ricardo santos albornoz
EL ÚLTIMO ATARDECER EN MÁNGAS
Cap.5: LOS PASOS ESCONDIDOS DE LA NOCHE
Cap.5: LOS PASOS ESCONDIDOS DE LA NOCHE
El rumor había crecido como una hierba mala en los patios de Mangas. Bastaba con que Norma saliera a la plaza, o que Pablo se retrasara en el camino del canal, para que los ojos de los comuneros se posaran en ellos con la insistencia de una llovizna fría. Norma lo sentía más cerca en su propia casa, la voz severa de su padre, el ceño fruncido de su madre, las preguntas que se repetían como látigos invisibles.
—¿A dónde vas?
—¿Con quién te juntas?
Y aquella simple caminata para comprar sal o recoger hierba se había vuelto sospechosa.
Pablo, en su silencio, miraba de lejos. En sus hombros pesaba no solo el balde de agua o la soga de los burros, sino la certeza de que cada paso lo acercaba o lo alejaba de Norma. El viento, cómplice en silencio, parecía susurrarle: aguanta, no la pierdas, busca otro camino.
Las tardes, antes luminosas, ahora eran grises. Norma pasaba más tiempo junto a la ventana, fingiendo bordar o ayudar en la cocina, mientras sus pensamientos corrían hacia los senderos donde alguna vez rieron juntos. La vigilancia era una cárcel sin barrotes.
Una noche, cuando el silencio había descendido sobre las calles de piedra y solo los perros ladraban a la luna, Norma se acercó a su ventana. La brisa fría le golpeó el rostro, y allí, en la sombra de un eucalipto, creyó distinguir una silueta.
—¿Pablo? —susurró, con un hilo de voz que apenas se confundió con el crujir de las hojas.
Él levantó la mano, apenas visible. No se acercó más. Era como si la distancia se hubiera convertido en la única manera de seguir existiendo juntos. Aquella noche no hablaron, no se tocaron, pero el silencio compartido fue un pacto secreto.
Al día siguiente, Pablo encontró la manera de enviarle un recado, un pedazo de papel escondido en la jarra de barro que Norma solía llevar al manantial. Decía solo:
“Mañana, cuando todos duerman, te esperaré en Puquiowajta. La luna nos guiará.”
Norma lo leyó con el corazón latiendo como tambor de la fiesta del Masha, y al mismo tiempo, con el miedo de sentir que el papel ardía en sus manos. Rompió el mensaje en trozos diminutos y lo escondió bajo las cenizas del fogón, como si aquel secreto pudiera germinar en raíces que los ampararan.
La noche llegó, y con ella, la temeridad. Norma salió con el pretexto de ir al corral:
—Voy a ver si las gallinas, tal vez el zorro se las puede llevar.
Su madre murmuró algo desde la cama, pero no se levantó. Norma temblaba al empujar la puerta, como si la madera entera fuese una conciencia vigilante.
El camino hasta Puquiowajta se extendía entre sombras, con el viento murmurando en la copa de los árboles y la luna filtrándose como un ojo curioso. Cuando llegó, Pablo ya estaba allí, con la ansiedad pintada en su rostro.
—Creí que no vendrías —dijo él, apenas conteniendo el impulso de abrazarla.
—Yo también —respondió ella, respirando agitada—. Pero aquí estoy.
Se miraron en silencio. Era como si el universo entero se hubiera reducido a ese instante, al roce de sus manos que buscaban reconocerse.
—Nos quieren apartar —dijo Norma, con un hilo de rabia y tristeza.
—No podrán —contestó Pablo, con firmeza—. Aunque nos quiten el día, tendremos la noche. Aunque nos cierren los caminos, inventaremos otros.
Las palabras flotaron como un juramento. Aquel primer plan clandestino había nacido. Se verían en la oscuridad, en los claros donde solo el viento sería testigo.
Los encuentros se repitieron. A veces en el corral, otras en el sendero hacia Tejalpa, otras bajo la sombra de los eucaliptos. Nunca demasiado largos, nunca demasiado seguros. Cada crujido de rama era un posible delator, cada perro que ladraba podía ser el anuncio del descubrimiento. Y sin embargo, esos minutos robados tenían la fuerza de un día entero.
En una de esas noches, mientras Norma apoyaba su cabeza en el hombro de Pablo, él le dijo:
—Todo esto puede acabar mal, ¿lo sabes?
—Lo sé —susurró ella, con los ojos fijos en las estrellas—. Pero peor sería no vivirlo.
La luna, testigo de sus palabras, parecía guardar la promesa en su reflejo plateado sobre el río.
Al volver a casa, Norma encontraba la respiración de sus padres pesada y tranquila. Ellos dormían ajenos a las fugas de su hija, convencidos de que el muro de su desconfianza era suficiente. Norma se acostaba con el corazón encendido, como si llevara dentro un fuego secreto que nadie podía apagar.
Pablo, por su parte, regresaba al silencio de su choza, donde el viento entraba por las rendijas y se mezclaba con sus pensamientos. El riesgo lo asustaba, pero también lo fortalecía, había descubierto que el amor verdadero era un acto de resistencia, un desafío contra todo lo que intentara prohibirlo.
El pueblo seguía murmurando. Nadie sabía con certeza lo que ocurría en esas noches, pero la sospecha flotaba en el aire como la neblina de la madrugada. Y mientras los adultos reforzaban las vigilias y las restricciones, Pablo y Norma se deslizaban como dos sombras obstinadas, inventando caminos donde no los había.
Porque cuando el amor se ve cercado, aprende a caminar con pies de fuego y a esconderse en la hondura de la noche.
Y así, bajo la luna de Achikaywaín, comenzó la verdadera clandestinidad.
RICARDO SANTOS ALBORNOZ
[email protected]
—¿A dónde vas?
—¿Con quién te juntas?
Y aquella simple caminata para comprar sal o recoger hierba se había vuelto sospechosa.
Pablo, en su silencio, miraba de lejos. En sus hombros pesaba no solo el balde de agua o la soga de los burros, sino la certeza de que cada paso lo acercaba o lo alejaba de Norma. El viento, cómplice en silencio, parecía susurrarle: aguanta, no la pierdas, busca otro camino.
Las tardes, antes luminosas, ahora eran grises. Norma pasaba más tiempo junto a la ventana, fingiendo bordar o ayudar en la cocina, mientras sus pensamientos corrían hacia los senderos donde alguna vez rieron juntos. La vigilancia era una cárcel sin barrotes.
Una noche, cuando el silencio había descendido sobre las calles de piedra y solo los perros ladraban a la luna, Norma se acercó a su ventana. La brisa fría le golpeó el rostro, y allí, en la sombra de un eucalipto, creyó distinguir una silueta.
—¿Pablo? —susurró, con un hilo de voz que apenas se confundió con el crujir de las hojas.
Él levantó la mano, apenas visible. No se acercó más. Era como si la distancia se hubiera convertido en la única manera de seguir existiendo juntos. Aquella noche no hablaron, no se tocaron, pero el silencio compartido fue un pacto secreto.
Al día siguiente, Pablo encontró la manera de enviarle un recado, un pedazo de papel escondido en la jarra de barro que Norma solía llevar al manantial. Decía solo:
“Mañana, cuando todos duerman, te esperaré en Puquiowajta. La luna nos guiará.”
Norma lo leyó con el corazón latiendo como tambor de la fiesta del Masha, y al mismo tiempo, con el miedo de sentir que el papel ardía en sus manos. Rompió el mensaje en trozos diminutos y lo escondió bajo las cenizas del fogón, como si aquel secreto pudiera germinar en raíces que los ampararan.
La noche llegó, y con ella, la temeridad. Norma salió con el pretexto de ir al corral:
—Voy a ver si las gallinas, tal vez el zorro se las puede llevar.
Su madre murmuró algo desde la cama, pero no se levantó. Norma temblaba al empujar la puerta, como si la madera entera fuese una conciencia vigilante.
El camino hasta Puquiowajta se extendía entre sombras, con el viento murmurando en la copa de los árboles y la luna filtrándose como un ojo curioso. Cuando llegó, Pablo ya estaba allí, con la ansiedad pintada en su rostro.
—Creí que no vendrías —dijo él, apenas conteniendo el impulso de abrazarla.
—Yo también —respondió ella, respirando agitada—. Pero aquí estoy.
Se miraron en silencio. Era como si el universo entero se hubiera reducido a ese instante, al roce de sus manos que buscaban reconocerse.
—Nos quieren apartar —dijo Norma, con un hilo de rabia y tristeza.
—No podrán —contestó Pablo, con firmeza—. Aunque nos quiten el día, tendremos la noche. Aunque nos cierren los caminos, inventaremos otros.
Las palabras flotaron como un juramento. Aquel primer plan clandestino había nacido. Se verían en la oscuridad, en los claros donde solo el viento sería testigo.
Los encuentros se repitieron. A veces en el corral, otras en el sendero hacia Tejalpa, otras bajo la sombra de los eucaliptos. Nunca demasiado largos, nunca demasiado seguros. Cada crujido de rama era un posible delator, cada perro que ladraba podía ser el anuncio del descubrimiento. Y sin embargo, esos minutos robados tenían la fuerza de un día entero.
En una de esas noches, mientras Norma apoyaba su cabeza en el hombro de Pablo, él le dijo:
—Todo esto puede acabar mal, ¿lo sabes?
—Lo sé —susurró ella, con los ojos fijos en las estrellas—. Pero peor sería no vivirlo.
La luna, testigo de sus palabras, parecía guardar la promesa en su reflejo plateado sobre el río.
Al volver a casa, Norma encontraba la respiración de sus padres pesada y tranquila. Ellos dormían ajenos a las fugas de su hija, convencidos de que el muro de su desconfianza era suficiente. Norma se acostaba con el corazón encendido, como si llevara dentro un fuego secreto que nadie podía apagar.
Pablo, por su parte, regresaba al silencio de su choza, donde el viento entraba por las rendijas y se mezclaba con sus pensamientos. El riesgo lo asustaba, pero también lo fortalecía, había descubierto que el amor verdadero era un acto de resistencia, un desafío contra todo lo que intentara prohibirlo.
El pueblo seguía murmurando. Nadie sabía con certeza lo que ocurría en esas noches, pero la sospecha flotaba en el aire como la neblina de la madrugada. Y mientras los adultos reforzaban las vigilias y las restricciones, Pablo y Norma se deslizaban como dos sombras obstinadas, inventando caminos donde no los había.
Porque cuando el amor se ve cercado, aprende a caminar con pies de fuego y a esconderse en la hondura de la noche.
Y así, bajo la luna de Achikaywaín, comenzó la verdadera clandestinidad.
RICARDO SANTOS ALBORNOZ
[email protected]