hugo vílchez Romero
Rosas sobrevivientes
En busca de un futuro promisorio, por una necesidad u otras razones, nos vemos forzados a migrar a otros lares desconocidos. Sin embargo, el sentido sutil de la mente siempre está latente el retorno al regazo de la patria chica querida. Yo, del dulce hogar, salí a los 15 años de edad. A pesar de haber estado separado del suelo natal por largos lustros, el apego especial por la querencia, donde vi la luz por vez primera, siempre hubo una fuerza misteriosa que me empujaba a visitarlo.
Esa fuerza no comprendida de entonces me estimuló, ya en la juventud, a encontrarme con las improntas tanto de la infancia como de la adolescencia, abandonadas en el terruño. Huellas estampadas en la calle anegada, en el camino desierto o en el prado que amanecía bañado de roció, lugares iluminados por el fulgor de los rayos plateados de luna menguante, que no presagiaba mi destino. Y, en un abrir y cerrar de ojos ya me encuentro en este pedacito de cielo, Chiquian.
La memoria otoñal retrocede hasta fundirme en la flor de la vida. En seguida, recuerdo que, el patio, el jardín, compartido por la gestora de mis días y mi tía, relucían como un pequeño edén. Era un manto multicolor de rosas y flores de donde saltaban embriagantes aromas. El corazón de cada hermana era un pozo infinito de querencia por estas bellas floras.
Frente al desamparado zaguán, rasgado por el tiempo, antes de abrirlo, mi corazón estaba como un puño, De la entrada del angostillo al fondo de la vivienda, percibía un absoluto silencio. Al desplegar los brazos lacerantes de la morada casi abandonada, y al ver el vergel, cubierto de mala yerba por completo, fue como si hubiera sufrido un holocausto. En un santiamén, imaginé que las preciadas rosas habían desaparecido para siempre. En seguida, poco a poco languidecía la cálida tarde y se asomaba la lóbrega noche, y el cielo oscuro se adornaba de agitadas y parpadeantes escarchas que empezaban a centellear.
Recordando las faenas de las jardineras, Luz y Lidia, afanoso, me eché a arrancar las arraigadas yerbas que causaban hondo malestar y dolor que impedían crecer a las rosas. Para mí dicha, vi que surgía el maltrecho tallo de las rosas. De inmediato, me puse a podar y regar la rosaleda. Cada mañana esperaba con mucha paciencia ver un florido botón…
Poco después y a su debido tiempo, de cerca las dos decenas de plantones, manaban policromos pimpollos adornando el jardín como antes fuera. En el alba, que precede al nuevo día, relucidos rocíos amanecen adosados en los divinos pétalos, y veo en ellos cual lágrimas alegres de mi madre y mi tía, ausentes para siempre, que jamás nunca salieron de mi corazón, rebosante de afecto inmortal por ellas.
El pichuychanca
Chiquian, calle Tarapacá, 16 de mayo 2021
Esa fuerza no comprendida de entonces me estimuló, ya en la juventud, a encontrarme con las improntas tanto de la infancia como de la adolescencia, abandonadas en el terruño. Huellas estampadas en la calle anegada, en el camino desierto o en el prado que amanecía bañado de roció, lugares iluminados por el fulgor de los rayos plateados de luna menguante, que no presagiaba mi destino. Y, en un abrir y cerrar de ojos ya me encuentro en este pedacito de cielo, Chiquian.
La memoria otoñal retrocede hasta fundirme en la flor de la vida. En seguida, recuerdo que, el patio, el jardín, compartido por la gestora de mis días y mi tía, relucían como un pequeño edén. Era un manto multicolor de rosas y flores de donde saltaban embriagantes aromas. El corazón de cada hermana era un pozo infinito de querencia por estas bellas floras.
Frente al desamparado zaguán, rasgado por el tiempo, antes de abrirlo, mi corazón estaba como un puño, De la entrada del angostillo al fondo de la vivienda, percibía un absoluto silencio. Al desplegar los brazos lacerantes de la morada casi abandonada, y al ver el vergel, cubierto de mala yerba por completo, fue como si hubiera sufrido un holocausto. En un santiamén, imaginé que las preciadas rosas habían desaparecido para siempre. En seguida, poco a poco languidecía la cálida tarde y se asomaba la lóbrega noche, y el cielo oscuro se adornaba de agitadas y parpadeantes escarchas que empezaban a centellear.
Recordando las faenas de las jardineras, Luz y Lidia, afanoso, me eché a arrancar las arraigadas yerbas que causaban hondo malestar y dolor que impedían crecer a las rosas. Para mí dicha, vi que surgía el maltrecho tallo de las rosas. De inmediato, me puse a podar y regar la rosaleda. Cada mañana esperaba con mucha paciencia ver un florido botón…
Poco después y a su debido tiempo, de cerca las dos decenas de plantones, manaban policromos pimpollos adornando el jardín como antes fuera. En el alba, que precede al nuevo día, relucidos rocíos amanecen adosados en los divinos pétalos, y veo en ellos cual lágrimas alegres de mi madre y mi tía, ausentes para siempre, que jamás nunca salieron de mi corazón, rebosante de afecto inmortal por ellas.
El pichuychanca
Chiquian, calle Tarapacá, 16 de mayo 2021
Versos a mi patria chica amada
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Clandestino de madrugada ando.
Muerde mi cuerpo el viento helado. Por el inclinado sendero pasando llora la piedra por mi paso pesado. Cantando los pájaros con alborozo, despiertan a la patria chica amada. Mientras duerme el gentío perezoso del cielo lo aprecio con dulce mirada. ------------- Al amanecer, desperté con el pecho rebosante de alegría. de ver el jardín vestido de un enjambre de rosas floridas. de ver el prado del terruño vestido de alfombras verdes. ------------- Tú, luna serena, a la vera del ocaso del sol brillas como el diamante pulido. Ver el sendero bucólico, ver el prado verde ver la calle pastoril, ver la plaza idílica pintado de plata con tus dedos plateados de auténtica decoradora, me embriaga el alma de infinita alegría. ------------- Me gusta a mí caminar en la madrugada para oír el canto sonoro del inquieto pichuychanca, para ver el despertar de la calle desierta, para ver el fresco roció adosado en la rosaleda para ver el rejuvenecido paisaje que aprieta de alegría mi alma inmortal. ------------- En el pueblo, todo está sumido en el mayor silencio y calma. Solo, solo el pueblo y el amor no confesado, sabe lo que es de mi agrado, como amante de las letras como amante de la naturaleza y el soñador que soy. Mirar la luna y escuchar el canto del encandilado pichuychanca, el trino sonoro del señorial ruiseñor. |
Prefiero, sobre todo,
un tipo de luna coqueta, pálida y ojerosa que se oculta detrás de la nube rosácea, dejando deslizar su pálida luz sobre las ventanas de mi alma, rebosante de contemplación y admiración. ------------- Chiquian, Pueblo mío con voz telúrica con voz vibrante tu lindura voy a cantar tu inmortalidad voy a escribir. ------------- En esta tarde serena, en perpetua aureola yo te vislumbro, patria chica querida, como la más bella del mundo ------------- Y ahora, En el silencio de mudos extramuros, En el silencio del solariego sendero, En el silencio del desnudo prado, En el silencio del idílico paso solo, me oigo a mí mismo. ------------- El canto del pájaro El susurro del árbol El rumor del riachuelo Se oye y no se oye En este apacible atardecer ------------- En plácida alborada en la cornisa de la vieja casa al pichuychanca cantor vi. ¡Oh, si la aurora su sonrisa rosada detuviera! Me preguntaron si la avecilla tenía su hermosura. Para mí era un trovador intenso qué volará en busca de otra cornisa para dar el toque de diana con su luengo canto de tenor. . ------------- En doloroso desasosiego canto mi secreto a la luna. Un mar de nieblas se levanta, mis vagos pensamientos se diluye. Mi corazón pulsa de una manera pausada, sin estorbos ni angustias. Atrás dejando, amargos recuerdos. ------------- El Pichuychanca Chiquian, 25 de febrero 2025 Hugo Vílchez Romero [email protected] |