrisa. En seguida, con los dedos cárdenos de su pequeña mano, llevaba la boquilla del pincullo entre las comisuras de los delgados y amoratados labios. La cinta, unida a la tinya, lo colocaba sobre el hombro cruzando el tórax, y ésta, la tinya, quedaba tendida a la altura de la cadera. Con la baqueta en la otra mano se disponía a ejecutar, con estilo propio, las primeras melodías que llamaba la atención de los vecinos y a las personas que estaba cerca de él. En el acto, se echaba a andar por las calles calladas haciendo vibrar los atávicos instrumentos, su querencia.
En la bifurcación y al centro de cada dos cuadras de las dilatadas calles, el pregonero Padua, detenía el paso cauteloso y continuaba generando alegres acordes con el propósito de llamar la atención al público y a los interesados de escuchar el pregón del día. Con gracia y habilidad, hacia bailar la baqueta sobre la tinya, y con la otra mano sus dedos zarandeaban en coordinación fastuosa sobre los orificios del pincullo. Al oír este sonoro repiqueteo, todavía en la calle desierta, de pronto y veloz se acercaba un pelotón de curiosos chiuchis*, y frente a él, escuchaban emocionados, con los ojos grandes semejante a un ciruela, el fluir de las sordas melodías de aquellos instrumentos solariegos ejecutados con inigualable armonía.
El pregonero, luego de doblar los preciados instrumentos, con mesura, giraba la tinya con el fin de quedar suspendido sobre su menuda espalda, y el pincullo lo guardaba en uno de los bolsillos del grueso pantalón de cordellate, las manos pequeñas quedaban libres. Con una de ellas agarraba la solapa del saco y con la otra extraía el pregón, a la par, fijaba los anteojos de gruesas lunas y montura de carey sobre la nariz respingada.
De apacibles casas, los pobladores, en especial los miembros de la Junta de Regantes, al oír, en la lejanía, los sordos sonidos de la tinya y del pincullo, dejaban de lado los quehaceres del hogar y raudos salían hasta el centro de la calle. Otros, de acercaban presurosos al crujiente zaguán a medio abrir que simultáneamente estiraban el cuello, unían los dedos y enarcando la palma colocaban la mano detrás de la oreja con la finalidad de enterarse de los exclusivos e importantes anuncios a través de la voz apasionada y resonante del pregonero. Abuelo o abuela, ya un tanto tardos en su andar, y que jamás consentían a los nietos salir a la calle, enterado de la cercanía del pregonero, esta vez, con sobresaltos y gritos, llamaba a los nietos con el objetivo de ir y dar cuenta del pregón. Los despabilados descendientes, ni cortos ni perezosos, ligeros y en medio del barullo, salían para estar junto al pregonero.
La mañana se encontraba despejada, y los rayos del sol punzaban el aterido cuerpo del pregonero, éste, al no soportar el calor, giraba sobre sus pies menudos dando la espalda a la estrella del día, y los entusiasmados chiuchis girando en sentido contrario, frente al pregonero, le observaban con intensa admiración cuando se disponía a leer el mandato. El anunciador aspiraba con profundidad el frescor del día, como resultado se le inflaba el minúsculo pecho, luego despejaba la garganta, carraspeaba y acomodaba la voz de falsete, clara y estentórea, con el fin de leer el siguiente pregón:
“Se comunica a los miembros de la Junta de Regantes con sus respectivas compañías; El Zorro, San Francisco, Santa Rosa, San Vicente, San Marcelo, San Martin, que, el día domingo 20 de mayo se llevará a cabo la faena de limpia acequias que empezará en Huaca Corral y Huancar, terminando por las alturas de la cascada de Putu y en el estanque de Cascas. El punto de encuentro será a las seis y media de la mañana en el local de la Comunidad de donde partiremos a los lugares señalados… —hizo una pausa, carraspeó la garganta y con voz crepitante prosiguió leyendo aquel pregón: —Por lo tanto, conocidos por su alta responsabilidad, deberán presentarse con sus debidas herramientas; azadones, machetes, lampas, picos, barretas y rastrillos. Se demanda su asistencia y puntualidad, en el día y la hora indicada”
En la puesta del sol, cuando su postrera luz pintaba de tono dorado la cresta de los cerros, Padua, salía con el pincullo entre los dedos, acompañado, esta vez, por Juan Jaimes, también distinguido pregonero. Hombre de rostro sereno, ojos colmados de quietud, frente amplia y labrada. Con su inseparable baqueta, doblaba asombrosas melodías sobre el vibrante tambor. Ambos pregoneros conformaban un dueto maravilloso,
Uno y otro pregonero, agotados y shinca shinca*, marchaban por la dilatada calle 28 de julio, tañendo en perfecta armonía la vibrante tinya y el tono agudo del pincullo. Cerca de las 6 de la tarde, cuando la luz lánguida de los focos, colocados en los postes de madera, y la oscura penumbra ya no les permitía seguir leyendo el mandato, entonces, precavidos, asistidos por la luz potente de la linterna de mano, codo a codo, hombro a hombro difundían con voz quejumbrosa y al mismo ritmo el último pregón del día. Los renombrados pregoneros cumplían su noble jornada en el momento que llegaba la negra noche y el cielo se adornaba de titilantes luciérnagas.
Limpia acequias.
La faena de limpiar las acequias es toda una fiesta popular y de camaradería, se realizaba desde hace mucho tiempo en gratitud a la Madre-Tierra. Esta fiesta era tan importante como la fiesta patronal de Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian, San Francisco o del Señor de Conchuyacu. Los Miembros de la Junta de Regantes, luego de haber oído con cierto fervor el pregón, propalados por los reconocidos pregoneros, puntuales, a la hora citada, aparecían con sus respectivas e inherentes herramientas, agrupándose cada uno de ellos en su correspondiente compañía
Con el lema de “Todos juntos y en camaradería, se puede hacer grandes faenas”, la multitud, entre murmullos y en medio de voces vocingleras y repicando las herramientas de trabajo, marchaban con inusitada pasión rumbo a la exigente faena de la limpieza de las acequias, acequias que se hallaban en el límite de la cumbre de los cerros de Huaca Corral de donde se desplazarán por Huancar, Capilla Punta y la cascada de Putu.
Bajo la sombra de nubes enmarañadas, caminaban por el luengo camino, dejando atrás las calles del pueblo, que paso a paso desaparecían de los ojos de los faeneros. Lo mismo sucedía con las huellas holladas en el húmedo y fangoso sendero. En su ardoroso andar, cuesta arriba, las herramientas repicaban sobre los heterogéneos y recios hombros. Se cruzaban con una multitud de florecillas primaverales, verdaderos enjambres sobre el verdor de las faldas de los cerros que derramaban aromas por doquier, arrastrado gracias a la fresca brisa de la mañana. Oían el canto atronador de los pájaros, el bisbiseo manso de los árboles y el jubiloso rumor del alejado riachuelo. El roció, que bañó a los arbustos crecidos sobre las pircas y en los bordes del camino, humedecía las botas, ojotas y la basta del pantalón de los limpiadores de acequias.
Al llegar a la toma principal del canal, éstas, se encontraban cargados por todo tipo de palos helechos, piedras arrastrados por el copioso torrente de agua originado en la época de lluvia. Así, como las venas son el conducto de la sangre en el cuerpo, del mismo modo, las acequias son el conducto de las aguas para dar vida a los habitantes y a todos los demás seres vivos de la tierra.
Cuando las barretas, picos, rastrillos y lampas, en las callosas manos de los faeneros, entraban en contacto con la tierra húmeda, las piedras, los palos y los helechos que antojadizamente se habían enraizado en la superficie, en los costados y las orillas de la acequia surgía el eco y un sonoro concierto en campo abierto y vasto, Estos elementos, eran extraídos con extraordinaria determinación y fuerza. El viento frio silbaba y golpeaba el cuerpo de los infatigables miembros de la Junta de Regantes. La jornada de la limpieza de acequias era agotadora. De la frente de los faeneros se desprendían irisadas gotas de sudor que se precipitan sobre su rostro curtido. Esta tarea de cooperación colectiva, de compañerismo, de confraternidad, es un deber de gratitud a la Pachamama que provee con inmensa bondad el preciado elemento líquido, el agua, que daba vida a las chacras sembrados de papa, maíz y trigo…
En la hora del descanso, los faeneros se guarecen debajo de la sombra de gruesa y ancha penca o de alguna frondosa planta silvestre con el propósito masticar (chacchar), con singular gustillo, la ancestral hoja de coca seguido de la cal depositado dentro del puro (Porongo pequeño) todas estas sustancias, acompañados del singular sabor y aroma del cigarrillo tatuado con el nombre de nacional o inca y unas cuantas copas de licor.
En ese ínterin, abajo, en el pueblo, bajo los rayos penetrantes del sol, en pleno cenit del vasto cielo azul, en las faldas de Cochapata, las mujeres —esposas, hijas, abuelas, hermanas, amigas— alegres y aplicadas, muelen el rocoto, el chinchu y demás especies aromáticas en los tradicionales morteros y batanes,. Pelan con perseverancia la sabrosa papa sancochada. Disponen del queso sin par y la nutritiva leche. En un recodo del prado, con entusiasmo, atizan los fogones que comienzan a arder con furia. Mientras acuerdan preparar una de las variadas y típicas sopas del lugar, como el cashqui, el pari, la cachizada o el ajiaco de papas, es tal el alboroto de las mujeres que van y vienen de un lugar a otro, llevando los ingredientes. Otras, colocan sobre las manta, tendido en los costados de la amplia pradera; el shinti, la cancha, la oca, el choclo como una ofrenda a la Pachamama, Luego, el público asistente disfrutará de estos milenarios alimentos, con los productos producidos en la zona.
“Se comunica a los miembros de la Junta de Regantes con sus respectivas compañías; El Zorro, San Francisco, Santa Rosa, San Vicente, San Marcelo, San Martin, que, el día domingo 20 de mayo se llevará a cabo la faena de limpia acequias que empezará en Huaca Corral y Huancar, terminando por las alturas de la cascada de Putu y en el estanque de Cascas. El punto de encuentro será a las seis y media de la mañana en el local de la Comunidad de donde partiremos a los lugares señalados… —hizo una pausa, carraspeó la garganta y con voz crepitante prosiguió leyendo aquel pregón: —Por lo tanto, conocidos por su alta responsabilidad, deberán presentarse con sus debidas herramientas; azadones, machetes, lampas, picos, barretas y rastrillos. Se demanda su asistencia y puntualidad, en el día y la hora indicada”
En la puesta del sol, cuando su postrera luz pintaba de tono dorado la cresta de los cerros, Padua, salía con el pincullo entre los dedos, acompañado, esta vez, por Juan Jaimes, también distinguido pregonero. Hombre de rostro sereno, ojos colmados de quietud, frente amplia y labrada. Con su inseparable baqueta, doblaba asombrosas melodías sobre el vibrante tambor. Ambos pregoneros conformaban un dueto maravilloso,
Uno y otro pregonero, agotados y shinca shinca*, marchaban por la dilatada calle 28 de julio, tañendo en perfecta armonía la vibrante tinya y el tono agudo del pincullo. Cerca de las 6 de la tarde, cuando la luz lánguida de los focos, colocados en los postes de madera, y la oscura penumbra ya no les permitía seguir leyendo el mandato, entonces, precavidos, asistidos por la luz potente de la linterna de mano, codo a codo, hombro a hombro difundían con voz quejumbrosa y al mismo ritmo el último pregón del día. Los renombrados pregoneros cumplían su noble jornada en el momento que llegaba la negra noche y el cielo se adornaba de titilantes luciérnagas.
Limpia acequias.
La faena de limpiar las acequias es toda una fiesta popular y de camaradería, se realizaba desde hace mucho tiempo en gratitud a la Madre-Tierra. Esta fiesta era tan importante como la fiesta patronal de Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian, San Francisco o del Señor de Conchuyacu. Los Miembros de la Junta de Regantes, luego de haber oído con cierto fervor el pregón, propalados por los reconocidos pregoneros, puntuales, a la hora citada, aparecían con sus respectivas e inherentes herramientas, agrupándose cada uno de ellos en su correspondiente compañía
Con el lema de “Todos juntos y en camaradería, se puede hacer grandes faenas”, la multitud, entre murmullos y en medio de voces vocingleras y repicando las herramientas de trabajo, marchaban con inusitada pasión rumbo a la exigente faena de la limpieza de las acequias, acequias que se hallaban en el límite de la cumbre de los cerros de Huaca Corral de donde se desplazarán por Huancar, Capilla Punta y la cascada de Putu.
Bajo la sombra de nubes enmarañadas, caminaban por el luengo camino, dejando atrás las calles del pueblo, que paso a paso desaparecían de los ojos de los faeneros. Lo mismo sucedía con las huellas holladas en el húmedo y fangoso sendero. En su ardoroso andar, cuesta arriba, las herramientas repicaban sobre los heterogéneos y recios hombros. Se cruzaban con una multitud de florecillas primaverales, verdaderos enjambres sobre el verdor de las faldas de los cerros que derramaban aromas por doquier, arrastrado gracias a la fresca brisa de la mañana. Oían el canto atronador de los pájaros, el bisbiseo manso de los árboles y el jubiloso rumor del alejado riachuelo. El roció, que bañó a los arbustos crecidos sobre las pircas y en los bordes del camino, humedecía las botas, ojotas y la basta del pantalón de los limpiadores de acequias.
Al llegar a la toma principal del canal, éstas, se encontraban cargados por todo tipo de palos helechos, piedras arrastrados por el copioso torrente de agua originado en la época de lluvia. Así, como las venas son el conducto de la sangre en el cuerpo, del mismo modo, las acequias son el conducto de las aguas para dar vida a los habitantes y a todos los demás seres vivos de la tierra.
Cuando las barretas, picos, rastrillos y lampas, en las callosas manos de los faeneros, entraban en contacto con la tierra húmeda, las piedras, los palos y los helechos que antojadizamente se habían enraizado en la superficie, en los costados y las orillas de la acequia surgía el eco y un sonoro concierto en campo abierto y vasto, Estos elementos, eran extraídos con extraordinaria determinación y fuerza. El viento frio silbaba y golpeaba el cuerpo de los infatigables miembros de la Junta de Regantes. La jornada de la limpieza de acequias era agotadora. De la frente de los faeneros se desprendían irisadas gotas de sudor que se precipitan sobre su rostro curtido. Esta tarea de cooperación colectiva, de compañerismo, de confraternidad, es un deber de gratitud a la Pachamama que provee con inmensa bondad el preciado elemento líquido, el agua, que daba vida a las chacras sembrados de papa, maíz y trigo…
En la hora del descanso, los faeneros se guarecen debajo de la sombra de gruesa y ancha penca o de alguna frondosa planta silvestre con el propósito masticar (chacchar), con singular gustillo, la ancestral hoja de coca seguido de la cal depositado dentro del puro (Porongo pequeño) todas estas sustancias, acompañados del singular sabor y aroma del cigarrillo tatuado con el nombre de nacional o inca y unas cuantas copas de licor.
En ese ínterin, abajo, en el pueblo, bajo los rayos penetrantes del sol, en pleno cenit del vasto cielo azul, en las faldas de Cochapata, las mujeres —esposas, hijas, abuelas, hermanas, amigas— alegres y aplicadas, muelen el rocoto, el chinchu y demás especies aromáticas en los tradicionales morteros y batanes,. Pelan con perseverancia la sabrosa papa sancochada. Disponen del queso sin par y la nutritiva leche. En un recodo del prado, con entusiasmo, atizan los fogones que comienzan a arder con furia. Mientras acuerdan preparar una de las variadas y típicas sopas del lugar, como el cashqui, el pari, la cachizada o el ajiaco de papas, es tal el alboroto de las mujeres que van y vienen de un lugar a otro, llevando los ingredientes. Otras, colocan sobre las manta, tendido en los costados de la amplia pradera; el shinti, la cancha, la oca, el choclo como una ofrenda a la Pachamama, Luego, el público asistente disfrutará de estos milenarios alimentos, con los productos producidos en la zona.
Mientras agonizaba la tarde, y el viento fogoso llevaba, por aquí por allá, hilachas de nubes desgreñadas e inmóviles, los miembros de la Junta de Regantes terminaban su honrosa faena de limpiar las acequias. Exhaustos bajan de la cumbre de los cerros. Poco después, a cierta distancia, oyen con el espíritu fascinado el alegre acorde de tinyas y pincullos dándoles la bienvenida luego de una intensa y perseverante jornada. Ya en las faldas de Cochapata, agotados, se refugiaban bajo las sombras de las pircas y los árboles con el objetivo de tener un solaz descanso. Y a fin de aplacar la ansiosa sed de los faeneros, un grupo de féminas de heterogénea edad, le ofrecen la refrescante y apetitosa chicha de maíz, Ávidos, degustan a su entera satisfacción la comida típica del pueblo elaborado por aplicadas mujeres.
Bailes, disfraces, el huaraztucoj y el nunatoro
La mítica falda de Cochapata ya se hallaba colmada de personas fisgonas que de una u otra manera participan de esta fiesta popular. Fiesta del trabajo colectivo, como antaño, desde la época precolombina, limpiando las acequias a partir de las fuentes de agua. Gracias a ella, crecen todas las variedades de tubérculos y granos, alimentos divinos que ahora eran consagrados como una ofrenda y retribución a la Pachamama con este festejo multitudinario.
A la vera del ocaso del sol, su luz dorada proyectaba largas siluetas de los frondosos y corpulentos árboles que bordeaba el declive terreno de Coochapata. De este lugar, por uno de los flancos salía un conjunto de hombres tocando con desenfado la tinya y el pincullo comandado por Antonio Padua y Juan Jaimes. Ejecutaban ritmos y melodías sin igual incitando a la concurrencia a participar de esta jubilosa fiesta. Con el vaso lleno de chicha en la mano, luego, abrazados hombro a hombro, sin flaquear, con acompasados pasos, van huaylishando*, bailando, realizando eses y rondas por todo el perímetro inclinado de aquel sector festivo.
De pronto, de algún lugar y en medio de la multitud de personas rebosantes de alegría, aparecen hombres disfrazados de alpinistas con zapatos de caña mediana, con las medias largas y coloridas que cubren el pantalón hasta las desmoronadas rodillas. Sobre su magra espalda, la distintiva y coloreada mochila larga que sobrepasa la cabeza, cubierta de gorro andino. Las sogas de escalar penden de los escuálidos hombros y la gafa oscura, extremadamente grande. Todos estos “alpinistas” se comunican con ininteligibles “palabras extranjeras” que el público asistente no logra entender.
Por otro sector del inclinado campo festivo, de repente, trajinando con pasitos ligeros, los fotógrafos se asoman exhibiendo el último modelo de su equipo fotográfico “La cámara de fuelle”. Se colocan en lugares estratégicos para encuadrar y elegir el objetivo, realizando una serie de ademanes logran su propósito a fin de tomar una buena imagen estampada en las películas que será revelado en los días siguientes. Las asistentes se divierten viendo a estos pintorescos personajes disfrazados de alpinistas y fotógrafos
Entre el gentío, se oye a alguien gesticulando palabras confusas. Es un hombre desarropado, con el sombrero agujerado y roto. El saco ajado y descolorido con una manga más corta que la otra. Los pantalones parchados que más parece ser un calzón largo que le llega arriba del ombligo. Estos despabilados pantalones están sujetados de los tirantes cuyas puntas, suspendida, alcanza a la altura de las rodillas flacuchas. Camina lentamente con la cabeza hundida entre los famélicos hombros, estirando el brazo, dice: -te-te… te-te…una limosna por favor. El personaje es el Huaraztucoj. De pronto, el compañero de andanzas se acerca con el fin de oír y ver de cómo pedía la dadiva. Arrugando el entrecejo frente a él y delante de gente alegre, le reprochaba con voz estentórea: —¡Oye huaraztucoj! cuantas veces te he dicho que no se dice… te-te…te-te... —observando fijamente a su igual y a los asistentes, le corregía como debía de pronunciar de modo correcto aquella palabra, le habló con voz de tutor: —se dice: ¡Taita…Taita! —Abrazando al amigo y estirando la mano… continúan con su trabajo… en medio de la batahola de los ahí presentes.
Vuelve a doblar la rítmica melodía del pincullo y de la tinya, ora aquí ora allá, los asistentes comienzan otra vez a danzar con ardor y regocijo. Mientras bailan y zapatean, de repente, aparece la figura grácil del Nuna toro*, esbelto con las astas contorneadas, templadas y amenazantes, con las patas delanteras raspando el todavía húmedo suelo, moviendo con señorío las anchas ancas, juzgaba, “a ver si siguen bailando delante de mí” y en un santiamén se lanza a embestir. Los asistentes de esta tradicional fiesta, sorprendidos, con los ojos desorbitados, con el cuerpo escarapelado, huyen medrosos por distintas direcciones con el objetivo de ponerse a buen recaudo. Los airosos trotes del Nuna toro al son de pincullos y tinyas, esperaba que alguien le enfrentara, entonces, desde la banda opuesta, se asomaban los “toreros” de contexturas famélicas y obesas con llamativos vestuarios, coloridos y ceñidos. Desafiando al Nuna toro, realizan limpios capeos con movimientos ágiles, finos y sincronizados.
El Nuna toro jadeante, mientras descansaba por un momento bajo la sombra de un frondoso aliso, un “torero” gordiflón hace la finta de conocer el arte del toreo. Pero cuando se da cuenta que éste, le mira con ansias de embestir, temeroso, se echa a correr a más no poder, tambaleándose y soportando el peso de su obeso cuerpo; alcanzado y embestido, cae de manera “estrepitosa” sobre la superficie fangosa, se levantaba con “dificultad”, dando pasos “inseguros” Es el momento donde más trabajo tiene la cuadrilla que, presurosos ingresaban con una crepitante y rancia parihuela para auxiliarlo, recuestan con dificultad al “torero herido, quejándose de dolor”. La cuadrilla a duras penas, lograban salir de aquel terreno inclinado y húmedo. Por otra parte, el Nuna toro, desde la sombra del copioso aliso, les observa con piedad.
Al término de esta fiesta popular, el limpia acequia, asistido por los conmovedores sonidos de los pincullos y de las tinyas, los presentes van huaylishando sobre el gramado oblicuo por todo el perímetro de Cochapata que culminará con el jubiloso baile del rayan, rompe canilla.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
[email protected]
Chiquian 28 de octubre 2016
Bailes, disfraces, el huaraztucoj y el nunatoro
La mítica falda de Cochapata ya se hallaba colmada de personas fisgonas que de una u otra manera participan de esta fiesta popular. Fiesta del trabajo colectivo, como antaño, desde la época precolombina, limpiando las acequias a partir de las fuentes de agua. Gracias a ella, crecen todas las variedades de tubérculos y granos, alimentos divinos que ahora eran consagrados como una ofrenda y retribución a la Pachamama con este festejo multitudinario.
A la vera del ocaso del sol, su luz dorada proyectaba largas siluetas de los frondosos y corpulentos árboles que bordeaba el declive terreno de Coochapata. De este lugar, por uno de los flancos salía un conjunto de hombres tocando con desenfado la tinya y el pincullo comandado por Antonio Padua y Juan Jaimes. Ejecutaban ritmos y melodías sin igual incitando a la concurrencia a participar de esta jubilosa fiesta. Con el vaso lleno de chicha en la mano, luego, abrazados hombro a hombro, sin flaquear, con acompasados pasos, van huaylishando*, bailando, realizando eses y rondas por todo el perímetro inclinado de aquel sector festivo.
De pronto, de algún lugar y en medio de la multitud de personas rebosantes de alegría, aparecen hombres disfrazados de alpinistas con zapatos de caña mediana, con las medias largas y coloridas que cubren el pantalón hasta las desmoronadas rodillas. Sobre su magra espalda, la distintiva y coloreada mochila larga que sobrepasa la cabeza, cubierta de gorro andino. Las sogas de escalar penden de los escuálidos hombros y la gafa oscura, extremadamente grande. Todos estos “alpinistas” se comunican con ininteligibles “palabras extranjeras” que el público asistente no logra entender.
Por otro sector del inclinado campo festivo, de repente, trajinando con pasitos ligeros, los fotógrafos se asoman exhibiendo el último modelo de su equipo fotográfico “La cámara de fuelle”. Se colocan en lugares estratégicos para encuadrar y elegir el objetivo, realizando una serie de ademanes logran su propósito a fin de tomar una buena imagen estampada en las películas que será revelado en los días siguientes. Las asistentes se divierten viendo a estos pintorescos personajes disfrazados de alpinistas y fotógrafos
Entre el gentío, se oye a alguien gesticulando palabras confusas. Es un hombre desarropado, con el sombrero agujerado y roto. El saco ajado y descolorido con una manga más corta que la otra. Los pantalones parchados que más parece ser un calzón largo que le llega arriba del ombligo. Estos despabilados pantalones están sujetados de los tirantes cuyas puntas, suspendida, alcanza a la altura de las rodillas flacuchas. Camina lentamente con la cabeza hundida entre los famélicos hombros, estirando el brazo, dice: -te-te… te-te…una limosna por favor. El personaje es el Huaraztucoj. De pronto, el compañero de andanzas se acerca con el fin de oír y ver de cómo pedía la dadiva. Arrugando el entrecejo frente a él y delante de gente alegre, le reprochaba con voz estentórea: —¡Oye huaraztucoj! cuantas veces te he dicho que no se dice… te-te…te-te... —observando fijamente a su igual y a los asistentes, le corregía como debía de pronunciar de modo correcto aquella palabra, le habló con voz de tutor: —se dice: ¡Taita…Taita! —Abrazando al amigo y estirando la mano… continúan con su trabajo… en medio de la batahola de los ahí presentes.
Vuelve a doblar la rítmica melodía del pincullo y de la tinya, ora aquí ora allá, los asistentes comienzan otra vez a danzar con ardor y regocijo. Mientras bailan y zapatean, de repente, aparece la figura grácil del Nuna toro*, esbelto con las astas contorneadas, templadas y amenazantes, con las patas delanteras raspando el todavía húmedo suelo, moviendo con señorío las anchas ancas, juzgaba, “a ver si siguen bailando delante de mí” y en un santiamén se lanza a embestir. Los asistentes de esta tradicional fiesta, sorprendidos, con los ojos desorbitados, con el cuerpo escarapelado, huyen medrosos por distintas direcciones con el objetivo de ponerse a buen recaudo. Los airosos trotes del Nuna toro al son de pincullos y tinyas, esperaba que alguien le enfrentara, entonces, desde la banda opuesta, se asomaban los “toreros” de contexturas famélicas y obesas con llamativos vestuarios, coloridos y ceñidos. Desafiando al Nuna toro, realizan limpios capeos con movimientos ágiles, finos y sincronizados.
El Nuna toro jadeante, mientras descansaba por un momento bajo la sombra de un frondoso aliso, un “torero” gordiflón hace la finta de conocer el arte del toreo. Pero cuando se da cuenta que éste, le mira con ansias de embestir, temeroso, se echa a correr a más no poder, tambaleándose y soportando el peso de su obeso cuerpo; alcanzado y embestido, cae de manera “estrepitosa” sobre la superficie fangosa, se levantaba con “dificultad”, dando pasos “inseguros” Es el momento donde más trabajo tiene la cuadrilla que, presurosos ingresaban con una crepitante y rancia parihuela para auxiliarlo, recuestan con dificultad al “torero herido, quejándose de dolor”. La cuadrilla a duras penas, lograban salir de aquel terreno inclinado y húmedo. Por otra parte, el Nuna toro, desde la sombra del copioso aliso, les observa con piedad.
Al término de esta fiesta popular, el limpia acequia, asistido por los conmovedores sonidos de los pincullos y de las tinyas, los presentes van huaylishando sobre el gramado oblicuo por todo el perímetro de Cochapata que culminará con el jubiloso baile del rayan, rompe canilla.
Hugo Vílchez Romero
El Pichuychanca.
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Chiquian 28 de octubre 2016